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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


NACIDO EL 4 DE JULIO, NACIDO PARA MATAR

<h2><u><hr>NACIDO EL 4 DE JULIO, NACIDO PARA MATAR</h2></u>

SOBRE BUSH, KERRY Y EL “DESTINO MANIFIESTO” (*)


Por Andrés Monares Ruiz (**) www.elmostrador.cl

La ilegal invasión y ocupación de Irak llevada a cabo por Bush habría puesto en cuestión su administración. Más allá que su gobierno de hecho esté en cuestión desde lo que a todas luces sería el fraude electoral que lo llevó al poder, parecería un poco ingenuo limitar ese enjuiciamiento sólo a la administración Bush.

Es cierto que Bush ha dado cátedra de cómo ignorar y violar el derecho de las naciones con las mentiras más burdas que últimamente se hayan dado en el concierto internacional; que su indiferencia por las violaciones a los derechos humanos que cometen sus tropas es indignante (y no hablamos sólo de las recientemente publicitadas torturas a prisioneros iraquíes, sino a las que se realizaron y realizan en Afganistán y Guantánamo y al asesinato de cientos, sino miles, de civiles en ambas invasiones y ocupaciones ilegales); y que llega a ser increíble que ni siquiera disimule cómo todas esas barbaridades se llevan a efecto en pro de los intereses económicos de los grupos empresariales de su país. No obstante, ¿es Bush una excepción o un ejemplo más de la ideología nacional estadounidense del Destino Manifiesto que impulsa y legitima ese tipo de acciones?

El Destino Manifiesto es un concepto que, aunque acuñado con posterioridad, nombra una concepción religiosa que en su esencia ha estado vigente desde la colonización puritana (interpretación británica del calvinismo) de los que hoy llamamos Estados Unidos
. Se basa en la doctrina de la elección de ciertos pueblos por Dios y de su consiguiente obligación de materializar Su voluntad de someter a Su ley al mundo y a los no elegidos o condenados. En el transcurso de la historia estadounidense dicho dogma teológico ha tomado expresiones particulares racistas y/o nacionalistas; o, la primaria idea religiosa se sintetizó con ellas. Sin embargo, sea como sea, es evidente su continuidad.

Los llamados Padres Peregrinos llegados en el siglo XVII y sus descendientes directos pretendían fundar la Nueva Jerusalém en el desierto y, como los territorios no estaban precisamente desiertos, no dudaron mucho en exterminar con la venia de su dios a sus ocupantes nativos. Al estructurarse las trece colonias y posteriormente la Unión, la piedad puritana ya estadounidense propiamente tal seguía afirmando la preferencia divina: Thomas Jefferson, uno de los Padres Fundadores, en el siglo XVIII mostraba su convencimiento de que “el pueblo norteamericano era un pueblo elegido, dotado de fuerza y sabiduría superiores”, “la más pura esperanza del mundo”. En el siglo XIX, la continuación del genocidio de las naciones indígenas del país y la anexión de la mitad de lo que era México, también se justificó en ambas cámaras del Congreso y en la prensa expansionista por la urgencia de obedecer el designio bíblico que mandaba hacer fructificar la tierra; la que de seguir en manos de razas inferiores se mantendría infértil. Y, a comienzos del siglo XX, el presidente Wilson afirmaba que los “Estados Unidos poseen el infinito privilegio de realizar su destino y de salvar al mundo”.

Considerando lo anterior, no es raro que en el siglo XXI Bush diga que su país es un “regalo de Dios al mundo”. Y menos extraño cuando aún hoy los niños y jóvenes realizan un juramento a la bandera en las escuelas que afirma que Estados Unidos está regido por Dios (“under God”). Entonces, lo que podría parecer simple populismo presidencial se muestra sincero o, al menos, toma lógica en un país donde aproximadamente un 94% de la población cree en Dios, un 88% que Dios lo ama, donde el 90% reza o donde unos 50 millones de cristianos evangélicos se oponen al plan de paz entre Israel y los palestinos del propio Bush, ya que la entrega a estos últimos de parte de la tierra prometida a los judíos por Jehová retrasaría la segunda venida de Jesús.

El Destino Manifiesto, fruto la “nacionalización” del Dios cristiano en un “dios estadounidense”, es la viga maestra de su mitología religiosa-racial-nacionalista sobre sí mismos. Ahí radica la fuerza espiritual, moral y patriótica que los ha impulsado a guerrear por todo el mundo casi sin pausa durante su nacimiento como república. Si bien es cierto que en los Estados Unidos ha existido y existe un amplio movimiento progresista y laico, la historia demuestra su continua ineficacia para imponer la paz a sus propios gobiernos. Esa general “debilidad” por la guerra no se explica sólo por la conocida ignorancia del pueblo estadounidense, ni por la actual manipulación informativa de que son víctimas. Es un hecho que una mayoría no despreciable de los estadounidenses han apoyado a través del tiempo los actos ilegales, antidemocráticos y atroces de sus sucesivos gobiernos (tanto los cometidos por ellos mismos, como por las naciones, grupos paramilitares y sobretodo las dictaduras “amigas”). De ahí que, como buenos estadounidenses, aquellos sólo les empiecen a molestar cuando les aumentan los impuestos para financiarlos.

Un pueblo que cree sin lugar a dudas en su posición preeminente en el mundo, es obvio que entienda que no puede someterse a las reglas o leyes vigentes para el resto. Por lo que las viola desde su autoconstruida legitimidad mesiánica o asume que posee un marco normativo especial para él. Cuando los “americanos” celebren un nuevo 4 de julio, debemos recordar que si para Monroe América era para los “americanos”, hace rato que el continente les ha quedado estrecho. Los porfiados hechos nos dicen que tenerlos en cuenta no es una histérica exageración antiestadounidense. Esta columna no lleva su título por tratar de cine; sino de historia, actualidad y, pareciera que lamentablemente, de futuro.

(*) El subtitulado es nuestro.
(**) Antropólogo, profesor en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile.


