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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


EL TIGRE DE LA MEMORIA (II)

<hr><u><h2>EL TIGRE DE LA MEMORIA (II)</u></h2>

Hugo Vera Miranda

la vaca de mi tía manuela

puerto natales no debiera llamarse puerto natales,
sino carreta, trompo, pelota número cinco, trencito a bories;
cierta vez viajando en el colectivo 60 en buenos aires,
sentí el olor de la vaca que ordeñaba mi tía manuela,
aquella noche vería bailar a julio bocca en el colón,
y de acompañantes el establo, la vaca y mi tía manuela.

otra vez en el tortoni, escuchando hablar a borges
se produjo el mismo fenómeno, y entonces pensé que yo,
nunca salí de mi pueblo, de mi barrio, de mi infancia,
que si yo aterrizo en viena, paris o amsterdam
seguiré siendo un campesino, que si alguna vez ingresé
al incierto desamparo de la poesía, fue por la ventana,
por puro molestar, que si alguna vez estuve
en el balcón de la rosada, fue por
extravagancia pueblerina, y eso se me nota,
yo soy la tía manuela, soy también la vaca de mi tía manuela.

por eso; para no ofender las narices citadinas,
o la nariz de alguna golfa respingada, para poder
entrar al cine y ver alguna de bergman, o para visitar
alguna tenebrosa oficina pública, me pongo colonia,
de la mejor; pero indudablemente se me nota.

por eso llevaré para siempre esta historia,
mi historia, la de ser un campesino,
llevaré para siempre este olor, el olor de bosta
de la vaca de mi infancia, y el de haber nacido
en un pueblo que no debió llamarse puerto natales,
sino carreta, trompo, pelota número cinco, trencito a bories.

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ella era una reina y se llamaba gabriela

la conocí en tres pasos en un año de frágil memoria,
alta, de ojos verdes y pétrea como diosa secular,
traía de equipaje el árido norte en la mirada,
un bolso de eterna emigrante y dos o tres libros
bajo el brazo, su hechizo fue instantáneo
y el borde de la colina hicimos el amor.

en mi mente siempre está, el recuerdo de aquella
antigua muchacha que llegaba del norte,
y que un día amé allá en tres pasos, sobre la colina,
en donde me dijo, que para nosotros no habría
término ni olvido, por eso escribo este poema,
para ella; ella, la mejor de todas, ella que era
una reina, y se llamaba gabriela.

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un poema para ariadna

no tengo edad ni consuelo para mi osamenta,
el tiempo con ojos me persigue
con su negra letanía de mandobles,
esquivo el golpe certero de la hoja
arrastrada por el viento,
escucho el rumor del naufragio
encadenado a mi aliento,
un aleteo de pájaros inciertos y temibles
cruzan mi horizonte ciego.

“todo está perdido” dice el sacerdote
en el momento exacto en que tú llegas
con guirnaldas y peces de colores
a liberar el canto y la poesía.

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JUAN BOSCH, UN PATRIOTA QUISQUEYANO

<hr><u><h2>JUAN BOSCH, UN PATRIOTA QUISQUEYANO</u></h2>

A proposito de las elecciones del 16 05 2004 en República Dominicana



7 de noviembre de 2001

José Steinsleger

Del dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), Alfonso Reyes dijo que "enseñaba a oír, a ver, a pensar y suscitaba una verdadera reforma en la cultura, pesando en su pequeño mundo con mil compromisos de laboriosidad y conciencia". Jorge Luis Borges acotó: "... se sintió americano y aún cosmopolita, en el primitivo y recto sentido de esta palabra que los estoicos acuñaron para manifestar que eran ciudadanos del mundo".

A escala continental la muerte de Juan Bosch (1904-2001), el otro gran amauta dominicano, debería motivar consideraciones del mismo tenor. Infortunadamente, Bosch desaparece en momentos en que América Latina tramita su anexión a Estados Unidos y cuando contados intelectuales y políticos hablan de "nuestra América", tal como Henríquez Ureña lo hizo en la Universidad de La Plata ante los estudiantes argentinos que anhelaban saber de México y su revolución (1922).

Otros tiempos. ¿Pero quién fue Juan Bosch? En los libros que tratan de la historia de América Latina y en las universidades o centros de posgrado de letras y ciencias políticas y sociales, Bosch es un perfecto desconocido. Su nombre anida en casi todas las antologías del cuento hispanoamericano mas no figura en la “Historia contemporánea de América Latina”, de Tulio Halperin Donghi o en “El espejo enterrado”, de Carlos Fuentes, y otras obras de gran circulación. Omisión nada involuntaria, por cierto. Pues sin haber sido revolucionario en la acepción clásica del concepto, el político Bosch entendía que cuando la legalidad falta, cabe el derecho de rebelión. En 1939, en plena dictadura trujillista, fundó el Partido Revolucionario Democrático (PRD), y en el exilio cubano organizó la frustrada expedición de Cayo Confites para derrocar al tirano de República Dominicana (1947).

Bosch fue el único socialdemócrata de la vieja guardia que muy temprano entendió la farsa de la tercera vía que hoy predican los intelectuales clonados de la socialdemocracia europea. Asimismo, se negó al anticomunismo pueril de los liberales y miró con pena el destino que la historia reservó a sus antiguos coidearios: el venezolano Rómulo Betancourt y el costarricense José Figueres, que acabaron como peones de Washington así como su propio partido, el PRD, en 1973.

En 1961, tras el asesinato de Trujillo y veinte años de exilio, Bosch regresó a su patria y al año siguiente se convirtió en el primer presidente constitucional electo después de tres décadas de tiranía. Su gobierno eliminó los privilegios más odiosos de la oligarquía trujillista y puso límites a la propiedad de las empresas extranjeras sobre los recursos naturales. Fue demasiado. Siete meses después, y a pesar de la frágil operatividad de las medidas reformistas, la Iglesia católica, la derecha oligárquica, la embajada de Estados Unidos y la CIA acabaron con el gobierno democrático, al que acusaron de "procubano" y "comunista".

Ironías de la historia, Bosch fue derrocado poco antes de la publicación de “La ciudad y los perros”, fuerte alegato antimilitar de Mario Vargas Llosa. ¿Quién hubiese sospechado que 37 años más tarde el escritor peruano tomaría partido por los perros en “La fiesta del chivo”, novela de "ficción" donde manipula a su antojo la historia del país antillano?

La caída del gobierno de Bosch dividió al ejército dominicano. En abril de 1965, un grupo de oficiales liderados por el coronel Francisco Caamaño se alzó en defensa de la Constitución, repartió armas al pueblo y derrotó a las tropas del general Elías Wessin y Wessin, apoyado por el Pentágono. El 27 de abril, con la venia de la OEA, el presidente Johnson ordenó la invasión de República dominicana. Cuarenta mil marines, más que los enviados a Vietnam, controlaron a las milicias populares y desataron la represión contra las fuerzas democráticas. La CIA sembró el suelo dominicano de asesinatos, torturas y encarcelamientos masivos. Y al frente del nuevo gobierno impuso al "general" Antonio Imbert Barreras, uno de los que participaron en la muerte de Trujillo y que en la novela de Vargas Llosa aparece como "héroe de la libertad".

