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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


FIDEL: GUANTÁNAMO Y EL VOTO CONTRA CUBA

<hr><h2><u>FIDEL: GUANTÁNAMO Y EL VOTO CONTRA CUBA</h2></u>

Nota de Mirando al Sur:
Reproducimos fragmentos del discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, Presidente de la República de Cuba, en el acto por el Día Internacional de los Trabajadores, efectuado en la Plaza de la Revolución, el Primero de Mayo del 2004. Los párrafos se refieren a las violaciones de los derechos humanos en la base naval de Guantánamo y el voto de algunos países latinoamericanos contra Cuba en Ginebra, en especial el voto de Chile.
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Entrañables invitados;
Queridos compatriotas:

Nuestro país había sido sentado una vez más en el banquillo de los acusados. La nueva administración de Estados Unidos junto a los estados de la Unión Europea cometieron el error de olvidar que en el extremo oriental de Cuba, en un espacio de 117,6 kilómetros cuadrados ocupado por la fuerza, donde está instalada la base naval de Guantánamo (lo que ya de por sí constituye un grosero ultraje a los derechos soberanos de un país pequeño y a las leyes internacionales), existía en ese mismo instante uno de los más grotescos casos de violación de los derechos humanos que han tenido lugar en el mundo. Nunca fuimos consultados previamente. Simplemente se nos informó la decisión tomada por el gobierno de Estados Unidos de trasladar a los prisioneros a esa base. El día 11 de enero del 2002 el gobierno de Cuba publicó una declaración en la que se exponía con toda claridad la posición de nuestro país. La opinión pública mundial conoce que, después del horrible crimen cometido contra las Torres Gemelas de Nueva York, el hecho fue condenado de forma unánime por todas las personas conscientes del planeta.
Sin embargo, el gobierno de la nación más poderosa de la Tierra, despreciando toda norma relacionada con lo que el mundo conoce como principios elementales de los derechos humanos, creó esa horrorosa prisión donde se mantienen secuestrados cientos de ciudadanos de numerosos países del mundo, entre ellos los de los propios aliados de Estados Unidos, sin juicio, sin comunicación, sin identificación, sin defensa legal, sin garantía alguna de integridad física, sin ley procesal ni penal, y sin límite de tiempo. Pudo emplear territorio propio para tan extraño aporte a la civilización, pero lo hizo en el trozo de tierra que ocupa ilegalmente y por la fuerza en otro país, Cuba, a la que acusa todos los años en Ginebra de violar los derechos humanos.
A pesar de eso, suceden cosas admirables en la Comisión de Derechos Humanos.
En las actuales condiciones del mundo predomina el temor generalizado al feroz imperio, sus amenazas, presiones y represalias de todo tipo, especialmente contra los países más vulnerables del Tercer Mundo. Votar en Ginebra contra una resolución elaborada e impuesta por Estados Unidos, en especial si va dirigida contra Cuba, el país que durante casi medio siglo ha desafiado su arrogancia y prepotencia, se convierte en un acto casi suicida. Incluso los estados más fuertes e independientes se ven obligados a tomar en consideración las consecuencias políticas y económicas de su decisión. A pesar de esos factores, como pudo apreciarse hace breves días en Ginebra, basados en sólidos principios unos y en un acto de singular valentía otros, 20 países además de Cuba se opusieron a la resolución y 10 se abstuvieron con dignidad y respeto a sí mismos. De 53 miembros de la Comisión, sólo se habían plegado a la infamia 22 de ellos, incluido Estados Unidos. De América Latina, siete, entre ellos cuatro que sufren gran pobreza social y económica, sumamente dependientes y con gobiernos obligados a la abyección total. Nadie los considera estados independientes. Son hasta ahora una simple ficción.
Perú, el quinto gobierno latinoamericano que votó con el de Estados Unidos contra Cuba, constituye un ejemplo del grado de abyección y dependencia a que han conducido el imperialismo y su globalización neoliberal a muchos estados de América Latina, a los cuales arruinan políticamente en un abrir y cerrar de ojos. El Jefe de Estado peruano en solo unos meses ha visto reducir su popularidad a solo el 8 por ciento. Es absolutamente imposible enfrentar los colosales problemas económicos y sociales que afectan a ese país con tan insignificante apoyo. En realidad, no dirige ni puede dirigir nada. De eso se encargan las transnacionales y los oligarcas hasta que la sociedad estalla, como ya empieza a ocurrir en más de un país.
Restan los gobiernos de Chile y México. Al primero no voy a juzgarlo. Prefiero que Salvador Allende, que cayó combatiendo y ocupa ya un sitial de honor y gloria en la historia de este continente, y los miles de chilenos desaparecidos, torturados y asesinados por designios de quien elaboró y propuso la resolución para condenar a Cuba "donde jamás ocurrió uno solo de esos hechos u otros similares", y en nombre de ellos, los que portan en Chile las nobles ideas y la aspiración de construir una sociedad verdaderamente humana, juzguen la conducta del presidente de Chile en Ginebra.


