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SÍNTOMAS INCIPIENTES DE CAMBIO

20060101155143-prepa11-1-.jpgPor Enrique Lacolla
La Voz del Interior – Córdoba – 1º de Enero 2006

Si vamos a caracterizar el año internacional que se cierra con base en las tendencias que podrían discernirse de entre la multitud de acontecimientos que lo han poblado, habría que ceñirse a dos. La primera es la presión migratoria que el mundo subdesarrollado ejerce sobre las fronteras del que no lo es, y que encuentra también expresión en la división que, pese a todo el confort que informa al universo privilegiado, también habita a éste. La segunda es la generación, lenta pero permanente, de una ola de fondo popular en América latina, que tiende a cerrar la herida infligida a sus movimientos de liberación nacional en las tres últimas décadas del siglo 20.

Durante 2005, en el “vientre blando” de Europa, el Mediterráneo, se acentuó el empuje del asalto al Paraíso –o supuesto tal– por las masas de indigentes provenientes del norte de África o del corazón del continente negro. Esto se expresó en episodios aún más espectaculares que la permanente corriente de inmigrantes que se filtran por entre las redes de las guardias costeras o se ahogan en el mar tratando de hacerlo.

Este año, el fenómeno se corporizó en el asalto a cuerpo desnudo contra las alambradas de púa del enclave español de Melilla, en Marruecos, desde donde los migrantes presumen pueden valerse de la ley española para no ser expulsados y obtener, de algún modo, su posterior paso al continente europeo.

Asimismo, los disturbios en París y otras ciudades de Francia pusieron de relieve que la escisión del mundo entre ricos y pobres, entre integrados y desplazados, es intrínseca también a las sociedades acomodadas, y que el componente racial complica y agrava la división de clases.

En la frontera entre Estados Unidos y México, por fin, la decisión estadounidense de erigir un muro para acotar la continua filtración de los migrantes latinos está terminando de levantar una nueva muralla de Berlín entre dos mundos, sólo que en esta ocasión no es para impedir escapar, sino para no dejar entrar. Dos formas distintas pero simétricas de negar la libertad.

Todo esto no hace, sin embargo, sino refrendar el estado en que se encuentra el mundo posterior a la era del bipolarismo: el Imperio continúa impertérrito con sus políticas en Oriente Medio, y las otras potencias mundiales lo acompañan con distintos grados de anuencia. Esta anuencia incluye a los potenciales rivales de Washington a mediano término, como China y Rusia. Tienen demasiado que perder en un enfrentamiento directo y de momento se mantienen, en el caso ruso, a la defensiva o, en el chino, en una disposición de competencia pacífica.

América latina

Sólo en América latina, entre las regiones dependientes del mundo, se vislumbran signos de cambio. Parecen distinguirse por un realismo superior al que informara otras experiencias de ese tipo en el pasado. Hugo Chávez, Evo Morales, Ollanta Humala, Néstor Kirchner y Luiz Inácio “Lula” da Silva, entre otros, se ubican en una posición que, genéricamente y más allá de los matices radicales o contemporizadores que exhiben estos personajes, está igualada en una intención de unificar el continente y de apartamiento –que a veces se sospecha sea más verbal que real– de las consignas del neoliberalismo.

Pero, por vacilantes que sean, los cambios que se dan en los países del área tienen por expresión resultados electorales que soplan a favor de los candidatos denominados como de izquierda o populistas, lo que supone una reconexión del presente con las oleadas de fondo que en el pasado conmovieran al continente.

El varguismo, el peronismo, el emenerrismo o el castrismo de la década de 1970, expresaron, en distintos ciclos, una pulsión popular en ascenso que hoy, a la vuelta de las represiones y del maremoto neoliberal, vuelve por sus fueros.

Articularla va a ser una tarea difícil, aunque no imposible. No se puede ignorar la fragilidad que hasta ahora reviste el emprendimiento, incluso en el seno del Mercosur, su expresión más importante.

La autorización de una base estadounidense en Paraguay por el gobierno de ese país y la ratificación de un tratado de libre comercio con Estados Unidos de parte del Parlamento uruguayo, son dos muestras de que hay muchos hilos sueltos en este paquete. Y la actitud de la burguesía paulista que preferiría una Argentina agrícola y no industrializada, o la imprudente oposición del gobierno entrerriano y de la Cancillería argentina a las papeleras uruguayas en la ribera del río que marca la frontera entre los dos países, suministran también ejemplos teñidos de escandaloso oportunismo. Un oportunismo a corregir, si se quiere que el proyecto marche.

Domingo, 01 de Enero de 2006 11:48 aonike ;?> Hay 2 comentarios.


BOLIVIA

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EVO MORALES Y LOS CICLOS DE LA HISTORIA SURAMERICANA


Por Enrique Lacolla
Publicado en "La Voz del Interior" - Córdoba - 27/12/2005
Difunde Causa Popular

América latina está ingresando a una nueva etapa histórica. Las dificultades que promete son grandes, pero la recompensa es inmensa.

La historia tiene patrones cíclicos, movimientos que expresan constantes en el seno de una sociedad. El universo latinoamericano no es una excepción a esto y asiste hoy al desenvolvimiento de uno de esos momentos, impregnado en esta ocasión, por suerte, de un espíritu que retoma las oleadas de afirmación popular que se abrieron paso en el continente durante los años ‘40 y ‘70 del pasado siglo.

Por supuesto que esta reconexión con el pasado se carga no sólo con los elementos que provienen de él, sino también con el caudal de experiencia de lo vivido y con los rasgos que son intrínsecos a este tiempo.

Conviene, por lo tanto, olvidarse de las expectativas apocalípticas que fogonearon algunos de los anteriores intentos de afirmación social y nacional. En parte porque el pasado no se repite, en parte porque algunos de ellos tuvieron demasiados errores y en parte también porque tales presunciones no responderían a los datos del presente. No hay, en la actualidad, elementos que consientan ese tipo de ilusiones. El presente se insinúa positivo, pero difícil, y la peor manera de evaluarlo y de coordinar las líneas de acción que conduzcan a su modificación progresiva sería la de imaginar unos "mañanas que cantan" y una revolución a la vuelta de la esquina.

Pero que las cosas se mueven y que lo hacen en un sentido que tiende a revertir las coordenadas de la experiencia neoliberal que devastó al subcontinente en las tres últimas décadas, parece indudable. Así como también se hace evidente que por primera vez comienza a tomar cuerpo la vieja aspiración de recomponer la unidad iberoamericana, articulada a la sombra del imperio español, soñada por los Libertadores y frustrada por el peso de unas realidades objetivas que se derivaban de la debilidad de esas sociedades y de la presencia de unas tendencias centrífugas imantadas por la influencia británica.

Suma

Los datos que informan la inflexión positiva a la que nos referimos pueden contabilizarse en una serie de episodios que arrancan de tiempo atrás –entre nosotros de la explosión popular que en diciembre del 2001 expulsó del gobierno a Fernando de la Rúa–, y que en este momento se manifiesta en una variedad de hechos que denotan un cambio respecto de la actitud de subordinación a Estados Unidos de los gobiernos sudamericanos, cambio que es fruto, en esencia, de la nueva constelación geopolítica que comenzó a articularse a partir de la creación del Mercosur. Lo cual demuestra, de paso, que las etapas históricas no arrancan de golpe ni se dan con un solo paso.

Sumemos los hechos que consienten una apreciación optimista de la realidad. La conferencia de los presidentes americanos en Mar del Plata que le dio un portazo al Alca; el megagasoducto que unirá a Venezuela con los países del Mercosur; la integración de la "república bolivariana" a esta última organización; el triunfo de Evo Morales en las elecciones presidenciales de Bolivia; la posible proyección a la primera magistratura de Perú del mayor Ollanta Humala Tasso–un militar de inspiración chavista y expresivo de los "movimientos originarios"–, y la adhesión de Javier Pérez de Cuellar, ex secretario general de la ONU, a su candidatura, adhesión que podría resultar decisiva para su consagración pues le aportaría el respaldo de una parte importante de la clase media de ese país.  

Por último, en el recuento de factores auspiciosos hasta podría contabilizarse al impulso dado por el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, a las conversaciones de paz, gestionadas por Fidel Castro, entre el gobierno de Bogotá y el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Uribe ha sido visto habitualmente como un peón de Washington, pero hasta aquí ha resistido con bastante éxito a las presiones de Estados Unidos para enemistarlo con Hugo Chávez, actual bestia negra de la Casa Blanca en América del Sur y sobreviviente a varias conspiraciones en su contra urdidas en el seno de los servicios estadounidenses.

Conexiones 

Son demasiadas cosas juntas como para que no estén indicando una tendencia. Ahora bien, esta tendencia se conecta a las otras dos oleadas de ascenso popular producidas en los tiempos modernos. 

La primera fue la que circuló en los años ‘30 y sobre todo ‘40, cuando en América latina comenzaron a cuestionarse las bases sobre las que descansaba el "nuevo pacto colonial" establecido después de la Independencia. El varguismo en Brasil, el peronismo en la Argentina, el aprismo en Perú, el emenerrismo en Bolivia y el planteo antiimperialista de Lázaro Cárdenas en México, dieron comienzo a una lucha dirigida a recomponer el mapa social de nuestros países según premisas más justas en lo social y más soberanas en lo político y lo económico. Duramente resistida por el sistema de complicidades locales que se nutría de la situación de dependencia, embestida por el imperialismo y denostada con el calificativo de populista, esa tendencia recorrió un gran trozo de camino, osciló entre triunfos y fracasos y fue en general repelida, corrompida o desplazada por la articulación oligárquica del establishment y sus valedores internacionales. 

Volvió a surgir en los ‘60, al influjo de la revolución cubana y de la peregrina teoría del foco que pretendía "hacer de los Andes la Sierra Maestra de América latina", pero que, de hecho, no consiguió conciliar las distintas realidades sociales del abigarrado panorama del subcontinente para reducirlas al denominador común de la revolución castrista; expresión, ella también, de una circunstancia peculiar y de una coyuntura irrepetible.

En la estela de este fracaso se filtró una gigantesca oleada reaccionaria que acabó no sólo con el proyecto insurreccional del Che Guevara y del castrismo, sino también, lo que fue peor, con las resistencias que existían en los remanentes de los movimientos nacional populares de las décadas pasadas. 

El tsunami neoliberal que durante tres décadas inundó al continente a partir de entonces, ha refluído ahora. Al menos por un tiempo. Dejó tras de sí innumerables destrozos. Los habitantes de esta tierra baldía, sin embargo, no han perdido ni la memoria ni la voluntad de escapar al fracaso personal y social que un sistema extraño a sus necesidades les ha impuesto a lo largo del tiempo y están adquiriendo la convicción de que esa liberación es indisociable de un proyecto común, que esté en capacidad no sólo de imponerse a los tradicionales factores que impusieron el atraso, sino también de sobreponerse a otro maremoto como el que acaba, en apariencia, de remitir.

Encrucijada 

La victoria del caudillo indígena Evo Morales en Bolivia puede ser un punto referencial de la compleja articulación en que habrán de desenvolverse los movimientos nacionales en esta encrucijada. Aquí es útil tener en cuenta las lecciones del pasado y recordar que todas las veces que el bando nacional-popular llegó al gobierno en nuestras sociedades, hubo de afrontar tres obstáculos: los que provienen del poder enquistado en las corporaciones oligárquicas; los que surgen del espectro ultraizquierdista que corre al nuevo líder "por el lado que dispara" y que son en extremo peligrosos en la medida que lo distraen de su objetivo, lo provocan y lo descolocan frente a sus enemigos; y los provenientes de su propio movimiento, que con frecuencia exterioriza la inmadurez que es propia de las fuerzas sociales que recién se asoman a la política y que carecen de cuadros instruidos y bien preparados, lo cual asimismo puede abrir el espacio para la irrupción individuos provenientes de los peores escalones de la política práctica del pasado. 

De las tres oposiciones la más fuerte es la primera, la más molesta y quizá más riesgosa es la segunda, y la más limitante es la tercera. 

Sin embargo, hay un factor a tener en cuenta como elemento moderador de este tercer elemento, en el caso boliviano: el sorprendente margen que el electorado proporcionó a la victoria de Morales y que está indicando la presencia de sectores nada desdeñables de la clase media en el apoyo conferido al MAS. A ello hay que sumar el hecho de que Morales se alzó con el triunfo incluso en el secesionista Oriente. Todo esto indica un profundo cambio de conciencia, que afecta en buena medida a los sectores medios. Esto implicará con toda posibilidad un golpe mortal al Estado neocolonial y racista que se enseñoreara del país, con breves intervalos, desde el siglo 19 para acá.
En cuanto al voto cruzado que ha consagrado a candidatos opuestos a Morales en varias de las más importantes "prefecturas" –alcaidías, municipalidades–, ello no tiene por qué ser, necesariamente, un síntoma negativo: puede estar reflejando un grado de madurez en el electorado que lo hace evaluar a los candidatos no por la pertenencia a una determinada fuerza, sino por sus aptitudes personales y por la confianza que son capaces de inspirar.

Se tiene la sensación de que en América latina se está caminando por una ruta vieja y nueva a la vez. Harán falta memoria, tino y empeño para avanzar por ella. Memoria para recordar las lecciones del pasado, tino para saber evaluar las dificultades del camino, soslayándolas cuando no se las puede enfrentar directamente, y empeño para persistir en un esfuerzo que seguramente será largo y difícil.

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Miércoles, 28 de Diciembre de 2005 23:14 aonike ;?> No hay comentarios. Comentar.


VIENTOS EN EL TECHO DE AMÉRICA

20051218153850-f60095bolelecc28galp-1-.jpg

Por Enrique Lacolla
La Voz del Interior – Córdoba – 18 de diciembre de 2005


Ernesto “Che” Guevara, cuya aplicación de la “teoría del foco” elaborada por el intelectual francés Regis Debray lo llevó al desastre, al sobredimensionar las virtudes del voluntarismo como expediente para consumar un proyecto revolucionario, acertaba sin embargo cuando entendía que Bolivia era una de las claves geopolíticas que podían abrir el camino a la integración sudamericana.

Riquísima en minerales y energía, provista de una geografía variada y dramática, ubicada en el corazón del continente, habitada por las masas indígenas más sobre- explotadas en la historia americana y en contacto con las potencias de la región, el valor estratégico de Bolivia es igual a dos cuestiones igualmente contundentes.

Por un lado, la incapacidad de la dirigencia ávida y mezquina que la gobernó durante la mayor parte de su historia.

Por el otro, al abrumador castigo que su población indígena padeció a lo largo de siglos, desde la Conquista hasta promediar el siglo 20, cuando algunos sectores de la pequeña burguesía intelectual y militar intentaron cambiar el estado de las cosas.

Lo lograron apenas de manera parcial y a un costo muy alto, pero las semillas de la disconformidad revolucionaria que arrojaron cayeron sobre un terreno fértil, aunque muy difícil.

Hoy se vota en Bolivia y el candidato mejor perfilado para obtener el triunfo es un heredero de esta turbulenta vocación insurreccional: Evo Morales, un indio de pura raza y expresivo de los intereses del pueblo bajo, a los que conjuga con un decidido anti- imperialismo y nacionalismo que hacen hincapié en la preservación de las riquezas energéticas del país y su aplicación a la generación de unas ganancias que se inviertan en él y no se dilapiden afuera.

Elección y después

No es probable, empero, que las elecciones vayan a resolver las dificultades de la situación boliviana, que en años recientes se han agigantado hasta asumir los contornos de una crisis terminal.

Evo Morales y el Movimiento al Socialismo (MAS) son la expresión de la insurgencia acumulada en los grupos más sumergidos de la población.

Son, también, su manifestación más razonable, pues están lejos de la utopía pesadillesca de una nación india independiente y soberana, como la auspiciada por el dirigente aymara Felipe Quispe, quien, desde la otra punta del espectro político, viene a coincidir con los separatistas “blancos” del oriente del país, muy interesados en precipitar la segregación de esa parte del conglomerado boliviano para explotar en solitario sus riquezas.

Riesgos y posibilidades

El riesgo de una fragmentación del país es muy real; está abonado no sólo por los factores internos sino también por presiones extranjeras, de origen vario, pero a las que con seguridad no son ajenos los intereses transnacionales que se vehiculizan en las empresas de hidrocarburos. Ellos se mezclan de forma inextricable con los de los planificadores del Pentágono y también, por qué no, con los que eventualmente podrían surgir de una perspectiva mezquina de las cancillerías de Brasilia y Buenos Aires respecto de las ventajas coyunturales que podrían arrancarse de la secesión de algunas franjas del territorio boliviano.

Así están las cosas. No prometen un panorama tranquilizador, pero tampoco debería entendérselas como una condena.

Las situaciones extremas suelen tener como contrapartida la posibilidad de utilizarlas para clarificar un panorama y para proceder a un reacomodamiento que en ocasiones es útil para reordenar las cosas en un sentido progresivo.

La verdad es que las tendencias profundas de Iberoamérica, en el sentido de ir hacia una mayor integración, están tan presentes como las tentativas centrífugas que buscan partirla aun más de lo que hoy está.

Las primeras tendencias se exteriorizan en fenómenos como el Mercosur, la Cumbre de Mar del Plata y la proliferación de hechos políticos que en cierto modo se espejan unos a otros, como puede ser la presencia del Movimiento Etno Cacerista de los militares Antauro y Ollanta Humala en Perú, que enarbola un discurso nacionalista y antiimperialista, con afinidades con el del presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

Según las encuestas más recientes, Ollanta Humala estaría en el segundo lugar entre los candidatos a ocupar la presidencia peruana en las próximas elecciones, con altas probabilidades de alcanzar el primer puesto a la hora de los comicios.

Así las cosas, no debe extrañar demasiado que Estados Unidos esté moviendo sus fichas, de las cuales la base Mariscal Estigarribia en Paraguay no es la menor. Tal vez sea hora de que Argentina y Brasil compatibilicen sus políticas y preparen una hipótesis de tormenta.


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Domingo, 18 de Diciembre de 2005 11:35 aonike ;?> Hay 1 comentario.


“FALTA UN PROYECTO REVOLUCIONARIO"

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Enrique Lacolla

Foto: La Voz del Interior

El periodista Enrique Lacolla se convirtió en el ganador de la segunda edición del Premio provincial

Consagración Letras de Córdoba 2005, que la Agencia Córdoba Cultura entrega cada dos años

en reconocimiento a quienes por su trayectoria se han distinguido “en el mundo de la ideas genuinas”.


Por Emanuel Rodríguez l Especial.
La Voz del Interior – Córdoba – 7 de Diciembre de 2005

En esta ocasión, el homenaje estuvo dedicado al género ensayo, y la elección del autor premiado la realizó un jurado integrado por Roberto Ferrero, Domingo Ighina, Norma Morandini, Diego Tatián y Daniel Teobaldi, quienes designaron, por tres votos contra dos, al ensayista Enrique Lacolla, columnista de La Voz del Interior. El docente y filósofo Gaspar Pío del Corro quedó en segundo lugar.

Lacolla recibirá 10 mil pesos y la Agencia Córdoba Cultura editará una antología de sus escritos, tal como hiciera con Alejandro Nicotra, Premio Consagración 2003.

En diálogo con La Voz del Interior, el periodista y ensayista se mostró sorprendido y halagado por la distinción, y dijo que su carrera (si bien sigue escribiendo casi a diario, se jubiló recientemente y en los últimos dos años publicó dos libros) está pasando, quizá, “por los fuegos del otoño”.

–¿Qué significa este premio para usted?

–Ante todo una sorpresa. Una magnífica sorpresa. No me lo esperaba para nada. No digo que no sintiera que eventualmente podría recibir alguna vez una distinción de este tipo, sino que me parecía improbable y desde luego estaba completamente fuera de mis expectativas actuales. Por supuesto, es un motivo de gran satisfacción y orgullo. Y de agradecimiento, pues supone que lo que uno escribe encuentra un eco tanto entre el público como ante un tribunal nominado específicamente para evaluarlo.

Un otoño agitado

El cine en su época: aportes para una historia política del filme, el anteúltimo libro de Enrique Lacolla, marcó en 2002 el inicio de una tendencia en el mercado editorial cordobés: a partir de la buena repercusión que tuvo, los sellos locales comenzaron a interesarse en la publicación de libros de cine, una categoría que estaba notablemente postergada. Y este año, su firma volvió a estar entre los libros más importantes del año, con El siglo violento: una lectura latinoamericana de nuestro tiempo.

–¿Cómo calificaría este momento de su carrera?

–¿El de los fuegos del otoño, quizá? Desde que me jubilé he podido escribir dos libros que no me animaría a calificar mayores, pero sí como unitarios, provistos de un propósito que hasta cierto punto cierra su parábola narrativa o discursiva dentro de las páginas de la obra. Esto es imposible en el ejercicio cotidiano de la profesión periodística, obligada por el espacio y urgida por el tiempo. Y afortunadamente puedo seguir ejerciendo el periodismo, desde una posición marginal, pero que todavía comporta mucho de la carga de adrenalina que hay en el oficio y que puede llegar a extrañarse.

–¿Cuáles fueron los principales desafíos que le planteó el periodismo?

–Decir rápido, decir bien y decir justo. Y a estas características que podríamos llamar técnicas, hay que añadir otra, fundamental: decir la verdad, en la medida de lo posible. Pues todos sabemos que no siempre es posible hacerlo plenamente, por el imperio de las circunstancias contingentes; pero siempre es factible no mentir. Personalmente, no siempre pude decir todo lo que quería, pero jamás dije lo que no quería decir.

Naufragio utópico

Para el jurado, según afirmó Roberto Ferrero, el premio otorgado supone un reconocimiento al hecho de que el trabajo de Enrique Lacolla ha jerarquizado el periodismo cordobés, en un contexto particularmente marcado por cierta banalización del oficio. Norma Morandini, por su parte, agregó que “el periodismo gráfico busca parecerse cada vez más a la televisión, y en ese camino se pierde profundidad. Los periodistas como Lacolla, que son académicos y al mismo tiempo saben comunicar, son el único camino para que los diarios sigan ofreciendo buena lectura”. Sin embargo, para Lacolla, el problema no parece estar tanto en el ejercicio del periodismo, sino en el contexto en el que ese ejercicio se lleva a cabo.

–¿El periodismo de reflexión está en crisis?

–Lo que está en crisis es la sociedad moderna, y la argentina en particular. Desde hace décadas hay una avalancha de vulgaridad que tiene por principal vector a la televisión, pero a la que no escapan los otros medios. Las raíces del fenómeno son complejas, pero tienen un común denominador: la dependencia económica y cultural del país respecto de unos países centrales, que a su vez experimentan una inflexión reaccionaria como consecuencia del naufragio de la utopía. No hay proyecto revolucionario en el mundo, cuando más falta haría que existiese. El único proyecto es la maximización de la ganancia y esto, en un contexto de debilidad como es el nuestro, tiende a anular el pensamiento.

–En ese contexto, ¿cuál es el desafío del periodismo para el siglo 21?

–Hacerse cargo de lo que acabo de decir. Esto es, reconectarse con el presente y con la historia del siglo 20 en todo lo que tuvo de trágico y magnífico, de espléndido u horrible, para entenderla y retomar el discurso crítico de sus grandes temas: capitalismo o socialismo, revolución o guerra, orden o caos. Si no lo hacemos de motu proprio, me temo que las cosas sucederán automáticamente y de la peor de las maneras posibles.

–¿Qué consejo le daría a un periodista que está comenzando su carrera?

–Que se ilustre. Que aprenda. Que lea –ensayos, novelas, poesía, lo que le guste– y vea cine. Que se empape de la historia de nuestro tiempo. Que se adiestre en el manejo del lenguaje: dominarlo es la única manera de representarse adecuadamente las cosas, de entenderlas y de transmitir persuasivamente el propio punto de vista a los demás. Y que sobre todo se esfuerce en comprender que las cosas no suelen ser en blanco y negro, sino que están llenas de matices. Eso lo ayudará a verse a sí mismo con algo de humor y a navegar por una realidad difícil, resistiéndola, y tal vez contribuyendo en algo a modificarla. Un poquito, aunque más no sea... Y si no lo consigue, al menos habrá dado testimonio de sí mismo.

Martes, 13 de Diciembre de 2005 19:30 aonike ;?> No hay comentarios. Comentar.


“DONDE DA LA VUELTA EL AIRE”

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Por Enrique Lacolla
La Voz del Interior – Córdoba – 27 de Noviembre de 2005
 

Vientos de cambio soplan en el mundo. Están lejos de constituir un huracán, pero dan testimonio de que algo se está agotando y de que se empieza a abrir camino una conciencia de modificar un estado de cosas que viene de décadas y que sólo acarrea hasta aquí sufrimiento, anomia y muerte.

