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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


EL REINO DE LA FUERZA BRUTA

<hr><h2><u>EL REINO DE LA FUERZA BRUTA</h2></u> Por Enrique Lacolla
La Voz del Interior
– Córdoba – 14 de agosto de 2005

Irán rehúsa acomodarse a las sugerencias de la Unión Europea 3 (Gran Bretaña, Francia y Alemania) y resolvió proseguir con su programa de enriquecimiento de uranio, oficialmente dirigido a suplir las necesidades energéticas con finalidades pacíficas de esa nación, pero que se presume también podría ser consagrado a la obtención del arma atómica.

No cabe duda de que esta segunda finalidad es efectiva y, a poco que se reflexione sobre los problemas que tensan las relaciones internacionales y se mire la agresividad que connota a la política de los países del Primer Mundo respecto de los que no pertenecen a éste, esa búsqueda de un arma de retaliación nuclear se hace comprensible.

En efecto, no se puede medir al mundo con un doble rasero y considerar la posesión de la bomba como un hecho “bueno” si la tiene nuestro bando y como un hecho abominable si ella es obtenida por estados que no están en él o no se ajustan a los parámetros de la obediencia debida a las grandes potencias.

Para justificar la expulsión de los estados réprobos del conjunto de las naciones civilizadas, suele atribuirse a sus conducciones políticas una presunta irresponsabilidad; pero esa irresponsabilidad –al menos en algunos casos– suele ser igual a la voluntad de independencia que ellas manifiestan.

De cualquier manera, lo que interesa aquí no es tanto la naturaleza moral del problema como la constatación de que, poco más de una década después de la caída de la Unión Soviética y de haberse diseñado la que parecía inatacable superioridad del nuevo orden mundial capitaneado por Estados Unidos, este orden es cuestionado sin empacho por dos potencias de tercera o cuarta magnitud, como son Irán y Corea del Norte, en torno de un tema crucial como es el de la proliferación nuclear.

¿Qué hace que este desafío pueda plantearse ahora, en estos términos?

Recomposición

Parece que ello es consecuencia de la incipiente recomposición del mapa mundial en bloques de poder, representando cada uno de ellos a intereses contrapuestos. La caída de la URSS, en 1992, había vaciado el escenario de uno de los dos adversarios principales hasta ese momento. Dos lustros más tarde, en buena medida como reacción al dinamismo de una política exterior norteamericana lanzada a la conquista de la hegemonía, Rusia y China –y la India en forma menos marcada– ponen en evidencia un deseo bastante manifiesto de aproximar sus puntos de vista respecto de la necesidad de no seguir ofreciendo un blanco tan fácil para los tejes y manejes de una diplomacia estadounidense que no ceja en su propósito de dominar, por medio de expedientes políticos o militares, enclaves decisivos del mundo, como los Balcanes, el Cáucaso y el Asia central.

Esa actitud no se hizo evidente a través de hechos detonantes, aunque la creciente cooperación militar entre Rusia y China merezca ser consignada; pero es percibida por los planificadores de la Casa Blanca, lo que explica su reacción matizada y, en definitiva, moderada frente a la escasa receptividad de Teherán y Pyongyang a los consejos de Occidente. Mientras que en el segundo caso los estadounidenses deciden continuar las tratativas conjuntas con Rusia y China para disuadir a Kim Jong il de seguir presionando con el tema atómico, en lo que respecta a Irán anuncian su propósito de concurrir a las Naciones Unidas para procurar un mandato internacional que ordene cesar las actividades de enriquecimiento de uranio.

Estamos lejos de la actitud tajante puesta de manifiesto en ocasión de la intervención contra Saddam Hussein, tres años atrás, a pesar de que ahora la amenaza de proliferación nuclear es real y no inventada. Es posible que las crecientes dificultades que afrontan las tropas norteamericanas en Irak hayan influido en esto; pero también es evidente que pedir sanciones contra Irán en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no puede ser más que un gesto si, como parece probable, tanto China como Rusia (que apadrinó a los iraníes en su carrera hacia el átomo) interponen su veto a cualquier acción que intente sancionarlos.

Desprovista del componente ideológico que la había habitado y hasta cierto punto justificado hasta 1989, la política internacional se redujo a una cruda cuestión de relaciones de fuerza. No es que esta ecuación estuviera ausente en el pasado, pero la presencia de diversas concepciones del mundo parecía por entonces conferirle un sentido: el proporcionado por el esfuerzo en diseñar una sociedad diferente y mejor. Hoy, los proyectos se reducen, no a la construcción de algo nuevo, sino a asegurar la permanencia de lo que ya existe.
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