BALDOMERO LILLO: SUBTERRA

<hr><h2><u>BALDOMERO LILLO: SUBTERRA</h2></u>

Por Ramón Díaz Eterovic

Cuando en Chile se menciona a Baldomero Lillo brota de inmediato el recuerdo de sus cuentos de ambiente minero y el nombre de algunas de sus obras, como "El chiflón del diablo", "La compuerta número 12”, "El grisú" o "La paga" que forman parte de un conjunto de cuentos que se vienen leyendo de generación en generación. "Subterra", publicado el año 1904, es un libro que causó revuelo en el tradicionalista e apocado ambiente de la literatura chilena de comienzos de siglo pasado. Un medio literario que hasta entonces seguía las aguas de algunos clásicos españoles y recibía la influencia de la literatura francesa, sin alcanzar una estatura propia y desde luego, alejada de la realidad social de un país que se preparaba para celebrar el primer centenario de su independencia. Su primera edición -un volumen de aspecto simple, sin prólogo y sin el nombre de su editor, tal vez financiada por la escuálida billetera del autor- se agotó en pocas semanas. El nombre de Lillo pasó a ser valorado en los ateneos literarios de la época, y prácticamente todos los escritores relevantes de esa época alzaron sus voces para elogiar su trabajo. El escritor Rafael Maluenda lo llamó "el más serio, humano y original de los cuentistas americanos", y Eduardo Barrios, narrador de celebrada pluma en Chile, lo consideró "el más chileno de los narradores de su generación, porque entre las fuentes vivas y el papel tendió con sinceridad espontánea y absoluta el arco de su talento".

El éxito se debió a que Baldomero Lillo presentaba un mundo hasta entonces omitido en la literatura chilena, y una colección de personajes que tienen la inconfundible marca de lo auténtico. El mundo de los minerales carboníferos de Lota, ciudad del sur de Chile que cobijaba a una infinidad de mineros que laboraban en condiciones de extrema miseria. Además, los cuentos de Baldomero Lillo aportaban un lenguaje simple, acertados retratos humanos y un sentimiento solidario de los que era difícil sustraerse.

Como señala Ernesto Montenegro, un escritor chileno contemporáneo de Lillo, "por primera vez, la alpargata y la blusa hicieron la caminata hasta las librerías del centro para volver al suburbio cargando debajo del brazo una obra de un autor nacional. Es el primer autor chileno con un público lector que abarca del taller y la planta industrial a los cenáculos literarios".

Baldomero Lillo nació en el pueblo minero de Lota el 6 de enero de 1867. Fue un niño muy enfermizo y sus largas convalecencias lo hicieron un lector voraz de Julio Verne, Dickens, Tolstoi, Balzac. Su padre fue un minero que buscó fortuna, sin ningún éxito, en distintas zonas de Chile e incluso en California, durante la fiebre de oro desatada en esa zona, A la muerte de su padre, Baldomero Lillo, trabajó como empleado en una pulpería de Lota. Ese trabajo y las experiencias de la niñez lo hacen relacionarse estrechamente con la vida y sufrimientos de los mineros con los que a diario vez pasar por las calles de Lota. La realidad con la que convive durante casi 20 años impacta su ánimo y conciencia. De ella emergen sus personajes estremecedores. Los viejos mineros que se identifican con el agónico fin del caballo que ha sido su compañero de faenas; el padre que lleva a su hijo de 8 años a trabajar al fondo de la mina, porque como apunta el narrador "debe ganar el pan que come, y como hijo de mineros, su oficio será el de sus mayores, que no tuvieron nunca otra escuela que la vida". Los obreros amenazados de despido, la dura faena que convierte en viejos decrépitos a los más jóvenes y vigorosos; los oscuros túneles a más de cuarenta metros bajo el mar, las filtraciones de agua que acompañan las faenas como una música tétrica que les advierte de la presencia de la muerte, la brutalidad de los administradores y los capataces, y todo la amplia galería de personajes y anécdotas que pueblan sus cuentos.