De aquel golpe militar Juan Bosch aprendió mucho. Escribió ensayos proféticos: “Bolívar y la guerra social” (1966), “El Pentagonismo, sustituto del imperialismo” (Ed. Siglo XXI, 1968, vigente como nunca) y “De Cristóbal Colón a Fidel Castro” (Alfaguara, 1970), estudio de fundamental importancia. Frente a Cuba, el patriota quisqueyano mantuvo una posición clara: independencia política y solidaridad. En el lúcido ensayo “La tesis de Regis Debray”, criticó el voluntarismo guerrillero del arrogante intelectual francés y pronosticó el curso que la revolución cubana mantiene hoy y que entonces sonaba a herejía: "... Fidel Castro parece depender más de la juventud nacionalista latinoamericana que de los partidos comunistas del continente" (1969).

Escritor, pedagogo, economista, sociólogo, gobernante y político que muchas veces erró en la conflictiva realidad de su país, Juan Bosch fue seguidor de la Utopía de América que Henríquez Ureña vislumbró en el siglo pasado, tornando factible las potencialidades de una izquierda nacional: la que se abre al mundo y convierte el pago chico en patria del universo y dignidad.

La Jornada


EL CHILOTE OTEY

<hr><u><h2>EL CHILOTE OTEY</u></h2>

Cuento de Francisco Coloane

Alrededor de novecientos hombres se reunieron a deliberar en la Meseta de la Turba; eran los que quedaban en pie, de los cinco mil que tomaron parte en el levantamiento obrero del territorio de Santa Cruz, en la Patagonia.
Dejaron ocultos sus caballos en una depresión del faldeo y se encaminaron hacia el centro de la altiplanicie, que se elevaba como una isla solitaria en medio de un mar estático, llano y gris. La altura de sus cantiles, de unos trescientos metros, permitía dominar toda la dilatada pampa de su derredor, y, sobre todo, las casas de la estancia, una bandada de techos rojos, posada a unos cinco kilómetros de distancia hacia el sur. En cambio, ningún ojo humano habría podido descubrir la reunión de los novecientos hombres sobre aquella superficie cubierta de extensos turbales matizados con pequeños claros de pasto coirón. En lontananza, por el oeste, sólo se divisaban las lejanas cordilleras azules de los Andes Patagónicos, único accidente que interrumpía los horizontes de aquella inmensidad.
Los novecientos hombres avanzaron hasta el centro del turbal y se sentaron sobre los mogotes formando una gruesa rueda humana, casi totalmente mimetizada con el oscuro color de la turba. En el centro quedó un breve claro de pampa, donde se movían los penachos del pasto con reflejos de acero verde.
-¿Estamos todos? -dijo uno.
-¡Todos!... -respondieron varios, mirándose como si se reconocieran.
Muchos habían luchado juntos contra las tropas del Diez de Caballería, que comandaba el teniente coronel Varela; pero otros se veían por primera vez, ya que eran los restos de las matanzas del Río del Perro, Cañadón Once y otras acciones libradas en las riberas del lago Argentino.
Este lago, enclavado en un portezuelo del lomo andino, da origen al río Santa Cruz, que atraviesa la ancha estepa patagónica hasta desembocar en el Atlántico. En época remota, un estrecho de mar, tal como el de Magallanes hoy día más al sur, unió por esta parte el océano Pacífico con el Atlántico, burilando en su lecho los gigantescos cañadones y mesetas que desde el curso del río ascienden, como colosales escalones paralelos, hasta la alta pampa. Por estos cañadones de la margen sur, un amansador de potros, cabecilla de la revuelta, apodado Facón Grande por el cuchillo que siempre llevaba a la cintura, obtuvo éxito con tácticas guerrilleras, tratando de dividir los tres escuadrones que componían el Diez de Caballería.
Usando más sus boleadoras, lazos y facones que las precarias armas de fuego de que disponían, mantuvieron a raya en sus comienzos a las fuerzas del coronel Varela. El río mismo, cuyo caudal impide su paso a nado, sirvió para que Facón Grande y sus troperos, campañistas y amansadores de potros, se salvaran muchas veces de las tropas profesionales vadeándolos por pasos sólo por los indios tehuelches y ellos conocidos.
-¡Parece que nos va a llover! -exclamó un amansador alto y espigado.
Los que estaban sentados a su alrededor alzaron la vista hacia un cielo revuelto y la fijaron en un nubarrón más denso que venía abriéndose paso entre los otros como un gran toro negro.
-¡Ese chubasco no alcanza hasta aquí! -dijo un hombrecito de cara azulada por el frío y de ojos claros y aguados, arrebujándose en su poncho de loneta blanca.
El amansador de potros dio vuelta su angulosa cara morena, sonriendo burlonamente al ver al hombrecito que hablaba con tanta seguridad del destino de una nube.
-¡Que no nos va a alcanzar..., luego veremos! -le replicó.
-¡Le apuesto a que no llega! -insistió el otro.
-¿Cuanto quiere apostar?
-¡Aquí tengo cuarenta nacionales! -respondió el del poncho blanco, sacando unos billetes de su tirador y depositándolos sobre el pasto, bajo la cacha de su rebenque.
El amansador, a su vez, sacó los suyos y los depositó junto a los otros.
En ese momento un hombre de mediana estatura, ágil y vigoroso, de unos cuarenta años, se levantó del ruedo y avanzó hasta el breve claro de pampa. Iba vestido con el característico apero de los campañistas: espuelas, botas de potro, pantalón doblado sobre la caña corta, blusón de cuero, pañuelo al cuello, gorro de piel de guanaco con orejeras para el viento, y atrás, en la cintura, el largo facón con vaina y cacha de plata.
Facón Grande puso las manos en los bolsillos del pantalón y las levantó empuñadas adentro, como si se apoyara en algo invisible. Se empinó un poco, levantando los talones, y adquirió más estatura con un leve balanceo; el gesto, ceñudo, miraba fijamente hacia el suelo; una ráfaga pasó con más fuerza por sobre la meseta y los penachos del coirón devolvieron la mirada con su reflejo acerado. Los novecientos hombres permanecieron a la expectativa, tan quietos y oscuros como si fueran otros mogotes, un poco más sobresalidos, del turbal. De pronto todos se movieron de una vez y el círculo se estrechó un poco más en torno de su eje.
-Bien -dijo aquel hombre, dejando su balanceo y soldándose definitivamente a la tierra-; la situación todos la conocemos y no hay más que agregar sobre ella. Esta misma noche o a más tardar mañana el Diez de Caballería estará en las casas de la última estancia que queda en nuestras manos. El traidor de Mata Negra ya les habrá dicho cuál es el único paso que nos queda por la cordillera del Payne para ganar la frontera. Ellos traen caballos de refresco, se los habrán dado los estancieros; en cambio, los nuestros están ya casi cortados y no nos aguantarán mucho más... Nos rodearán, y caeremos todos, como chulengos. No queda otra que hacerles frente desde el galpón de la esquila de la estancia, para que el resto de nosotros pueda ponerse a salvo por la cordillera del Payne.
El círculo se removió algo confundido al escuchar la palabra "nosotros"... ¿Quiénes eran esos "nosotros"? ¿Acaso Facón Grande, uno de los cabecillas que habían iniciado la revuelta en el río Santa Cruz, también se incluía entre los que debían escapar por el Payne, mientras otros disparaban hasta su último cartucho en el galpón de esquila?