Y LLEGARON HUYENDO ...

<hr><u><h2>Y LLEGARON HUYENDO ...</h2></u>

Por Pavel Oyarzún Díaz

Comisión Bicentenario - Revisitando Chile: identidades, mitos e historias

Punta Arenas, 15 de noviembre de 2002

En la noche del 9 de diciembre de 1921, doce hombres llegaban al territorio de Magallanes, tras cruzar, de a caballo, el cerro Centinela, en plena zona de Lago Argentino. Venían huyendo del infierno. Tenían precio sobre sus cabezas. Un precio muy bajo, digamos, el de un guanaco. Eran los últimos sobrevivientes de una huelga que terminaba para ellos en una derrota sin gloria. El último núcleo de anarquistas que salía huyendo de la llanura en donde habían querido fundar el paraíso en la tierra. Porque aquella huelga que declararon a los cuatro vientos, no fue una huelga más, no fue sólo por unas cuantas monedas, sino que por la revolución, por el socialismo. Eran hombres de fe, que ahora le daban cuerda a la desesperación en su escapatoria a los pies del cadalso. Parecía mentira. Sólo unas cuantas semanas antes, eran los dueños de toda la provincia de Santa Cruz, Patagonia argentina. Cruzaron la pampa fría con el credo revolucionario en la boca, buscando hermanos para la causa. Y los hombres los siguieron. Formaban grandes grupos de jinetes alzados. Y la palabra huelga se esparció por todo el territorio, en cada estancia ganadera, en los galpones de esquila y en los corrales, en cada huella de tierra, vadeando los ríos, palmo a palmo de la llanura, en kilómetros a la redonda. Y mírenlos ahora. Era de no creerlo. De todo el movimiento huelguístico sólo quedaba una cifra imprecisa de muertos, el imperio acerado de una ley marcial, y centenares de sobrevivientes que jamás volverían a rebelarse en sus vidas, tampoco lo harían sus hijos, ni los hijos de sus hijos.

Entre los escapados iba Antonio Soto Canalejo, líder máximo de la huelga. Español, de veinticuatro años de edad, nacido en El Ferrol *, en ese vértice de tierra, al noroeste de la península Ibérica, que es Galicia. El hombre más buscado de la Patagonia. El enemigo público número uno para la Liga Patriótica, la Iglesia, los estancieros y el gobierno de la provincia. Un anarquista de tomo y lomo, sin duda. Tras ellos, en la estancia La Anita, a esa misma hora, se mataba que era un gusto. La gran mayoría de los ovejeros, en la asamblea del día anterior, había decidido entregarse a las tropas del 10 de Caballería, al mando del capitán Viñas Ibarra, con la ilusión de que no haya fusilamientos. Soto Canalejo casi perdió la voz diciéndoles, más bien gritándoles a todo pulmón que debían pelear, que no era posible claudicar a esas alturas de la vida y de la muerte. Pero la suerte estaba echada. Los ovejeros votaron por la claudicación, a mano alzada. Entonces decidió largarse de allí, huir hacia Magallanes, hacia Chile. Le siguieron once de sus compañeros. Los demás, la inmensa mayoría, esperaron la entrada de los soldados. Lo hicieron en completo silencio, y en aparente calma. Luego, sólo sabrían de insultos, arreos y culatazos. Más tarde, sabrían de fosas abiertas por sus propias manos, tomas de distancia, ubicación en el punto de mira, órdenes de fuego, llegada de proyectiles. Todo muy rápido. Y todo era cierto, porque las balas de los Máuser no mienten. Aún así, permanecían impávidos, silentes hasta la médula. No intentaron nada. Ni siquiera lloraban. Parecía que no creyeran lo que les estaba pasando. Que sólo se trataba de un sueño protervo. Tal como si no se dieran cuenta de que eso y no otra cosa era la muerte.

Llegando así, como llegó Antonio Soto Canalejo a Magallanes, cumplía, sin saberlo quizás, con una especie de ley meridional. Llegaba huyendo. Y a estas tierras hacía ya varias décadas que los hombres llegaban huyendo o a cumplir una condena indecible. Escapados del hambre, de la guerra, de los estragos de la existencia, de la miseria congénita, de la mala fortuna, de lo que sea. Qué se puede ir a buscar al fin del mundo, si no es acaso borrar el pasado de una plumada, a golpes de viento; intentar ser otro, inventarse una vida. No obstante aquello, el gallego Soto era el más derrotado de los que llegaron al territorio magallánico, porque venía huyendo de una derrota total, que lo desbordaba, que la hacía inmensurable. Era una fe derribada. Un intento de revolución caído a pedazos, y en cuyo derrumbe había hombres, centenares de hombres habitando esos pequeños abismos que son las fosas, y sin embargo insondables en sus tinieblas duras, donde yacían con sus ojos y bocas, y con sus corazones pacíficos después de todo, tapiados por la tierra más fría del mundo, a escasa profundidad, pero para siempre. Aunque le hubiesen dicho al gallego Soto que los anarquistas eran borrados del mapa en todas partes; que la década de 1920 era la década destinada para los golpes finales a los anarcosindicalistas en Estados Unidos, en Europa, en América del Sur, esto no habría servido de consuelo para él, no habría abrevado en aquella fuente la sed de su angustia. Era un hombre joven, creía en la revolución. Era un anarquista, y por lo tanto, sabía que lo posible no es digno de fe; entonces, pedía lo imposible. Se le iba la vida en ello.