La reunión de Néstor Kirchner y Hugo Chávez en Puerto Ordaz, que supuso el lanzamiento del audaz proyecto de un gasoducto que vinculará a Venezuela con los países del Mercosur, en un momento en que las relaciones del bloque regional con Estados Unidos no pasan por su mejor momento, más la virtual conformación de un eje Caracas-Brasilia-Buenos Aires, es un dato que no se puede tomar a la ligera, como hacen muchos comentaristas que insisten en el histrionismo del presidente venezolano, el humor atrabiliario del argentino o la escasa disposición de un elusivo Luiz Inácio “Lula” da Silva en el sentido de comprometerse a fondo en la alianza regional. Es evidente que cada mandatario se expresa de acuerdo a sus propios requerimientos internos y también, por qué no, a su propio carácter; pero es obvio también que compromisos de esta envergadura no pueden tomarse sin un acuerdo previo entre los socios del bloque, que por otra parte se apresta a institucionalizar la incorporación de Venezuela a éste, cosa que ya empezaba a estar claramente asentada en los hechos.

Este progreso en la integración latinoamericana es un dato muy positivo, no sólo por lo que representa en el ámbito de la historia de nuestros países, que ven así el diseño (difuso aún) de una perspectiva unitaria frustrada desde la independencia, sino porque, al revés de lo que ocurre, por ejemplo, en las manifestaciones parisinas que han concurrido a dar un toque incendiario a la protesta contra el sistema, están direccionadas de manera racional y pueden ser profundizadas sin promover problemas. Antes al contrario, de su profundización provendría la superación o el comienzo de la superación de esas dificultades.

Pero un síntoma positivo provino también de un lugar y de una constelación política que empezábamos a dar por perdidos. En Israel, Amir Peretz, el jefe de la Histadrut o Central del Trabajo, ha resultado elegido para dirigir el Partido Laborista, venciendo a Shimon Peres.

Este hecho puede tener ramificaciones importantes en la política interna israelí y en la perspectiva de una paz con los palestinos. Peretz tiene ascendencia en inmigrantes judíos de Noráfrica –la misma extracción social, con diferente práctica confesional, de los que protagonizaron los disturbios en París en las semanas pasadas. Esa masa de votantes, que es la menos favorecida desde una faz económica, había sido decisiva para la elección de Menahem Begin al frente del Likud y había contribuido, por lo tanto, a consolidar el núcleo duro del conservadurismo israelí frente al problema palestino. Al bascular hacia la izquierda, podrían determinar el final del predominio de la rica elite askenazi en el laborismo, convirtiéndose así en un hecho dinamizador de una política israelí que ha oscilado entre los accesos expansionistas y una coriácea resistencia a admitir el factor palestino como actor legítimo en el proceso regional.

El factor Bush

Frente a estos sorprendentes movimientos, la cúpula de Washington parece aferrarse al diagrama previsto desde hace años y dirigido a capturar o a implantarse en las áreas estratégicas del globo y a demonizar a quienes no se ajusten a ese programa, barriéndolos del mapa cuando eso resulta necesario.

La última revelación de lo peligrosos que son los métodos que el establishment norteamericano puede propugnar se filtró días pasados en el diario británico Daily Mirror. El cotidiano publicó el “memo” secreto de un coloquio entre George W. Bush y Tony Blair, desarrollado el año pasado, durante el cual el mandatario norteamericano le expresó a su par inglés que quería atacar la central de la televisora independiente árabe Al Jazeera, en su sede central de Qatar. El premier británico lo habría disuadido alegando la gravedad de las consecuencias que semejante acto podía acarrear.

Por cierto que luego se pretendió hacer pasar las expresiones de Bush como un rasgo de humor, señalando que no eran sino una broma; pero, conociendo los antecedentes que en esa materia se han producido en estos años, los periodistas de la famosa cadena árabe no deben sentirse muy seguros dentro de su piel.

Convengamos en que la prepotencia no es la mejor forma de enfrentar los retos de un mundo cambiante. Tal vez los síntomas que reseñamos dan la pauta de que se empieza a reaccionar de manera saludable frente a ellos.

Domingo, 27 de Noviembre de 2005 20:31 ;?> No hay comentarios. Comentar.


"EL SIGLO VIOLENTO"

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EN EL MARCO DEL HOMENAJE A FORJA SE REALIZÓ EL ACTO DE PRESENTACION DE "EL SIGLO VIOLENTO" DE ENRIQUE LACOLLA, EL SEGUNDO LIBRO DE EDICIONES CAMINOPROPIO. PRESENTARON EL LIBRO, ANTE 50 COMPAÑEROS Y AMIGOS PRESENTES, FRANCISCO PESTANHA  DE PENSAMIENTO NACIONAL, ALBERTO GUERBEROF DE CAUSA POPULAR Y ENRIQUE OLIVA DEL INSTITUTO MALVINAS. A CONTINUACION REPRODUCIMOS LAS PALABRAS QUE DIRIGIO ENRIQUE LACOLLA.

 

Difusión: Causa Popular

 

 

Como lapso histórico, el siglo XX dura todavía, si nos atenemos a los datos que configuran el movimiento del mundo desde 1914 hasta la fecha. Más que nunca vivimos en la era de la guerra mundial, aunque en la larga y revolucionaria andadura de estos años hayan surgido y caído regímenes y se haya articulado una superpotencia hegemónica que aparentemente ha emergido victoriosa de la polémica entre ideologías, sistemas económicos y poderíos militares.

Estados Unidos se postula abiertamente a la supremacía global, tras el naufragio o el eclipse de sus rivales a lo largo de un siglo. La Alemania del káiser Guillermo y de Adolfo Hitler, el Japón del Mikado, la Unión Soviética y, último pero no el menos importante, el Imperio Británico. Que al comienzo de esta larga disputa era primus inter pares, pero que se agotó en el largo esfuerzo realizado por conservar su puesto y cuya matriz original, la Gran Bretaña, se resigna ahora a fungir de adláter de la megapotencia.

Hasta el momento el único ganador de este torbellino, en términos absolutos, es Estados Unidos. Pero el ser ganador en las condiciones del mundo actual, plantea el peligro de creer que esa victoria puede ejercerse en provecho propio. Y no es así. Los problemas que aquejan al mundo aun son más devastadores que en 1914, sólo que no hay vectores nacionales o sociales que puedan asumir el reto de pretender resolverlos por cuenta propia. Ni siquiera Estados Unidos, pese a su musculatura.

Acaparar una victoria, en efecto, no siempre significa resolver los problemas que llevaron a la guerra. Un planeta dividido entre ricos y pobres, entre naciones bien provistas, y otras indigentes o miserables; donde la riqueza se concentra cada vez más y la pobreza se expande cada vez más rápido; recorrido por dilemas morales que giran en torno de la bioética, acosado por el espectro del hambre a pesar de sus enormes riquezas, con problemas crecientes de abastecimiento energético y de deterioro ambiental, con una progresión demográfica que desde el mundo sumergido golpea a las puertas del mundo desarrollado; con enormes problemas de representatividad política que establecen a su vez un campo de elección para la proliferación de las conspiraciones oligárquicas y de los credos fundamentalistas que reaccionan contra la crisis de identidad que resulta de este vacío…, este mundo es una bomba de tiempo.

Sólo conociendo lo que nos ha traído hasta aquí, es posible empezar a representarse cuáles pueden ser las salidas de este laberinto. No podemos hablar de modelos hechos; todo tiene que hacerse a partir de ahora. Pero partir de aquí no supone desconocer lo que nos ha precedido y nos ha traído adónde ahora estamos, sino entenderlo puntualmente.

La información que nos brinda la historia oficial de nuestro tiempo está, al menos en lo referido al material que se arroja para el consumo de las masas, afligida de una distorsión que se funda en la confección de verdades hechas, sacrosantas, contra las cuales es imposible rebelarse a menos arriesgar la calificación de totalitario, fascista, antisemita, comunista o, simplemente, autoritario. En el campo de los estudios académicos no siempre la situación es mejor: hay un temor cerval a irrumpir con posturas que de alguna manera tiendan a modificar los lugares comunes de la versión "democrática" de la historia –en la acepción que el establishment da al término democrático, es decir, la de una representatividad donde lo que cuentan son los representantes y no los presuntamente representados. Condenados, estos, a elegir entre fórmulas que difieren en la superficie pero jamás en el fondo, que sostienen la infalibilidad del mercado y del laissez faire, cualquiera sea el costo que su mantenimiento suponga para quienes no están en condiciones de dirimir fuerzas con los gigantes de la economía mundial.

Este es el panorama, que repropone, a una escala incomparablemente superior, la inviabilidad del sistema capitalista tal como lo conocemos, devolviéndonos a la época de las grandes propuestas para derrocarlo o, al menos, modificarlo radicalmente.

Se dirá que ahora no hay un proletariado operante, que esté en condiciones de gravitar políticamente para estrangular al sistema a través de la huelga o, eventualmente, la insurrección revolucionaria. Es cierto. Pero deberíamos tomar en cuenta que, en el pasado, ese proletariado no operó por cuenta propia sino que, en todas las ocasiones, su espontaneidad hubo de ser canalizada por partidos de extracción en esencia pequeño burguesa, cuya operatividad fue henchida por las masas obreras y campesinas, carentes sin embargo de una vocación de poder arraigada tal como lo era la de la burguesía.

Esas masas, en definitiva, apuntaban muy natural y legítimamente a configurarse como un estrato propietario, a convertirse en clase media, en el caso de los proletariados urbanos; y, en el de los países sometidos al coloniaje, a acceder a esa dignidad a través de una revolución nacional que sacudiese el yugo extranjero.

Hoy, tanto el proletariado como la clase media y las sociedades dependientes, están sometidos a la presión del imperialismo más anónimo que imaginarse pueda; pero que de alguna manera recibe el contrachoque de ese anonimato en la forma de una conducción irresponsable, incapaz de forjarse una idea de equilibrio y entregada a una especie de dinámica preventiva originada en cálculos mecánicos mucho más que en una evaluación racional de las cosas.

La "guerra preventiva" que los planificadores del Imperio enarbolan como sistema para demoler no sólo a las oposiciones que encuentran en su camino sino para preparar la aniquilación de sus potenciales rivales, es simbólica de esta manera inhumana de calcular las cosas. El arte, que suele prodigar anticipos muy reveladores de las corrientes subterráneas que trabajan a la cultura, un par de décadas atrás ya estaba pronosticando el advenimiento de esta era de monstruos que se está inaugurando, a través de un filme de gran éxito: Terminator, donde las máquinas, que se habían adueñado de las palancas del poder, habían condenado a la entera raza humana al exterminio en razón de su incapacidad para seguir las normas automáticas –es decir, inhumanas- del cálculo electrónico.

Más que una ironía, es una confirmación de la pertinencia de ese anticipo el hecho de que el actor que personificaba al robot asesino en esa película, se haya convertido en el actual gobernador de California.

Los Bush, Reagan, Schwarzenegger, son exteriorizaciones de la máquina, fantoches parlantes de un régimen deshumanizado que prosigue ciegamente un camino dictado por el criterio de la maximización de la ganancia y por un social darwinismo que propugna la supervivencia de los más fuertes, sin atender al delicado hecho de que esa fortaleza no es tanto el resultado de la selección natural, sino más bien la consecuencia de prácticas predatorias cultivadas durante siglos y que si bien han hecho avanzar al mundo, lo han llevado al borde un abismo donde esos métodos deben ser revisados si no se quiere que nos arrojen a él.

Hay que tener en cuenta que el capitalismo está agotando los recursos naturales del planeta sin tener todavía los recursos para desarrollar fuentes energéticas alternativas y sin una clara capacidad de frenar el deterioro ecológico, como no sea apelando al control manu militari de las reservas que quedan y a la coerción o el avasallamiento de los países y pueblos donde estas se encuentran. Lo que naturalmente promete una catarata de problemas de consecuencias imposibles de pronosticar.

Generar alternativas a este estado de cosas es por lo tanto imperioso. Pero sólo se podrá descubrirlas andando. La generalización de un "cognitariado" –es decir, de una infinidad de personas capaces de lidiar con la tecnología y de decodificar sus pautas, es esencial a este proceso y también connatural a él, pues es lo único que puede dotar de linfa a los conductos por los cuales circula el conocimiento. Pero esta generalización implica también un previo desarrollo de las potencialidades culturales, intelectuales, sociales y productivas de los países que se encuentran bajo la férula del sistema imperialista.

Este desarrollo, a su vez, sólo puede lograrse continuando las luchas que distinguieron al inmediato pasado en su doble dimensión: la que nos afectó directamente y la que lo enmarcó desde una circunstancia externa. Conocer estas coordenadas resulta, por lo tanto, un expediente indispensable para ir forjando las armas de la liberación. La máquina de desinformar e incomunicar hace de la distorsión de la historia un recurso para el desarme intelectual y político de las jóvenes generaciones. El maniqueísmo, la "macchietta" biográfica, el reduccionismo y la versión made in Hollywood de los fenómenos de la historia contemporánea, se dan la mano con una versión pasteurizada del progresismo, que lo entiende no ya como un combate por la revolución social, la liberación nacional y la solidaridad humana, sino más bien como un expediente para salvar a las minorías "transgresoras"; para propagandizar una liberación de las costumbres que se parece demasiado al hedonismo y para generar conflictos secundarios que tapen con su ruido las grandes contradicciones fundamentales: capitalismo y socialismo, dependencia y liberación nacional, políticas hegemónicas de poder y luchas por la liberación de las masas postergadas y explotadas.

El libro que presentamos hoy quiere ser una síntesis de los acontecimientos que han dominado el siglo XX puestos bajo la luz de esta problemática fundamental. Para ello he intentado seguir el hilo rojo de los fenómenos más ostensibles de una historia "evenemencial" tan dramática como catastrófica, tan explosiva como llena de posibilidades de hacer el bien o el mal a manos llenas. La guerra del ’14 como apertura a las tempestades del mundo moderno, la tregua significada por el período de entreguerras, la reproposición del conflicto por el poder mundial y su definición entre 1939 y 1945, el nuevo antagonismo surgido de esta; la manifestación del reclamo de los pueblos coloniales y dependientes (proyección global y magnificada de la escisión en clases del mundo desarrollado); y, por cierto, la forma peculiar que este combate adopta en nuestra parte del mundo. En esta América latina que todavía no termina de encontrarse pero que cuenta, a pesar de todos sus inconvenientes, con un capital inapreciable en el mundo de falsas contradicciones étnicas al que nos están llevando: su capacidad de asimilación racial y de mezcla cultural.

Este tesoro es fruto del carácter aluvional de la conquista, colonización y mestizaje que estas sociedades vivieron y siguen viviendo, y donde es factible reconocer, como lo señala Arturo Uslar Pietri, una serie de factores que se influyen mutuamente a lo largo del tiempo. Entre ellos la fusión de los españoles con las distintas civilizaciones indígenas, el aporte de los esclavos africanos, las varias oleadas inmigratorias que se aposentan en estas playas y el espacio, el espacio americano, que propone paisajes, climas y accidentes geográficos muy variados en una tierra sin confines, que por este mismo carácter de apertura infinita predispone a la libertad y a la asimilación de lo nuevo.

Como en toda síntesis, es infinitamente más lo que ha quedado afuera que lo que ha entrado en este libro. Pero, dentro de este obligatorio límite, espero haber dado en el clavo y haber construido un relato útil, sobre todo para los jóvenes, de esta época que nos arrastra y que contiene todas las expectativas paroxísticas y las condenas de la maldición china que reza: "ojalá te toque vivir en una época interesante".

Y bien, somos patriotas de nuestro tiempo y, en medio de tanta convulsión y en el subibaja de la historia, agradecemos poder combatir todavía en esta batalla.

Jueves, 24 de Noviembre de 2005 19:43 ;?> No hay comentarios. Comentar.


ILUMINADOS POR EL FÓSFORO

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Por Enrique Lacolla

La Voz del Interior - Córdoba

20 de Noviembre de 2005

Irak sigue siendo noticia. Y, a decir verdad, con justificación, pues allí se ventila mucho de lo que está en juego en el mundo de hoy y se experimenta un tipo de guerra que, según lo confiesan los mismos analistas de Estados Unidos, va a distinguir las confrontaciones militares por largo tiempo.

El general John F. Kimmons, jefe de los servicios de inteligencia del Ejército norteamericano, por ejemplo, no se recata en decir que, más allá de lo que acontezca en Irak o Afganistán, la lucha contra la insurgencia (que él califica de terrorista y fundamentalista) va a seguir por muchas décadas más en otras partes del mundo.

Resulta obvio que la “guerra infinita” que proclamaba el presidente George W. Bush inmediatamente después del 11-S, está en marcha y no habrá de detenerse.

Quizá sea hora de hacer las cuentas con esta perspectiva, pues ella no tiene visos de modificarse, cualquiera sea la opción política que se imponga en el Imperio. A menos que algún contratiempo de veras serio afecte a fondo la base social en la que se apoya su establishment y mine desde adentro la política hegemónica en que se ha embarcado.

El mismo general Kimmons, en un reportaje publicado por la National Defense Magazine, entiende que será una lucha larga y difícil y pretende que la clave para vencerla es un cambio radical en la concepción de la cadena de comando, que debería mutar de su actual verticalidad a una estructura horizontal.

En ésta, las decisiones se tomarían a nivel de pelotón o de sección, a partir de una red informática horizontal (flat network) que mantendría la comunicación entre las pequeñas unidades y les consentiría adoptar resoluciones de manera independiente y casi instantánea respecto de un objetivo fluido y en permanente movimiento, al que resulta difícil fijar en el campo de batalla.

El jefe norteamericano hace hincapié en la habilidad de los resistentes iraquíes para aprender de su enemigo y para aplicar las filmaciones de combate a la propaganda y al aprendizaje táctico, mientras aprovechan las posibilidades de Internet para intercambiar datos y para configurar un mensaje político y religioso que vulnera las barreras de los medios de comunicación comerciales, consintiéndoles elaborar un contradiscurso que rebate al discurso dominante.

Se trata de “un enemigo que inspira respeto, persistente y comprometido”, concluye.

Esta exposición, impregnada de un frío realismo militar, debería compararse con los análisis de otros comentaristas, que estiman por lo bajo a la resistencia iraquí, conceptuándola como muy inferior a la que se produjera en Vietnam.

Estos análisis deducen que el movimiento insurreccional está condenado, porque carece de importantes apoyos externos, no tiene una dirección y un objetivo únicos, no posee una ideología que aglutine de manera racional a sus militantes y se encuentra desprovisto de móviles modernos.

Todo esto es verdad, hasta cierto punto. En efecto, no hay muchas probabilidades de una victoria que pueda compararse a la obtenida por Ho Chi Minh y sus continuadores en el sudeste asiático.

Pero, ¿no será justamente la falta de comando único, la dispersión ideológica y celular de los militantes contra la ocupación y, a pesar de esto, su habilidad para manipular la tecnología, lo que les permitirá adaptarse a las condiciones de la “guerra infinita” que preconiza el sistema?

Viejas prácticas

En oposición a lo predicado por Kimmons, los procedimientos en batalla del ejército norteamericano no desdeñan los elementos menos sutiles y más brutales de la acción militar.

Las denuncias sobre bombardeos con fósforo blanco sobre objetivos iraquíes vienen a sumarse a las efectuadas sobre los centros de detención clandestinos en Europa oriental, donde se torturaría y quizá se haría desaparecer a los militantes islamistas.

El fósforo blanco sirve tanto para iluminar como para incinerar. Nada lo apaga y arde hasta que se consume. En realidad, es un arma que tuvo un uso extensivo y terrible durante la Segunda Guerra Mundial, durante la cual los británicos la emplearon de forma indiscriminada contra Alemania y los estadounidenses contra Japón.

Las “tormentas de fuego” que consumieron Hamburgo, Dresde y Tokio –y a gran parte de sus habitantes– fueron generadas por ese elemento.

Curiosamente, Adolfo Hitler, que tenía cierta debilidad por el Imperio británico, se abstuvo de usarlo contra Londres, cuando tuvo la oportunidad de hacerlo, en 1940. Quería pactar con Inglaterra. Después, ya le fue imposible.

Nada permite suponer que la barbarie de los tiempos modernos vaya a menguar. Venimos de un siglo de guerras. Y la guerra seguirá siendo el reaseguro del sistema.

Lunes, 21 de Noviembre de 2005 22:19 ;?> No hay comentarios. Comentar.


EL BUMERÁN DEL GUETO

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Por Enrique Lacolla
La Voz del Interior – Córdoba – Argentina
Miércoles 16 de Noviembre de 2005

Los desórdenes que se producen en París pueden, en cierto sentido, resultar gratificantes para nosotros, que solemos padecer de una manera de pensar el mundo que pone a Europa (o, más genéricamente, al Occidente desarrollado) en un pedestal. Esa admiración se da la mano con cierto desprecio o con un resignado escepticismo acerca de las posibilidades que tiene nuestro país o el conjunto de América latina en el sentido de acceder a niveles tan extremados de civilización y/o eficiencia.

A pesar de que el Occidente ha exhibido muchas veces características odiosas, cierto esnobismo cultural en el país tiende, de forma consciente o inconsciente, a aprobarlo como un todo.

Ahora bien, aunque son obvios los aportes que la civilización occidental ha realizado a la humanidad, así como también son ostensibles e innegables los lazos de sangre y cultura que nos unen a ella, también es verdad que América latina representa una realidad diferente y, en algunos aspectos, más benévola que la de esa realidad trasatlántica que tanto nos fascina.

Ello no significa que esta parte del mundo esté exenta de contradicciones. Todo lo contrario. La brutalidad de los desniveles sociales y la situación de dependencia económica en que nos encontramos incuban problemas muy grandes.

Sin duda favorecidos por la disponibilidad de espacios enormes y semivacíos, la fluidez social y el mestizaje (a veces vergonzante, pero capilarmente difundido) que han distinguido a nuestra trayectoria histórica, se configuran hoy como un dato a tener en cuenta en un sentido favorable. Gracias a ese rasgo de carácter, en efecto, hoy, cuando las migraciones amenazan hacerse imparables y la xenofobia y el racismo pueden convertirse en los detonadores de una inclemencia social, política y en última instancia militar, esa faceta de la crisis contemporánea, quizá, nos será ahorrada.

El sistema mundial, preso en la contradicción insanable que anida en su naturaleza más profunda y que deviene de su irremediable pulsión a la acumulación desigual y a la concentración de la ganancia cualesquiera sean las consecuencias, no puede evitar el abandono en que deja a masas cada vez más grandes, ni la confusa rebelión de estas, poco proclives a resignarse a la condición de parias en un mundo hipercomunicado, donde todo está al alcance de la vista aunque no de la mano, y donde se pretende que la globalización sea en un solo sentido.

Esto es, tan sólo a través de un flujo de capitales que trastoca las coordenadas sociales en todo el globo, mientras se pretende atar en su lugar a millones de personas que sólo pueden huir de su desesperada condición trasladándose a los lugares donde presumen pueden escaparse a la miseria.

La doble ecuación

En la tormenta que se ha desatado por París, y que amenaza expandirse a los suburbios de otras ciudades europeas, está presente una doble ecuación.

Por una parte tenemos la manifestación de uno de los hechos más duros de la vida contemporánea: la ciudad ha dejado de ser sinónimo de comunidad, para convertirse en un lugar sembrado de baluartes incomunicados, determinados por la exclusión social y por el miedo que causa esa misma exclusión a quienes escapan a ella y se refugian en otro tipo de exclusión, la del privilegio que se atrinchera en barrios cerrados.

Esta exclusión es potenciada por el peso de la historia. Los disturbios que sacuden a la capital francesa son la secuela o el rebote de la colonización africana perseguida por Francia durante más de un siglo y perpetuada, incluso después de la guerra de Argelia, por la asociación desigual entre la metrópoli y sus viejos territorios de ultramar.

El fenómeno no es sólo francés, desde luego: toda Europa es en este sentido un campo minado, y también lo son los Estados Unidos, donde la presión de la migración latinoamericana y la presencia de una importante población negra que ha sido asimilada de manera superficial, configuran un panorama explosivo.

La mayor parte de las ciudades de Francia alojan hoy minorías árabes y negras procedentes de los países del Magreb o de Camerún o la Costa del Marfil. Lo mismo pasa en gran parte de las ciudades europeas, con la diferencia de que en estas la proveniencia de los inmigrantes se da a partir de los territorios colonizados en su hora por Italia, España o Inglaterra. En Alemania, que no dispuso de colonias a partir de 1918, la oleada inmigratoria es en general de origen turco o de Europa del este.

En el caso francés esas comunidades inmigrantes se encuentran aisladas en guetos suburbanos, donde en ellas hacen mella el desempleo, la delincuencia que suele ir asociada a esa situación y una segregación implícita que alcanza incluso a los descendientes franceses de los primeros inmigrantes que arribaron al lugar. La discriminación está instalada incluso en el lenguaje de la sociedad blanca, en el cual beurs y blacks son denominaciones de connotación peyorativa –como “moros” y “sudacas” en España–, y reconfirman la calidad de ciudadanos de segunda que corresponde a sus portadores.

En esas masas de individuos socialmente desajustados, y muy en especial entre los jóvenes, la violencia que se ejerce contra los pueblos árabes en el Medio Oriente de parte del complejo imperial y la reacción confusa, pero destructiva, que protagonizan el fundamentalismo y los movimientos de resistencia radical, no puede dejar de hacer su camino.