Un murmullo atravesó como otra helada ráfaga por el oscuro ruedo de hombres.
-¡Que se rifen los que quedan! -dijo alguien.
-¡No, eso no!... -exclamó otro.
-¡Tienen que ser por voluntad propia! -profirieron varios.
-¿Quienes son esos "nosotros"?... -inquirió uno con frío sarcasmo.
Facón Grande volvió a empinarse, tomando altura; se inclinó cual si fuera a dar un tranco contra un viento fuerte, y levantó los brazos calmando el aire o como si fuera a asir las riendas de un caballo invisible. La murmurante rueda humana se acalló.- ¡Nosotros, los que empezamos esto, tenemos que terminarlo! -dijo con una voz más opaca, como si le hubiera brotado de entre los pies, de entre los mogotes de la turba. Empinándose de nuevo, dirigió la vista por encima de los que estaban sentados en primer plano, y agregó, con un acento más claro-: ¿Cuántos quedamos de los que éramos del otro lado del río Santa Cruz?
Unas cuarenta manos levantadas en el aire, por sobre las novecientas cabezas, fue la respuesta. El mismo Facón Grande levantó la suya, con las invisibles riendas en alto, ahora tomadas como si fuera a poner pie en el estribo de su imaginaria cabalgadura.
-¿Qué les parece? -dijo el hombrecito de poncho de lona blanca, codeando al amansador de potros, que se sentaba a su lado y quien había sido uno de los primeros en responder con la mano en alto.
-No quedaba otra..., está bien lo que ha hecho Facón.
-No...; yo le preguntaba por lo de la nube -dijo, haciendo un gesto hacia el cielo.
-¡Ah!... -profirió el amansador, levantando también la cara con una helada mueca de sorpresa.
Ambos divisaron que el toro negro empezaba a deshacerse, descargándose como una regadera sobre la llanura, a la distancia. El aguacero avanzaba con sus cendales de flechecillas espejeantes; pero al aproximarse a los lindes de la meseta desapareció totalmente, quedando del oscuro nubarrón sólo un claro entre las nubes, por donde pasó un lampo que lamió luminosamente a la llovida pampa.
-¡Da gusto ver llover cuando uno no se moja! -dijo el amansador con sorna.
-¡Sí, da gusto! -replicó el del poncho blanco, y se agachó a recoger el dinero ganado en la apuesta.
Los hombres empezaron a esparcirse por entre el turbal hacia el faldeo en donde habían dejado ocultos sus caballos. El viento del oeste sopló con más fiereza por el claro que había dejado el nubarrón, y aquel páramo, desnudado, adquirió bajo el cielo una expresión más desolada.
No hubo ninguna clase de despedidas. Los que partieron hacia la cordillera del Payne lo hicieron cabizbajos, más apesadumbrados que alegres de avanzar hacia las serranías azules donde estaba su salvación. Los cuarenta troperos de Facón Grande, también sombríos, se dirigieron inmediatamente hacia el cumplimiento de su misión.
De pronto, desde la multitud en éxodo hacia el Payne se desprendió un jinete que a galope tendido avanzó en pos de la retaguardia de los troperos. Todos, de una y otra parte, se dieron vuelta a mirar aquel poncho de lona blanca que flameaba al viento, como si fuera una última mirada de despedida.
-¿Otra apuesta? -díjole burlonamente el amansador, cuando lo vió llegar a su lado.
-Es... que... -repuso el del poncho, dubitativamente.
-¿Qué?...
-Yo le llevo su plata, y usted... se queda guardándome las espaldas...
-¡A usted le va a hacer más falta! -replicó el amansador, fastidiado.
-¡Chilote tenía que ser!... -profirió rudamente por lo bajo otro de los troperos.
El rostro de ojos claros y aguados se encogió parpadeando, como si hubiera recibido un violento latigazo.
-¡Aquí está su plata! -respondió con voz ronca, y agregó-: ¡Yo no la necesito tampoco!
-¡El juego es juego, amigo, llévesela y parta pronto! -exclamó otro.
-¿Qué le pasa a ese hombre? -dijo Facón Grande, sofrenando su caballo.
-Es una plata de juego -le explicó el amansador-. Apostamos a una nube y él ganó. Ahora parece que quiere devolvérmela como si me fuera a hacer falta..., ¿habráse visto?
-Yo no he vuelto por la plata -manifestó el aludido, dirigiéndose al cabecilla-. Lo de la plata salió sin querer entre mis palabras... Pero yo he venido hasta aquí porque quiero también pelear con los del Diez de Caballería.
Los que escuchaban el diálogo haciéndose los distraídos, se dieron vuelta de súbito a mirarlo.
-Pero usted no es del otro lado del río Santa Cruz -le dijo Facón.
-No; era lechero en la estancia Primavera cuando empezó la revuelta. Después me metí en ella y aquí estoy; quiero pelearla hasta el final, si ustedes me lo permiten.
-¿Qué les parece? -consultó el cabecilla a los troperos.
-Si es su gusto..., que se quede -contestaron varias voces con gravedad.
Antes de perderse en la distancia, muchos de los que marchaban camino del Payne se dieron vuelta una vez más para mirar: el poncho blanco cerraba la retaguardia de los troperos, flameando al viento como un gran pañuelo de adiós.
Al caer la noche, los troperos se hallaban ya atrincherados en el galpón de esquila de la estancia. Acomodaron gruesos fardos de lana en los bretes de entrada y de salida, a fin de que por entre los intersticios dejados pudieran apuntar sus armas hacia un amplio campo de tiro. En cambio, desde afuera, se hacía poco menos que imposible meter una bala entre los claros de aquellas imbatibles trincheras de apretada lana. Centinelas permitieron que todos descansaran un poco mientras la noche avanzaba.
-¡De puro cantor se ha metido en esto! -dijo el amansador de potros al hombre del poncho blanco cuando acomodaban unos cueros de ovejas para recostarse junto a sus trincheras comunes.
-¡Ya estoy metido en la cueca y tengo que bailarla bien! -replicó.
-A lo mejor le picó aquello de "chilote tenía que ser"...
-Sí, me picó eso; pero yo venía decidido a que me dejaran con ustedes... ¡Quería pelearla también! ¿Por qué no? Y a propósito, dígame, ¿por qué miran tan a menos a los chilotes por estos lados? ¿Nada más que porque han nacido en las islas de Chiloé? ¿Qué tiene eso?
-No, no es por eso; es que son bastante apatronados... y se vuelven matreros cuando hay que decidirse por las huelgas, aunque después son los primeros en estirar la poruña para recibir lo que se ha ganado... A mí también me dolió un poco eso de "chilote tenía que ser", porque yo nací en Chiloé.
-¿Ah..., sí? ¿En qué parte?
-En Tenaún..., me llamo Gabriel Rivera.
-Yo soy de la isla de Lemuy..., Bernardo Otey, para servirle.
-¿Y siendo lemuyano, cómo se metió tan tierra adentro? ¡Cuando los de Lemuy son no más que loberos y nutrieros!
-Ya no van quedando lobos ni nutrias... Los gringos las están acabando. Aunque uno se arriesgue a este lado del golfo de Penas, ya no sale a cuenta, y la mujer y los chicos tienen que comer... Por eso uno se larga por estos lados.
-¿Cuántos chicos tiene?