A pesar de la ceguera que provoca una fuga desesperada, Antonio Soto Canalejo y sus compañeros creían llegar a una buena tierra para su causa. En Magallanes no sólo salvarían el pellejo, sino que además encontrarían hermanos que pondrían sus vidas en la misma balanza. Y esa era la pura y santa verdad, como se dice. El territorio austral, el último en ser anexado al Estado de Chile en el continente, tan solo sesenta y ocho años antes, y a duras penas, vio crecer, como una planta extraña, la idea anarquista, que dio pábulo a la Federación Obrera de Magallanes, la organización sindical más poderosa de la que se tenga memoria en el cono sur americano. Más aguda y más audaz en su ideario que la misma Federación Obrera de Chile, fundada por Luis Emilio Recabarren, en el norte del país, en 1909. Fue algo estrambótico, realmente. Hombres que se reunían y conspiraban como podían, bajo los preceptos de la revolución social, del fin del capitalismo, del hombre nuevo. Era una locura. Un crisol de voluntades revolucionarias, que le declaró la guerra al Estado, a la Iglesia, a los reyezuelos de la industria ganadera, a los santos, los profetas, los poderosos. Pero no sabían nada de táctica y estrategia. Querían dar una guerra al Capital con unos cuantos revólveres Smith & Wesson. Y los amos de esta tierra, que en la Europa de donde salieron no habrían pasado de ser fundadores de una nobleza de opereta, príncipes enanos a fin de cuentas, recogieron el guante, y dieron con ellos en la caterva, les hicieron morder el polvo y la sangre. Se les adelantaron. Veían un poco más. Les bastó con un par de asonadas de tropas y policías, para dar por finalizada la época de las huelgas, los episodios de la subversión. En unas cuantos días terminaron con esa pequeña Comuna de París que fue Puerto Natales, en enero de 1919, y le bastaron algunas horas más de la madrugada del 27 de julio de 1920, para reducir a cenizas el local de la Federación Obrera en Punta Arenas. Así cayeron, entre las paredes y vigas calcinadas de la sede sindical, las intenciones de hacer de Magallanes un territorio liberado, una república popular o algo por el estilo. Luego, las persecuciones pertinentes, los encarcelamientos necesarios, las torturas a tiempo, los fondeos de hombres todavía con vida en las aguas del famoso estrecho de Magallanes, la recuperación del orden público, el imperio de la obediencia, el dictamen de las buenas intenciones. Y entonces las personas de bien, pudieron, por fin, respirar tranquilos en los salones, en los templos de culto, en los cuarteles.

Los fugitivos llegaban un año y medio tarde, y eso era mucho tiempo, para una causa urgente como la anarquista. Salvaron la vida, por cierto; pero cayeron directo a una tierra apagada para la revolución. Para el gallego Soto, comenzó otra historia. Tuvo que permanecer oculto, luego salir de polizón hacia el norte de Chile. Él quería regresarse cuanto antes a las llanuras de Santa Cruz. Quería continuar la batalla, tal como aquella tarde del 7 de diciembre fatídico, cuando le clamaba a sus compañeros que se fueran con él a los montes, y desde allí continuar con su guerra proletaria. No sabía bien si de guerrillas o de qué tipo, pero seguir en la contienda, como hombre bravío que era. Se quedó sin regresar, hasta diez años después, y eso ya eran siglos. Volvió a la provincia de Santa Cruz, que una vez fue su suya - es un decir- fue su propio y humilde Palacio de Invierno. Pero llegó a otra historia, a otro tiempo. No le reconocieron. Fue negado cien veces. No había memoria entre su gente, solo había miedo en grandes cantidades.

Ahora, escribo esto a unos cuantos años de que se cumplan un siglo de ocurridos los hechos. Un poco más de veinte años, y veinte años no es nada. Confieso que lo hago con la displicencia que da el tiempo transcurrido. Aún así ajusto mi sombra a este fragmento de historia de la Patagonia. Lo hago porque siento que se trata de un episodio trunco, inacabado. Quizás como lo son todos los episodios que protagonizan los hombres. Sólo a los dioses les son destinadas, en las escrituras, escenas resueltas de verdad, porque se imaginan eternas. Sin embargo, en nada cuenta que a mí los dioses me parezcan absurdos, porque en la historia de la muerte son imbatibles. Más sigo el hilo de este breve episodio patagónico, porque me atañe directamente. Después de todo, he nacido aquí, en el confín de la Tierra, donde tuvieron lugar estos hechos. Le podría dar, con cierta ayuda, un orden cronológico bastante exacto, establecer una secuencia, pormenorizar a diestra y siniestra, pero me seguiría pareciendo que le falta algo; no sé, tal como decía Goethe acerca de la historia de Napoleón, y uso estas palabras sólo como referencia; sentimos como si debiera haber en ella algo más, pero no sabemos qué. Fin de la cita. Y es tal cual con respecto a este jirón de tiempo, al derrotero de este hombre indócil, que vio un día arder todo el mundo a su alrededor. La historia de Antonio Soto Canalejo se me antoja inconclusa para él y para todos los que intentaron llegar al paraíso en la tierra, declarando la huelga general y a lomos de caballos. Quizás faltó en la Patagonia de aquellos hombres algo de ferocidad insurrecta, de instinto homicida, de esa transmutación cruenta que hace a los hombres pasar de víctimas a victimarios. No sabría decirlo. Ahora todo sería conjeturas, cálculo de probabilidades, estrategias de salón. No pienso caer en esa impudicia. Sólo me resta afirmar, y corro el riesgo de la aventura, que cuando Antonio Soto Canalejo y sus compañeros llegaron al territorio de Magallanes, con toda su bravura a cuestas, en este rincón austral, la siempre frágil llama de la rebeldía popular ya estaba apagada por completo, ya había caído en la cuenta del miedo pánico, ya la Idea de los anarquistas estaba sepultada bajo siete palmos de olvido puro; es decir, tierra muerta; y que desde entonces, en Magallanes, o más preciso que eso aún, en la Patagonia, la domesticación de los hombres, hasta nuestros días, es un hecho objetivo. Desde entonces, salvo las excepciones de rigor, mansedumbre, obediencia ciega, mirada ovejuna. Basta con decir que el mismo Antonio Soto Canalejo dejó sus huesos en la ciudad de Punta Arenas, no sin antes convertirse, con los años, en un ciudadano correcto, con nombre y domicilio conocidos, en un padre de familia ejemplar. Nada que agregar.

