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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


LO QUE EL VIENTO NO SE LLEVÓ

<hr><h1><u>LO QUE EL VIENTO NO SE LLEVÓ</h1></u>

Por Enrique Lacolla
La Voz del Interior – 11 septiembre 2005



La naturaleza tiene sus fatalidades. Un ciclón, como un terremoto, no es culpa de un gobierno. Entonces, enojarse contra su furor es infantil. Pero los estragos causados por el huracán Katrina no obedecen sólo a la furia de los elementos sino que se agravan por una combinación de causas y efectos que exceden con largueza a los avatares del destino.

De pronto, en la forma que golpea el fenómeno y en la secuela de acontecimientos y actitudes que suscita tras su paso, se pone de relieve la cara oculta (o no tan oculta) de una sociedad.

Nueva Orleans es (o era) una joya intransferible de la cultura norteamericana. Mixtura de elementos franceses, negros y anglosajones, de su folklore nació el jazz y de la naturaleza tropical de su carácter brotó una arquitectura original y bella



Ese escenario, que no dejaba de incubar contradicciones pero que tenía una armonía irrepetible en otros lugares de Estados Unidos, fue arrasado por un desastre anunciado. O, más bien, propiciado.

El servicio meteorológico cumplió bien con sus deberes, pero la previsión de la ruta de los vientos no podía suplir la falla estructural, inducida por la codicia, que exhibían las partes más nuevas de la ciudad, construidas sobre pantanos desecados a un nivel igual o inferior al de las aguas del Golfo de México. Cuando cedieron los diques que protegían esas tierras desde hacía muchos años, nada pudo contener el estropicio



Más allá de esta demostración de la inconsciencia de los seres humanos y de la irresponsabilidad que puede esconderse detrás del afán especulativo, lo que es indicativo de una peculiaridad específica de los norteamericanos es la forma en que el gobierno nacional y las autoridades de los cuerpos de seguridad reaccionaron frente al desastre, así como la manifestación casi instantánea de miedos y resentimientos que dicen mucho sobre el carácter de ese país o, al menos, sobre la naturaleza de cierta Norteamérica profunda y sobre el carácter explosivo del conflicto que la habita.

El factor subterráneo



La cuestión de la raza ha sido siempre la corriente subterránea que se agita en el profundo Sur norteamericano. El miedo de los antiguos dueños de esclavos a la rebelión, la igualación, la violación o el saqueo de parte de aquellos que consideraban como poco más que perros fieles, en el mejor de los casos, o como hermanos mayores del mono, en el peor, delataba también su semiconsciencia de la injusticia que cometían con ellos



La carrera al liderato y el ascenso de Estados Unidos a la categoría de única superpotencia mundial no borró esa grieta en la psiquis de la nación. Se la ha podido disimular y se la enmascara con el acceso pautado de los negros al arte, el espectáculo y la política, pero las estadísticas no mienten, al menos en este caso: en Nueva Orleans el 70 por ciento de una población de 500 mil personas es afronorteamericana, el promedio anual de
homicidios es de alrededor de 300, la tasa de analfabetismo es del 40 por ciento y el 50 por ciento de los muchachos negros que frecuentan el primer año de la escuela superior no conseguirán el título
.

Las industrias han desaparecido, y los trabajos restantes son los en general infrapagados, temporarios y precarios que caracterizan a la economía de servicios.

En este escenario, no es extraño que los temores se agiganten y que las labores de socorro se parezcan más a la represión que a la ayuda



Guardias con uniformes miméticos y con su identidad protegida detrás de sus anteojos oscuros se pasean con sus rifles automáticos o los ponen en uso cuando hace falta; algunos comerciantes se atrincheran en sus establecimientos y el presidente George W. Bush impone como primera prioridad la contención del saqueo, en una ciudad donde los hambrientos se cuentan por miles.

El director Michael Moore puso el dedo en la llaga cuando señaló al miedo como el motor más poderoso de la violencia norteamericana.

Es un miedo fundado en la práctica de la violencia como sistema: violencia contra los negros, contra los indios, contra las minorías inmigrantes que deben a su vez desarrollar sus propios anticuerpos violentos para ponerse a la altura. Y violencia contra los vecinos del patio trasero, si se hace preciso.

Todo esto es extraordinariamente interesante para un ensayo de psicología social; pero, ¿en qué medida esta vehemencia problemática del carácter norteamericano lo califica a ese país para postularse, como lo hace, en dueño del mundo y sheriff del Nuevo Orden?
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