-Cuatro, dos hombres y dos mujercitas... Por ellos uno no se mete de un tirón en las huelgas... ¿Qué dirían si me vieran volver con las manos vacías? ¡A veces se debe hasta la plata del barco, que se le ha pedido prestada a un pariente o a un vecino! Y uno no puede andarle contando todo esto al mundo entero... Por esos seremos un poco matreros para las huelgas... ¿A usted no le pasa lo mismo? ¿No tiene familia allá en Tenaún?
-No; no tengo familia. Me vine de muchacho a la Patagonia. Me trajo un tío mío que era esquilador. Murió al tiempo después y me quedé solo aquí... Siempre que me acuerdo de él, pienso cómo me embolinó la cabeza con su Patagonia -continuó el amansador, cruzando sus manos por debajo de la nuca, y agregando con voz nostálgica-: Tocaba la guitarra y cantaba tristes y corridos de por estos lados... Me acuerdo la vez que me dijo: "Allá en la Patagonia se pasa muy bien..., se come asado de cordero todos los días..., y se montan caballos tan grandes como los cerros..." "¿Dónde está la Patagonia?", le pregunté un día. "¡Allá está la Patagonia!", me respondió, estirando el brazo hacia un lado del cielo, donde se divisaba una franja muy celeste y sonrosada. Desde ese día la Patagonia para mí fue eso, y no me despegué más de sus talones hasta que me trajo. Una vez aquí, ¡qué diablos!..., ¡los caballos no eran tan grandes como los cerros y el pedazo del cielo ese siempre estaba corrido por el mismo lado y más lejos!..."Trabajé de vellonero -continuó el amansador-, de peón y recorredor de campo. Después, por el gusto a los caballos, me hice amansador. He ganado buena plata domando potros, soy bastante libre, pero... fuera de las ñatas que uno baja a ver de vez en cuando a Río Gallegos o Santa Cruz, no se sabe lo que es una mujer para uno, ni lo que sería un hijo... ¿De qué vale la plata entonces, si uno no ha de vivir como Dios manda? El corazón se le vuelve a uno como esos champones de turba: lleno de raíces, pero tan retorcidas y negras que no son capaces de dar una sola hebra de pasto verde... Por eso será que uno no le tiene mucho apego a esta vida tampoco, y se hace el propósito como si no valiera nada... Le da lo mismo terminar debajo del lomo de un arisco o en una huifa como esta en que nos hallamos metidos...En cambio, usted debiera agarrar su caballo y espiantar para el Payne..., lo esperarán allá en Lemuy una mujer y unos niños.
-¡Ya no, ya!... ¿Quiere que le diga una cosa? ¡Me dió vergüenza que nadie se hubiera quedado de los que cortaron para el Payne!
-Muchos quisieron quedarse, pero Facón los convenció de que debían marcharse. Cuantos menos caigamos es mejor, les dijo, y yo le encuentro razón... ¡Ah..., cómo se la habríamos ganado con Diez de Caballería y todo si no es por ese krumiro de Mata Negra!
-¿Por qué habrá empezado todo esto?
-¡Hem..., quién lo sabe! La mecha se encendió en el hotel de Huaraique, cerca del río Pelque... La tropa atacó a mansalva y asesinó a todos los compañeros que allí estaban... Entonces nos bajó pica, y con Facón Grande nos echamos a pelear todos los que éramos de campo afuera, campañistas, amansadores, troperos y algunos ovejeros que eran buenos para el caballo... Se la estábamos ganando cuando sucedió la traición del Mata Negra, hijo de..., ése; se dio vuelta y se puso al servicio de los estancieros.
-Más o menos todo es sabido -dijo Otey, con voz apagada entre las sombras-; pero yo me pregunto por qué diablos no se arreglan las cosas antes de que empiecen los tiroteos, porque después no las arregla nadie.
-¿Qué sé yo!... Bueno, unos dicen que es la crisis que ha traído la Gran Guerra... Parece que los estancieros ganaron mucha plata con la guerra, pero la despilfarraron, y ahora que vino la mala nos hacen pagarla a nosotros... Y todo fue por el pliego de peticiones..., pedíamos cien pesos al mes para los peones y ciento veinte para los ovejeros... Ni siquiera yo iba en la parada, porque la doma de potros se hace a trato... También se pedían velas y yerba mate para los puesteros, colchonetas en vez de cueros de oveja en los camarotes, y que se nos permitiera más de un caballo en la tropilla particular... Pero parece que había otras cosas todavía... En el Coyle, compañeros con varios años de sueldo impago y que habían mandado a guardar el dinero de sus guanaqueos fueron fusilados y esa plata se la embuchó el administrador. A otros les pagaron con cheques sin fondo y se quedaron dando vueltas en las ciudades. El coronel Varela se dio cuenta de todo esto y primero estuvo de nuestra parte; pero los potentados reclamaron a su gobierno, en los diarios le sacaron pica al coronel diciéndole que era un incapaz y hasta cobarde. Entonces el hombre tuvo rabia y pidió carta blanca para sofocar el movimiento; se la dieron, regresó a la Patagonia y empezó la tostadera -dijo el amansador de potros dando término a su versión de la huelga.
Con las primeras luces del alba se repartió un poco de charqui, y, por turnos, se dirigieron a la casa de máquinas, en el fogón de cuya caldera algunos habían hervido agua para el mate. Arriba, en el altillo de la prensa enfardadora de lana, oteando los horizontes, un tropero modulaba a media voz una lejana vidalita:
Más de un año ausente, vidalitá...
estuve de esta tierra.
Hoy al encontrarte, vidalitá...
ya me has despreciado.
Y eso es lo que llamo, vidalitá...
ser un desgraciado.
La tonada fue interrumpida de pronto por una voz de alarma que desde otro lugar del techo anunció la entrada de las tropas del Diez de Caballería por la huella que conducía a las casas de la estancia. Todos corrieron a sus puestos, mientras dos escuadrones de caballería, de más o menos cien hombres cada uno, desmontan a la distancia, tomando posiciones en línea de tiradores. No bien entrada la mañana, se dejaron oír los primeros disparos de una y otra parte. Una ametralladora empezó a tartamudear sus ráfagas, destrozando los vidrios de las ventanas, y las tropas empezaron a cercar desde el campo abierto al galpón de esquila. Con un disparo aislado uno de los troperos volteó visiblemente al primer soldado de caballería; mientras rastrillaba su carabina para dispararle a otro, profirió en voz alta la conocida versaina con que se tiran las cartas en el juego de naipes llamado "truco":
Viniendo de los corrales
con el ñato Salvador,
¡ay, hijo de la gran siete,
ahí va otro gajo de mi flor!
El duelo prosiguió sin mayores alternativas durante toda aquella mañana, entre ráfagas de ametralladora, fuego de fusilería y grandes ratos de silencio muy tenso. Habían caído ya varios soldados, sin que una sola bala hubiera logrado meterse por entre los sutiles intersticios de los gruesos fardos de lana, tras los cuales los troperos estaban atrincherados después de haber cerrado las grandes puertas del galpón de esquila, enorme edificio de madera y zinc, construido en forma de T, y sólo circundado por corrales de aguante, mangas y secaderos para el baño de las ovejas, todo hecho de postes y tablones.