* El Ferrol, la misma localidad española en la que nació, en 1892, alguien a quien, Soto Canalejo habría conocido en sus años de infancia: Francisco Franco.


ESOS DESCONOCIDOS SOLDADOS CHILENOS (Parte 3)

<h2><u><hr>ESOS DESCONOCIDOS SOLDADOS CHILENOS (Parte 3)</h2></u>

Foto: Leonardo Jeffs Castro

El Deber Extra - Santa Cruz - Bolivia, Mayo de 2004

LEONARDO JEFFS CASTRO:
BUSCANDO PUNTOS DE ENCUENTRO ENTRE PAÍSES



Soldados chilenos con uniforme militar de Bolivia y defendiendo el territorio boliviano. No, no es ficción. Ocurrió hace casi 70 años y en la Guerra del Chaco. Éste es un episodio poco conocido de dicho conflicto bélico que, de alguna manera, nos acercó al vecino país, porque tuvo como protagonistas a un centenar de hombres que luego retornaron a Chile con las marcas de un doloroso conflicto, pero con una visión distinta de Bolivia. Otros, los menos, optaron por reiniciar sus vidas por estas tierras


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El historiador chileno Leonardo Jeffs Castro (66 años) visitó por primera vez Bolivia en 1969. Vino a participar de un congreso de profesionales cristianos del Cono Sur. Este viaje fue decisivo para que cambiara la idea que tenía del país y vio la necesidad de establecer vínculos que contribuyan a un acercamiento entre chilenos y bolivianos. “Con esta visita muchos de los prejuicios que yo llevaba se rompieron como por encanto. Me di cuenta de lo interesante que eran Bolivia y su gente. También tomé conciencia de que no podíamos vivir tan distanciados como estábamos. Entonces me hice el propósito de lograr un acercamiento”, explica el docente de la Universidad Católica Raúl Silva Henríquez y de la Universidad de Valparaíso. En la medida en la que fue pasando el tiempo, Jeffs fue conociendo más detalles de la historia de Bolivia y recorrió el país en una veintena de viajes.

Búsqueda. El historiador y pedagogo chileno investiga desde hace más de 30 años la historia de Bolivia y Chile. Tiene escrito un libro sobre Aquiles Vergara Vicuña y estudió la participación de chilenos en la Guerra del Chaco. Contribuyó también a la Fundación del Instituto Chileno Boliviano de Cultura en Antofagasta y a la reactivación del Instituto Chileno Boliviano en Santiago. Jeffs pertenece al grupo de académicos que cree se debe dar una salida satisfactoria a las aspiraciones marítimas de Bolivia. “A raíz de este acercamiento era imprescindible tocar el tema marítimo y junto a un grupo de amigos nos dimos cuenta de que otra gente ya había trabajado en esa línea. Encontramos entonces a Aquiles Vergara Vicuña, investigamos sobre él y empezamos a estudiar su obra”, explica el historiador y agrega que éste fue el primer paso para luego hacer un estudio grupal de la participación chilena en la Guerra del Chaco.

“Todo esto obedece a la búsqueda de lugares de encuentro, porque mucho nos preocupamos de encontrar puntos de desencuentro. La historia es de claroscuros, de encuentros y desencuentros, y hay muchos puntos de acercamiento entre Chile y Bolivia a los que no se les da importancia”, finaliza Jeffs.


LOS OTROS SOLDADOS, LOS OLVIDADOS

<h2><hr><u>LOS OTROS SOLDADOS, LOS OLVIDADOS</h2></u>

Foto: Gral. Carlos Prats


por Andrés Monares Ruiz

El Mostrador – 8 de Octubre de 2004

El último 30 de septiembre el Ejército de Chile rindió homenaje oficial al General Carlos Prats González. Tuvieron que pasar treinta años para ello, por una razón bastante obvia: fue asesinado por la DINA, organismo que dependía directamente de Augusto Pinochet. Los antaño subordinados de Prats, planearon y ejecutaron el asesinato de quien fuera su superior, su camarada de armas, de un miembro de la familia militar (matando también a su esposa). El olvido posterior en que el Ejército lo tuvo no hacía más que resaltar su culpa. Al tiempo que, como otros tantos hechos, esa actitud hizo coherente que lamentablemente se hable con propiedad de un gobierno militar y no de la dictadura de Pinochet.

Mas, el 30 de septiembre el General Cheyre eludió el delicado asunto de quién ordenó matar a Prats y organizó el crimen. Dejando la duda si sus palabras conciliadoras y de homenaje responden a un sentimiento verdadero, pero con una insuficiente autocrítica institucional; o, a una limpieza de imagen que al tiempo deje tranquilos a sectores “duros” del Ejército activos o en retiro (con lo inapropiado y peligroso que sería que un Comandante en Jefe tuviera que hacerlo). De esa forma, respecto al bombazo que quitó la vida lo denominó un “irracional asesinato” y declaró: “El Ejército de Chile rechaza una vez más [sic] la sevicia de los autores de este vil crimen, cuyo ejecutante material y confeso goza de libertad al amparo de una ley extranjera”.

Ese “ejecutante material” es Michael Townley, quien actuó en tanto miembro de la DINA, es decir, como agente del Estado de Chile. Por lo que sólo fue el último eslabón de una cadena que sube por otros militares implicados (algunos altos ex oficiales ya declarados reos en Chile) hasta el jefe de dicha organización criminal: Augusto Pinochet. El silencio de Cheyre respecto a esto respondería, siguiendo sus dichos, a su explícito rechazo a “transformar (...) en villanos a los que hasta hace poco cumplimentábamos”. No obstante, ¿es posible mantener tal actitud y hacerla pasar por legítima cuando esos cumplidos eran para asesinos comprobados?. O sea, ¿su villanía sería supuesta al radicar en meras opiniones tendenciosas? Las miles de fojas de cuantiosos juicios testimonian por sí solas.