La intolerancia al estado de cosas no aguardaba más que una chispa para manifestarse. Esta fue suministrada por la muerte accidental de dos adolescentes franceses de origen árabe que se refugiaron en una estación de alta tensión para escapar de la policía y murieron electrocutados.

París siempre fue un foco de irradiación revolucionaria, desde 1789 a 1968: ¿estaremos frente a los prolegómenos de otra aventura histórica?

Una encrucijada difícil

Conviene conservar los pies en la realidad, pero de cualquier manera los sucesos parisienses y su proyección están poniendo de relieve lo inconfortable y precario de una situación que no sólo afecta a los sectores menos privilegiados, sino que puede también llegar a comprometer la estabilidad del conjunto del mundo desarrollado.

En efecto, ¿qué hay de un movimiento contestatario que se impregne de las consignas agitadoras que han distinguido a la izquierda europea y apele al arma de la huelga para canalizar su acción? Aunque realizan trabajos no calificados, los europeos de segunda son indispensables para tratar la basura, remover los residuos patógenos, servir en los geriátricos, atender los servicios públicos, trabajar en la construcción y proveer al servicio doméstico.

Aun en su condición subordinada, la mano de obra primaria de una sociedad desarrollada es esencial, en especial cuando la tasa declinante de la natalidad entre los sectores mejor situados y el rechazo de los miembros de la sociedad blanca a volver a desempeñarse como trabajadores manuales va reduciendo su presencia demográfica o los torna dependientes de otros.

Esto no se resuelve con expedientes militares. Ni frenando el ingreso de nuevos inmigrantes.

El sistema mundial está encerrándose en un callejón sin salida. La presión de la financierización, la puja especulativa, la concentración de la riqueza, la homogeneización de la industria cultural –que agrede a las singularidades identitarias y al mismo tiempo, en razón del desnivel de hierro instalado por la acumulación desigual entre periferia y centro, les impide acceder a esa misma homogeneización–, van componiendo un todo explosivo que sólo podría perder virulencia si se modificara el sistema.

Esto no es probable, o al menos no lo resulta a partir de las evidencias de que disponemos hoy. Por el contrario, el incremento de la agresión, la militarización de la política en el Medio Oriente, las disposiciones puramente securitarias adoptadas para enfrentarse a la situación –como el toque de queda–, están preanunciando tormentas mucho más fuertes que las que se han producido hasta ahora. Es tiempo de “tsunamis”.

Jueves, 17 de Noviembre de 2005 21:01 ;?> No hay comentarios. Comentar.


EL PRISMA DEFORMANTE

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Por Enrique Lacolla
La Voz del Interior – Córdoba
13 de noviembre de 2005

En los días posteriores a la Cumbre Interamericana de Mar del Plata, proliferaron los comentarios oficiosos en el sentido de que ésta había sido “un fracaso”.

¿Fracaso para quién?, cabe preguntarse. ¿Para la Argentina, para Brasil... o para los Estados Unidos?

Según lo que ellos mismos expusieron, la mayor parte de los analistas que se inclinaron sobre lo actuado en la Cumbre entendieron que ésta había sido un fracaso para la Argentina. Pero esa estimación, ¿no reflejará más bien la óptica distorsionada de quienes están habituados a mirar la realidad no a través de nuestra propia perspectiva, sino a través del prisma deformante que ofrece el sistema mundial que nos domina?

La reunión de Mar del Plata fue un éxito inequívoco para los países que resisten a la aplanadora del Área de Libre Comercio de las Américas (Alca), que en la práctica sancionaría la extinción de cualquier posibilidad de desarrollo autocentrado de esta parte del planeta. Quizá no la haya enterrado, como quiere suponer el presidente venezolano Hugo Chávez, pues el Imperio tiene múltiples recursos y una persistencia a toda prueba, pero no hay duda de que le infligió un grave traspié.

Al mismo tiempo, dio a luz una nueva constelación sudamericana configurada por los países del Mercosur más Venezuela. Constelación que, por primera vez, se erige como una opción viable para el fortalecimiento regional, indispensable ante una crisis mundial día a día más grave.

Una curiosa noción de la democracia

Es curiosa la forma en que sustentan su crítica muchos de los comentadores negativos del hecho, oficiosos o no, porque entre ellos se encuentra nada menos que el presidente de México, Vicente Fox. Su argumento maestro parece ser el carácter desconsiderado (y en cierto modo, antidemocrático) del pronunciamiento de los países del Mercosur y Venezuela.

En efecto, según ellos, violentaríamos la lógica y nos aislaríamos al asumir una posición contraria a la de la “gran mayoría” de los países del hemisferio occidental.

Una vez más, ¿de qué mayoría nos hablan? Los países del Mercosur y Venezuela suman 75 por ciento del producto interno bruto (PIB) de Sudamérica y agrupan a más de 200 millones de habitantes. Sin embargo, en la compulsa electoral, el voto de la Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay o Venezuela vale lo mismo que el voto, pongamos, de Trinidad y Tobago, que tiene algo más de un millón de habitantes, y de Surinam, con menos de medio millón.

Este democratismo a la violeta contrasta, por otra parte, con las sorprendentes afirmaciones del presidente Fox, en el sentido de que las declaraciones del presidente Néstor Kirchner en contra de la instalación del tema del Alca en la Cumbre estaban dirigidas a ponerse en sintonía con su pueblo y no a asumir la actitud de un estadista responsable.

¿Querrá significar Fox con esto que la responsabilidad del estadista implica darles la espalda a los deseos del pueblo que lo ha votado? En ese caso, ¿cómo compagina esa actitud con la democracia que defendió al nivel del cónclave?

Las embestidas en pro del Alca van a seguir. Pero, más allá de los ajustes tácticos y del reparto de roles entre Argentina, Brasil y Venezuela, por el cual uno dice lo que el otro no quiere decir pero que piensa en el fondo, parece un hecho establecido la resistencia al modelo, requerido por Estados Unidos, de desarrollo dependiente.

Mucho queda por andar, desde luego, y son de esperar retrocesos, golpes y traiciones en el complejo camino que recién ahora comienza a abrirse; pero la actitud mancomunada en ciertos rubros básicos de parte de las principales naciones del subcontinente, más la casi unanimidad de la opinión en el sentido de oponerse ponderadamente al diktat norteamericano, indican que algo cambió en el profundo Sur.

La coincidencia entre al menos una parte del estamento político y la gente, en algunos puntos básicos, es un factor invalorable de progreso.

Es por esto que hay que tener sumo cuidado con los “desconocidos de siempre”, con los apresurados, anónimos y turbulentos provocadores que se enancan en cualquier manifestación popular para promover disturbios que empañan el sentido de una protesta y hacen planear el espectro del caos sobre un clamor popular al que opacan con sus chillidos.

Cuidado con los agentes conscientes o inconscientes del desorden. Ya hicieron naufragar más de una experiencia popular en ascenso. La victoria no se construye en un día, sino que es el fruto de una larga paciencia y de una resolución adamantina.

Martes, 15 de Noviembre de 2005 23:19 ;?> No hay comentarios. Comentar.


“EL SIGLO VIOLENTO”

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CAUSA POPULAR Y EDICIONES CAMINOPROPIO
INVITAN A LA PRESENTACION DEL LIBRO:
"El Siglo Violento"
 Una Lectura Latinoamericana de nuestro tiempo, de Enrique Lacolla
 Un nuevo aporte teórico e interpretativo de la Izquierda Nacional.

 

 
Presentan:
Honorio Díaz - Ernesto Ríos - Alberto Guerberof - Enrique Oliva
18 DE NOVIEMBRE - 19 HORAS

 

TEATRO VERDI
Av. Almirante Brown 736
La Boca - Ciudad de Buenos Aires 
LA presentación se realiza como parte del cronograma de conferencias de "FORJA: 70 años de pensamiento
nacional" y en conmemoración del Día de la Soberanía.

 Auspician:

 Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas - Museo Evita - Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación

- Pensamiento Nacional - ISO Suterh - Secretaria de Cultura de la CGT - Perón Vence al tiempo

 

Enrique Lacolla es escritor y periodista. Fue docente de Historia del Cine en la Escuela de Artes de la Universidad
Nacional de Córdoba durante tres décadas. Analista de temas internacionales y columnista político en
La Voz del Interior. Tiene publicados Cine épico e historia (1970), El oficio de ver (1998), Contra el viento (2002)
y El cine en su época (2003).

 

Martes, 08 de Noviembre de 2005 21:01 ;?> No hay comentarios. Comentar.


EL SUBSUELO DE LA CUMBRE

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Por Enrique Lacolla
La Voz del Interior – Córdoba
Domingo 6 de noviembre de 2005-11-06

Una ciudad blindada, una Cumbre Interamericana contrastada por una Cumbre de los Pueblos que se proyectó como su contrafigura; la dificultosa redacción de un texto final que no terminó de cuajar y que no pudo disimular la división entre los estados firmantes respecto del tema capital del libre comercio para las Américas; la puesta en valor de alianzas explícitas o implícitas entre los participantes de la reunión y la pésima opinión que la mayor parte de los habitantes del país que hospedó el encuentro no se recató de manifestar respecto del presidente de Estados Unidos, pusieron a la asamblea interamericana de Mar del Plata bajo una luz muy diferente de la que bañó este tipo de encuentros en épocas pasadas.

Los tiempos han cambiado desde los consensos mecánicos que distinguieran a casi todas las reuniones de esta naturaleza. En las cuales, cuando mucho, había un país anatematizado por Estados Unidos y una coincidencia con ese punto de vista otorgada más o menos a regañadientes por los restantes miembros de la comunidad americana.

Todo esto es interesante y estimulante. Pone de relieve un hecho básico: que América latina empieza a adquirir un perfil propio y que su sujeción al imperio o a los imperialismos ya no es percibida como una fatalidad sino como un hecho al que hay que modificar.

PROTAGONISMOS

Esta percepción, sin embargo, debe ser articulada a través de hechos concretos, y los hechos concretos son el resultado del accionar de personas concretas y de fuerzas políticas y sociales específicas. La intolerancia al estado de cosas está cada vez más difundida entre la gente, pero,
¿cuál es el grado de percepción que de esta situación existe entre los núcleos dirigentes de América latina y, sobre todo, cuánta es su voluntad de ponerse al servicio de la tendencia unitaria que está emergiendo?

Diríase que muy irregular. En primera línea está el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, que concentra muchos de los rasgos del caudillo populista latinoamericano.
Populista, desde nuestra óptica, no es una denominación peyorativa sino un dato que ilustra una realidad, la de la personalidad que llena, con carácter vicario, el rol que la burguesía y sus ramificaciones políticas deberían cumplir como factores aglutinantes de la nación.

La incapacidad o la cobardía histórica de ese estamento social en América latina ha sido proverbial y es lo que ha impulsado el surgimiento de este tipo de alternativa personalista; alternativa que arrastra, como es comprensible, tanto las virtudes como los defectos de quien la encarna.

Chávez tiene más de las primeras que de los segundos. Entre ellas se cuenta la de entender la imposibilidad de enfrentar, en solitario, a los factores que condicionan nuestra dependencia.
De ahí su énfasis tan fuerte en la necesidad de proceder de forma mancomunada y su esfuerzo por sumarse al Mercosur.

Los otros dos mandatarios latinoamericanos que encarnan una opción por la soberanía, con matices más opacos pero desde bases nacionales de mayor peso, son el brasileño Luiz Inácio “Lula” da Silva y nuestro Néstor Kirchner. Ambos han arropado al mandatario venezolano en algunos de los momentos más difíciles de su gestión y no parece que vayan a cejar ahora.

Pero para que su orientación correcta en el plano de la política exterior tenga resultados reales, es necesario que acometan reformas en su propia casa. Son demasiados los ítems con los que están en deuda y que podrían resolver sin apelar a expedientes drásticos. En la Argentina, por ejemplo, falta resolver la materia pendiente de una reforma fiscal progresiva que ayudaría a propulsar el despegue en asuntos como la vivienda, el transporte, una red troncal de autopistas, la salud, la educación y el fomento de la industria automotriz y de las Pymes. Cosas que están al alcance de la mano, a poco que se ponga un poco de voluntad, de rigor en la implementación de las políticas de crédito y de transparencia en lo que se actúe.

La compulsa de Clarín sobre el grado de identificación que el público sentía respecto de los mandatarios visitantes arrojó un claro ganador: Chávez. ¿No dice algo este dato?

Algo se mueve en las profundidades del continente. No es nada catastrófico, a menos que sea violentamente contrariado.
Tan sólo indica un deseo de cambio que expresa una voluntad de ser. Iberoamérica, como proyecto unitario, pasa por la afirmación de sus pueblos y ésta sólo puede provenir de su liberación de la dependencia y de la implantación de la justicia social en su seno.

Domingo, 06 de Noviembre de 2005 21:29 ;?> No hay comentarios. Comentar.


AMÉRICA LATINA

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ENTRE LA IMPROVISACIÓN Y EL CAMBIO

Por Enrique Lacolla
La Voz del Interior - 31 de Octubre de 2005

Todo presente es difícil de desentrañar. Se exhibe bajo múltiples facetas, tiene una gran variedad de resoluciones posibles y, aunque el conocimiento de la historia puede consentir que se disciernan en él muchos elementos recurrentes e indicaciones provechosas para plantarse frente a la realidad, la proyección de ésta a futuro dependerá en gran medida del grado de decisión y conciencia que los individuos sean capaces de generar en sí mismos, y de su aptitud para medir sus fuerzas y las de los adversarios con los que eventualmente les tocará enfrentarse.

Incluso entre quienes comparten una perspectiva ideológica o comprenden la realidad de acuerdo a valores comunes, la calidad de la apreciación difiere notablemente. Es la anécdota del vaso medio lleno o medio vacío. Están quienes ven las cosas con un lente oscuro y quienes buscan los costados positivos de esas mismas cosas. Encontrar un equilibrio entre esos dos factores debería ser la tarea de todo político bien intencionado, sea reformista o revolucionario.

Aquí y ahora

La hora actual de América latina está poblada de elementos de una vivacidad y una positividad extraordinarias, que ponen sobre el tapete el tema esencial de su unidad después de que éste fuera negado durante años o estuviera relegado a su formulación retórica.

La situación se deriva de los riesgos que emanan de la globalización, del absoluto fracaso de las recetas neoliberales para la economía puestas en práctica durante las últimas décadas, de la recomposición de las fuerzas populares después del espantoso castigo que sufrieran durante la década de 1970 y de su triste manipulación en la etapa, equívocamente designada como democrática, que la siguió de inmediato.

Los sucesos argentinos de diciembre de 2001, la irrupción de Hugo Chávez en Venezuela, el ascenso de Luiz Inácio “Lula” da Silva en Brasil, las puebladas bolivianas que desalojaron a Gonzalo Sánchez de Losada y el arribo al gobierno de formulaciones políticas que en general pueden calificarse como social-reformistas en Argentina, Chile y Uruguay están designando un momento al que los gobiernos del continente no pueden sustraerse del todo, aunque quienes los encabecen no compartan, o no compartan siempre o en igual medida, el ideal sanmartiniano y bolivariano de la unidad latinoamericana.

Un indicio de cómo están las cosas lo brindó la Cumbre Iberoamericana de Salamanca, que escapó hasta cierto punto del floripondio retórico que suele envolver este tipo de encuentros, para aproximarse a algunas formulaciones concretas –como el rechazo del bloqueo a Cuba y la exigencia del juzgamiento del terrorista anticastrista Luis Posada Carriles, señalado por el abatimiento de un avión cubano de pasajeros en la década de los ’70– que denotan una actitud mucho menos complaciente que la acostumbrada hacia Estados Unidos.

La preocupación de éstos frente a este retobo se exteriorizó en el reclamo de la sustitución, en el documento final de la cumbre, de la palabra “bloqueo” a Cuba, por “embargo” a Cuba (discordia semántica que se resolvió salomónicamente conservando la primera palabra para el texto español y la segunda para su traducción al inglés), y por una presión en torno al tema del terrorista que redundó en que la conferencia admitiera la posibilidad de que Posada Carriles fuera juzgado en Estados Unidos. Lo que equivale a otorgar un bill de indemnidad al ex colaborador de la CIA.

Los escenarios de la realidad

La tendencia a una reconfiguración del proyecto iberoamericano es un dato emergente de la realidad de hoy. La cuestión, sin embargo, consiste en saber de qué modo se puede articular ese proyecto, cuáles son sus vectores sociales y cómo reaccionará la hiperpotencia ante la veleidad autonómica de su patio trasero.

En el primer rubro no hay excesivas razones para ser optimistas. Si bien la corriente profunda empuja en esa dirección, los grupos dirigentes, las elites de poder, los núcleos empresarios y toda esa constelación que la sociología suele representar con el nombre de burguesía, no se han distinguido en el pasado por una predisposición independentista. Más bien al contrario, se han inclinado a una apreciación muy prudente de sus capacidades en tal sentido, cuando no han formado parte de un sistema de exacción de la riqueza de sus países, sistema del que se beneficiaron y se benefician copiosamente.

Por otra parte, la representación de la realidad que se hacen los sectores medios, donde podrían reclutarse los grupos más predispuestos a enfrentarse con el sistema, suele estar informada por una concepción del mundo un tanto deformada por el problema identitario, que les hace receptar las cosas preferiblemente a través de prismas importados. Lo cual lleva a menudo a que estos sectores sostengan en teoría unos postulados connotados por un radicalismo abstracto y un colaboracionismo práctico, ejercido de modo más bien inconsciente, con el estado de cosas. Lo cual los convierte en objetos más que en sujetos de un devenir histórico.

No se divisan, pues, vectores sociales claramente diferenciados como protagonistas de un decisivo salto hacia adelante. Y sin embargo, el momento es propicio y al mismo tiempo explosivo. Pues si el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) se regocijan pronosticando un cuatro por ciento de crecimiento para el conjunto de la región, fuerza es reconocer que ese acopio no recae sobre el conjunto de sus pobladores, sino sobre apenas un 10 por ciento del total de éstos. Ese 10 por ciento concentra una desproporcionada cantidad de riqueza en relación al 60 por ciento de pobres que reúne el área. Y es por lo menos dudoso que ese superávit pueda volcarse a la creación de oportunidades y de nuevas fuentes de empleo si lo que no va a parar a las arcas de los grupos privilegiados (que lo dedican a gastos suntuarios o lo reciclan a paraísos financieros internacionales), es asignado al pago de una deuda “eterna” afín al tema del mito de Sísifo.

¿Paliativos o planificación?

Mientras tanto, desde abajo sube la presión. ¿Cómo responderla? Los artilugios compensatorios, que frenan el descontento a través de paliativos como los subsidios a la desocupación, los bolsones de alimentos, etcétera, son expedientes a los que puede ser necesario apelar por razones humanitarias y para evitar que la situación siga degradándose, pero no suministran ninguna solución. Ésta sólo puede surgir de planes de desarrollo regional de corte democrático, que encuentren en las mayorías un sustento activo y que procuren la formación de cuadros aptos para proseguir en el tiempo con esa clase de emprendimiento.

Éste no se dará por generación espontánea. Tiene que ser empujado por sectores capaces de planificar su desarrollo. Sólo el Estado, las fuerzas políticas imbuidas del sentido de una misión y las fuerzas armadas pueden ir brindando el marco propicio para esta evolución, que debe ser controlada por el ejercicio activo de la participación democrática de los ciudadanos.

Esta potencialidad positiva, desde luego, no va a poder ser liberada sin chocar con la oposición de Washington. Cuál será la naturaleza de ésta, es una incógnita. Mucho depende de los gobiernos que se instalen en el país del Norte. Aunque el interés del establishment estadounidense no contempla un desarrollo del “patio trasero” que convierta a éste en algo distinto de lo que en la actualidad es, a veces la realidad impone arreglos que de otra manera no se aceptarían de buena gana.

De momento, sin embargo, nada indica que Estados Unidos vaya a corregir la mezcla de desinterés e intervencionismo activo, dirigido a poner las cosas en su punto cuando éstas se salen de madre, que caracterizara su política hasta el presente. Más bien al contrario. La presión económica articulada a través de los organismos internacionales de crédito; la hostilidad contra Hugo Chávez, quien es el promotor más enérgico de una nueva realidad latinoamericana asentada en el eje Caracas-Brasilia-Buenos Aires; el plan Colombia; la proliferación de las Fol (Forward Operating Locations) minibases diseminadas a lo largo y lo ancho de Centro y Sudamérica, y la instalación de una base militar “provisoria” en Mariscal Estigarribia, en el Chaco paraguayo, casi encima del acuífero guaraní y a tiro de piedra de los nudos estratégicos significados por el oriente boliviano y la Triple Frontera, diseñan una perspectiva inquietante.

Reconfigurar América latina para que se dé un destino superando esta pesada oposición es cualquier cosa menos fácil. La lucha entre la inercia de unos grupos dirigentes atados a las fórmulas de un presente inviable y el dinamismo de quienes han tomado conciencia de lo insostenible de la situación, vuelve a erigirse en la piedra de toque de la lucha por el progreso.


 

Lunes, 31 de Octubre de 2005 21:14 ;?> No hay comentarios. Comentar.


CÓMO INVENTAR UNA GUERRA CIVIL

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Por Enrique Lacolla
La Voz del Interior – 23 de Octubre de 2005

Las puestas en escena connotadas por la hipocresía son un plato que el sistema dominante –y, en especial, su expresión suprema, el gobierno de Estados Unidos– sirve al mundo con total consecuencia. Ahora se nos viene encima el juicio a Saddam Hussein, calificado como verdugo de su pueblo por los mismos que victimizan a éste sin piedad.

Que la acusación tenga fundamentos, en especial respecto de los segmentos de la población kurda o de confesión chiíta de ese desdichado país, es más que probable. Pero que quienes propugnaron y hoy hacen posible el juicio sean, en suma, poco más que marionetas del ejército de ocupación, es grotesco.

Sin embargo, así están las cosas, y no es probable que cambien en un futuro inmediato. De hecho, acabamos de asistir a otra vuelta de tuerca en el ya casi irrevocable camino que lleva a Irak a una guerra civil que se superpondrá a la guerra con el ocupante externo, y de la cual el juicio a Saddam puede servir como aditamento explosivo, si no como detonador. Pues Saddam, si bien era un gobernante al que habría que definir como nacionalista laico, se apoyaba en las tribus sunitas para gobernar al país. Y es esta facción la más afectada por la distorsión de la realidad que significa el referéndum constitucional del pasado 15 de octubre.

Velada con la palabra democracia, no por ello la maniobra deja de ser transparente. Los iraquíes fueron llamados a las urnas para apoyar un texto que en su mayoría no conocen, en condiciones de guerra y sin la más mínima coincidencia respecto de si conviene o no responder al llamado electoral.

Los chiítas en su mayoría, y los kurdos en su totalidad, apoyaban el referéndum, mientras que los sunitas, perdidosos en el asunto, se dividían entre quienes querían el rechazo beligerante y los que optaban por la concurrencia, en la esperanza de que podrían rechazar la Constitución si reunían dos tercios de votos negativos en sus provincias.

Los sunitas saben que la nueva constitución permitirá la conformación de un Irak dividido en tres partes, dos de las cuales –ocupadas por chiítas y kurdos– tienen la totalidad de los recursos petrolíferos, de cuyos dividendos los sunitas serían con toda probabilidad excluidos.

Divide para reinar

La destrucción de las formas estatales maduras en los países de composición mezclada pero que habían accedido a un grado considerable de modernidad, es un rasgo del actual imperialismo.

Divide para reinar es un viejo principio romano (divide et impera), propio de las políticas de poder de todas las épocas. Lo que lo hace más repugnante hoy es que, al quebrar uniones nacionales mal que bien asentadas sobre presupuestos políticos antes que sobre particularismos raciales o confesionales, genera una brutal vuelta atrás respecto de un proceso de avance que, con sus vacilaciones, errores u horrores, había aproximado a los países del Medio Oriente a los logros del mundo occidental.

Empujadas por el desastre de esas experiencias de reforma, desastre en gran parte inducido por Occidente, las masas populares de esa conflictiva región se están volviendo cada vez más hacia la ley de la sharia, hacia un fundamentalismo que no excluye la apropiación de los instrumentos de la técnica, pero que reivindica las razones del fanatismo y del exclusivismo religioso y el sometimiento de las mujeres a una interpretación radical del Corán. Es falso que Occidente propicie la democracia para Medio Oriente. De hecho, está creando una resistencia milenarista, potenciada con una tecnología que va de un manejo sofisticado de las instancias comunicacionales que permite Internet a tácticas que abrevan en las fuentes de la guerrilla moderna.

Frente a este tipo de recursos, las tropas de la coalición recurren cada vez más a los expedientes que caracterizaron los emprendimientos más brutales del nazismo.

La semana que pasó, en Ramadi, por ejemplo, tras un ataque insurgente que costó la vida a cinco soldados norteamericanos, aviones y helicópteros de la Unión procedieron a un bombardeo de los parajes aledaños, con un saldo de al menos 70 muertos.