Pronto ambos bandos se dieron cuenta de que eran difíciles de diezmar. Los unos, dentro del galpón, bien atrincherados tras los fardos; y los otros, soldados profesionales, avanzando lenta pero inexorablemente en línea de tiradores, con la experiencia técnica del aprovechamiento del terreno. El objetivo de éstos era alcanzar los corrales de madera para resguardarse mejor en su avance. Pero los de adentro conocían bien la intención y la hacían pagar muy cara cada vez que alguien se aventuraba a correr desde el campo abierto para ganar ese amparo. Fatalmente caía volteado de un balazo, y su audacia sólo servía de seria advertencia para los otros.
Facón Grande había dado la orden de no disparar sino cuando se tenía completamente asegurado el blanco, con el objeto de ahorrar balas, causar el mayor número de bajas y demorar al máximo la resistencia, a fin de que los fugitivos tuvieran tiempo de alcanzar hasta los faldeos cordilleranos del Payne, donde se encontrarían totalmente a salvo.
Otra noche se dejó caer con su propio fardo de sombras, interponiéndolo entre los dos bandos. Ambos la aprovecharon cautelosamente para darse algún respiro, y con la madrugada reanudaron su porfiado duelo.
En este segundo día ocurrió algo insólito: uno de los soldados, enloquecido posiblemente por la tensión nerviosa del prolongado duelo, se lanzó solo al asalto con bayoneta calada. Los del galpón no lo voltearon de un tiro, sino que abrieron curiosamente las grandes puertas y lo dejaron entrar; luego lanzaron el cadáver por una ventana para que nadie quisiera hacer lo mismo. Pero la táctica empleada dio al coronel Varela un indicio: que las balas de los sitiados estaban escasas, si no se habían agotado ya. Era lo que él había previsto y esperaba ansiosamente dar la orden del ataque que pusiera término a ese porfiado duelo, en que había caído ya cerca de un tercio de sus escuadrones.
El toque de una corneta se dejó oír como un estridente relincho, dando la señal de que había llegado esa hora. Las ametralladoras lanzaron sus ráfagas protegiendo el avance final. Los de adentro ya no tenían una sola bala y no tuvieron más armas que sus facones y cuchillos descueradores para hacer frente a esa última refriega. En heroica lucha cuerpo a cuerpo, la muerte de Facón Grande, el cabecilla, puso término al prolongado combate cuando todavía quedaban más de veinte troperos vivos, pues muy pocos habían caído con los tiroteos y la mayoría había perecido sólo en la refriega final.
Esa misma tarde fue fusilado el resto sobre el cemento del secadero del baño para ovejas. Los sacaron en grupos de a cinco, y el propio Varela ordenó no emplear más de una bala para cada uno de los prisioneros, pues también sus municiones estaban casi agotadas. Gabriel Rivera, el amansador de potros, y Bernardo Otey, con otros tres troperos, fueron los últimos en ser conducidos al frente del pelotón de fusilamiento.
Promediaba la tarde, pero un cielo encapotado y bajo había convertido el día en una madrugada interminable, cenicienta y fría. Al avanzar hacia la losa del secadero, vieron el montón de cadáveres de sus compañeros ya dispuestos para recibir la rociada de kerosene para quemarlos, la mejor tumba que había prescrito Varela para sus víctimas, cuando no las dejaba para solaz de zorros y buitres. Entre aquellos cuerpos se destacaba el de Facón Grande, que el coronel había hecho colocar encima para verlo por sus propios ojos, pues había sido el único cabecilla que, si no interviene la traición de Mata Negra, hubiera dado cuenta de él y de todo su regimiento.
Un frío intenso anunciaba nevazón. Cuando los cinco últimos fueron colocados frente al pelotón de fusileros que debían acertar una bala en cada uno de esos pechos, el sargento que los comandaba se acercó y comenzó a prender con alfileres, en el lugar del corazón, un disco de cartón blanco para que los soldados pudieran fijar sus puntos de mira. Una vez que lo hizo, se apartó a un lado y desde un lugar equidistante desenvainó su curvo sable y lo colocó horizontal a la altura de su cabeza. Iba a bajar la espada dando la señal de "¡fuego!", cuando Bernardo Otey dio una manotada sobre su corazón, arrancó el disco blanco y arrojándoselo por los ojos a los fusileros les gritó:
-¡Aprendan a disparar, mierdas!
La tropa tuvo una reacción confusa. Pero, en seguida, enderezaron las cinco bocas de sus fusiles hacia un solo cuerpo, el de Bernardo Otey, que cayó doblándose segado por las cinco balas que replicaron como una sola a su postrera imprecación. Pero en aquel mismo instante, aprovechando la reacción de los fusileros, los otros cuatro hombres dieron un brinco y se lanzaron a correr mientras el pelotón rastrillaba sus armas para cargarlas otra vez con bala en boca.
-¡A ellos! -vociferó el sargento, al ver que mientras tres corrían por la huella, otro, el amansador de potros, daba un gran salto por sobre una alambrada, caía a horcajadas en uno de los caballos de la tropa y disparaba campo afuera, abrazado al cuello del animal.
El sargento hizo primero unos disparos con su revólver, pero luego tomó uno de los fusiles de los soldados, y, arrodillándose en posición de tiro, continuó disparando al caballo y su jinete tendido sobre el lomo, que corrieron velozmente hasta que se los tragó una hondonada.
Los otros tres fugitivos, de a pie, fueron pronto alcanzados por las balas, cayendo definitivamente sobre la huella.
La interminable madrugada espesó aún más su ceniza y una densa nevada empezó a caer sobre los campos, ocultando definitivamente al fugitivo con sus tupidas alas. Bien entrada la noche, el amansador Rivera alcanzó a darle un respiro a su cabalgadura. Cuando desmontó, ambos, caballo y hombre, quedaron un rato acompañándose en medio de la cerrazón de nieve y noche. Las sombras, a pesar de todo, abrieron un poco su corazón con el leve resplandor de la caída de los copos. Su propio corazón también dio un respiro aprovechando aquel oculto ámbito, y a su memoria acudió el recuerdo de una superstición india: el águila de las pampas debe ser cazada antes que logre dar un
grito, pues si lo lanza, la tempestad acude en su ayuda... No bien la recordara, montó de nuevo y siguió galopando, en alas de su protectora.
En uno de esos amaneceres radiantes que siguen a las grandes nevadas, el amansador de potros dio alcance al grueso de los huelguistas cuando ya se habían puesto al reparo en uno de los faldeos boscosos del Payne, todos sanos y salvos. Al encontrarlos, la cabalgadura se detuvo sola, y la rueda humana, como en la Meseta de la Turba, volvió a reunirse en torno del amansador como de su eje.
El animal se había parado sobre sus cuatro patas muy abiertas, y cuando un hilillo de sangre escurrió de sus narices, los belfos, al percibirlo, tiritaron, y luego fue presa de un extraño temblor. Como buen amansador, Rivera sabía que un caballo reventado no obedece ni a espuela ni a rebenque, pero no cae mientras sienta a su jinete encima. Por eso su relato fue muy breve, y, al terminarlo, se bajó del caballo al mismo tiempo que la noble bestia se desplomaba.
Con la nevada, toda la Patagonia parecía un gran poncho blanco que ascendía por los faldeos del Payne hasta sus altas torres que, como tres dedos colosales, apuntaban sombríamente al cielo.
Y así se conservó memoria de cómo murió el chilote Otey."