En su alocución el actual Comandante en Jefe del Ejército también habló de “cientos de chilenos y chilenas, civiles y militares caídos” fruto de la “irracionalidad” de un período. Pocos podrían hoy no estar de acuerdo en la crisis vivida. Sin embargo, el culpar a una época tiene el problema moral de exculpar a los hechores de crímenes atroces, horribles en sí mismos, en su sistematicidad y ensañamiento. No estamos hablando de cualquier falta, ni de esa falacia de los “excesos” esporádicos de mandos medios. Hablamos de crímenes de lesa humanidad organizados y ejecutados desde el Estado. Tan terribles que no hace falta tener un posgrado en derechos humanos para rechazarlos. Basta la más mínima humanidad para sostener que nadie, piense como piense o haga lo que haga (hasta los mismos torturadores y asesinos de la dictadura), merece ser tratado así.

Uno de esos “militares caídos” es recordado hoy en el Parque por la Paz Villa Grimaldi. Es en ese sitio y no en algún lugar relacionado al Ejército, porque no perdió la vida defendiendo el gobierno de Pinochet. Por el contrario, fue muerto por sus camaradas de armas. Se trata de otro miembro de la familia militar: el Cabo Segundo Carlos Alberto Carrasco Matus. Como tantos otros jóvenes, por simplemente estar cumpliendo su servicio militar en 1973, se vio atrapado por las circunstancias y fue obligado a ser partícipe de delitos.

Carlos Carrasco fue destinado a la DINA y ejerció funciones de guardia en Villa Grimaldi. Dentro de la más extrema y casi inimaginable maldad que se vivía a diario en dicho lugar, él se mostró humanitario con los “prisioneros”. Testimonios indican que al ser sorprendido (¿se puede a alguien “sorprender” por estar “cometiendo” un acto humanitario?) el coronel Marcelo Moren Brito ordenó que, en presencia del resto de los guardias, se le golpeara con cadenas hasta morir. La sádica y brutal lección para esos espectadores, obligados a participar en el asesinato, era que no se aceptarían “traidores”.

El Parque por la Paz Villa Grimaldi, con sus hermosos jardines, es en cierta medida una forma de recordar a la vez que de intentar superar tanta maldad. Cuando lo visité, una sobreviviente de ese horror fue narrando parte de lo que les ocurrió a las cuatro mil quinientas personas que estuvieron allí secuestradas entre 1973 y 1979 (226 de ellas desaparecidas o ejecutadas). Cuatro mil quinientas en la más atroz indefensión ante la cotidiana rutina de vejaciones, arbitrariedades y tormentos, ante la muerte. Cuatro mil quinientas a las que nunca se le formularon oficialmente cargos. En ese relato que se va haciendo en los lugares respectivos del Parque, se pueden llegar a palpar esas abstracciones jurídicas denominadas secuestro, apremios ilegítimos, homicidio.

Esos hechos nos recuerdan que el mal existe. No la mera denominación legal de delito, ni ése de nuestras miserias y mezquindades diarias. Sino el mal con mayúscula, el casi inimaginable. Por eso, me parece que Carlos Carrasco es una muestra real de que hasta en las peores condiciones, en las más difíciles, viles y perversas, la bondad humana puede manifestarse. Aunque incluso llegue a costar la vida por una espantosa muerte. Por eso, tal vez el mejor lugar para recordar a Carrasco y su ejemplo sea justamente la Villa Grimaldi.

Carlos Prats González, con su alta investidura, procuró (mal o bien) contribuir a encontrar una salida pacífica para el país. Carlos Alberto Carrasco Matus, un suboficial convertido en carcelero, trató de paliar con pequeños pero inmensos gestos el sufrimiento de otros seres humanos. Dijo Cheyre en el homenaje al primero refiriéndose a su asesinato y al de su esposa: “nada puede justificar este horrendo crimen (...) sólo una mente turbada pudo concebir que al quitarles la vida los privaría a ambos de sobrevivir a la muerte en el pensamiento de los hombres y sus conciudadanos”.

¿Se referirá así un día algún Comandante en Jefe del Ejército para expresar su homenaje a Carlos Alberto Carrasco Matus y a los otros militares muertos por sus propios compañeros de armas? Por ahora, esa deuda sigue pendiente para con los otros soldados, los olvidados. Esos que tuvieron que callar y actuar contra sus convicciones para salvar su vida, los que perdieron su trabajo, los que sufrieron cárcel, los que fueron asesinados.

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(El discurso del General Cheyre se puede encontrar en www.ejercito.cl; información sobre Villa Grimaldi en www.villagrimaldicorp.cl)
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(*) Antropólogo, profesor en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile.


ESOS DESCONOCIDOS SOLDADOS CHILENOS (Parte 2)

<h2><hr><u>ESOS DESCONOCIDOS SOLDADOS CHILENOS (Parte 2)</h2></u>

Foto: Aquiles Vergara Vicuña


El Deber Extra - Santa Cruz - Bolivia, Mayo de 2004

Soldados chilenos con uniforme militar de Bolivia y defendiendo el territorio boliviano. No, no es ficción. Ocurrió hace casi 70 años y en la Guerra del Chaco. Éste es un episodio poco conocido de dicho conflicto bélico que, de alguna manera, nos acercó al vecino país, porque tuvo como protagonistas a un centenar de hombres que luego retornaron a Chile con las marcas de un doloroso conflicto, pero con una visión distinta de Bolivia. Otros, los menos, optaron por reiniciar sus vidas por estas tierras


Aquiles Vergara Vicuña y su gran afecto por Bolivia



Se alistó como voluntario en el Ejército boliviano dejando atrás varios años de una activa vida política en su país y convencido de que la causa boliviana en la guerra era más que justa. Con ese mismo convencimiento gestionó ante personeros chilenos el derecho del país a tener una salida marítima. Aquiles Vergara Vicuña dejó testimonio de ello en sus libros, en los que también expresó su apego a Bolivia, donde decidió vivir y pasar los últimos días de su vida.