Los mandos estadounidenses adujeron que los muertos eran rebeldes armados, pero los testimonios llegados desde el terreno indican que en su mayoría eran civiles, muchos de ellos congregados para ver los restos de los vehículos norteamericanos destruidos en el ataque guerrillero. ¿Qué diferencia hay entre estos métodos y los que señalaron el comportamiento de los alemanes en Lidice y Oradour? “El medio es el mensaje”, decía Marshall McLuhan, y no parece haber dudas de que Estados Unidos apela en Medio Oriente a todas las variedades de su panoplia para imponer una noción muy singular de la democracia.

Jueves, 27 de Octubre de 2005 17:23 ;?> No hay comentarios. Comentar.


LA IDENTIDAD DESCONCERTADA

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Por Enrique Lacolla


La fabricación de falsos problemas sirve para mantener el debate sobre la Nación en un terreno sin salida

Un asombroso despacho de la agencia oficial de noticias, emitido el mismo día en que se conmemoraba el Día de la Hispanidad o de la Raza (como se guste denominar al 12 de Octubre) puso una vez más de relieve la peculiar separación entre la comprensión de la realidad y la realidad misma, que aflige a nuestra búsqueda identitaria.

En el despacho de marras se define la conquista y la colonización de América como "el genocidio más grande de la historia". En él se alude al "exterminio" de las poblaciones indígenas, al "aplastamiento cultural de su cosmovisión milenaria", al "apetito imperial desplegado por los españoles" y a su "soberbia eurocéntrica".

Por un lado es imposible no poner de relieve la contradicción que se establece entre este enfoque emanado de una agencia oficial, y la celebración, asimismo oficial, del 12 de Octubre.

Pero lo sustancial del problema no reside allí sino más bien en el redespliegue que en él se hace de la leyenda negra que ha envuelto a la epopeya del descubrimiento y colonización de América, iniciada por las justificadas y nobilísimas denuncias de Fray Bartolomé de las Casas -es decir, por un religioso español que se batía por un trato digno a las poblaciones indígenas explotadas por el conquistador-, aprovechadas por los protagonistas de la Reforma protestante, que las utilizaron para ponerlas al servicio de los rivales imperialistas de la Corona española. Quienes por cierto tuvieron mucho más éxito que esta en la tarea de sojuzgar al mundo.

Esa visión maniquea de la historia, en la proyección que encuentra en el imperialismo moderno, sigue implementando estos argumentos con una finalidad muy distinta de aquella a la que aparenta servir. El humanitarismo indigenista, en efecto, más allá de la ingenuidad de muchos de sus voceros o de la legitimidad de muchos reclamos puntuales, no está concebido para acudir en socorro de las poblaciones sumergidas de la América latina sino más bien para propulsar las formas modernas de una neobalcanización que prorrogue la división del continente, producida tras la independencia de España y por impacto no tanto de las insuficiencias estructurales que afligían al proyecto unitario, como por la violencia que sobre este ejercieron el imperialismo inglés y el incipiente imperialismo norteamericano.

Ahora se trata no tanto de estimular los nacionalismos de campanario, como de buscar una cuña para multiplicarlos, introduciendo el nacionalismo étnico, último vector descubierto para propagar la disgregación de las voluntades populares y romper los frentes nacionales capaces de suministrar un remedio a la degradación de la vida colectiva que padecemos.

¿Genocidio o mestizaje? Todo esto, así enunciado, es demasiado crudo. Pero como muchas aproximaciones historicistas al problema han demostrado, la conquista española no fue un genocidio (como el que sí practicaron los anglosajones contra los pieles rojas en el Oeste norteamericano), sino un proceso complejo, lleno de horrores pero también de intercambios y mestizajes que dieron lugar a una civilización completamente nueva.

Lo que debe afligirnos ante alegatos como el elaborado por la agencia oficial, es la persistencia de la visión importada de nuestra realidad, que anida en los sectores progresistas de cuño setentista, justo los que estarían llamados, por su experiencia y por su disposición combativa, a librar una batalla contra un enemigo muy distinto.

Pero quizá presumir de su disposición combativa o de su eventual entusiasmo es una ilusión. De hecho, la propensión a fabricar falsos problemas y a tomar por asalto la realidad sin conocerla o movidos por el solo prejuicio, lo que puede estar testimoniando es sobre cierta incapacidad para pensar dialécticamente. Esto acarreó desastres en el pasado; deberíamos cuidarnos de que no vuelva a pasar.

La identidad indoamericana es impensable sin España que, de forma consciente o inconsciente, nos entregó una religión, una lengua y un torrente sanguíneo que, al mezclarse hasta extremos indiscernibles con los originarios o con los que luego llegaron al continente, dieron lugar a una nueva cultura. ¿O los argentinos vamos a presumir que descendemos de Túpac Amaru?

La historia es un crisol de influencias. La lucha contra el privilegio y la sobreexplotación de las masas americanas no pasa por la exaltación de las particularidades (aunque se deba respetarlas en lo que tienen de genuino), sino por la creación de la solidaridad. Por la igualación en democracia antes que por la diferenciación o la exhumación, que tiene mucho de invención, de falsos problemas.
Martes, 18 de Octubre de 2005 22:51 ;?> No hay comentarios. Comentar.


UN MUNDO QUE ESTALLA

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Por Enrique Lacolla
La Voz del Interior – Córdoba – Argentina



La presión inmigrante sobre las fronteras del mundo desarrollado no es de hoy: hace rato que viene produciéndose. Y no representa sino uno de los factores que se conjugan para hacer, del siglo 21 en prospectiva, un lugar no sólo peligroso sino, con toda probabilidad, insostenible en unas pocas décadas más.

Las avalanchas de negros (el código de lo políticamente correcto exigiría quizá que nos refiriésemos aquí a “gentes de color”) que asaltan las vallas elevadas por la policía española en Ceuta y Melilla para frenar el acceso de las poblaciones norafricanas y, sobre todo, subsaharianas al umbral del territorio de la Unión Europea, son el síntoma más espectacular y patético del callejón sin salida en que se encuentra el mundo como consecuencia de un sistema económico connotado por el egoísmo, el racismo y la búsqueda desaforada de la renta de parte de un orden mundial decadente.

Al revés de lo que acontecía en el pasado, cuando el imperialismo se expandía aplastando pero también renovando las sociedades en las que hacía mella, hoy, lejos de promover desarrollos así sean deformes, se limita a extraer de las sociedades sometidas a su férula los réditos que provienen de un capitalismo parasitario: los intereses de la deuda que, reciclados en las plazas financieras del Primer Mundo, proveen superávit que se inflan a sí mismos. De esta manera, se alimenta a sectores que concentran cada vez más la riqueza dineraria, mientras el resto de la humanidad, en una gradación descendente que va de la clase trabajadora europea a los parias del África profunda, se mueven en un territorio que se desplaza desde una regresión social paulatina a la miseria absoluta.

Aunque parecen incomparables, hay que asociar el asalto a las alambradas de Ceuta y Melilla por los “condenados de la Tierra” a las manifestaciones populares que paralizaron a París y a toda Francia por estos mismos días. Son las dos puntas de la cadena que une a los excluidos del sistema: la clase trabajadora que, como consecuencia de la revolución tecnotrónica, tiene cada vez menos empleo, y la muchedumbre de los desesperados que no tienen nada que hacer salvo morirse de hambre en sus respectivos países.

LAS ASPIRINAS NO ALCANZAN



Este tipo de opiniones nos puede valer el mote de apocalípticos. Pues bien, no hay más que mirar en derredor para darse cuenta de que la enfermedad senil del sistema que nos envuelve no se cura con aspirinas ni con los expedientes administrativos que, en el fondo, están elucubrando sus exponentes intelectuales. Esto es, con intervenciones militares o con la reducción de los nacimientos, es decir, de las bocas que hay que alimentar, como sostiene incluso un intelectual tan respetable como Giovanni Sartori.

Ambos expedientes, por otra parte, pueden casarse muy bien: convengamos que el recurso nuclear y el armamento biológico pueden suministrar resultados impresionantes en este terreno, aunque con seguridad no es esto lo que auspicia Sartori.

La racionalización de la natalidad, por otra parte, no va a corregir la estrangulación del sistema por su propia avidez de ganancia. La acumulación continua, que es la razón de ser del capitalismo, no puede prolongarse hoy si no existe el punto de impacto sobre el cual esa acumulación se producía, que era la clase trabajadora. Ésta proveía plusvalía con su trabajo, pero al mismo tiempo podía hacer crecer el ciclo de la acumulación convirtiéndose en masa consumidora.

El mundo de hoy parece una caldera a punto de explotar. Cuanto más se lo globaliza en lo financiero, más se lo segmenta en regiones que se pretende sean incomunicables entre sí. Y más se aumenta el nivel de la intervención “policial” que pretende asegurar las bases para perpetuar por la fuerza el actual estado de cosas.

Ahora bien, si el fiasco de las ocupaciones norteamericanas en Irak y Afganistán no sólo no desalienta a quienes las idearon sino que los empecina en la misma idea, debería ser evidente para todos que el sistema perdió sus reflejos. Si existiese una alternativa de cambio a mano, podría saludarse esa terquedad con beneplácito, pues estaría proclamando la inminente derrota del régimen.

Lamentablemente, esa opción no está a la vista. Lo que tenemos es un Leviatán senil que se revuelve sobre sí mismo, con sacudidas feroces y que proyectan desastres en todas direcciones.

Los muros de Berlín al revés proliferan por todo el mundo desarrollado. Desde Texas a Marruecos. No parece que vayan a poder detener la avalancha. El Nuevo Orden mundial se está acercando demasiado rápido a la fase senil del Imperio Romano, al que tuvo la osadía de querer duplicar.
Domingo, 09 de Octubre de 2005 19:49 ;?> No hay comentarios. Comentar.


“ILUMINADOS POR EL FUEGO”

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Cine sin profundidad de campo



Por Enrique Lacolla



El cine argentino perdió una oportunidad para asomarse a la historia reciente sin los resabios de un espíritu de parte que lo esteriliza como esfuerzo comprensivo.

La Argentina no lo tiene fácil a la hora de definir su identidad. Y eso se puede demostrar de muchas maneras, a veces con una película que debería, por su tema, concitar una identificación y una adhesión inmediata y espontánea en torno al reconocimiento en valores comunes. Iluminados por el fuego, por el contrario, suscita una sensación compleja, dividida, incómoda y, para decirlo francamente, indignada, en muchos espectadores; los cuales, sin embargo, no atinan a terminar de explicarse qué es lo que motiva su rabia o su molestia.

Como quien esto escribe formo parte de ese público sumido en el desconcierto, intentará dialogar consigo mismo antes que hacer de crítico; es decir de quien se supone actúa de mediador entre una obra y la platea.

Antes de entrar en materia conviene salvar los méritos técnicos de la producción de Tristán Bauer, ciertamente apreciable en el manejo de los recursos que hacen a un género poco frecuentado por el cine nacional, como es el bélico. Pero una vez establecido este valor, todo el resto del filme queda en entredicho.

Optica distorsionada



La película asume el punto de vista de un soldado raso, pero no se limita a ese enfoque sino que, como hasta cierto punto resulta lógico, a través de él suministra un juicio crítico de la empresa que se cerró con la rendición de Puerto Argentino. Al hacerlo se carga de todos los conceptos y preconceptos que distinguen a la visión de la progresía argentina respecto del acontecer nacional de las últimas décadas.

Esa visión se distingue por una antinomia simplista que viene de lo profundo de nuestra historia y que se resume en la dicotomía mecánica entre la civilización y la barbarie. En la óptica de los epígonos "progres" del unitarismo ilustrado, el rol del gaucho bruto y chorreante de sangre de El Matadero, de Esteban Echeverría, compete hoy a los militares. Convengamos que el estamento militar, durante los años de la dictadura, hizo (de)méritos más que abundantes para recibir el repudio de la ciudadanía.

Pero su presuntuosidad, su torpeza y sobre todo la aberrante sevicia con que muchos de sus elementos procedieron a una represión innecesariamente sobredimensionada contra los elementos que atentaron contra el Estado durante "los años de plomo", no eran sólo la emanación de su propia esencia, sino también y sobre todo el producto de una ecuación política que tenía a la dependencia cultural del imperialismo como factor determinante.

Este misma distorsión óptica impregnó a los integrantes de las facciones extremistas y permitió que actuaran como agentes provocadores que dinamitaron, desde dentro, a un movimiento nacional contradictorio, que estaba muy lejos de ser perfecto pero que expresaba, mal que bien, las aspiraciones y los límites de los sectores más populares de esta sociedad.

Después del horrible castigo a que fue sometido el país a partir de 1976 y que permitió dar comienzo a su descalabro económico, la dictadura, amenazada por una insurrección social de un signo muy distinto al de los elementos de ultraizquierda que habían copado el escenario años antes, optó por la fuga hacia adelante y trató de lavar sus desatinos previos con un emprendimiento de carácter nacional, cual era la recuperación de Malvinas, muy sentido por el pueblo, pero que en forma irrevocable la introducía en un terreno que implicaba romper con la configuración global en la que estaba inserta. Que ese arrebato haya estado mal planificado, que haya sido oportunista o quizá inducido por la inteligencia enemiga, que se haya cedido a él sin una clara conciencia de adónde se iba o en la boba creencia que Estados Unidos se pondría de nuestra parte contra Gran Bretaña, no importa a los efectos del resultado, que supuso un salto cualitativo que encerraba potencialidades de desarrollo muy distintas de las que hasta entonces habían predominado.

Cuando algunos o algunas llaman la "plaza de la vergüenza", al pueblo reunido para ovacionar a Leopoldo Galtieri en el balcón de la Rosada, no ven la singularidad dialéctica de ese momento, ni el carácter contradictorio, matizado y ambiguo que tienen todos los desarrollos históricos. De la misma manera, cuando Tristán Bauer y su guionista Miguel Bonasso se aproximan al hecho Malvinas con una visión maniquea, que se centra casi con exclusividad en el maltrato y la indefensión de los conscriptos en manos de una oficialidad bestial y corta de entendederas, no sólo cometen una injusticia flagrante con respecto de los muchos oficiales y cuadros que ejercíeron de manera responsable, sacrificada y heroica el oficio de soldados, sino que prolongan las líneas de una discordia interna equivocándolas con las de un conflicto internacional.

La guerra de Malvinas se transforma así, de una guerra patria contra los ingleses, en la prolongación de una guerra civil. O, mejor dicho, de una discordia interna entre dos rencores sectarios, de los cuales sólo uno encuentra ocasión de expresarse en esta película



Al proceder de esta manera, los autores desperdician la oportunidad de efectuar un esfuerzo de comprensión que ayude a soldar la escisión argentina. En vez de tender un puente, ahondan el foso que separa al pueblo de las Fuerzas Armadas, sin una clara visión, por otra parte, de la función que este punto de vista puede jugar para el ocupante de las islas. Hay un largo plano, hacia el final del filme, cuando Pauls-Esteban vuelve de visita a Malvinas, que sostiene ante el espectador un cartel pintado frente al hotel donde se aloja el protagonista y que reza: "los argentinos serán bienvenidos cuando reconozcan nuestro derecho a la autodeterminación". Exista esa leyenda o haya sido escrita ex profeso para el filme, hay el dato de que este no suministra ninguna respuesta -explícita o implícita- al mismo, lo cual puede significar que lo asume, y es inevitable la sospecha de si su inclusión no ha sido exigida por los auspiciantes europeos de la película como recaudo que consienta su circulación por el mercado internacional...

Suicidas



La película hace hincapié en el hecho de que el número de ex-combatientes que se suicidaron en los 23 años corridos después del conflicto iguala o excede ya al de los soldados del Ejército que cayeron en combate. Es un dato real y doloroso.

Pero, ¿cuál es la causa de esto? ¿Son las secuelas del estrés de la guerra? ¿O es más bien la consecuencia de la traición que la sociedad misma o al menos sus mandantes y exponentes intelectuales más caracterizados cometieron respecto de los muchachos que dieron lo mejor de sí en la batalla?

El filme de Bauer-Bonasso habla de que la Junta militar ocultó a los soldados en los cuarteles a su retorno al continente, en vez de hacerlos desfilar con honor. Es cierto, y se trata de uno de los hechos más vergonzosos que haya consumado la dictadura, expresión de su mala conciencia y de su absoluta ineptitud para asumir las consecuencias de sus actos.

Pero ese escamoteo fue seguido de otro aun peor, cual fue la deliberada política de "desmalvinización" puesta en práctica por los gobiernos democráticos que la sucedieron. Se ignoró Malvinas como gesta nacional, se tuvo vergüenza de ella, se hizo burla del sobresalto de orgullo que había supuesto, se desasistió a los ex-combatientes, no sólo desde el punto de vista económico y social sino también y sobre todo en lo referido al significado de la batalla que habían sostenido



Otra película denominó a Malvinas una "historia de traiciones". Inconscientemente, tal vez, la película de Bauer-Bonasso puede ser otra de esas traiciones, en la medida que se vale de elementos genuinamente heroicos, por muy manchados que hayan estado por la incompetencia o la criminalidad, para introducir un mensaje derrotista, que sólo encuentra el lamento como registro de un arrebato de orgullo nacional al que, sin embargo, no se anima a descalificar del todo. Quizá porque siente vibrar bajo sus pies la protesta sorda de un país inexpresado, que lo conmueve pese a todo y al que no se anima despreciar; tal vez porque, en el fondo, le tiene miedo.

Si la realidad está recorrida por ambivalencias y ambigüedades, “Iluminados por el fuego” es un ejemplo de estas. Y desaprovecha la óptima oportunidad que se le ofrecía para abordar su tema con "profundidad de campo". Una profundidad de campo que en este caso no debía estar en el objetivo de la cámara, sino en la capacidad de reflexión abarcadora de quienes le daban un libreto.
Lunes, 03 de Octubre de 2005 23:04 ;?> No hay comentarios. Comentar.


EL CÍRCULO CERRADO

15_chavez_ONU_3[1].jpgPor Enrique Lacolla
La Voz del Interior – Córdoba – 26 de septiembre de 2005


El discurso del presidente venezolano en las Naciones Unidas, poco más de una semana atrás, fue denostado o silenciado. Definida como estrambótica por la Casa Blanca, la pieza oratoria de Hugo Chávez recibió poca consideración en los medios de prensa internacionales, que cuando mucho la recogieron como otra manifestación de la tropical forma de ser del mandatario caribeño. Sin embargo, más allá de la resonancia popular de sus palabras, que irrita el oído del establishment, el discurso de Chávez sonó como “un pistoletazo en un concierto” porque se atrevió a enfatizar el carácter distorsionado de la realidad mundial que nos rodea y la inoperancia del organismo internacional



El tema energético; la depredación del planeta; el hambre; el desequilibrio histórico de las relaciones mundiales; el desequilibrio interno, que aflige incluso a las sociedades desarrolladas; la carencia de representación democrática en el Consejo de Seguridad de la ONU y el agotamiento del orden económico internacional fueron asuntos puntualizados por Chávez en un ámbito que suele poner en sordina estos temas al instalarlos entre los algodones de una prosa llena de vaguedades.

Hacen falta los enfants terribles en el foro mundial. En un ámbito comunicacional imbuido de conformismo, decir que dos y dos son cuatro resulta insolente. La verdad se ha tornado una provocación, pero mientras más se aprieta el corsé de lo “políticamente correcto”, más escandalosos son los resultados a que arriba el sistema y más flagrante se hace la contradicción entre lo que se proclama y lo que efectivamente es.

Lo que de veras existe, en efecto, no tiene nada que ver con la democracia ni con la ideología llamada liberal. La polarización que es intrínseca a la globalización, y que esa ideología ignora de forma deliberada, despoja de todo fundamento a la pretensión de fundar un orden mundial basado en la libertad. En el marco del actual régimen, la integración al sistema global torna ilusorio cualquier intento de los países periféricos en el sentido de alcanzar a los que tienen la punta, pues la desregulación del intercambio y de los flujos de capital condena a las masas deprimidas de esos países a deprimirse aún más, mientras se bloquea la posibilidad de que esas muchedumbres escojan la solución a la que apelaron en el pasado los excedentes poblacionales de los países hoy desarrollados: la emigración.

En efecto, sólo una liberación de las corrientes migratorias podría otorgar cierta credibilidad al discurso desregulador, pero esa opción está excluida por razones nacionales, étnicas o de la índole que fuere.

Después de tantos años de hablar acerca de los pueblos en cautiverio detrás de la cortina de hierro, los países del Occidente desarrollado han erigido mil y un obstáculos parecidos, no para impedir la salida sino para prohibir el acceso de los desheredados al escenario de su propio privilegio. Y el costo en vidas humanas de estas murallas de Berlín al revés supera en forma desmesurada al que plantearan los esfuerzos por vulnerar la cortina de hierro y escapar hacia la libertad en Occidente.

Hipocresía y rebelión ciega



La necesidad de romper el discurso políticamente correcto y llamar a las cosas por su nombre, puesta en evidencia por la corriente de aire fresco que acompañó al discurso de Chávez en las Naciones Unidas, se pone de manifiesto de manera flagrante en las presiones explosivas que acompañan al sistema y que son generadas en buena medida por la oclusión, no sólo de las instancias prácticas para superarlo sino incluso por la hipocresía con que el sistema actúa sus procedimientos



El oscurecimiento de las raíces del problema, la confusión deliberada que el discurso dominante introduce en torno de lo que está en juego, cuando no puede ser decodificado o dominado de manera consciente por quienes lo sufren, provocan una exasperación que se resuelve a veces en un furor que profundiza los componentes negativos de una situación dada.

Las conspiraciones están a sus anchas en este terreno. La historia comienza cuando comienzan los millones, decía Lenin. Cuando, como hoy, falta el protagonismo de las multitudes, cuando no hay actores sociales conscientes de un rol histórico, el poder se confina en los laberintos donde se cocinan las manipulaciones de los especialistas. Y no se trata tanto de los especialistas de la política cuanto de los pertenecientes a la burocracia de las finanzas internacionales y a los servicios y cuerpos de inteligencia que, hoy en día, ejercen una influencia desmesurada en la confección de las políticas que reúnen tecnología, poder militar y discurso televisivo en un trípode que siempre tiene alguna de sus patas presente en el escenario. Cuando no tiene los tres términos de la ecuación funcionando en forma mancomunada.

La negación de los factores que componen la realidad y su distorsión en un discurso mediático impreciso, genérico y omnipresente, más la agresión que supone la coerción económica y en ocasiones militar, crean estados de exasperación propicios para la gestación de los credos fundamentalistas y su deriva eventual, el terrorismo



Pero éste a su vez se mueve en círculos cerrados, cuyos mandantes y móviles permanecen en la sombra. Esto refuerza el carácter conspirativo del presente.

¿Cómo saber dónde concluye la CIA y comienza Al-Qaeda? A estar por los resultados que promueven los golpes terroristas –invasiones, divisiones regionales fundadas en la separación confesional, guerras de religión que se verifican en espacios significados por su valor estratégico o por encontrarse asentados sobre un subsuelo rico en petróleo– se diría que la vinculación es operante, aunque no se pueda precisar de qué manera se establecen esos lazos y qué es lo que hay de deliberado y qué de casual en ellos.

Las raíces del odio



La hipocresía reinante quiere explicar el terrorismo como una ideología del odio. Sin duda lo es, pero ¿qué genera el odio?

La fractura de la utopía socialista y de la ideología del progreso solidario ha provocado un vacío de esperanza que está siendo llenado por una protesta revulsiva contra el estado de cosas, protesta tan legítima como inconducente



La burla solapada o la indiferencia frente a los problemas que afligen a las tres cuartas partes de la humanidad, su escamoteo por el discurso retórico; la reducción de los antagonismos a una conflictividad determinada por los choques culturales de un presunto “conflicto de civilizaciones” –que niegan al Otro o lo confinan a un espacio delimitado y ajeno al Nosotros– provocan una reacción que combina la crisis identitaria con el deseo de superarla reconfirmándose en el papel que la civilización presuntamente superior ha asignado a quienes se obstruye el acceso al club de los privilegiados.

La locura de los terroristas refleja la locura del sistema que los engendra, es su complemento necesario. Porque el sistema necesita de esa dialéctica inmóvil: ¿no es sugestivo que cuando el derrumbe de la URSS dejó a Estados Unidos como dueño del planeta y sin un enemigo a la vista, haya surgido una amenaza terrorista que sirve para ejercer el poderío militar sin cortapisas?



De esta manera se pueden controlar las áreas estratégicas en forma directa, facilitando asimismo el recorte de las libertades civiles en el mundo desarrollado, al hacer del temor un agente activo que condiciona la opinión y la predispone a la asunción de actitudes represivas.

Por supuesto que el precio a pagar por esto es grande. En condicionamientos psicológicos, en pérdida de albedrío y de calidad de vida, y en los riesgos que supone la manipulación de un material explosivo que, en última instancia, no se domina, pues los activistas del terror, una vez que se les ha soltado la cadena, son imprevisibles. Y, aunque no pueden poner en riesgo al sistema, son muy capaces de crear una inestabilidad perdurable y un desasosiego existencial que estará en condiciones de arruinar la vida a millones de seres humanos.