LA EXPEDICIÓN DEL CAPITÁN EBERHARD

<hr><u><h2>LA EXPEDICIÓN DEL CAPITÁN EBERHARD</u></h2>

Impactos - Año 1 – Nº 9 - Punta Arenas, 2 de junio de 1990.

por Sergio Lausic Glasinovic


En estos días en que Puerto Natales celebra un año más de presencia en la historia de Magallanes y de Última Esperanza en particular, se hace necesario para las nuevas generaciones -y porque no decirlo, y para las antiguas- los pormenores que caracterizaron a la expedición de Herrman Eberhard a Última Esperanza y que dieron con su descubrimiento y exploración, tanto marítima como terrestre. ¿Que se puede decir sobre los datos biográficos de Herrman Eberhard? Fue este un hombre de mucho temple y una de las personalidades más interesantes de los pioneros del austro patagónico. Había nacido un 27 de febrero de 1852 en Ohlau, en la región de Silesia, Alemania. Cuando tuvo la edad de iniciar la escuela fue enviado por sus padres al "Cuerpo de Cadetes" en Wahlstatt. Más tarde proseguirá sus estudios en este mismo instituto militar de educación secundaria. Con posterioridad se trasladará a Berlín para culminar con sus estudios de bachillerato e ingresar al ejército prusiano con el grado de teniente.

Tras la aventura

Pero a Hermann Eberhard le llamaba, en sus ideales de juventud, la vida de aventuras y empresas que el mar le mostraba en sus sueños y aspiraciones íntimas. De esta manera decide ingresar a la marina dejando en 1869 su carrera para alistarse como simple marinero en un buque de cabotaje alemán. Su capacidad, tenacidad y espíritu de superación, fueron en Eberhard lo suficientemente abundantes para llegar a ocupar los puestos de piloto y finalmente de capitán, después de los exámenes de rigor correspondientes. De esta manera, la compañía naviera "Kosmos" le confía una nave para estacionarla en las islas Malvinas. Un dato importante en este inicio de su vida en la región austral patagónica, lo será su nombramiento en 1899 de cónsul alemán en Río Gallegos, cargo que desempeñó hasta 1904. Con ello se transforma en el primer cónsul que el Imperio Alemán de la época había nombrado para aquella ciudad argentina. Su deceso a una edad todavía vital para el ser humano, 56 años, truncó toda una enorme capacidad de trabajo, logros y sueños para él, como para la misma comarca de Última Esperanza. Nuevamente como en su primera definición hacia su futuro personal, Eberhard definió muy acertadamente al renunciar, una vez más, a un mundo que tenía ya programado por delante. Abandonará su vida marinera de porvenir seguro para dar paso a su ensueño de descubrir y lograr para él y los suyos un mejor lugar para hacer realidad sus sueños de grandeza creadora. Eberhard es otro de los tantos ejemplos del poder de atracción que tiene este vasto hinterland patagónico; del embrujo por así decirlo de sus paisajes y, más que nada de la posibilidad de que aquí, en la tierra Patagónica meridional, el hombre puede llegar a construir su futuro con completa libertad a sus aspiraciones.

Traslado de rebaño

Volviendo al momento de su destino a las islas Malvinas, a Eberhard le corresponderá trasladar hacia la incipiente colonia de Magallanes los rebaños de ovejas, que embarcados en el archipiélago de la eterna disputa, eran traídos hasta la nueva tierra que los estaba esperando con ansias de futuro promisorio. Y es así que fueron desembarcados en Oazy Harbour para H. Reynard, en Punta Delgada para Waldron y Wood y en Useful Hill Station para Douglas. En estos viajes vio Eberhard las grandes posibilidades que la explotación ovina presentaba para estas regiones, como los conocimientos necesarios para interesarse por una empresa de esta índole. Con estas nuevas ideas en el pensamiento, Eberhard renuncia a la compañía "Kosmos" y a su cargo de capitán, para lanzarse, ahora, a una actividad que lo llevará a la historia de las figuras célebres del devenir patagónico. Inicia en una primera etapa, sus sueños de colonizador y ganadero al asentarse tras una interesante expedición de búsquedas de tierras aptas para el pastoreo de "Chymen Aike", a orillas del río Chico en el territorio de Santa Cruz. Corría ya el año de 1887 y su contrato con el gobierno argentino le aseguró 40 mil hectáreas. Traerá a su familia que lo esperaba en Puerto Stanley y se puso de lleno a trabajar en su nueva aventura. Pero como él mismo lo dirá en su diario personal "… o era joven, tenía mucho entusiasmo para la empresa…", así que pronto comenzó a interiorizarse de las diversas expediciones patagónicas y de sus resultados. Por esa razón le comenzó a llamar su atención sobre las tierras que los ingleses llamaban en sus cartas geográficas como "Plains of Diana" (Llanuras de Diana) y a las cuales parecía que nadie había alcanzado a llegar. Como el mismo Eberhard lo dirá posteriormente y dado el resultado negativo de las expediciones "… me vino la idea de que el mejor modo de obtener una vista general de las regiones en cuestión de la Patagonia, sería el de hacerlo por mar… "