Vergara Vicuña nació el 12 de junio de 1895 en Viña del Mar. Era nieto del destacado político liberal Benjamín Vicuña Mackena y de José Francisco Vergara Echevers, uno de los ministros de Chile durante la Guerra del Pacífico. Estudió en la Escuela Militar y egresó en 1914 como oficial de artillería. Estuvo en Cuba y España cumpliendo diversas misiones para su país. Estos viajes le permitieron iniciarse en la escritura. En los años 20 dejó la vida militar para dedicarse a la política, donde se desempeñó como diputado del partido Radical y luego fue ministro de Justicia e Instrucción Pública en el Gobierno de Carlos Ibáñez. En 1930, junto a su esposa Anita Petre, visitó por primera vez Bolivia y Perú. De ese viaje dejó testimonio en dos escritos. Luego de un intento frustrado por retornar a la política, decidió abandonarla y se anotó como voluntario para la Guerra del Chaco en 1934.

“Tenía la conciencia de estar viviendo una etapa singular de mi existencia, casi novelesca; había vuelto al ejercicio de la vocación de mi niñez, comenzaba a olvidar las desazones de la incomprensión y de la estulticia turiferaria de ese triste y envilecedor medio político chileno en que, por un concepto recto y puro de patriotismo, había quemado inútilmente mis alas de luchador y la fe en la bondad de los hombres. Me sentía nuevamente sereno y fuerte en un medio que no me pertenecía por cuna, pero al cual me sentía ya ligado por los lazos ideológicos y afectivos que crean y justifican las adopciones. No pedía más”, escribió en “El Caldero del Chaco”.

Ingresó como teniente coronel y no pidió ningún trato excepcional, sino igualitario al de los otros oficiales de su rango. Fue destinado como Comandante de Artillería del Primer Cuerpo de Ejército.

Finalizada la contienda bélica fue invitado por el Estado Mayor del Ejército Boliviano a escribir junto con el teniente coronel peruano, Julio Guerra, una historia del conflicto. Obra que, desde 1936, encararía solo y que empezaría a publicar entre 1940 y 1945. El resultado de ese trabajo fueron siete volúmenes bajo el título de Historia de la Guerra del Chaco. Este trabajo aún sirve de fuente para muchos investigadores, pero también ha sido muy cuestionado por los historiadores Roberto Querejazu y Juan Lechín Suárez.

Radicado con su esposa en Bolivia llegó al cargo de general de brigada sin que hubiese renunciado a su nacionalidad chilena e incursionó en política a finales de los 40. Vergara Vicuña fue también un gran activista por los derechos bolivianos al mar. Hizo gestiones ante políticos chilenos, recibió algunos apoyos, pero también duras críticas de sus paisanos.

Retirado del Ejército boliviano se dedicó a la pintura y a la enseñanza de esgrima. Además, construyó su casa en La Paz haciendo una réplica de un castillo que vio en España y que aún queda al lado del Hospital Obrero de La Paz. Cultivó amistad no sólo con militares, sino también con intelectuales como Raúl Botelho Gonsálvez. Vergara falleció en 1968 a la edad de 73 años.


JUAN CAMERON: JUGAR CON LA PALABRA

<hr><h2><u>JUAN CAMERON: JUGAR CON LA PALABRA</h2></u>

Por Aristóteles España

A través del historiador chilote Renato Cárdenas conocimos el libro de poesía “Perro de circo” (1979) del poeta Juan Cameron (Valparaíso, 1947) a comienzos de los ochenta en la ciudad de Castro, Chiloé. El texto, una obra singular, de gran arquitectura y oficio era y es parte de un proyecto mayor cuyos resultados se expresan veinte y tres años más tarde en un libro antológico titulado “Jugar con la palabra” (Ediciones Lom, Santiago, 2003).

Esta obra, dotada de la belleza y magia que producen los grandes artistas es una compilación de casi toda su producción poética que comienza con “Las manos enlazadas” (1971), hasta sus textos escritos en Suecia y otros países nórdicos donde residió durante una década.

Cameron maneja un tipo de ironía difícil de encontrar en los poetas chilenos actuales. Desacraliza la realidad, juega con los mitos urbanos, con el tiempo que está detenido en sus lugares personales y que al mirarlo a través de sus ventanas cobra vida independientemente del texto. Es decir, el tiempo recorre la fisonomía del lenguaje de sus versos, ya sean telúricos, de amor, urbanos, marítimos, con un hondo pesimismo por los días que corren. La mirada del autor es escéptica, no confía en los mitos instalados en la sociedad actual y hace crecer una vertiente llena de paradojas a lo largo y ancho de sus poemas.

La relación entre escritura y vida adquiere en este libro un doble significado. Por una parte, el poeta dialoga con los espejos de la humanidad; esos sitios donde se configuran los proyectos de vida; y, por otro lado, la cosmovisión de su poesía instalada en el escenario cultural chileno: sus guiños a Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, Enrique Lihn; la búsqueda de una identidad y el sello que lo identifica como un escritor comprometido con su tiempo histórico. El desenfado, sus críticas a las obsesiones de un Chile en decadencia, que debe reinventarse a si mismo si no quiere naufragar.

“Jugar con la palabra” es una casa de la memoria. Por su paredes, ventanas, puertas, rincones, se respira una aire gogoliano; sus imágenes llenas de obsesiones nos hacen pensar en lluvias, truenos, nunca en días de sol o bonhomía. Los trazos de sus adverbios o adjetivos comprueban lo que decía Huidobro: la vida en el poema es fundamental para buscar lugares donde el ensueño, el encantamiento, formen parte de un corpus donde sea posible inventar un mundo nuevo o, al menos, morir en ese intento.

Conocimos al autor en la Sociedad de Escritores de Chile a fines de los años 70, en Santiago; en las recordadas tertulias literarias de la Editorial Nascimento presididas por Oreste Plath. Frecuentamos bares, tugurios, bibliotecas, asistimos a recitales y nos tocó entrevistarlo para el primer número de la revista de poesía “La Pata de Liebre”, el año 1986.