Quienes tributan este precio, sin embargo, no son los que se benefician del negocio. De modo que no hay por qué hacerse ilusiones: la espiral del terror se muerde la cola y la única forma de resistir sus círculos concéntricos es saliéndose de ellos. La desconexión preconizada por el economista egipcio Samir Amin no es reaccionaria, pues presupone la vinculación de los pueblos por fuera de las estructuras burocráticas que los contienen.

Una de las formas de liberarse es rompiendo la hipnosis de las verdades hechas y del discurso afelpado, como el mandatario venezolano tuvo el desparpajo de hacer en su reciente presentación ante el organismo mundial

Jueves, 29 de Septiembre de 2005 21:19 ;?> No hay comentarios. Comentar.


LA FRACTURA

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A medio siglo de la "Revolución Libertadora"



Por Enrique Lacolla

El golpe cívico-militar de septiembre de 1955 rompió el ascenso, irregular pero continuado, de las masas argentinas hacia el protagonismo democrático.

La Argentina moderna tiene un punto de inflexión en su trayectoria. Este es el 16 de septiembre de 1955, fecha del golpe cívico-militar que derrocó al gobierno de Juan Perón y del que se cumplen 50 años este mes.

Fue un momento crucial, en el que confluyeron los equívocos, los resentimientos y las enfrentadas concepciones de país que habían informado a nuestra historia y sostenido una batalla cambiante prácticamente desde la Independencia.

Muchas de esas contraposiciones no se han disuelto todavía. En parte porque el factor objetivo que las influye, la dependencia, se encuentra muy lejos de estar superado; y en parte también porque la escisión psicológica que esta determina no acaba de soldarse.

La Argentina tuvo, desde su fundación, un curso alterno, dividido entre la concepción porteña de la provincia-nación, que evaluaba el desarrollo en términos mercantiles y atendía a una evolución significada por la conexión con el mercado externo, sin preocuparse mucho del conjunto del país -como no fuera para dominarlo-, y una resistencia confusa y estructuralmente débil a ese proyecto, puesta en práctica por un interior que carecía de peso económico y cohesión política.

La lucha se saldó con el triunfo del modelo propiciado por Buenos Aires, aunque en el trámite fue hasta cierto punto conquistado por esa resistencia que, al federalizar la ciudad-puerto por las armas del ejército de línea, en 1880, determinó una organización nacional viable, la cual, gracias a una relación privilegiada con el Imperio británico y a las ventajas comparativas del suelo, pudo instituir un capitalismo agropecuario abastecedor de un mundo en expansión. El país evolucionó desigualmente, pero evolucionó y adquirió muchos de los rasgos que caracterizan a una nación moderna.

Este modelo fue exitoso durante casi medio siglo y fijó en el subconsciente nacional muchos y muy arraigados prejuicios que no han sido rotos todavía. Como la idea de que "Dios es argentino", que "estamos condenados al éxito" y la difusa e inconfesada presunción de que todo puede venir de arriba y casi sin esfuerzo.

La Depresión mundial de 1930, que arruinó o al menos complicó el papel de la Argentina como "granero del mundo", rompió sólo en forma parcial con esas ilusiones. Pero determinó la primera interrupción del proceso democrático puesto en marcha por la misma oligarquía que había configurado el país, y que se sintió aterrada ante la posibilidad de que, en una emergencia global, el poder del sufragio limpio, instituido plenamente apenas 16 años antes, con la ley Sáenz Peña, la excluyera del contralor de la cosa pública. El derrocamiento de Hipólito Irigoyen fue el primer paso en la marcha hacia una restricción sistemática de las voluntades populares que por fin se impondría al país, a sangre y fuego, muchos años más tarde.

Un cambio de modelo

La crisis mundial impuso, sin embargo, un cambio gradual del modelo agroexportador. El país debió comenzar a industrializarse y a generar un esquema productivo basado en la sustitución de las importaciones, que antes proveían al país de manufacturas gracias a los excedentes que dejaba la economía agraria.

Fue así que las ciudades comenzaron a henchirse con la afluencia de la emigración interior, que encontraba empleo en las fábricas que estaban surgiendo. Se formaba así un proletariado de nuevo cuño, que serviría de base a la nueva peripecia social que sobrevendría tras el golpe militar de 1943.

Incubado por el nacionalismo militar, que abrevaba en fuentes ideológicas variadas pero en cuyo entramado figuraban el fascismo, el integrismo católico y las corrientes del nacionalismo democrático de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina), el movimiento se hubiera desvanecido, víctima de sus contradicciones, si no hubiera sido por la capacidad política de quien fuera su inspirador secreto: el coronel Juan Perón. Fue él quien hizo del nuevo proletariado el substrato de un movimiento de masas que, junto al ala nacional del Ejército, le daría el peso que necesitaba para experimentar un proyecto que apuntaba a la transformación del país guiada por una perspectiva estratégica, no sólo nacional sino latinoamericana.

La industrialización, la sindicalización de los obreros, la justicia social, una actitud ponderadamente independiente en el concierto de las naciones y una concepción económica que apuntaba a la autarquía productiva le supusieron la violenta enemistad de las clases y partidos de una u otra manera vinculados al anterior estado de cosas y, desde luego, la repulsa del imperialismo, siempre vigilante respecto de las veleidades de independencia de los países que, como los latinoamericanos, estaban adscriptos a un régimen de servidumbre semicolonial.

La democratización esencial

El experimento, que determinó la democratización esencial de la Argentina al promover el ingreso de las masas profundas en la vida política y al dotarlas de la oportunidad de decidirla con su voto, marcó un antes y después en la historia del país. Fue un fenómeno muy latinoamericano, que los sociólogos al uso denostarían después con el nombre de "populista"; pero cuyos rasgos, en realidad, implicaban la traducción vernácula del término "bonapartismo", de cuño marxiano. Es decir, la asunción, por el Estado, de las tareas de la revolución democrática que la burguesía local no estaba en condiciones de hacer, sea por falta de fuerza, por sus vínculos indisolubles con el cliente extranjero o por simple extravío ideológico, consecuencia de su vacío identitario.

El populismo, de hecho, se ha configurado en América latina como el expediente del que a veces las masas han dispuesto para romper el hieratismo de la democracia formal, declamatoria pero muy a menudo funcional al mantenimiento del estado de cosas. El líder carismático es esencial para su desarrollo, lo cual, por cierto, contribuye a hacerlo más ejecutivo y eficiente; pero que también lo torna en exceso dependiente de los rasgos personales del jefe y, desde luego, de su posibilidad de conservarse con vida.

En el caso de Perón, sus rasgos de carácter pesaron fuertemente, para bien y para mal, en el movimiento que había engendrado. La deformación "profesional" de su temperamento, su concepción verticalista del mando, propia del militar que era, más cierto egoísmo combinado con desconfianza respecto de sus próximos colaboradores, lo hicieron, a lo largo de toda su carrera, prescindir de las excelencias y con demasiada frecuencia tolerar o propiciar el ascenso de los incondicionales o los mediocres. Eva Perón fue, obviamente, una excepción, pero ella era su criatura, vinculada a él por el sentimiento tanto como por la pasión política.

Esos rasgos contribuyeron a extraviar las coordenadas políticas del régimen, enconando una oposición por cierto corta de miras o abiertamente conspirativa, pero que podía hallar cierta justificación a su resentimiento en el abusivo comportamiento del gobierno en materia de propaganda, de imposiciones doctrinarias y de jactancias a veces desmesuradas y a veces vacías. A este caldo de cultivo se vino a añadir la catastrófica provocación a la Iglesia, innecesaria o soslayable, pero que dio a la "contra" el material humano y la pasión reivindicativa que podía inflamar la rebelión.

La restauración oligárquica

El peronismo, que por dos veces había sido elegido con limpieza por una contundente o abrumadora mayoría, fue brutalmente hecho a un lado por otra conspiración cívico-militar que repropuso los rasgos del golpe del '30 al coaligar a nacionalistas católicos, conservadores, liberales y "progresistas" contra un gobierno popular. Pero la violencia irrestricta desplegada para expulsar a este del poder -bombardeos a mansalva de la población civil y al año siguiente los fusilamientos de junio- daba prueba de que lo que aquí se ventilaba era algo mucho más drástico que lo que se disputara en septiembre de 1930.

El país había crecido. En la larga evolución argentina, a pesar de todas sus alternativas, había existido un avance gradual pero firme en la expresión de las voluntades populares. Con los gobiernos peronistas, el modelo de país había cambiado, se había configurado como un espacio en ascenso demográfico y que exigía de cambios cada vez más acelerados para mantener el ritmo del crecimiento; lo cual, con toda probabilidad, exigiría también de afectaciones impositivas y de cambios mentales que el establishment no pensaba soportar ni estaba en disposición de hacerlo.

Los protagonistas sociales y políticos del golpe del '55 eran varios y no compartían necesariamente una misma idea de país, aunque en general concordaban en un rechazo de piel respecto del pueblo llano. El racismo semiconsciente y el esnobismo pueden jugar un papel importante en política, si no se ven los componentes profundos que informan a esta.

Pero pese a la composición abigarrada de los golpistas del '55, después del triunfo el platillo de la balanza, como siempre ocurre en estos casos, se inclinó hacia el sector provisto de mayor peso específico en materia de capacidad financiera, experiencia política y contactos externos. Los nacionalistas católicos fueron rápidamente apartados, y a los partidos tradicionales, felices ante la proscripción dictada contra el "tirano prófugo" y contra toda formación que invocase su nombre, se les arrojó el pingüe negocio de la representación parlamentaria y de unos gobiernos tutelados por las fuerzas armadas, ya purgadas de la mayor parte de su componente nacional y popular.

De ahí a 1972 la Nación vivió en el impasse supuesto por la negativa a morir del peronismo y por la resistencia sindical a los intentos del incipiente modelo neoliberal dirigido a hacer tabla rasa de las conquistas obreras obtenidas durante las dos primeras presidencias de Perón y que consentían la presencia de un proletariado combativo y todavía esencial para el rendimiento productivo del país.

Lo que vendría después no cabe en el arco de este artículo, pero cabe consignar que ese período también estuvo lleno de altibajos, que el esnobismo de las clases medias que rechazaran el peronismo cambió de signo con sus hijos y que el renovado ascenso popular que apuntaba a reconectar las nuevas corrientes nacionales y populares con el viejo cauce, fue frustrado en buena medida por estos.

Con el furor del converso, las nuevas generaciones que se lanzaron a la guerrilla o la apoyaron platónicamente, no supieron ver la naturaleza compleja del movimiento nacional en el que pretendían introducirse y, al proceder con infinita torpeza, contribuyeron a romper su impulso, acortando lo que pudo haber sido su segundo ciclo y abriendo así la puerta a una nueva y perdurable restauración del despotismo de los dueños del dinero.

El '55 y el '76 son parte de un mismo proceso histórico. Y todavía no hemos terminado de emerger de las consecuencias de esa pesadilla
.
Jueves, 15 de Septiembre de 2005 21:29 ;?> No hay comentarios. Comentar.


LO QUE EL VIENTO NO SE LLEVÓ

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Por Enrique Lacolla
La Voz del Interior – 11 septiembre 2005



La naturaleza tiene sus fatalidades. Un ciclón, como un terremoto, no es culpa de un gobierno. Entonces, enojarse contra su furor es infantil. Pero los estragos causados por el huracán Katrina no obedecen sólo a la furia de los elementos sino que se agravan por una combinación de causas y efectos que exceden con largueza a los avatares del destino.

De pronto, en la forma que golpea el fenómeno y en la secuela de acontecimientos y actitudes que suscita tras su paso, se pone de relieve la cara oculta (o no tan oculta) de una sociedad.

Nueva Orleans es (o era) una joya intransferible de la cultura norteamericana. Mixtura de elementos franceses, negros y anglosajones, de su folklore nació el jazz y de la naturaleza tropical de su carácter brotó una arquitectura original y bella



Ese escenario, que no dejaba de incubar contradicciones pero que tenía una armonía irrepetible en otros lugares de Estados Unidos, fue arrasado por un desastre anunciado. O, más bien, propiciado.

El servicio meteorológico cumplió bien con sus deberes, pero la previsión de la ruta de los vientos no podía suplir la falla estructural, inducida por la codicia, que exhibían las partes más nuevas de la ciudad, construidas sobre pantanos desecados a un nivel igual o inferior al de las aguas del Golfo de México. Cuando cedieron los diques que protegían esas tierras desde hacía muchos años, nada pudo contener el estropicio



Más allá de esta demostración de la inconsciencia de los seres humanos y de la irresponsabilidad que puede esconderse detrás del afán especulativo, lo que es indicativo de una peculiaridad específica de los norteamericanos es la forma en que el gobierno nacional y las autoridades de los cuerpos de seguridad reaccionaron frente al desastre, así como la manifestación casi instantánea de miedos y resentimientos que dicen mucho sobre el carácter de ese país o, al menos, sobre la naturaleza de cierta Norteamérica profunda y sobre el carácter explosivo del conflicto que la habita.

El factor subterráneo



La cuestión de la raza ha sido siempre la corriente subterránea que se agita en el profundo Sur norteamericano. El miedo de los antiguos dueños de esclavos a la rebelión, la igualación, la violación o el saqueo de parte de aquellos que consideraban como poco más que perros fieles, en el mejor de los casos, o como hermanos mayores del mono, en el peor, delataba también su semiconsciencia de la injusticia que cometían con ellos



La carrera al liderato y el ascenso de Estados Unidos a la categoría de única superpotencia mundial no borró esa grieta en la psiquis de la nación. Se la ha podido disimular y se la enmascara con el acceso pautado de los negros al arte, el espectáculo y la política, pero las estadísticas no mienten, al menos en este caso: en Nueva Orleans el 70 por ciento de una población de 500 mil personas es afronorteamericana, el promedio anual de
homicidios es de alrededor de 300, la tasa de analfabetismo es del 40 por ciento y el 50 por ciento de los muchachos negros que frecuentan el primer año de la escuela superior no conseguirán el título
.

Las industrias han desaparecido, y los trabajos restantes son los en general infrapagados, temporarios y precarios que caracterizan a la economía de servicios.

En este escenario, no es extraño que los temores se agiganten y que las labores de socorro se parezcan más a la represión que a la ayuda



Guardias con uniformes miméticos y con su identidad protegida detrás de sus anteojos oscuros se pasean con sus rifles automáticos o los ponen en uso cuando hace falta; algunos comerciantes se atrincheran en sus establecimientos y el presidente George W. Bush impone como primera prioridad la contención del saqueo, en una ciudad donde los hambrientos se cuentan por miles.

El director Michael Moore puso el dedo en la llaga cuando señaló al miedo como el motor más poderoso de la violencia norteamericana.

Es un miedo fundado en la práctica de la violencia como sistema: violencia contra los negros, contra los indios, contra las minorías inmigrantes que deben a su vez desarrollar sus propios anticuerpos violentos para ponerse a la altura. Y violencia contra los vecinos del patio trasero, si se hace preciso.

Todo esto es extraordinariamente interesante para un ensayo de psicología social; pero, ¿en qué medida esta vehemencia problemática del carácter norteamericano lo califica a ese país para postularse, como lo hace, en dueño del mundo y sheriff del Nuevo Orden?
Lunes, 12 de Septiembre de 2005 20:51 ;?> No hay comentarios. Comentar.


EL REINO DE LA FUERZA BRUTA

iran.jpgPor Enrique Lacolla
La Voz del Interior
– Córdoba – 14 de agosto de 2005

Irán rehúsa acomodarse a las sugerencias de la Unión Europea 3 (Gran Bretaña, Francia y Alemania) y resolvió proseguir con su programa de enriquecimiento de uranio, oficialmente dirigido a suplir las necesidades energéticas con finalidades pacíficas de esa nación, pero que se presume también podría ser consagrado a la obtención del arma atómica.

No cabe duda de que esta segunda finalidad es efectiva y, a poco que se reflexione sobre los problemas que tensan las relaciones internacionales y se mire la agresividad que connota a la política de los países del Primer Mundo respecto de los que no pertenecen a éste, esa búsqueda de un arma de retaliación nuclear se hace comprensible.

En efecto, no se puede medir al mundo con un doble rasero y considerar la posesión de la bomba como un hecho “bueno” si la tiene nuestro bando y como un hecho abominable si ella es obtenida por estados que no están en él o no se ajustan a los parámetros de la obediencia debida a las grandes potencias.

Para justificar la expulsión de los estados réprobos del conjunto de las naciones civilizadas, suele atribuirse a sus conducciones políticas una presunta irresponsabilidad; pero esa irresponsabilidad –al menos en algunos casos– suele ser igual a la voluntad de independencia que ellas manifiestan.

De cualquier manera, lo que interesa aquí no es tanto la naturaleza moral del problema como la constatación de que, poco más de una década después de la caída de la Unión Soviética y de haberse diseñado la que parecía inatacable superioridad del nuevo orden mundial capitaneado por Estados Unidos, este orden es cuestionado sin empacho por dos potencias de tercera o cuarta magnitud, como son Irán y Corea del Norte, en torno de un tema crucial como es el de la proliferación nuclear.

¿Qué hace que este desafío pueda plantearse ahora, en estos términos?

Recomposición

Parece que ello es consecuencia de la incipiente recomposición del mapa mundial en bloques de poder, representando cada uno de ellos a intereses contrapuestos. La caída de la URSS, en 1992, había vaciado el escenario de uno de los dos adversarios principales hasta ese momento. Dos lustros más tarde, en buena medida como reacción al dinamismo de una política exterior norteamericana lanzada a la conquista de la hegemonía, Rusia y China –y la India en forma menos marcada– ponen en evidencia un deseo bastante manifiesto de aproximar sus puntos de vista respecto de la necesidad de no seguir ofreciendo un blanco tan fácil para los tejes y manejes de una diplomacia estadounidense que no ceja en su propósito de dominar, por medio de expedientes políticos o militares, enclaves decisivos del mundo, como los Balcanes, el Cáucaso y el Asia central.

Esa actitud no se hizo evidente a través de hechos detonantes, aunque la creciente cooperación militar entre Rusia y China merezca ser consignada; pero es percibida por los planificadores de la Casa Blanca, lo que explica su reacción matizada y, en definitiva, moderada frente a la escasa receptividad de Teherán y Pyongyang a los consejos de Occidente. Mientras que en el segundo caso los estadounidenses deciden continuar las tratativas conjuntas con Rusia y China para disuadir a Kim Jong il de seguir presionando con el tema atómico, en lo que respecta a Irán anuncian su propósito de concurrir a las Naciones Unidas para procurar un mandato internacional que ordene cesar las actividades de enriquecimiento de uranio.

Estamos lejos de la actitud tajante puesta de manifiesto en ocasión de la intervención contra Saddam Hussein, tres años atrás, a pesar de que ahora la amenaza de proliferación nuclear es real y no inventada. Es posible que las crecientes dificultades que afrontan las tropas norteamericanas en Irak hayan influido en esto; pero también es evidente que pedir sanciones contra Irán en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no puede ser más que un gesto si, como parece probable, tanto China como Rusia (que apadrinó a los iraníes en su carrera hacia el átomo) interponen su veto a cualquier acción que intente sancionarlos.

Desprovista del componente ideológico que la había habitado y hasta cierto punto justificado hasta 1989, la política internacional se redujo a una cruda cuestión de relaciones de fuerza. No es que esta ecuación estuviera ausente en el pasado, pero la presencia de diversas concepciones del mundo parecía por entonces conferirle un sentido: el proporcionado por el esfuerzo en diseñar una sociedad diferente y mejor. Hoy, los proyectos se reducen, no a la construcción de algo nuevo, sino a asegurar la permanencia de lo que ya existe.
Domingo, 14 de Agosto de 2005 19:53 ;?> No hay comentarios. Comentar.


LOS DETONADORES DE LA BOMBA GLOBAL

irak10.jpgPor Enrique Lacolla
La Voz del Interior
– Córdoba – 6 de agosto de 2005

Los dos factores explosivos del presente son el clan neoconservador de Washington y el terrorismo radical. Y ambos están complejamente unidos
.

El mundo está calificado en este momento por dos factores negativos que se potencian mutuamente. A saber: la crisis de las postulaciones revolucionarias –descalificadas con el adjetivo de "utópicas" y desvalorizadas por la implosión del "socialismo real"–, y el callejón sin salida al que se enfrenta el sistema capitalista en su forma actual, parado como está sobre la superficie inestable de un proceso de desarrollo tecnológico y de transformación social que no parece tener límite, respecto al cual ostenta una incapacidad supina para regularlo.

Pues para hacerlo tendría que modificarse a sí mismo hasta el punto de abolirse como tal. Esta es la morsa en la que la humanidad se encuentra atrapada al comienzo del nuevo siglo. No es una situación cómoda, pero visualizar algunos de los elementos que más significativamente la condicionan, es fundamental para tratar de escapar a su garra.

Entre los factores que potencian la crisis en este momento, no pueden soslayarse ni el papel de las tendencias neoconservadoras que se han encaramado al poder en Estados Unidos –que exasperan la ya natural tendencia de esa nación a la hegemonía mundial–, ni la presencia del factor terrorista, cuyos orígenes quizá espúreos no suprimen ni el carácter imprevisible de sus posibles desarrollos, ni su capacidad de desestabilización psicológica en un mundo ya situado "al borde del ataque de nervios".

Algo más que un accidente

El grupo que gestiona hoy el poder en Estados Unidos no es el resultado de una tormenta de verano. Responde a tendencias que se encuentran muy enraizadas en esa sociedad. Tanto es así que, si la primera elección de George W. Bush, hijo, pudo haber sido desbalanceada a su favor por un fraude electoral en Florida que benefició al candidato republicano en desmedro del titular de la fórmula demócrata, el comicio que consagró su reelección implicó una votación que lo reconsagró categóricamente y sin sombra de duda. Y eso aun después de lanzadas las expediciones militares contra Afganistán e Irak, y reconfirmado el rumbo agresivo tomado por la política exterior norteamericana tras los atentados del 11/S.

Este apoyo no tiene por que ser eterno ni no estar sometido a los vaivenes de la coyuntura; pero es expresivo de la capacidad que el sistema tiene para influir a la opinión, a poco que el temor exaspere la disposición de esta a la reacción pánica contra cualquier eventual ataque. El "factor Pearl Harbor" es un elemento a tener en cuenta en cualquier evaluación de la capacidad reactiva de la opinión norteamericana. Puesta frente a lo que juzga un ataque injustificado contra la integridad del país, su capacidad vengativa está lista para desencadenarse más allá de cualquier límite, henchida por la noción de la propia fuerza y bendecida por la buena conciencia que resulta de la convicción de estar respondiendo a un ataque.

El cine suministra múltiples pistas de esto último: la justa retribución del abuso es el principal resorte argumental del filme de acción norteamericano.

Otro elemento que agrega una pimienta por demás inquietante a esta ecuación, es el que resulta del espíritu triunfalista que la mentalidad norteamericana ha introyectado en todos los sectores sociales y que se deduce de la experiencia de una historia que registra una expansión sin trabas y siempre victoriosa.

La combinación de cierto fundamentalismo puritano, propio de la "mayoría silenciosa", imbuído de la noción de la retribución bíblica y veteado de un implícito y a veces explícito racismo, con la certidumbre de que "Dios está de nuestra parte pues nuestros logros así lo confirman", es una mezcla explosiva, pues abona el campo para la arremetida irresponsable. El tigre cebado no se detiene ante el peligro, ya que el sabor de las victorias previas anula la llamada del instinto de conservación.

La teoría de la disuasión por el terror (o MAD, Mutual Assured Destruction) sólo es válida si los dos protagonistas de un conflicto están persuadidos de que la contraparte está decidida a llegar a las últimas consecuencias. Si esa convicción vacila o está imbuída de la noción de la propia invulnerabilidad, el concepto pierde su filo y el probable agresor queda predispuesto a liberar toda su potencia a la primera ocasión que se le presente.

La búsqueda por Estados Unidos de un "escudo espacial" y la hipertrofia de sus gastos militares –450.000 millones de dólares por año, muchísimo más de lo que invierte la totalidad de los restantes países del mundo en el mismo rubro– demuestran que intenta procurarse esa cuota de intangibilidad que le permita perseguir sus propios fines sin preocuparse de nada ni de nadie.

Esto es muy peligroso, aun cuando no exista, entre los potenciales rivales de la Unión, ninguno que esté dispuesto a desafiarla deliberadamente. Ya que la dinámica de los hechos propulsada por una concepción arrogante de las relaciones mundiales, puede terminar empujando a quienes la hiperpotencia elige como enemigos, a un desquite desesperado y asimismo preventivo, que busque equilibrar la inferioridad con la sorpresa.

Ese fue el mecanismo que funcionó en Pearl Harbor, sólo que ahora estaría condicionado por el carácter aniquilador y finalista que implica la utilización de las armas de destrucción masiva.