Expedición

Será en el mes de mayo de 1892 con la llegada a "Chymen Aike" de Augusto Kark, que comienzan a planificar esta expedición a las "Llanuras de Diana". El 1 de junio inician su camino hacia Punta Arenas donde, con el consentimiento y apoyo del cónsul alemán Rodolfo Stubenrauch, obtiene permiso y medios para lograr su cometido. La expedición la conformaban el propio Eberhard, Kark ya mencionado, más Teodoro Huelphers y dos marinos ingleses de apellidos Game y Cattle. Todos ellos se embarcan el 12 de junio en el "Africa" con todos sus materiales adquiridos en Punta Áreas, con la intención de que los dejen en Itmus Bay, para seguir por su cuenta. Tras algunas peripecias en este viaje que piloteó el mismo Eberhard, llegan a destino en el interior del canal Smith. Una vez en Itmus Bay, comienzan las zozobras de los expedicionarios, como a la vez el temple y capacidad de superar los peores avatares. La naturaleza, desde ese día 15 de junio, se les presentará con toda su violencia característica de estas latitudes australes. Ya al día siguiente inician la navegación en un bote adquirido para esos efectos expedicionarios. Se trata de una embarcación comprada en Punta Arenas y que había pertenecido al vapor alemán "Cleopatra" naufragado en Punta Dúngenes. Con este bote, cargado de vituallas se lanzaron canales adentro para llegar a su objetivo. El tiempo atmosférico les fue siempre adverso, ya que la lluvia el viento fuerte lo acompañaron en toda la navegación, más las vicisitudes de un mar desconocido y lleno de peligros. Hacia el día 17, un ataque de reumatismo hizo que a Eberhard lo ayudaran a levantarse. Ya la temperatura estaba bajo los cero grados. Tuvieron que zarpar el 18, aún Eberhard sufriendo fuertes dolores reumáticos y así el con el trabajo de remos del resto de los expedicionarios, siguieron navegando por el llamado Unión Sound. El día 19, después de pernoctar para pasar la noche y reponerse de la dura jornada diaria, la expedición siguió su curso. Al llegar al día 20 se encontraban al lado opuesto del Paso de Kirk donde en sus cercanías lograron acampar. Será el 22 de junio que estuvieron a punto de zozobrar, ya que la fuerte corriente del canal los llevó a velocidad vertiginosa entremedio de torbellinos peligrosísimos. Dice Eberhard en su diario que frente a esta situación de peligro "… mi tripulación se portó como hombres y verdaderos marinos". Ya hacia el 23 de junio navegaban sobre el canal Obstrucción. Será el 25, cuando en conjunto con Kark, inician ambos una expedición hacia el interior de la costa donde habían pernoctado, río arriba descubren una laguna que llaman "Lago Luisa". Aquí se darán cuenta que no podrán llegar hasta las "Llanuras de Diana". Por tal motivo el 2 de julio deciden nuevamente hacerse a la mar. Será la primera oportunidad en que tendrán un encuentro pacífico, pero lleno de recelos, con los habitantes autóctonos del lugar. Ese mismo día desembarcan en una pequeña bahía que llaman "Lee". Al día siguiente emprenden de nuevo la navegación, alcanzando la bahía Moore. Como buscaban agua y al hallarla en un río que no tenía desembocadura lo designaron como "Río perdido". Al iniciar una expedición hacia el interior se dieron cuenta que los terrenos eran aptos para la cría de ganado. Ya el 4 de julio, emprenden el cruce del Seno, para lo cual tuvieron que romper inicialmente la bahía donde habían pernoctado. Al día siguiente excursionaban hacia el interior, siguiendo la corriente de un río y así descubren que pasado el murallón de calafates, se les presentaba una vega abierta y llena de pastos abundantes. Siguieron avanzando y al remontar un cerro se les presentó lo que parecían ser las buscadas "Llanuras de Diana". Desde la "Sierra Dorotea", así designada por la expedición, la tierra se le presentaba como la mejor que habían visto hasta ese instante. Este tipo de trabajo expedicionario, lo volvieron a repetir el 6 de julio, donde Eberhard comprueba que las tierras son aptas para el trabajo ganadero "… aunque requiere mucho capital y ruda". Como el tiempo empeorará por las nevadas, se tuvieron que trasladar hacia otros puntos del interior del seno. Ya habían denominado a un río "Cuchara"; ahora les tocará el turno a las islas "Ratón", "Lagartija" y "Guanaco". Hacia el Séptimo día continuaron recorriendo a pié las inmediaciones, confirmando la buena capacidad de los terrenos para un trabajo ganadero. Como les hacía falta agua buscaron la posibilidad de buscar en otro punto. En los días venideros, seguirá Eberhard recorriendo todo ese sector, tanto por vía marítima y terrestre. Uno de los últimos nombres para enriquecer la toponimia de Última Esperanza será el "Monte Prat". Debido a que el tiempo seguía muy inclemente, por los intensos fríos y nevazones, como también por el estado precario de los expedicionarios, es que Eberhard decide regresar. Ya los mismos víveres estaban escaseando, al mojárseles muchos de ellos. En todos los días venideros seguirán navegando y colocando nombres a diversos puntos del sector, no abandonándolos en ningún momento el mal tiempo que, en una oportunidad, les llegó a romper uno de los mástiles de la embarcación. Las anotaciones del diario de viaje del capitán Herrman Eberhard concluyen el día 5 de agosto, cuando hacían ya, desde hace algunos días, señas a diversos barcos para que los trasladaran a Punta Arenas. Habían llegado a una situación crítica, pues las lluvias constantes, más la escasez de víveres los había dejado agotados. Finalmente un vapor de la empresa "Kosmos" los divisó y así pudieron llegar a destino. Cabe hacer notar que, con posterioridad y debido al esfuerzo visionario de este verdadero pionero de las tierras magallánicas, pudo iniciar los trabajos de colonización de Última Esperanza. Fueron muchos los años de esfuerzo, de pérdidas y de sacrificio. El nacimiento de Puerto Consuelo fue sin duda alguna una de sus más firmes realizaciones y que llevó la civilización a esos parajes. El trabajo colonizador de Eberhard y sus familiares, fue como una chispa que iluminó también a otros impulsores del trabajo ganadero en Última Esperanza. Todo ello fue creando las condiciones, para que más tarde hiciera su aparición el primero centro poblado de este sector continental magallánico, Puerto Natales. Terminaré esta presentación del trabajo expedicionario de Herrman Eberhard con las palabras escritas por uno de los principales biógrafos y traductores, Werner Gromsch, el cual refiriéndose al trabajo colonizador de éste expresó en 1922: "El nombre Eberhard… quedará grabado con letras de oro en las páginas de la historia regional y de estímulo a las generaciones venideras las que han de conservar lo que sus antepasados supieron conquistar en ruda labor con innumerables sacrificios"


21 DE MAYO

<hr><u><h2>21 DE MAYO</u></h2>

La guerra del Pacífico, el mar para Bolivia y la gloria



por Tomás Moulian
El Mostrador - 23 de mayo de 2000

Anteayer se celebró el combate naval de Iquique, en el cual Prat y sus compañeros entregaron su vida por defender lo que los grupos dirigentes de la época consideraron e impusieron como un deber patriótico. Junto con ellos murieron miles de chilenos de pueblo. Muchos de ellos creyeron que en lucha con Perú y Bolivia se realizaba el destino de nuestro país, mientras otros fueron reclutados para defenderlo.

Como sociedad debemos mirar esa guerra sin orgullo ni falso patriotismo. Fue un conflicto armado por defender nuestras propiedades y derechos en las tierras del salitre, una guerra comercial como muchas de esa época. Tiene que ver con el desarrollo capitalista de nuestro país, más que con otra cosa. Esto evidentemente no niega el carácter heroico de muchos de los actos de nuestros oficiales, soldados, dirigentes civiles que se comprometieron en la dirección de la guerra. Pero esa guerra, como decisión colectiva, no tiene que ver con la gloria de Chile. En realidad, tiene relación con decisiones de política económica que nos permitían, o si se quiere forzaban, a usar nuestras potencialidades como Estado en la lucha contra pueblos hermanos por el dominio de un recurso natural, cuya conquista nos iba a permitir la primera modernización capitalista de nuestro siglo.