Nos reencontramos en su “puerto principal”, el mismo Valparaíso cuya atmósfera se respira en su libro “Cámara Oscura” en el verano de este año 2004. Estaba preocupado de editar obras de autores jóvenes de esa ciudad. La difusión cultural es una de sus pasiones. En un mundo mezquino, las personas como él ennoblecen el espíritu y crean corrientes positivas para el desarrollo de nuevas expresiones, no sólo literarias.

Esta muestra antológica debiera ser material de estudio en los colegios de enseñanza media del país, en los departamentos de literatura chilena de nuestras universidades. Un autor con voz propia como Juan Cameron corrobora lo que decía Juan de Luigi, el recordado crítico chileno: “que la poesía redescubre los sonidos, nos ayuda a mirar la interioridad con ojos de niño; que es posible atrapar el tiempo, jugar con la eternidad, esa díscola muchacha”.


ESOS DESCONOCIDOS SOLDADOS CHILENOS (Parte 1)

<hr><h2><u>ESOS DESCONOCIDOS SOLDADOS CHILENOS (Parte 1)</h2></u>

El Deber Extra - Santa Cruz - Bolivia, Mayo de 2004

Textos: Ricardo Herrera F, Leonardo Jeffs y archivo

Soldados chilenos con uniforme militar de Bolivia y defendiendo el territorio boliviano. No, no es ficción. Ocurrió hace casi 70 años y en la Guerra del Chaco. Éste es un episodio poco conocido de dicho conflicto bélico que, de alguna manera, nos acercó al vecino país, porque tuvo como protagonistas a un centenar de hombres que luego retornaron a Chile con las marcas de un doloroso conflicto, pero con una visión distinta de Bolivia. Otros, los menos, optaron por reiniciar sus vidas por estas tierras


La incorporación de soldados chilenos se concretó en abril de 1934 y los que llegaron al país eran, en su mayoría, militares retirados que fueron contratados por el Gobierno boliviano para engrosar las tropas que en esos años estaban en el frente de batalla. El mayor contingente llegó en mayo de ese año y se fueron incorporando otros hasta principios de 1935. En total sumaron 105 hombres los que ingresaron en las filas bolivianas como oficiales, aunque según el historiador chileno Leonardo Jeffs existió un número mayor de personas que combatieron como soldados o suboficiales de los que no hay datos; sin embargo, Jeffs, que ha dedicado muchos años de estudio al tema, sólo pudo identificar con nombres y apellidos a poco más de un centenar. Datos similares ha recogido el historiador boliviano Ramiro Molina Alanes, que también tiene un trabajo publicado al respecto.

Los soldados provenían de la fuerza aérea y algunos de las fuerzas armadas; otros eran carabineros o civiles. Cinco de los militares que llegaron al país ingresaron con el cargo de teniente coronel. Entre ellos estaba Aquiles Vergara Vicuña, ex militar y político de larga e importante trayectoria en Chile. Vergara Vicuña dejó siete volúmenes y otros escritos sobre la contienda del Chaco. Textos que aún siguen siendo consultados por los investigadores.

También dieron testimonio de su presencia en Bolivia un mayor, del que sólo se pudo saber que se apellidaba Barrientos y que escribió un libro sobre la contraofensiva boliviana en el río Parapetí, y un subteniente que dejó un texto sobre sus visiones del Chaco.

Pero, ¿cuáles fueron los motivos para que se diera la unión entre soldados que desde la Guerra del Pacífico eran enemigos? Para que se produjera este acercamiento influyeron las circunstancias que vivían ambos países. Avanzada la guerra, Bolivia tenía escasez de oficiales y eso determinó que se revisara la negativa del país de incluir soldados chilenos en sus filas, propuesta que había surgido en Chile a principios del conflicto. Por su parte, el país vecino vivía un periodo muy convulsionado y había muchos oficiales y suboficiales en retiro. “Los que voluntariamente aceptaron venir eran jóvenes que sentían que lo único que sabían hacer era estar bajo el mando militar y que no tenían muchas oportunidades de desempeñarse en otros campos. También estaban los que tenían problemas económicos y vieron una posibilidad de ganar algo de dinero. Otro grupo tenía un afán de aventura y no faltaron los que decidieron apoyar a Bolivia, porque creían que sus razones eran justas”, comenta Jeffs.

En contraparte, el historiador boliviano Roberto Querejazu sostiene la hipótesis de que “fue una manera hábil de los chilenos para que sus oficiales conocieran la organización militar boliviana y para que sus soldados ganaran práctica en conflictos bélicos”. El autor de Masamaclay minimiza la presencia chilena en la contienda y dice que ellos llegaron en la etapa final del conflicto, cuando el ejército boliviano estaba pertrechado en la zona de la cordillera y no tuvieron la dificultad de luchar en el llano, donde el terreno y las condiciones eran mucho más complicadas. Lo cierto es que los soldados chilenos contribuyeron a la defensa de Villamontes y a la contraofensiva en el río Parapetí y, como en toda guerra, también sufrieron bajas. Entre ellas la del teniente Francisco Ortega, el capitán Vicente Romero y el teniente coronel Ignacio Aliaga. Los dos primeros murieron en batalla y el tercero en un accidente de aviación en el escenario de la guerra.

Los soldados chilenos estuvieron poco más de un año en la Guerra del Chaco y la mayoría de ellos retornó a su país. Jeffs entrevistó a familiares de algunos ex combatientes ya fallecidos y casi todos coincidieron en lo dura que fue esa experiencia, pero también reconocieron la buena acogida que tuvieron de sus pares bolivianos. El historiador tuvo la oportunidad de entrevistar a finales de los 90 a uno de los pocos ex combatientes con vida. El hombre tenía 89 años y había trabajado como instructor de la escuela de suboficiales “Aprovécheme pero no dé mi nombre”, recuerda que le dijo.