El Golem terrorista

El terrorismo juega o puede jugar un papel importante en esta dialéctica del estallido. En realidad, puede erigirse en un factor provisto de peso específico, capaz de promover un desequilibrio mundial a partir de la utilización de muy pocos elementos.

Esto representa un salto cualitativo respecto de la función del factor terrorista en el pasado. Históricamente el terrorismo fue la expresión de la desesperación de grupos sociales acorralados, por lo general animados por ambiciones que excedían a su peso específico y a sus posibilidades; pero que, encerrados entre un sistema opresor y una muchedumbre apática, tendieron a romper ese estancamiento a través de la violencia individual, el sectarismo y la conspiración.

Su clandestinidad y su situación de aislamiento los convirtieron a menudo en sujetos ideales para su manipulación desde el poder, que solió usarlos como agentes provocadores, con resultados en general exitosos, aunque en ocasiones logrados a un costo demasiado alto.

Baste recordar, por ejemplo, la utilización que la policía zarista hizo de los núcleos terroristas de los socialrevolucionarios rusos, infiltrados por la Ojrana hasta poner a un agente propio al frente de la organización militar del partido. Si bien Evno Azev cumplió su tarea, la excedió hasta el punto de proceder a la liquidación de prominentes miembros del gobierno del Zar que molestaban a su propio punto de vista.

Ahora, sin embargo, a esta naturaleza de marionetas provistas de un caudal de imprevisibilidad que las hace siempre peligrosas y que puede hacer volar a quien tira de los hilos junto con el muñeco, se suma su fusión con la complejidad del mundo de las finanzas y de los servicios de inteligencia actuales. Asimismo, la suma del radicalismo religioso con las prácticas de la tecnología y los recursos de la propaganda transforma al primero hasta reducirlo a una cáscara que esconde mal la naturaleza moderna de unos tecnócratas del terror, que tornan la oración por pasiva, reproduciendo desde abajo los mecanismos anómimos que mueven a los políticos, a los servicios secretos y a los organismos financieros del mundo moderno.

El Golem es un personaje de la mitología judía. Creado de un trozo de madera para defender al pueblo de Israel de la persecución antisemita en Praga, un día se independiza de su amo y se vuelve contra todos. El terrorismo fundamentalista, nominalmente musulmán, fue potenciado por la CIA y otros organismos occidentales para contrabatir la influencia soviética en Afganistán y para desarticular la presencia rusa en el Asia central, el Cáucaso y los Balcanes. Hoy, sin embargo, cualesquiera sean las manipulaciones que los servicios de inteligencia norteamericanos, británicos o israelíes puedan efectuar respecto de los núcleos que operan en Irak y otros puntos del planeta, estos parecen haberse tornado demasiado imprevisibles en razón del substrato caótico del que se nutren y que consiste en la existencia de miles de millones de humillados y ofendidos, así como de la posibilidad de acceder, en algún momento, a las armas biológicas o nucleares que les permitan inferir un daño muchísimo más grande y abarcador que las eventuales ventajas tácticas que de ellos podría sacar el orden establecido.

La conjunción de estos dos fenómenos que se refractan mutuamente –el extremismo del terrorismo "oficial" que es propio la estructura del poder de los Estados Unidos y que se vuelca en el activismo de su política exterior, y el terrorismo de los núcleos creados al conjuro de la miseria fomentada por el sistema global y de su cría por este– configura un cuadro inquietante. El hombre siempre ha estado en disposición de hacerse daño, pero nunca, hasta el último medio siglo, estuvo en capacidad de cometer suicidio.

Se impone un restablecimiento de la razón. Pero, ¿cuál puede ser el protagonista social capaz de imponerla?
Jueves, 11 de Agosto de 2005 19:55 ;?> Hay 1 comentario.


LOS CAMINOS DE AMÉRICA LATINA

alatina.jpgPor Enrique Lacolla
La Voz del Interior
– Córdoba – Argentina
19 de Junio de 2005

La semana anterior, en la nota dedicada a la crisis de Bolivia, poníamos énfasis en el riesgo que suponen las pulsiones centrífugas que tironean a aquel país.

Se trata de un grave problema, pero cuya peligrosidad no está sólo en el hecho en sí, sino en la compleja articulación en que se presenta. Lo que está en juego es el destino boliviano, pero también el del incipiente emprendimiento unitario de Sudamérica, esbozado en la Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN).

En efecto, si el futuro está abierto a la formación de un bloque regional que sea capaz de alternar en el mundo globalizado, también es verdad que su configuración puede asumir formas muy diferentes, que van desde una integración bolivariana o sanmartiniana, que construya a la región como un espacio sociopolítico autónomo, a la primacía de la principal de las naciones que lo componen, Brasil, o a la dispersión de los pueblos sudamericanos en una suerte de neonaciones que prolongarían la balcanización que nos aflige, en términos aún más deprimentes que los actuales. Es decir, a través de la conformación de subregiones agrupadas por los etnicismos o por el privilegio económico que algunas disfrutarían respecto de otras.

En este encuadre, son perspectivas posibles una república andina aymara y quechua, que se elevaría por encima de los actuales límites de Bolivia y Perú; una República de Santa Cruz de la Sierra; una República de la Patagonia y quién sabe si un contralor internacional de la Amazonia.

Perspectivas posibles, desde luego, no significa que sean probables, pues se puede estar seguro de que Brasil, por ejemplo, no consentiría semejante amputación de sus atribuciones territoriales. Pero la tendencia existe y es fogoneada de muchas maneras, desde las más discretas a otras que no lo son tanto, por personeros locales del imperialismo y por mensajes subliminales que se emiten en ciertos medios de comunicación.

¿Se ha reparado, por ejemplo, en la frecuencia con que los documentales televisivos de origen europeo o norteamericano usan el término “Patagonia” como un vocablo en sí mismo, haciendo abstracción de la nación argentina que la incluye?

El valor de un nombre

Como alguien señalara en otra parte, las discrepancias en torno del nombre que debía llevar la declaración fundacional de la Comunidad Sudamericana de Naciones indicó la existencia de tendencias sutilmente contrastantes respecto del proyecto que ésta involucra.

Al principio, se había proyectado llamarla Declaración de Ayacucho, pero se terminó designándola como Declaración de Cuzco.

La disputa etimológica puede esconder contenidos muy concretos. Cuzco implica imponer una nota donde lo dominante es el indigenismo precolombino, mientras que Ayacucho hubiera implicado una reconexión directa con lo más ejemplar de la historia iberoamericana: la victoria de los pueblos del subcontinente en una batalla donde se integraron alrededor de la bandera de la soberanía y los derechos humanos, en la perspectiva democrática y moderna de las luchas paridas por la Revolución Francesa.

Los indigenismos remiten a un pasado superado y son susceptibles de ser instrumentados. Aunque se deben sostener sus legítimas reivindicaciones en favor de sectores postergados de manera infame a lo largo de siglos, su presencia política no puede aislarse del resto de las comunidades iberoamericanas. Y mucho menos si su emergencia “revolucionaria” va acompañada de una desconexión lingüística y cultural del resto de América latina.

El nuevo siglo está lleno de arenas movedizas. Los grandes rediseños el mapa están a la orden del día. La ex Yugoslavia, el Cáucaso, Asia central, son casos demostrativos de la inestabilidad de todo y de la existencia de un plan maestro para desintegrar cualquier cosa que pueda oponerse a la globalización, tal como se la entiende en el mundo desarrollado.

Hay que construir el bloque regional para contrarrestar esas tendencias. Pero no podrá ser un bloque regional débil, escindido en partículas que no se comunican o donde se establecen dependencias internas, sino un bloque compuesto por naciones que acuerdan mutuamente sus políticas de desarrollo. De lo contrario, nos encontraremos sometidos a la hegemonía norteamericana o al interés de Brasil, tal vez capturado por el sueño de ejercer una especie de hegemonía subordinada.

Mucho –o todo– dependerá del signo ideológico que nuestros países sean capaces de darse. Socialista, en el sentido amplio del término, no sería una mala palabra.

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Domingo, 19 de Junio de 2005 23:43 ;?> No hay comentarios. Comentar.


UNA FECHA PARA RECORDAR

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16 DE JUNIO DE 1955


Por Enrique Lacolla
Córdoba (Argentina) – Junio de 2005

Hay fechas que son hitos en la historia de un país porque dan cuenta, de pronto y con un gran aporte de elementos dramáticos, de un cambio que ha estado produciéndose en el substrato social. Y también hay otros, no menos intensos, que expresan una reacción desenfrenada y a veces feroz contra ese mismo cambio.

El 17 de octubre de 1945 fue representativa de la primera de esas instancias. Y el 16 de junio de 1955 resultó abrumadoramente expresiva de la segunda.

El 17 de octubre marcó la irrupción del proletariado urbano y de amplios sectores de la clase media en la generación de los actos de gobierno de una nación que, desde 1930, había visto su vida política mediada por el fraude o por las intervenciones militares.

El 16 de junio implicó el comienzo de una brutal regresión que sirvió de puente entre la ferocidad de las guerras civiles del siglo XIX y el régimen derogador de la voluntad popular que se extendió, casi sin interrupciones, hasta 1983.

Una historia de traiciones

La historia del 16 de junio es bien conocida por quienes eran adultos en ese tiempo, pero las jóvenes generaciones no se la representan cabalmente. No estará de más trazarla en sus grandes rasgos, por lo tanto.

El segundo mandato del general Juan Perón, salido de unas elecciones irreprochables que lo ungieron con una clara mayoría, soportaba los embates de una oposición que se cebaba en los obvios defectos de un régimen afligido por cierta deformación autoritaria, que rechazaba el disenso y daba muy poco o ningún espacio para la expresión de éste. Esa oposición, sin embargo, no expresaba sólo esta impaciencia “ética”, sino que, a sabiendas o no, era la punta de lanza de un introyectado resentimiento de clase y de una conspiración oligárquico-imperialista que apuntaba a demoler el gobierno popular no por sus defectos, sino por sus virtudes.

Entre estas se contaban el establecimiento de una política exterior independiente, una fuerte industrialización, una regulación ponderada de la economía de parte del Estado y, lo último pero no lo menos importante, la difusión de la justicia social, que por primera vez convertía a la Argentina en una sociedad de veras inclusiva y ponía a sus capas más pobres en capacidad de proyectarse hacia el estrato poblacional inmediatamente superior a su condición. La movilidad social, que siempre había existido en el país, pero a una escala y a un ritmo mucho más limitados, se había convertido por fin en un factor esencial de democratización.

El resentimiento de los sectores dominantes ante estas modificaciones y el disgusto que causaban, en un arco más vasto de la opinión, la mediocridad y las manifestaciones de servilismo que muchos de los miembros del entorno del poder tenían hacia su titular, difícilmente hubieran podido generar, por lo tanto, las condiciones para un estallido si no se hubiera dado, por añadidura, un gratuito conflicto con la Iglesia, ornado por el estilo destemplado de Perón, que tornó volátil el ambiente.

En ese marco, una conspiración cívico-militar desencadenó, poco antes del mediodía de una fría mañana de invierno, lluviosa y con nubes bajas, un ataque contra la sede del Poder Ejecutivo que buscaba, sin lugar a dudas, la eliminación física del Presidente, sin cuidarse de lo que hoy se llaman “daños colaterales”. Formaciones de aviones de la Armada y luego de la Fuerza Aérea –una vez que la base de El Palomar fue copada por insurgentes–, bombardearon el centro de Buenos Aires sin previo aviso y buscando hacer blanco en la Casa Rosada.

La matanza fue espantosa, en especial entre los civiles que concurrían a sus tareas cuando los sorprendió el ataque. La reacción de las formaciones militares leales y la participación popular abortaron el alzamiento, al detener el avance de la infantería de marina y luego rendir el ministerio de esa fuerza armada, pero el saldo de la jornada fue terrible: no menos de 350 muertos y un millar de heridos.

La intentona se constituyó en el prolegómeno de la llamada Revolución Libertadora, que tres meses más tarde derrocaría al gobierno constitucional y abriría un capítulo de la historia argentina connotado, más allá de algunos altibajos, por un persistente desorden, por la supresión de la voluntad popular y por la inversión de las líneas maestras que habían ido marcando el ascenso de la Nación y que, a pesar de los defectos del régimen peronista, este había perfeccionado al ampliar la participación popular y al poner esas coordenadas en una incipiente dimensión latinoamericana.

Líneas de sangre

El 16 de junio trazó una línea de sangre en la historia argentina, que se profundizó al año siguiente al producirse el fusilamiento de muchos militantes y militares peronistas que intentaron revertir las tornas con el alzamiento del general Juan José Valle, ejecutado en esa ocasión.

Nada volvería a ser igual después y no hay que preguntar mucho acerca de las raíces de la violencia subversiva y de la oleada de salvajismo que la sucedió: sus datos estaban inscritos en la bestialidad del alzamiento del 16 de junio del ‘55 y en la represión del ‘56.

Ahora bien, no deja de ser tentador percibir al episodio del que esta semana se cumplen 50 años, en la proyección de la historia argentina. Porque, aunque no se desee verla y aunque el conformismo bienpensante de la historia oficial tienda a excluirla de sus evaluaciones, el ejercicio indiscriminado de la fuerza es una constante de nuestro pasado. Los años de las guerras civiles y de la organización nacional estuvieron puntuados por hechos de enorme violencia, y los sectores económicamente mejor dotados, que en suma fueron los que configuraron el país a la medida de su conveniencia, no fueron los menos propensos a ejercerla.

Pero hacia 1870 esa violencia elemental comenzó a remitir. Hubo aun dos episodios muy sangrientos, la revolución de 1880 que redundó en la capitalización de Buenos Aires (en su nacionalización, digamos) y la de 1890, pero ya fueron hechos en los cuales la contienda se dirimió en términos de conflicto reglado, respetando ciertas normas elementales y sin proceder a tomar venganza contra los vencidos.

A partir de allí el país se estructura en torno a normas sólidamente pautadas aunque no siempre muy justas, pero reconocidas como referentes por la sociedad en su conjunto. Si bien menudearon las revueltas cívico-militares, no se asistió a hechos de sangre de gran magnitud y, una vez dirimido el pleito, a los vencidos siempre se les otorgó la gracia.

Esta situación, con alzas y bajas, se consolidó y permaneció vigente hasta el 16 de junio de 1955, cuando la revulsión que el cambio en marcha suscitaba en algunos sectores, se exteriorizó en una salvajada de la que no había ejemplo en la historia argentina reciente.

El 16 de junio representó el choque entre dos tendencias opuestas: la de un país en gestación y la de una teoría conservadora que se oponía a éste. Fue el indicio o, mejor dicho, el síntoma claro, de los tiempos que se avecinaban. Y no hay duda de que, en ese combate, la segunda tendencia se ha impuesto, hasta ahora, a un costo catastrófico en vidas y en materia de desequilibrio social.

La única ventaja que cabe deducir del tiempo transcurrido, es que la lección que dejó esa terrible experiencia se erige hoy en un obstáculo que hace difícil repetirla. Pero para que esa memoria persista se hace preciso exhumarla de vez en cuando.

Los 50 años del más brutal atentado terrorista que sufrió la Argentina son una ocasión propicia para hacerlo
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Martes, 14 de Junio de 2005 12:29 ;?> No hay comentarios. Comentar.


LAS LECCIONES QUE DA BOLIVIA

bolivia1.jpgPor Enrique Lacolla

Hay en la crisis boliviana una muestra de afirmación popular que requiere ser oída. Es hora de hacerlo.


La política, y el curso histórico que después la resume, no son un asunto fácil. En especial cuando se trata de fraguar cambios revolucionarios, dando una forma a una agitación creciente y que demanda una salida.

Es sin duda conmovedor ver a los indígenas de El Alto y a los mineros bolivianos bajar al centro de La Paz reclamando la nacionalización de los hidrocarburos –única palanca que puede financiar el desarrollo del país del altiplano– y la convocatoria a una Asamblea Constituyente, en el marco de una situación límite en la cual el gobierno se tambalea, el Oriente profundiza su pretensión autonomista y merodean los rumores de golpe militar, al que se le asignan los signos ideológicos más distintos, desde el chavismo de izquierda al reaccionarismo de derecha cocinado en la Escuela de las Américas y fogueado en la represión antipopular.

La intransigencia del pueblo en la calle, de la que se hace vocera la COB (Central Obrera Boliviana) es hasta cierto punto morigerada por Evo Morales, la cabeza más visible del movimiento popular, quien acepta la ley de hidrocarburos tal como ha sido votada por el Congreso –pero hasta ahora resistida por el Presidente Carlos Mesa–, al cual sin embargo Morales sostiene en su pretensión de mantenerse en el cargo hasta completar el mandato de Gonzalo Sánchez de Lozada, de quien Mesa fuera vicepresidente y cuya investidura asumió cuando la rebelión popular arrojó a aquel de su sitial en octubre de 2003.

No faltan quienes tildan a Morales de vacilante o traidor por esta posición aparentemente contradictoria, mientras otros, por el contrario, lo señalan como la primera causa del desorden y solicitan poco menos que su cabeza.

Se diría sin embargo que la posición del dirigente cocalero es sensata y la única posible, por el momento, en la caótica situación que se ha producido. ¿Cuáles son las garantías, en efecto, de que si naufraga el gobierno de Mesa el país no se disloque? ¿Qué capacidad de supervivencia tendría un gobierno integrado por facciones contrapuestas y huérfano de apoyo exterior? Bolivia no es Venezuela, ni Brasil ni Argentina; está tironeada por el separatismo santacruceño –donde se acumulan las principales reservas energéticas del país– y el probable golpe militar que podría salir al paso de esa aventura secesionista, estaría marcado por muchas más incógnitas que certezas. Podría ser de orientación chavista, pero también su contrario. Y esto último abriría las puertas a una amarga confrontación.

La revolución pendiente

No hay duda de que América latina en su mayor parte está recorrida por corrientes populares que se oponen, visceralmente, a la dependencia del exterior y al dogma neoliberal que la expresara a lo largo de las últimas décadas. Esas corrientes se vinculan a la serie de puebladas y luchas que jalonaron nuestra historia a lo largo de casi dos siglos y que son reconocibles con el nombre de populismos; expresión peyorativa para muchos sociólogos al uso, pero cada vez más reivindicada por las corrientes de pensamiento que tratan de aproximarse a la comprensión de nuestra realidad de acuerdo a parámetros genuinos, esto es, no deformados por una perspectiva importada.

En la situación actual de Latinoamérica la valorización y comprensión de las formas originales de protesta, debe ser una herramienta primaria para intentar la modificación de esta realidad deformada por la dependencia.
Y en este sentido es fundamental que los grupos que pretendan postularse como elites dirigentes cumplan con un postergado deber: escuchar a las masas profundas de estos países.

Durante 200 años se han pretendido implantar formas de representación a menudo vacías y que no respondieron a una confusa pero vital aspiración a la unidad, la justicia social y la independencia. Hay que convencerse que su imposición forzosa es imposible. Aunque puedan mantenerse por la fuerza, la presión de abajo las hará saltar repetidamente.

¿Cómo convertir entonces este ir y venir, este avance y retroceso permanentes, en una progresión efectiva? No hay respuestas fáciles. La única certidumbre es que hay que estar atentos a lo que se mueve, y que no hay que desvalorizar el legado de nuestra experiencia histórica concreta, por incongruente que a veces parezca.

La peripecia boliviana de estos días se inscribe de lleno en esta perspectiva y es directa heredera de esas luchas. Es una muestra de la especificidad latinoamericana, aun abigarrada e incipiente, y definida más por lo que rechaza que por lo que quiere. No la perdamos de vista y aprendamos a escuchar su voz.

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Martes, 07 de Junio de 2005 23:56 ;?> No hay comentarios. Comentar.


LAS DEBILIDADES DEL MERCOSUR

Por Enrique Lacolla
Mayo 2005

El Mercosur no está pasando por un buen momento. Al parecer, los gestos de cordialidad esbozados en Brasilia, durante la cumbre sudamericano-árabe que se realizó allí el pasado martes, acercaron a los mandatarios argentino y brasileño. Pero los constantes roces en materia de cupos de importación, proteccionismo y asimetrías comerciales entre los socios principales de la asociación están desgastando el sentido de ésta y dan aliento a sus enemigos para volver a la carga con propósitos desintegradores, apuntados a diluir el acuerdo hasta reducirlo a un mero rótulo.

A la larga, es casi seguro que el Mercosur y la Comunidad Sudamericana de Naciones que debería configurarse como el ejemplo más alto de la voluntad de cohesión regional, llegarán a consolidarse. Pero las amenazas contra ambos son muchas y el tiempo es breve. Si no se cobra conciencia de algunas cuestiones esenciales, el recorrido hacia esa necesaria integración se verá sembrado de obstáculos y podrá empantanar el proceso durante un lapso imposible de prever.

Los temas centrales que hay que tener en cuenta son básicamente dos. El primero es que América latina se divide entre un segmento que habla castellano y otro que habla portugués. Ambos se equivalen en número, pero el segundo, que es Brasil, es un Estado-nación cumplido, con una política exterior madura que deviene de la tradición imperial de los Braganza, mientras que los países hispanohablantes son el fruto de la desintegración del imperio español, se dividen en una miríada de estados, carecen en general de coordenadas firmes en su política exterior (o cuando la tienen, como en el caso de Chile, está muy prevenida contra sus vecinos) y no cuentan, de manera aislada, con la masa de recursos humanos y materiales de que dispone Brasil.

El rol de líder de la comunidad sudamericana compete entonces, en forma clara, a Brasil. Pero será ilusorio que quiera ejercerlo sin tomar en cuenta las necesidades y aspiraciones de esos vecinos y, en primer lugar, de la Argentina.

No nos queda bien enojarnos y dar una pataleta por haber perdido, como consecuencia de nuestros propios y monumentales errores, el papel preeminente que tuvimos en América latina hasta la década de 1960. Pero ello no significa que no debamos esforzarnos por estructurar una política que sí pueda representar los intereses del sector hispanohablante y, asimismo, convertir a nuestra única ventaja competitiva frente a Brasil (nuestra declinante pero aun efectiva cohesión social), en un factor capaz de aportar cuadros intelectuales aptos para generar tecnología de punta.

Brasil podría entonces ser el líder del continente, pero la Argentina debería acompañar y complementar esa función al convertirse en el portavoz de sus hermanos en la lengua y en un concentrado de capital intelectual.

El frente cultural

Ahora bien, para que esta ecuación sea posible, hay que atender al segundo punto a que nos referimos. Que no es otro que el frente cultural. Entre países cuyas poblaciones fueron habituadas a una suerte de antagonismo -en el cual la pasión futbolística no representó un factor menor- y que, para colmo, se ignoran por completo salvo en algunos tipismos que podríamos considerar folklóricos, no es difícil fomentar las rivalidades. ¿Qué grado de conocimiento hay en Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay sobre la historia de los restantes países? ¿Hasta qué punto existe una conciencia de que se trata de historias comunes y en qué medida se disciernen los mecanismos que la movilizaron? En una época en que, un poco de manera absurda, se ha puesto de moda pedir perdón por los crímenes cometidos por las generaciones anteriores, todavía hay quienes defienden -en Brasil, en especial- la guerra de la Triple Alianza, que arrasó al Paraguay y exterminó al grueso de su población masculina.

El conocimiento de nuestro pasado común y la capacidad para situar al presente dentro de esa perspectiva es indispensable para vernos como entidades consanguíneas, que se necesitan en forma mutua a fin de compensar las falencias de la una con los atributos de la otra.

Brasil, a despecho de su peso, es vulnerable a la presión externa, y ésta, si se produce en algún momento, buscará ejercerse a través de los vecinos susceptibles de ser instrumentados contra él.

Una asociación estratégica entre Argentina y Brasil, que tome en cuenta el desarrollo social, industrial y cultural de los dos países y no sólo los intereses coyunturales de algunos empresarios, es esencial para fundar un proyecto provisto de futuro.

De no ser así, todos seremos golpeados por un nuevo fracaso histórico
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Jueves, 19 de Mayo de 2005 11:48 ;?> No hay comentarios. Comentar.


LA REGRESIÓN AL COLONIAJE

21chou.gifPor Enrique Lacolla
Mayo de 2005

El olvido del aniversario de Bandung y la usurpación por la Unión Europea de territorios que no le pertenecen, indican un retroceso histórico a corregir desde el Sur
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Mientras el 60 aniversario del final de la segunda guerra mundial en Europa fue acogido con numerosos servicios informativos y actos recordatorios, el quincuagésimo cumpleaños de la conferencia de Bandung pasó casi desapercibido.

Esto es demostrativo de que se ha abierto un hiato entre las consecuencias que tuvo la derrota del Eje en 1945, que redundaron en la difusión universal de una conciencia liberadora, y la realidad de un presente gobernado, en el fondo, por los mismos criterios que habían presidido los desarrollos históricos del capitalismo tardío. Esto es, del imperialismo.