Creo que esto lo sabemos inconscientemente y por ello celebramos con unción las derrotas, el combate naval de Iquique y la batalla de la Concepción. No hablamos de gloria para celebrar la ocupación de Lima por nuestras tropas, quizás porque, en el secreto de nuestra conciencia colectiva, sabemos que lo que en verdad se juega en la guerra es el poder de una sociedad y que en todo conflicto armado con otra nación las miserias de los hombres salen a la luz tanto como sus grandezas.

En la guerra del Pacífico contribuimos a humillar con daños territoriales y simbólicos a dos pueblos hermanos. A Perú, de una manera coyuntural, porque nuestros diplomáticos y políticos contribuyeron a una solución que a nuestros vecinos no les inflingió tanto daño. Pero a Bolivia la hemos obligado a soportar una pérdida que todavía dura. En relación con esa nación no debe importarnos el formalismo de los derechos, debe importarnos la construcción de lazos para el futuro. En algún recodo de nuestra historia nos convertimos en un país aislacionista que contribuyó más al refuerzo de la fragmentación de nuestro continente que al sueño de la unificación. Fracasada en el pasado la unificación creciente de los pueblos de nuestro subcontinente, de nuestra América sureña, es hoy una condición del desarrollo futuro. El necio orgullo de creernos más yanquis que sureños nos llevó, durante la dictadura y después de ella, a creernos del primer mundo. Somos de aquí y para poder ser de aquí con nuestros vecinos, con los más próximos, debemos resolver la pérdida simbólica que le ocasionamos a Bolivia. Ese gesto nos podría dar la gloria a la que tanto nos referimos en nuestros discursos patrióticos.


21 DE MAYO

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LA OTRA MIRADA



Prof. Pedro Godoy

Prat y Grau –bajo la misma bandera y en el mismo buque- durante la guerra contra España 1861-1862, participan -con el grado de guardiamarinas- en el combate naval de Abtao. Las misivas intercambiadas por el peruano con Carmela Carvajal, además de nobleza de alma confirma que ambos héroes se conocen. Además, sorprende que aquella confrontación sea descalificada en textos y tratados como “ingenuidad americanista” de la época.

Otro dato: Condell es hijo de peruana. De ella deriva su segundo apellido:de la Haza. La progenitora es tan oriunda de Piura como Grau. Por esa vía posee cinco tíos que alcanzan altos rangos en la Marina de Perú, de ellos dos almirantes. Es el estratega de Punta Gruesa donde encalla “Independencia”, pero emporca su
victoria ordenando disparar sobre los náufragos. Contrasta con la conducta de Grau respecto a los sobrevivientes de la “Esmeralda”.

Tanto el comandante del “Húascar” como Oscar Viel, comandante de la “Chacabuco” están casados, respectivamente, con las limeñas Dolores y Manuela Cavero. Ello explica que los restos del héroe de Angamos reposen -hasta 1890- en el mausoleo familiar de aquel en el Cementerio General de Santiago. Ese dato explica que Grau anote “Pido al Cielo evitarme un enfrentamiento con la Chacabuco”.

Las misivas intercambiadas entre Grau y Carmela Carvajal son algo más que hidalguía. Tendencioso es el silencio respecto al origen materno de Condell. Tanto como no narrar que tripula el “Húascar”, como teniente, un sobrino de Ramón Freire, héroe de nuestra emancipación quien, en su momento, adhiere al mariscal Andrés Santa Cruz y se manifiesta –igual que O´Higgins- adverso a la Guerra de Chile contra la Confederación Perú-Boliviana.

Estas informaciones son motivadoras para evaluar los conflictos armados en el marco subregional como guerras civiles y no internacionales. La superación de los chauvinismos permite concebir nuestro “mundo ancho y aun ajeno” como patria común. Ello invita a examinar la tesis sociológica de Nuestra América como una nación desmembrada en 20 repúblicas. En lo contingente a atajar el armamentismo y promover la complementariedad.

Centro de Estudios Chilenos CEDECH
cedech@chilesat.net


21 DE MAYO

<hr><u><h2>21 DE MAYO </u></h2>

LA COVADONGA



Prof. Pedro Godoy

Nadie ignora el rol que le cupo a la “Covadonga” el 21 de mayo de 1879 durante el Combate Naval de Iquique. En Punta Gruesa, poco después de la gesta de Prat, en hábil maniobra su comandante Carlos Condell, consigue que encalle la “Independencia”. Sin embargo, a continuación son escasas las referencias a su itinerario durante la confrontación que se extiende por cinco años (1879 a 1883) desangrando patrias de común raíz y economías complementables.

Lo cierto es que la “Covadonga” es empleada –durante la Campaña de Lima- en el bloqueo de la costa peruana. Esta al mando de Pablo Ferrari y estacionada frente a Chancay, caleta pesquera ubicado a 40 km. del Callao. Allí –después de cañonear el poblado- como botín se iza a bordo una balandra. Aquello es fatal porque se trata de un torpedo caza-bobo. Al explotar se hunde la compañera de la “Esmeralda”. Las bajas suman casi un centenar de marineros incluyendo su comandante.

Este luctuoso hecho acaece en el último año de la Presidencia de Aníbal Pinto. Las Fiestas Patrias de 1881 padecen luto. Se denuncia una presunta negligencia como causa de la catástrofe, porque no se habría considerado como precedente que ya el “Loa”, se hunde por otro torpedo de la Marina del Perú. La Armada de Chile no volverá a bautizar “Covadonga” a ningún otro buque. A más de un siglo las víctimas de Punta Gruesa y de Chancay exhortan a la reconciliación.

Centro de Estudios Chilenos CEDECH
cedech@chilesat.net


FALUJA: CIUDAD HEROICA

<hr><u><h2>FALUJA: CIUDAD HEROICA</u></h2>

Prof. Pedro Godoy
Centro de Estudios Chilenos


Hay ciudades mártires como Numancia o Guernica, Hiroshima o Nagasaki. También existen otras que son insignias del coraje. Cómo no recordar a Stalingrado que paraliza la ofensiva del III Reich o Varsovia con su gheto convertido en volcán de rebelión. Hoy emblema del heroismo es Faluja. Las tropas de la alianza angloyanqui primero piden tregua, luego suscriben armisticio y hoy abandonan el asedio. La victoria árabe es parcial, pero rotunda. Se refuerza con la evacuación de tropa hondureña, dominicana y, sobre todo, hispana. Irak cosecha victoria después de una siembra de sangre. No es sólo el Islam y, en general, el III mundo saludan a la milicia sunnita y a su ciudad donde comienza a cavar su tumba el imperialismo.

Nuestro antimperialismo implica inclinar el tricolor de O`Higgins para saludar a Faluja e insistir en el regreso a casa de las tropas que el Presidente Lagos y la ministro Bachelet han despachado a Haití humillando así a un pueblo fraterno. El país de Balmaceda y Allende no puede convertirse en el Caín de Latinoamérica oficiando de gurka del Tío Sam.

Centro de Estudios Chilenos
CEDECH