La presencia de soldados chilenos fue uno de los puntos de mayor tensión entre Chile y Paraguay. Otro fue el pedido del Gobierno paraguayo para que el país trasandino prohibiera el ingreso de armas a Bolivia por sus puertos. A ello se debe agregar la contratación de 1.000 obreros chilenos en las minas de estaño que reemplazaron a los que se encontraban en la guerra. Todos estos hechos contribuyeron a que se creara un clima de mayor acercamiento entre los contendientes de la Guerra del Pacífico. Incluso se llegó a hablar de una alianza entre Chile, Perú y Bolivia, y la creación de una Federación del Pacífico. Pero el tiempo y las circunstancias han determinado nuevamente el alejamiento y las actuales tensiones entre ambos naciones.

Además de los voluntarios que vinieron a la contienda hubo casos especiales como el de Pablo Saint Marie, que nació en Santa Cruz de la Sierra y que en 1913 emigró con su familia a Chile. Su padre era chileno y su madre de una distinguida familia cruceña. Cuando llegó la guerra con el Paraguay, Saint Marie retornó a Bolivia y se alistó como oficial de Sanidad. En el frente de batalla se volvió a encontrar con amigos de la infancia, entre ellos el historiador Humberto Vázquez Machicado, que también era compañero de su hermano Darío y que dejó algunos testimonios en varias cartas.

De la participación chilena en esa guerra existen pocos testimonios y aún quedan muchas historias por contar. Por ejemplo, el periodista Mariano Baptista Gumucio conserva el uniforme, algunas postales de la época y una bala con la que fue herido el subteniente chileno Arturo Benavides, cuyo hijo le entregó estas pertenencias, mientras era cónsul de Bolivia en Chile a fines de los 90. “Lo curioso del caso es que el padre de este militar había luchado en la Guerra del Pacífico en contra de los bolivianos y dejó un libro de memorias con un gran valor literario”, cuenta Baptista, que aún no sabe si entregará los objetos al Museo Militar de La Paz o al Museo Histórico de la Guerra del Chaco que se tiene previsto construir en Villamontes.

El ex director del diario Última Hora aprovechó su gestión en el país vecino y realizó un reconocimiento a los ex combatientes chilenos de la Guerra del Chaco. Al homenaje asistieron familiares de los soldados, a los que entregó un diploma donde se destaca su aporte. Ninguno de los directos homenajeados estaba presente, pero sus familiares coincidieron en destacar que a pesar de lo duro de la guerra, se llevaron buenos recuerdos del país, concluye Baptista.


PERVERSIONES SEMÁNTICAS

<hr><h2><u>PERVERSIONES SEMÁNTICAS</h2></u>

Foto: José Steinsleger

Por José Steinsleger

La Jornada, México D.F.

A mediados de los ochenta, en una ciudad de los Andes ayudé a organizar el Centro de Estudios para la Liberación Nacional “Simón Bolívar”, organismo no gubernamental no lucrativo, etcétera. Especialidad: investigaciones sobre Comunicación Alternativa (así se decía entonces) y otras yerbas destinadas a poner en evidencia la forma en que los medios meten gato por liebre. Los holandeses ponían la plata. No mucha pero suficiente para que los profesionales el equipo pudiesen realizar la tarea sin sobresaltos.

Once meses después, llegó de Amsterdam una pareja de la financiera con el propósito de evaluar el proyecto. Quedaron encantados. Los objetivos habían sido cumplidos con creces. Sin embargo, a la hora de discutir el nuevo presupuesto, el que era gordo y sudoroso dijo al otro algo en su lengua demoníaca. “What did you say?”, pregunté. Para hacerla corta, el holandés respondió: “¿No convendría que vuestra ONG se llame Centro de Estudios `Simón Bolívar'?”. Lo primero que me vino a la mente fue la situación de Dorita, la socióloga divorciada del equipo, y sus tres niños en edad escolar. Acepté pensando que a Don Simón, hombre sustantivo al fin, poco le hubiese perturbado la eliminación el adjetivo. El presupuesto fue aprobado.

Al año siguiente enviamos a Europa a un integrante del equipo con igual cometido. Ídem anterior: satisfacción total por los objetivos cumplidos. Pero a su regreso, el compañero manifestó que el gordo sudoroso de la financiera propuso que el Centro de Estudios se transformase en “consultora internacional”. Gran despelote. De los cinco que éramos quedamos un investigador y 66 centésimas. Armando se llevó la computadora. Paladines otra más. Dorita dijo que los anaqueles servían para los libros de sus hijos. Invocamos la “memoria histórica”. El Pilas aseguró que éramos “nostálgicos del pasado” y habló durante una hora con términos novedosos que sonaban a rock: perestroika y glasnost.

La centrifugación existencial avanzó. Semanas más tarde participé en un programa de TV para debatir, precisamente, los nuevos aires de la época. No recuerdo por qué usé la expresión “lucha de clases”. Pero sí la displicencia de una doctora de la FLACSO que tenía los dientes amarillos por el cigarro: “¿Usted se refiere a los `grados de conflictividad de los actores en gestión'?”. Atiné a decir: “¿Mande?”.

Quedé descolocado. Sometido a una sutil microcirugía conceptual, las innovaciones semánticas de la “globalización” exigían el “dime qué lenguaje usas y te diré lo que piensas”. Así, entendí que los países ricos “se desarrollan” y los pobres crecen; que “eficiencia” y “productividad” sustituyen a distribución: “inequidad” y “equidad” a injusticia y justicia; “mercado libre” a capitalismo salvaje; “democracia de mercado” a estado de bienestar; “interdependencia” a pérdida de soberanía; “maquila” a enclave colonial; “flexibilidad laboral” a trabajo a destajo; “gente” a pueblo; “agente social” a dirigente (o líder de base); “ajuste” (política de) a hambre (política de); “necesidades básicas” a derechos sociales; “modernización” a desarrollo; “globalización” a imperialismo; “rezago” a subdesarrollo y “gracias a la vida por haberte conocido”, en versión cosquillosa de Thalía, a “gracias a la vida por haberme dado tanto”, en versión dignificadora de Violeta Parra.