La conferencia de Bandung en abril de 1955 fue la exteriorización de la confianza de los nuevos estados poscoloniales de Asia y Africa. Todos, más allá de las diferencias que los separaban respecto de la actitud a adoptar respecto de los polos de la guerra fría, compartían la certidumbre de que una nueva época se estaba abriendo, signada por la necesidad de rechazar la odiosa supremacía colonialista.

El momento era favorable para hacerlo. Había terminado la guerra de Corea y de Indochina habían sido expulsados los ocupantes franceses. China pugnaba por ocupar un espacio en el concierto de naciones, del cual había sido separada por la cuarentena que Estados Unidos le había impuesto luego del triunfo de la revolución comunista. La India se insinuaba como una potencia emergente, mientras que en Egipto bullía la revolución acaudillada por Gamal Abdel Nasser y su promesa de la fundación de una nación árabe.

El escenario estaba ocupado por figuras descollantes. Chou en Lai, Jawaharlal Nehru, Ahmed Sukarno, Nasser, eran representantes de una generación de luchadores que habían logrado abatir el yugo extranjero y estaban provistos del carisma propio de la era de grandes cambios, precipitados con el ascenso revolucionario que venía verificándose desde los tiempos de la revolución francesa.

Pero Bandung tuvo un complemento, seis años más tarde, que redondearía el programa esbozado en la ciudad indonesia: la conferencia de Brioni, isla yugoslava en el Adriático, donde en 1961 el mariscal Tito, Nasser y Nehru dieron forma al Movimiento de los países No Alineados, MNA (o NAM, por su sigla en inglés, Non Aligned Movement), que definiría su postura en base a unos pocos pero estrictos principios rectores: preservación de la independencia, no pertenencia a ningún bloque militar, rechazo a la presencia de bases extranjeras, defensa de la autodeterminación de los pueblos y exigencia de un desarme "completo y general".

El eclipse de una ilusión

De entonces para acá, "mucha agua ha corrido debajo de muchos puentes rotos", para decirlo con una frase de André Malraux. Los países asiáticos convocados en Bandung y luego sumados al Movimiento de los No Alineados, en general han sido protagonistas de un crecimiento espectacular, bien que bastante alejado de las premisas solidarias que impregnaban a la época de la rebelión anticolonial; pero los otros han corrido un destino muy distinto: Yugoslavia ha desaparecido del mapa, dispersada en una miríada de miniestados carentes de todo peso específico; el nacionalismo árabe, laico y progresista, ha naufragado o ha dado lugar a regímenes opresores y a menudo corruptos, que tienen frente a sí la rebelión, furiosa pero aparentemente sin salida, del extremismo fundamentalista; y Africa ha retornado poco menos que a la época de las cavernas.

Determinante de este fracaso fue la caída de la Unión Soviética, cuya presencia daba lugar a una tensión bipolar que concedía cierto margen de maniobra a los países que no querían arrodillarse ante el diktat de una u otra de las superpotencias militares que se disputaban la primacía en el globo; pero también pesó mucho en ese resultado la permanente presión imperialista y asimismo el lastre significado por el atraso o el desconcierto político de sociedades demasiado heterogéneas y sobre todo demasiado primitivas, cosa que había supuesto un obstáculo muy difícil de vencer. No es casual que las experiencias nacionales exitosas protagonizadas por los países de Bandung se hayan dado en lugares connotados por una antigua cultura, como en el caso de China y la India, apoyadas por lo demás en una milenaria experiencia de administración burocrática.

Hoy, con otras características y de manera más oblicua aunque tal vez aun más destructora, el espectro de la tiranía occidental sobre los negocios mundiales está acosando a muchos de los países que en Bandung creían haber escapado del yugo. El carácter implacable de esa presión está disimulado por las buenas palabras, pero no es menos feroz de lo que lo era durante la época predatoria del colonialismo desembozado.

Los piratas de ayer se han metamorfoseado en los inversores de hoy. En vez de cuerpos expedicionarios vigilan legiones de ejecutivos con computadoras, sin que esto impida, cuando la necesidad lo exige, que a su presencia se añada la parafernalia militar que se encarga de poner en su lugar a quienes son reacios a escuchar las "sugerencias" que aquellos imparten. En ese momento, los consejos se transforman en órdenes.

Ahora bien, aunque el discurso "políticamente correcto" de las grandes potencias suele soslayar estas realidades, de cuando en cuando la comprensión arrogante de las relaciones mundiales se descuida y deja traslucir, incluso en los papeles, la conciencia despectiva que tiene respecto de los que otrora fueran sus vasallos, y la disposición a volver a instalar, de forma desembozada, la ley de la cañonera.

Desparpajo

La Constitución Europea que está en vías de aprobarse por estos días, por ejemplo, se arroga derechos sobre territorios que no le pertenecen, por cuenta de los antiguos mandantes coloniales. Entre ellos están las islas Malvinas y los archipiélagos australes sobre los que existe un expreso reclamo argentino de soberanía.

En el texto del documento se expresa que "los países y territorios no europeos que mantienen relaciones especiales con Dinamarca, Francia, los Países Bajos y el Reino Unido están asociados a la Unión Europea".

Esto implica, en el caso de las Malvinas (que el documento nombra como Falklands) el olímpico desconocimiento de los antecedentes que avalan nuestro reclamo y que se fundan en la proximidad geográfica, la continuidad geológica y los antecedentes de la historia, que arrancan del virreinato y culminan en el sangriento conflicto de 1982.

Títulos a los cuales se añadió una declaración expresa del Congreso argentino, que en 1990 provincializó a Tierra del Fuego y a todas las islas del Atlántico sur, incluidas las Malvinas.

Pasar por encima de estos datos es demostrativo de la arrogancia de que hablamos. La vieja-nueva Europa, cuyas diferencias con el coloso norteamericano no implican la inexistencia de coincidencias de fondo con este en lo que hace al reglamento de los asuntos mundiales, asume su papel en el reparto del poder con una tranquilidad colindante con el descaro.

Dudas

¿Qué posición tomó el gobierno argentino ante este atropello? No lo suficientemente enérgica, en apariencia. La Cancillería ha expresado "enojo y malestar" ante la asociación de las Malvinas y otras islas del Atlántico Sur, a la Unión Europea. Pero ese enojo no basta. En especial porque surge a destiempo, pues los contenidos de la carta orgánica de la UE tendrían que haber sido tomados en consideración por nuestros diplomáticos muchos meses atrás, ya que no era un documento secreto y había sido puesto a consideración de los ciudadanos españoles residentes en el país para que la votasen.

Pero la reacción del gobierno nacional ha sido, hasta el momento de escribir esta nota, insuficiente. Sobre todo porque es sólo reactiva, y no acude a la sede en la cual se debería tratar este tipo de problemas de aquí en adelante. Esto es, el Mercosur y la flamante Comunidad Sudamericana de Naciones.

Están volviendo los tiempos del coloniaje. La única manera de resistir con éxito a la presión de los supercolosos es formando una región aparte, que cumpla el mandato unitario de origen bolivariano y sanmartiniano, y que a la vez sirva de reparo y contrapeso al desparpajo imperial
.

La necesidad de formar una nueva constelación geopolítica que involucre a los países sudamericanos debería implicar también el reexamen de la utilidad de la OEA. En la actualidad esta ve diluida su funcionalidad por los votos que en ella tienen muchos pseudo estados que no son otra cosa que las proyecciones en ultramar de viejas potencias coloniales.

Es hora de formar un nuevo consejo que agrupe a los países iberoamericanos, que conforman la casi totalidad de la población del hemisferio occidental al sur del Río Grande. El mundo está cambiando, y la reforma de los organismos internacionales, incluida la ONU, debería acompañar ese cambio.

En Bandung se halló un expediente para expresar un mundo ex colonial en ascenso. Hoy es indispensable forjar nuevos instrumentos institucionales para separarse de los que son regulados por quienes, si no son nuestros enemigos, tampoco son nuestros amigos, y para erigir barreras a su dinamismo, mientras generamos las fuerzas que nos son necesarias para seguir creciendo.

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Sábado, 14 de Mayo de 2005 12:24 ;?> No hay comentarios. Comentar.


UN AJEDREZ COMPLICADO

Por Enrique Lacolla
Mayo de 2005

A 60 años de terminada la Segunda Guerra Mundial en Europa, la única potencia que salió realmente gananciosa del conflicto, Estados Unidos, se encuentra ejerciendo una supremacía global que obtuvo 40 años después de finalizada aquella lucha, con la caída del bloque soviético. Y debe decirse que lo hace con una resolución que muchos nos atreveríamos a calificar de temeraria, pero que, de todas maneras, sacude al mundo y no da visos de frenarse en un futuro próximo.

Ahora bien, todo este ímpetu está articulado, más allá de su arrogancia, con una inteligencia política que especula con quizá demasiados imponderables a la vez.

En Medio Oriente, la Unión está practicando un complicado ajedrez que pasa
por la semificción de la democracia iraquí; por la relación amenazadora y llena de suspenso que Washington establece con el gobierno de Irán, y por el manejo de diversas opciones para derrocar al régimen sirio. Éste es otra de las bestias negras de Washington, en la medida que, más allá de sus innegables restricciones a la democracia, resulta intolerable por su irreductibilidad a los designios estadounidenses e israelíes
.

En Irak, bajo el paraguas militar de la ocupación, los iraquíes han elegido un gobierno que no representa a una sustantiva cantidad de los habitantes del país, los agrupados en torno del sunnismo; pero que da presencia política a la reducida minoría kurda y, sobre todo, a la mayoría chiíta. No obstante, ésta, en su totalidad, se opone a la presencia norteamericana en su territorio, aunque en general no recurra -todavía- a las armas para repelerla.

De cualquier modo, los chiítas son indispensables al proyecto estadounidense de poner de pie a un Estado que sirva para tener a raya a la resistencia. Apelando incluso a una guerra civil entre chiítas y sunnitas. Claro que para que esta ecuación funcione, hay que tener en cuenta a Irán, patrocinador de los chiítas iraquíes y resuelto buscador de un poderío nuclear que le consienta sentirse hasta cierto punto seguro frente a la extorsión militar de sus enemigos.

¿Cómo hacer para destruir o contener al régimen iraní y, al mismo tiempo, asegurarse su cooperación en Irak?

Remover esta contradicción va a ser muy difícil para Washington, de modo que es probable que el dinamismo estadounidense elija en una primera instancia a Siria como próximo blanco, en vez de Irán.

En efecto, la rapidez de reflejos del presidente sirio, Bashir al Assad, le permitió escapar de la delicada situación en que lo había puesto el asesinato del ex premier Rafik Hariri en el Líbano, pero esto no significa que las presiones en su contra vayan a desaparecer.

Siria, Irak e Irán no son, sin embargo, los únicos problemas que enfrenta el hegemonismo norteamericano en Medio Oriente: sin hablar del problema palestino-israelí, la desestabilización estructural de Egipto y Arabia Saudita frente a la presión fundamentalista constituye un desafío mayúsculo y de impronosticable proyección.

Otros frentes

Las complicaciones no terminan en Medio Oriente. A nivel global, el crecimiento chino representa tanto una promesa como un riesgo: si hasta aquí se ha dado en una suerte de calma tecnocrática y brinda espectaculares posibilidades de ganancias para la inversión extranjera, la magnitud del crecimiento y las divisiones sociales que está impulsando pueden desestabilizar a la potencia más poblada del globo, dando lugar a tensiones difíciles de pronosticar.

En América latina, por fin, por primera vez desde la independencia, se están dando muestras bastante coherentes de querer configurarse como una región suficiente a sí misma. Falta mucho para ello, por supuesto, pero el fracaso norteamericano en imponer a su candidato en la Organización de Estados Americanos (OEA) y la cada vez mayor renuencia de los principales países del sur del hemisferio a plegarse a las razones del -gran hermano del Norte- para aislar a los gobiernos que no son gratos a éste (para el caso, los de Cuba y Venezuela) indican que la conciencia solidaria, siempre presente en las profundidades del pueblo, pugna ya con la suficiente fuerza como para
expresarse en las superestructuras políticas.

Por si esto fuera poco, en México fracasó la movida del presidente Vicente Fox para cerrarle el camino al alcalde del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, hacia la jefatura del Ejecutivo.

López Obrador es un crítico del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos
y Canadá. Y fue la presencia popular en la calle la que obturó la maniobra dirigida a lograr su desafuero. Nada es simple en el ajedrez del poder
.
Martes, 10 de Mayo de 2005 19:25 ;?> No hay comentarios. Comentar.


UNA VOZ EN LA TORMENTA

logo_visita[1].gifPor Enrique Lacolla

La Voz del Interior
(Córdoba) - Abril de 2005

El pontificado de Juan Pablo II estuvo señalado por una serie de acontecimientos dramáticos que lo proclaman como uno de los más significativos de este siglo. Es, desde luego, imposible mensurar sus alcances a la luz de la historia milenaria de la Iglesia; pero, a la escala contemporánea, su importancia es innegable en la medida en que coincide con la ruina del comunismo, la gran profecía laica que intentó suplantar, con una afirmación de voluntad inmanente, la proposición trascendentalista de la fe cristiana.

La Iglesia, se ha dicho, no tiene prisa. Tomada de sorpresa por la irrupción del racionalismo a fines del siglo XVIII, batida en brecha en el XIX por un liberalismo, un progresismo, un industrialismo y un socialismo vigorosamente ascendentes, durante mucho tiempo luchó contra la corriente, adaptándose a sus meandros cuando no quedaba más remedio, pero resistiéndose a admitir esa dialéctica de la Ilustración que absolutizaba la razón pura en detrimento del principio moral que distingue entre el bien y el mal a partir de parámetros inmutables. En esa lucha aparentemente en retirada, la Iglesia puso de manifiesto -aunque su advertencia solía ser ignorada por quienes sólo percibían el exterior reaccionario de su accionar político- que si los grandes principios no tienen un fundamento espiritual, subordinado a un dictamen trascendente, la ley entonces sólo puede ser provisional... Y, en consecuencia, infinitamente derogable. La arbitrariedad, por lo tanto, termina justificándose por su misma ausencia de justificación: desde el terrorismo revolucionario al terrorismo de Estado, desde la contraconcepción a la manipulación genética, todo es viable, todo es admisible, todo puede terminar en una inconmensurable indiferencia.

No podemos seguir aquí el hilo rojo de esta polémica sorda que informa el decurso de la historia contemporánea desde la Revolución Francesa hasta nuestros días; pero sí debemos tener en cuenta su enorme importancia, que la ubica muy por encima de las ironías someras que con frecuencia se le disparan desde el progresismo elemental. El pontificado de Juan Pablo II debe ser evaluado en ese marco de referencias, que se engarza con un proceso histórico del cual el Papa fue testigo y a veces decisivo protagonista.

Años de cambio

Entre 1978 y 1994, el mundo presencia el vertiginoso vaciamiento de las convicciones abstractas que habían guiado su avance. La avalancha del consumo; la explosión de individualismo y hedonismo suscitada por el desborde material; el fracaso del comunismo, vaciado de contenidos pero cuya superestructura comprimía y ahogaba el deseo de libertad bajo un caparazón muerto; y la cobertura del mundo por una red informática que todo lo revela y que no explica nada, son los rasgos genéricos de una época signada por el cambio permanente y por el naufragio de toda voluntad dirigida a controlar o a guiar ese cambio.

Después de las tormentas de la Segunda Guerra Mundial y a la luz de las paroxísticas transformaciones generadas durante el período que va desde 1914 hasta 1945, la Iglesia comienza a producir modificaciones en su seno que apuntan a dar una respuesta a las dudas y los desafíos del mundo moderno. La necesidad de levantar una barrera contra las pretensiones del Estado totalitario, que encuentran en la formulación comunista un arquetipo brutal, no puede disimular la razón de esta última clase de estructuraciones: la injusticia de un mundo moderno, donde proliferan la desigualdad y la injusticia al lado de la riqueza más insolente y de la negativa a echar mano a las posibilidades financieras y tecnológicas con que se cuenta para empezar a poner remedio a las primeras.

La identificación entre Iglesia y reacción, que se había convertido en una fórmula sacramental para las izquierdas y hasta para ciertas derechas radicalizadas, y que estaba justificada por la frecuente adscripción de la Iglesia a los sistemas instituidos, a los que respaldaba por desconfianza a lo nuevo, debía ser combatida para
rescatar lo que también había de social e igualitario en el mensaje cristiano. La Ciudad Universal fue católica antes de ser comunista, y sus premisas podían y debían ser recuperadas si se quería afrontar el desafío de la modernidad con una perspectiva actualizada y con una efectiva voluntad de erigirse en un factor de acción, además de consolación.

A partir del Concilio Vaticano II, esta vocación de compromiso con la realidad -que nunca había estado ausente de la dialéctica profunda de la vida eclesial- se pronunció en forma manifiesta y emergió no sólo a través de la simplificación de los rituales, del aggiornamento de las prédicas y prácticas del culto, de una intensa preocupación por los temas macroeconómicos y macropolíticos, sino también de la irrupción de corrientes que, como la teología de la liberación, borraban casi los límites entre marxismo y cristianismo y propiciaban el ingreso directo a la lucha política y, eventualmente, si se seguía su lógica hasta el límite extremo, a la lucha armada contra el opresor.

Esto, en cierta manera, habría supuesto la disolución de la Iglesia en un todo multitudinario, donde el peso de esa extraña y excepcional formulación que conjuga espíritu y materialidad se habría desvanecido en una nube de amor y liturgia, cuando no en el ingreso directo en la vida civil. Para que el impalpable poder de un principio espiritual tenga vigencia en el mundo entero, es en efecto necesaria, si no se cuenta con un marco nacional solidario y con un Estado configurado como tal en un espacio concreto, la presencia de una autoridad efectiva, de una autoridad operante.

l valor del orden

Juan Pablo II vino en cierto modo a restituir ese valor. Lo singular fue que su pontificado coincidió con la crisis final del comunismo, a la que su elección contribuyó a acelerar. No sólo porque el Papa provenía de un país, Polonia, cuyo sentido nacional se fundía con su catolicidad y que, en consecuencia, se convertía en un hueso muy duro de roer -en realidad, en una piedra indigerible- para el ruso-marxismo; sino también porque la gestión de Juan Pablo II se perfiló en una actitud efectivamente combativa respecto del sistema imperante en el Este, cuyas grietas y crisis sustancial conocía mejor que nadie.

Si bien en tiempos lentos, la Iglesia también conoce pleamares y bajamares, acción y estabilización. Después de los pontificados realmente revolucionarios de Juan XXIII y Pablo VI, Juan Pablo II vino a reordenar lo que, para los criterios eclesiásticos, se había salido de madre. De ahí los énfasis en la disciplina, la desconfianza y eventualmente la oposición ante las manifestaciones de la teología de la liberación; y sobre todo el rechazo de las actitudes concesivas respecto de políticas muy a la moda en el mundo posmoderno. Por ejemplo, las que extreman la liberalización en materia de aborto y de experimentación genética; o que, so pretexto del respeto a las minorías, apuntan a lo que la Iglesia entiende como una distorsión de los mandatos de la naturaleza e intentan no sólo una institucionalización de la excepcionalidad, sino su proliferación y, llegado el caso, su conversión en regla, al consentir la adopción de niños por parejas constituidas por homosexuales.

Estas batallas, aún en curso, no deben sin embargo oscurecer la que podría considerarse como la más paradójica y positiva de todas las inflexiones producidas por el papado de Juan Pablo II: ante el hundimiento del comunismo, que durante muchos años se erigiera en el sistema rival del capitalismo, la Iglesia Católica aparece perfilándose como la única institución capaz de estructurar un discurso que, si no se opone frontalmente a la sociedad capitalista, se funda en un tipo de valores que recusa -implícita o explícitamente- sus distorsiones.

Según Juan Pablo II, el capitalismo podía ser aceptable para la doctrina social de la Iglesia en la medida en que, a nivel de sus principios básicos, se adecua en muchos aspectos a la ley natural. Pero, según sus explícitas manifestaciones, deben rechazarse sus prácticas abusivas, como la explotación, la injusticia, la violencia y la arrogancia, que en años recientes -más precisamente a partir de la caída del comunismo- han empezado a encontrar buena prensa y a ser aceptadas como parte de un retorno (no siempre admitido francamente, pero claramente visible en los hechos) al capitalismo salvaje. Un capitalismo salvaje que originó, precisamente, una saludable reacción, que al final terminó en la fallida utopía comunista.

En un mundo dividido entre el vacío ideológico dejado por el hundimiento de la profecía laica del comunismo y el vacío espiritual de una sociedad de consumo que hace del goce hedonista, de la indiferencia y del individualismo más egoísta las prendas de una seudolibertad sin mañana, el papado de Juan Pablo II vino a proponerse como un espacio para la protesta reflexiva. Aunque revistió en su caso la singularidad de la cultura occidental y no renegó de sus dones, es difícil disociar la reproyección que la Iglesia Católica tuvo en este período de las inquietudes y agitaciones que recorren a otros movimientos confesionales en el Tercer Mundo -un espacio al cual el Pontífice dedicó preferente atención- y hacia los cuales se dirigen confusamente las muchedumbres de desheredados para buscar una guía en medio del
desorden
.

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Miércoles, 06 de Abril de 2005 19:21 ;?> No hay comentarios. Comentar.


CUIDADO CON LOS SEPARATISMOS

11patagon.gifPor Enrique Lacolla

Febrero de 2005

Los tiempos de la globalización son proclives para instrumentar autonomías de campanario. La caída del modelo soviético y la subsiguiente ofensiva del Primer Mundo para adueñarse de los recursos energéticos y de los enclaves estratégicos del planeta, dan como resultado una efervescencia “nacionalista” –nacionalista en el sentido más restringido del término; esto es, étnico, confesional o tan sólo regionalista– que se refleja en el ataque contra los estados-nación más o menos embrionarios, lanzados por los superpoderes del mundo imperialista.

Sea a través de expedientes directos, como las intervenciones militares o el fomento de la guerra civil; sea por medio del montaje de ofensivas económicas que tienen por fin descalabrar las precarias defensas de las sociedades del tercer mundo, esta tendencia se hace cada vez más evidente.

La siniestra experiencia balcánica, con el desmembramiento de Yugoslavia; el gradual descuartizamiento de la ex Unión Soviética, que pretende reducir a Rusia a las proporciones del antiguo gran principado de Moscú, y el supuesto reordenamiento “democrático” de Medio Oriente a través de la intervención militar norteamericana, son parte de esta dinámica, que no parece prometer otra cosa que la inestabilidad, la dependencia o la subordinación de los pueblos de la periferia a los dictados de los grandes centros del poder financiero y militar.

Sudamérica, fragmentada desde la Independencia y cuyos países ahora están dando muestras de querer cohesionarse en bloques regionales que podrían dar paso a una unidad superior, no deja de estar expuesta a esa misma clase de pulsiones centrífugas, que pueden aprovechar la falta, en no pocos lugares, de una arraigada conciencia histórica.

Sin ésta, es difícil fundar un pensamiento geoestratégico que sea abarcador y vea al subcontinente en una proyección autónoma de futuro.

Un caso próximo

Los hechos que se están verificando en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, dan fe de lo que decimos. Desde hace tiempo orgullosos de su diferencia, los habitantes del oriente boliviano, tierras bajas respecto del altiplano andino, reclaman su autonomía y en secreto (o no tan en secreto) aspiran a la secesión y la independencia, ambición que exteriorizaron en más de una oportunidad. Los pretextos para expresarla nunca faltan. En esta ocasión, fue una suba en el precio del diesel y del agua. Pero los argumentos de fondo son otros.

Santa Cruz produce casi el 29 por ciento del producto interno bruto (PIB), genera el 50 por ciento de las exportaciones totales y el 38 por ciento de los tributos fiscales de Bolivia. Es el departamento más grande del país –370 mil kilómetros cuadrados– y el más rico, gracias a la agricultura, la ganadería y la energía. Sus pobladores, o una buena parte de ellos, eligen diferenciarse por su carácter “europeo” respecto de los andinos, predominantemente indígenas, que pueblan el altiplano.

Están dados, así, todos los ingredientes para un experimento secesionista. La ruptura con La Paz, promovida por el Comité Cívico Pro Santa Cruz, no se dará por ahora en razón de la presencia del ejército, que respalda al gobierno central; pero los ingredientes que informaron al “Cabildo Abierto” del pasado viernes en esa ciudad apuntan de forma inequívoca hacia ella.

Atracción fatal

No sería sensato minimizar la atracción que este tipo de tendencias pudiera generar en otros lugares de América latina. Más vale pecar por exagerados que por desaprensivos en esta clase de problemas.
La Argentina tiene un problema en ciernes en la Patagonia. La despolitización del país y la potenciación económica de la región, derivada del auge energético propulsado por una empresa transnacional, más la venta de anchas zonas a terratenientes extranjeros, no son elementos que contribuyan a tranquilizar respecto de la proyección a futuro de una de las regiones más bellas, ricas y despobladas de la Argentina, en lo referido a la densidad de habitantes por kilómetro cuadrado.

No se trata de sembrar la alarma. El patriotismo del poblador patagónico es proverbial, como quedó demostrado en ocasión de Malvinas y de los diferendos con Chile. Pero las condiciones objetivas que informan a la región son las que son y es preciso prestarles atención.

La Patagonia es una de las reservas naturales del planeta. Los poderes que aspiran a hegemonizar el mundo la tienen en cuenta. En consecuencia, cualquier precaución será poca. La primera es visualizar esta región dentro del encuadre global, para discernir las ambiciones que la acechan.

El resto dependerá de nuestra voluntad e inteligencia.
Sábado, 12 de Febrero de 2005 21:29 ;?> No hay comentarios. Comentar.


LA INSOLENCIA DEL PODER

condole.jpgPor Enrique Lacolla

La Voz del Interior
– Enero 2004

El pasado jueves, el presidente George W. Bush asumió su segundo mandato en Estados Unidos. El miércoles, quien fungiera como Consejera de Seguridad Nacional durante el primer período, Condoleezza Rice, uno de los halcones de esa administración, recibió el visto bueno del Comité de Política Exterior del Senado, por 16 votos contra dos, para desempeñarse como secretaria de Estado.

Si no fuera porque respecto del curso general de los actos de la megapotencia hay certidumbres y no hipótesis, no se podría menos que observar con inquietud esta confirmación que el pueblo y el Congreso norteamericano dieron a dos figuras que simbolizan lo más duro de su política exterior.

En la práctica, sin embargo, no parece que existan en el esquema de poder norteamericano alternativas a esta orientación, como no sean algunas variaciones cosméticas que los demócratas podrían haber introducido respecto de cuestiones de procedimiento.

La agresividad estadounidense se pone de manifiesto tanto en lo aparentemente menor como en lo grande. El maltrato de que fuera objeto el canciller argentino, Rafael Bielsa, en el aeropuerto de Miami, fue una demostración de arrogancia y desprecio en pequeña escala. Bielsa fue sometido a un desagradable interrogatorio en el hall de la estación aérea luego de protestar por la demora de su vuelo, sin tomar en cuenta su investidura ni el hecho de que venía de presidir la reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Luego le devolvieron su equipaje revuelto, con la notificación de que había sido inspeccionado. No hubo excusas oficiales, que sepamos, ni el canciller se ocupó de reclamarlas, aunque el Ministerio de Relaciones Exteriores argentino elevó después una protesta por el episodio.

Desparpajo

Aún más preocupante es que este estilo matonesco no sólo se ejerce contra un funcionario de un país latinoamericano sino que se explaya en las tribunas más altas y se matiza con esa insolencia que deviene del desparpajo y de la negación deliberada y maliciosa de lo que es a todas luces evidente.

En su exposición ante el comité del Senado que debía confirmar su nominación como secretaria de Estado, Condoleezza Rice, por ejemplo, tras repetir sus amenazas a Irán y Corea del Norte, arremetió otra vez contra Venezuela.

“Hay que mirar al gobierno venezolano como una fuerza negativa en la región”, dijo. “Dedicaré tiempo a la Organización de Estados Americanos para que aplique su Carta Democrática a los dirigentes que no gobiernan en forma democrática a sus países, a pesar de haber sido elegidos democráticamente”...

Seis victorias electorales en un marco de turbulencia golpista parecen ser insuficientes a la flamante secretaria de Estado para otorgarle al gobierno de Hugo Chávez las credenciales de demócrata.

Aunque revuelvan el estómago, es inútil enojarse por estas expresiones: son parte del viejo juego del cinismo que los poderosos suelen desplegar contra los débiles en el escenario mundial.

Parafraseando a Pascal, podríamos decir que “la fuerza tiene razones que la razón no entiende”.

Pero lo que sí hay que tomar en cuenta son las proyecciones concretas que esos despliegues de arrogancia implican. Irán y Venezuela parecen ser los próximos blancos del activismo de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Pentágono, y esto es grave.

En este marco hay que evaluar el secuestro de Rodrigo Granda, en Caracas. Presunto “canciller” de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), Granda no tenía requerimientos de parte de la Justicia colombiana, aunque con posterioridad a su secuestro el pedido de captura fue sometido a Interpol Venezuela.

Es difícil que este episodio –que promovió un distanciamiento en las relaciones entre Bogotá y Caracas– resulte sólo del deseo de neutralizar a un elemento subversivo. Detrás de él, parece diseñarse una maniobra típica de inteligencia. Una ofensiva a fondo para terminar de desgastar a Chávez sería una forma de torpedear por largo tiempo la incipiente unidad
latinoamericana
. Ésta comenzó a tomar cuerpo con el rechazo al Área de Libre
Comercio de las Américas (Alca) y la conformación de la Unión Sudamericana, hoy apenas algo más que un sello sobre el papel, pero con potencialidades asombrosas.

Catalogar a Chávez como protector de la narcoguerrilla y arrastrarlo a un foro donde debería defenderse de ese cargo, promovería un circo mediático dirigido a desestabilizarlo. A partir de allí sólo faltaría darle la puntilla. Aunque, ¿quién le pone el cascabel al gato?
Miércoles, 26 de Enero de 2005 20:56 ;?> No hay comentarios. Comentar.


ASOMA EL "POPULISMO RADICAL"

humala.jpgPor Enrique Lacolla

Extraño, como salido de las profundidades del realismo mágico, aparece el Movimiento Etnocacerista, liderado por un mayor retirado del ejército peruano, Antauro Humala, que días pasados se sublevó contra el gobierno de Alejandro Toledo y tomó una comisaría en la ciudad de Andahuaylas, al sur del Perú.

El levantamiento se cerró en un fracaso, con el saldo de varios muertos, pero es difícil reducirlo a una muestra de idiosincrasia folklórica. Si su líder no es asesinado, tampoco cabe suponer que el movimiento acabe allí.

El realismo mágico, como se sabe, es la arborescencia poética de situaciones bien concretas, que tienen a la pobreza y al sincretismo cultural de las sociedades de América latina como factores determinantes.

Antauro Humala, junto a su hermano Ollanta, fue el cabecilla de la sublevación militar que inició el ocaso del régimen de Alberto Fujimori y la caída en desgracia de su eminencia gris, Vladimiro Montesinos.

Humala encabeza el Movimiento Nacionalista Peruano (MNP), que crece en las zonas más pobres de las aglomeraciones urbanas y cuenta con el apoyo de las franjas mayoritarias del indigenismo peruano.

El referente político de Antauro es Hugo Chávez; sus amigos bolivianos son Evo Morales y Felipe Quispe y también se vincula al indigenismo ecuatoriano. Se define como antiimperialista y admirador de la revolución cubana, reivindicando, a partir del nombre que ha dado a su movimiento –“etnocacerista”– la raigambre indígena de la cultura de su pueblo y la figura del mariscal Andrés Avelino Cáceres, quien reorganizó el ejército peruano para enfrentar la invasión chilena en la Guerra del Pacífico (1879-1883).

Sin lugar para el reduccionismo

Este complejo espectro de afinidades y simpatías torna a Humala en una figura que escapa al encuadramiento simplista. Su reivindicación indigenista estaría lejos del particularismo que propugnan quienes sirven a los intereses de la balcanización latinoamericana, vinculándose más bien a la naturaleza de la base social peruana y a la necesidad de darle una proyección y una presencia hasta aquí negadas por el desigual sistema de reparto que preside, allí como en otras partes de América latina, una oligarquía cuyos intereses son funcionales al estancamiento dependiente.

La finalidad de la sublevación de Andahuaylas no parece haber sido el derrocamiento de Toledo, sino la generación de un acto testimonial, que buscaría dotar de proyección a su jefe y a las ideas que éste propugna.

Esto ha hecho que algunos asimilasen ese levantamiento al putsch de Munich encabezado por Adolfo Hitler en 1923. Éste es un argumento tonto o perverso: la comparación del jefe de un movimiento en pro de los sumergidos y desposeídos de un país subdesarrollado con la figura del factótum del revanchismo de un país imperialista, es inviable.

Ocurre que el populismo latinoamericano, cualquiera sea la forma en que se exhiba, siempre ha repelido a las clases dominantes, a su clientela consciente o inconsciente y al poder foráneo que negocia con ellas o las manipula. Esa antipatía no se deriva de los defectos del populismo, que son muchos y, en el caso de Humala, aún no predecibles, sino del potencial liberador que aquél supone, en la medida en que puede movilizar a enormes masas humanas hacia metas que impliquen la ruptura del statu quo.

El establishment imperial siempre ha tenido esto en cuenta. Y sigue estando alerta respecto de las manifestaciones del fenómeno. La hostilidad contra Chávez así lo manifiesta. Del ejemplo de éste, que seduce a Humala, el Pentágono ha deducido también la necesidad de enfrentar al próximo peligro que avizora sobre América latina: el “populismo radical”, del cual figuras como Chávez y el oficial peruano son un embrión peligroso.

Fue el jefe del Comando Sur norteamericano, el general James T. Hill, quien acuñó el término y definió al populismo radical como la mayor amenaza que se cierne sobre Sudamérica. Sabe de lo que habla, aunque se cuida muy bien de decir que estos eventuales movimientos conectarían con las experiencias, frustradas, de otros intentos de renovación que llenan nuestra historia. Ensayos en parte fallidos, por falta de coherencia y, sobre todo, por una concepción acotada de su proyección geográfica, limitada a las fronteras del país en que se daba el fenómeno. Hoy el panorama es distinto, como lo demuestra la irradiación del movimiento que inquieta ahora al Pentágono

El realismo mágico no ha dicho su última palabra, todavía.

Enviado por Prensa Causa Popular – Horacio Cesarini.
Miércoles, 19 de Enero de 2005 00:30 ;?> No hay comentarios. Comentar.


ANOMIA SOCIAL Y CATÁSTROFE

ooau8au-353041.jpgPor Enrique Lacolla

La Voz del Interior
- Córdoba

El horrible episodio del boliche Cromagnon sintetiza los rasgos del proceso destructivo a que está siendo sometido el país. El terrible episodio del boliche incendiado en el barrio porteño del Once, en vísperas del Año Nuevo, provoca horror, indignación y náusea
.

Este hecho se erige en un símbolo que condensa casi todas las maldiciones de la Argentina actual, a saber: irresponsabilidad estatal, en lo referido al incumplimiento de los controles que deben ser de rutina en ese tipo de lugares; corrupción vinculada a esa falta de vigilancia y/o falta de presupuesto para tornarla eficiente; codicia empresarial que valora más el "ahorro" de unos miserables pesos que la seguridad de un local al que se había provisto de un aislamiento sonoro prohibido por su combustibilidad y toxicidad en caso de incendio; más codicia, evidenciada en el cerramiento hermético de las salidas de emergencia para evitar la presencia de colados; imbecilidad de quienes arrojaron la pirotecnia que desencadenó el desastre; desprecio por el otro, ínsito en todas estas actitudes; desorganización en la provisión del socorro y cobertura mediática afligida por el sensacionalismo y la demagogia.

Hubo incluso un periodista que se indignó en cámara porque un funcionario tuvo la osadía de definir el comportamiento de los "chicos" que tiraron la cañita voladora, como imprudente.

Pues sí, fue imprudencia: hubo inconsciencia suicida en esa actitud, aunque obviamente a quien eso hizo se lo deba colocar último en el listado de las responsabilidades. Como también a quienes, estando a su lado, no intervinieron para impedir que hiciera lo que estaba haciendo. La generosidad de quienes se jugaron luego la vida para sacar a sus compañeros de la trampa mortal, no basta para equilibrar los pesos.

Pero el problema es más vasto, está en la recurrencia de la impunidad y negligencia que rodean a estos y a tantos otros episodios que quebrantan la ley. Y sobre todo en el carácter de síntoma que estos tienen respecto de los gérmenes autodestructivos que se han inoculado en la sociedad argentina y que algo tienen que ver con su incapacidad para exigir de sus dirigentes las pruebas de idoneidad, ética e inteligencia que cabe requerir de quienes se hacen cargo de esa responsabilidad.

No comparto el criterio de quienes piensan que los argentinos estamos afligidos de una tara genética, que nos haría incurrir en una criminal ligereza. Creo más bien que esa liviandad, si bien puede ser en parte un sedimento no asumido de las ilusiones (perdidas) que informaron al país en épocas más pródigas, es un dato inyectado deliberada y lentamente en la psiquis nacional para anular su autoconciencia y para arrojar a quienes se encuentran más indefensos ante el ataque -esto es, a los jóvenes- al culto de una transgresión inútil, segura garantía de que no se les pasará por la cabeza cuestionar las causas de la situación del país y las de su propio desarme frente al sistema.

El culto a la incultura

Se ha tejido, desde los medios en general y desde la televisión en especial, una cultura de la banalidad, de la mediocridad y de la bobada que no tiene paralelo en el mundo. Sus ecos los encontramos en el lenguaje cotidiano: no sólo por la incapacidad para designar que deviene de la cada vez mayor pobreza lingüística, sino por el empleo de muchos términos característicos de una actitud, entre mimosa y blandengue, que impregna a gran parte de los estratos medios de nuestra sociedad y que trasunta un apartamiento de cualquier tesitura tónica y severa frente a la realidad.

Los medios se hacen diligentes propaladores de términos que se suponen cariñosos como "los chicos", "las mamás", "los abuelos" y "la gente" para designar a los jóvenes, las madres, los ancianos y el pueblo.

En cierto modo, este lenguaje refleja la tesitura renunciataria de que hablamos. "Chicos" es una extensión de bebés, las "mamás" hacen pensar en el café con leche antes que en las madres dadoras de vida, los "abuelos" parecen ser los seres provectos a los que hay que cuidar (en teoría) antes que los ancianos transmisores de la sabiduría de una experiencia existencial, y la "gente" es una entidad amorfa, muy distante de los contenidos implícitos en la palabra pueblo, que suponen una disposición volitiva y un sentido de la dirección, incluso en el seno del tumulto.

Esos sectores propensos al uso de este lenguaje indeterminado, cuando son golpeados por la tragedia, como en este caso, o por el desastre económico, como en ocasión del "corralito" (otro eufemismo para no decir expropiación), tienen reacciones de rabia y desesperación, pero que se agotan en su formulación, no cuestionan los motivos por los cuales pasa lo que pasa y no llegan a articular una alternativa coherente para salir del impasse.

En este esquema mental, la culpa la tienen siempre otros, lo cual puede ser cierto; pero nadie se pregunta por qué esos otros avanzaron hasta poseer ese poder discrecional, de vida o muerte, sobre el destino de millones de personas, incluidas aquellas que protestan.

El núcleo del problema

Esta descomposición de la voluntad arranca de una falta de identidad provocada por el sistemático oscurecimiento de la naturaleza de los procesos que gestaron nuestra historia. Y del sabotaje que se ejerce para impedir ir al centro de una problemática nacional generada por nuestra situación dependiente.

En este tipo de procedimiento, la inducción de la anomia social es un recurso maestro. Después de la catastrófica experiencia de la dictadura, se hizo más fácil montar el escenario para esta cancelación de la conciencia. Incluso la gesta de Malvinas, mal parida por el oportunismo y la inepcia de quienes la impulsaron, pero punto de referencia identitario para millones de argentinos, fue desvalorizada sistemáticamente.

La oleada de liberalización que siguió al régimen militar instrumentó el legítimo rechazo a sus abusos, dirigiéndolo a alentar una pseudo rebeldía juvenil que se volcó en las formas de vestir, de hablar, de vincularse y de adscribirse a distintas tribus. Librados a sí mismos, carentes de la orientación de unas familias cada vez menos contenedoras y atraídos por la trampa de un consumismo imposible, el inconformismo juvenil se transmutó en una agitación sin objetivos y propensa a la autodestrucción.

Las responsabilidades por el desastre del boliche Cromagnon son específicas y tocan primordialmente a las autoridades y a los empresarios que incumplieron todas y cada una de sus obligaciones. Deben pagar por ello. strong>Pero las raíces del problema son más hondas y se vinculan a la incapacidad de comprender que no hay libertad individual sin libertad colectiva, y que no basta con pedir la cabeza de un funcionario público para que las cosas se encarrilen, sino que se requiere de una búsqueda de conocimiento y de una voluntad de transformación activa, sólo verificable en un compromiso político, para develar las causas de lo que nos está pasando y para operar sobre ellas.
Sábado, 08 de Enero de 2005 20:01 ;?> No hay comentarios. Comentar.


SI ES MEDIANOCHE EN EL SIGLO...

11bush.jpgPor Enrique Lacolla

Fuente: Diario La Voz del Interior- Cordoba – 21 noviembre de 2004
http://www.lavozdelinterior.net

A principios de 1940, el escritor Víctor Serge publicaba en París una novela titulada “Si es medianoche en el siglo...”. Serge, un militante comunista de larga trayectoria, acababa de salir de las prisiones de Stalin y meses más tarde debió huir de la capital francesa ante la victoria alemana en el frente del Oeste, que lo forzó a buscar refugio en México.

Tomada entre el totalitarismo estalinista y la barbarie nazi, Europa se bamboleaba en el borde de un abismo al que no tardaría en caer.

Nos preguntamos si ese título no conviene también al presente. La elección que legitimó al presidente George Bush, la espiral de violencia que ciñe a Medio Oriente y la prosecución de la obscena guerra que los norteamericanos llevan en Irak, más la sofocante hipocresía que los grandes medios y buena parte de la intelectualidad de Occidente despliegan al describir la realidad, de alguna manera así lo indican.

Por estos días muere –en circunstancias poco claras–, Yasser Arafat, líder de un pueblo oprobiosamente privado de su nacionalidad y sujeto al desprecio y al maltrato; los mandos estadounidenses desencadenan una brutal ofensiva contra Faluja, cubriéndola con la habitual cortina de humo de la desinformación, y Bush reorganiza su gabinete de acuerdo con líneas que apuntan a confirmar y profundizar la tesitura militarista e intervencionista de Estados Unidos en el mundo.

La muerte del principal referente del pueblo palestino fue recibida con una apenas velada satisfacción de parte de Bush y del premier británico Tony Blair.

En cuanto a las figuras de proa del gabinete israelí, huelgan los comentarios. Baste recordar que un año atrás, el viceprimer ministro Ehud Olmert afirmó que la eliminación de Arafat no era asunto de moral, sino de saber si era práctica o no... Desde luego, Israel niega con vehemencia un involucramiento en la muerte
de Arafat. Más allá del carácter natural o inducido de la muerte del líder palestino, está claro que tanto para la derecha israelí como para Bush, la desaparición de Arafat implica la remoción de un obstáculo.

¿Obstáculo para qué?, cabe preguntar. Pues, para implementar el megaproyecto de modernización neocolonial de Medio Oriente, al que Bush y los halcones que lo rodean se han lanzado de manera decidida y que requiere hacer tabla rasa con las soluciones de compromiso.

Carta blanca

Lo más duro de la ecuación actual, sin embargo, reside en el refrendo que el pueblo norteamericano dio a su actual presidente. No se trata de que su adversario fuese mucho mejor que él, sino de que, con su voto, los estadounidenses ratificaron en forma explícita que quieren más intervención, más guerra fuera de sus fronteras, más supresión de libertades civiles en su propia casa; y demostraron que la infatuación y el desdén hacia la realidad mundial siguen predominando entre ellos.

Esto plantea un grave caso de responsabilidad colectiva. No es la primera vez ni será la última en la historia que un gran pueblo elige mal a sus representantes.

Pero, en el caso norteamericano, por la enorme incidencia global de su país, el dato resulta ominoso.

Hoy, Bush ganó por derecho propio el sillón que ocupa. Sus primeros movimientos inducen a creer que profundizará el rumbo adoptado. Se ha sacado de encima a una dudosa “paloma” al frente del Departamento de Estado, el general Colin Powell, y puso en su lugar a Condoleezza Rice, ex asesora en asuntos de seguridad y casada con los criterios duros de la política de Washington.

A Powell se lo definía como un hombre razonable, a quien se otorgaba cierto crédito como contrapeso a los ideólogos neoconservadores y belicistas al estilo de Paul Wolfowitz o Donald Rumsfeld; aunque su despedida congratulándose de haber servido, durante su gestión, a “la liberación de los pueblos de Afganistán e Irak”, dice mucho sobre los alcances de su moderación.

Ahora se verá cómo Bush lidia con el paquete que se obsequió a sí mismo en Medio Oriente.

La destrucción del bastión rebelde de Faluja no impide que las hostilidades se generalizasen en todo Irak, mientras el body count del ejército norteamericano intenta tapar, con cadáveres de imprecisa procedencia, su fracaso en ordenar al país.

¿Habrá envíos masivos de tropas a la región? Los ayatolas iraníes, por si acaso, decidieron poner sus barbas en remojo, suspendiendo su plan para el enriquecimiento de uranio.

Mientras tanto, Rusia anuncia una nueva generación de misiles nucleares, en directo mensaje al gobierno norteamericano.

Es medianoche en el siglo.
Domingo, 28 de Noviembre de 2004 01:42 ;?> No hay comentarios. Comentar.


LAS MÁSCARAS DEL RACISMO

207863.jpgPor Enrique Lacolla

Durante mucho tiempo, el racismo formó parte de la práctica política de Occidente. Era bien visto, incluso.

Sólo después de las atrocidades del nazismo, de la lucha de los pueblos coloniales contra sus dominadores y del combate de las minorías de color por un espacio en el seno de las naciones desarrolladas, esa perversión de la psicología social se tornó en una mala palabra para los usos convencionales. Esto es, para los criterios de lo políticamente correcto.

El racismo está vivo, sin embargo. Y tiene formas sesgadas pero no menos peligrosas que las anteriores. A veces, éstas se expresan de manera subliminal; otras, no tanto. Echemos un vistazo a los conflictos del presente. ¿Cuál es la cuestión que el sistema dominante plantea como el núcleo de todos los problemas? El terrorismo.

Criaturas del mal

Ahora bien, ¿quiénes son los exponentes de esa diabólica actividad, a la que se presenta como desasida de motivaciones concretas, como emanación de un diabolismo fundamentalista o de una perversidad asociada al tráfico de drogas?

Los árabes, los “latinos” (entendidos en la acepción tropical y mestiza que se les da en Estados Unidos), los distintos; el Otro, en una palabra. Las sociedades blancas, asustadas por la presión demográfica de los pueblos de color y con sus puertas asediadas por masas de inmigrantes o amenazadas por la proliferación de las urbanizaciones marginales en sus ciudades, están predispuestas al virus.

Las premisas del neorracismo pueden, incluso, tener un punto de partida insospechable. Las elegantes elucubraciones del profesor Samuel Huntington en El choque de las civilizaciones, por ejemplo, que presentan al futuro como el escenario de una serie de luchas entre concepciones culturales y prácticas confesionales encontradas, cabe que suministren una base prestigiosa para el racismo, pues sus argumentaciones pueden ser simplificadas a través del discurso reduccionista que desciende o se insinúa desde el poder y se vehiculiza por los medios de comunicación, despertando inquinas soterradas pero activas. Esto es, de hecho, lo que sucede. La convicción difusa, pero enraizada, en torno de la diferencia irreductible respecto del otro, del inferior y del distinto, está culminando en aberraciones como las de la prisión de Abu Ghraib, donde la representación convencional del árabe como un troglodita embebido de machismo y, por lo tanto, particularmente sensible a la humillación sexual, se convirtió en el expediente para una de las formas más sórdidas de la tortura.

Las fotos de las “soldadesas” norteamericanas burlándose de los prisioneros apilados y desnudos era, o al menos eso se creía, una manera de sembrar el terror al herir lo que se suponía era el punto más sensible del ser “primitivo” que se sometía a castigo.

La tortura física y moral que se despliega en las sentinas de la represión implica que su mecanismo abreva en el desprecio por el otro. Ese desdén deviene de la incomprensión del verdugo respecto de la humanidad que también inviste a la víctima.

Sombras del pasado

Los energúmenos con turbante, representados en la ficción cinematográfica o que la cámara capta, sin elaboración crítica, en las tomas documentales de las calles en revuelta de Medio Oriente, sirven para consolidar una predisposición ya existente, enraizada en el pasado imperialista de Occidente.

El estereotipo racial eliminaba los matices individuales en la identidad de los pueblos o estratos sometidos a la férula del conquistador o del régimen dominante, reduciéndolos a un modelo genérico. Esto autorizaba a visualizarlos como poco más que a animales, en ocasiones peligrosos, a los que, en consecuencia, era legítimo suprimir en defensa propia.

El gobierno norteamericano disimula esta tesitura tras un aparato de buenos propósitos y de banalidades genéricas. Arguye que sólo “América” (por los Estados Unidos) es capaz de echar luz sobre sus propios excesos, pero olvida decir que esos excesos fueron autorizados por funcionarios del mismo gobierno y que, con toda posibilidad, se siguen practicando en Irak y en otras partes.

Vivimos en una época hipócrita y sofocante, desatinadamente permisiva por un lado y que practica una violencia sin límites por otro. Llamar a las cosas por su nombre es una forma de buscar un poco de aire puro.

© La Voz del Interior
Lunes, 26 de Julio de 2004 17:08 ;?> Hay 1 comentario.


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