La obra de Baldomero Lillo se concentra en dos o tres docenas de cuentos y relatos que comienza a escribir cerca de los 40 años, y que se publicaron con los títulos de "Subterra", "Subsole", "Relatos Populares" y "Páginas del Salitre". El año 1900, Lillo se traslada a Santiago, y en la Capital, junto con ganar un espacio en el medio literario de la época, debe ganarse la vida como agente de seguros, escribiente en una notaría, hasta que finalmente obtiene un cargo administrativo relacionado con la educación que le da tranquilidad para sobrellevar una vida sencilla, de pocas pretensiones. También en esa época ya padecía la tuberculosis que le llevaría a la muerte en 1923, cuando vivía en San Bernardo un pueblo vecino a Santiago.

Fue hermano de Samuel Lillo, poeta que obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Sus contemporáneos lo describen como un hombre quitado de bulla, parco, introvertido, humilde, que en las tertulias literarias prefería mantenerse en silencio, sin llamar la atención.

Lota, el sitio natal de Baldomero Lillo, es la zona carbonífera de Chile. A fines del siglo 19 y comienzos del 20, la explotación del carbón, en minas que se internaban por kilómetros bajo el lecho marino, era fuente de riqueza para familias de capitalistas que amasaban sus fortunas, construían palacetes y exóticos jardines a costa del sacrificio cotidiano de los mineros. La extracción del carbón se basaba en la fuerza humana y animal, y los obreros, al igual como ocurría en el norte de Chile con la explotación del salitre, vivían prácticamente confinados a los límites del mineral, hacinados en barracas, padeciendo los efectos del gas grisú, trabajando en las peores condiciones que se puedan imaginar. Como paga recibían fichas que sólo podían canjear por vestuario y alimento en las tiendas de los patrones, a los precios que estos imponían. Vivían al borde de la esclavitud. Hoy, Lota es un pueblo casi fantasma. El carbón que se extraía de sus minas perdió valor en los mercados mundiales, se determinó el cierre de las minas y se impulsaron programas de reconversión económica que poco o ningún éxito tuvieron. Los antiguos mineros, hoy cesantes o ejerciendo trabajos ocasionales, viven en condiciones no muy lejanas a las que retrata Baldomero Lillo.

"Subterra" de Baldomero Lillo aparece cuando en Chile recién se comienza a hablar de las llamadas "cuestiones sociales" bajo la influencia de pensadores provenientes del positivismo y el anarquismo. Aporta un paisaje humano inédito en la literatura chilena, el de un puñado de obreros que, como dice en uno de sus cuentos, sólo tienen por delante el destino de "trabajar, padecer y morir". La obra de Lillo entra como un ventarrón en la literatura chilena y genera una impronta que deja huella en escritores posteriores y que tiene su mayor expresión en la llamada Generación del 38, compuesta por autores que ponen el acento en las realidades sociales, y entre cuyos exponentes mas destacados están Nicomedes Guzmán, Alberto Romero, Andrés Sabella, Diego Muñoz, Manuel Rojas, Francisco Coloane. Todos autores que le dan rostro propio a la literatura chilena, incorporando historias cargadas de autenticidad, relacionadas con la explotación del salitre y el carbón, la vida en la Patagonia y los conventillos capitalinos en los que sobrevive el pueblo. Con justicia entonces, Baldomero Lillo es considerado el padre del realismo chileno, y desde luego, el primer gran exponente del cuento.

Los cuentos de "Subterra" muestran a un autor que se documenta en la realidad y que emplea su pluma para rebelarse frente a lo que ve. Lillo es un poderoso observador de la realidad, y relata con sencillez, certeza, honestidad. Tal vez se pueda criticar su fatalismo, el destino trágico que impone a la mayoría de sus personajes, pero al fin de cuenta eso no hace mas que remarcar el mundo desesperado y sórdido que recrea, su protesta contra lo que considera una muestra palpable de explotación humana. Su reclamo incluso alcanza a la naturaleza, que en la zona de Lota también castiga a los mineros con su inclemencia, cataclismos, fragilidad.

Los lectores de "Subterra" se enfrentan a historias y personajes que cautivan y conmueven. Por eso, no se puede más que coincidir con el ya citado Ernesto Montenegro, cuando dice que lo que da resonancia y permanencia a la obra de Baldomiro Lillo es el hecho que "nos hace sentir la tragedia de esas vidas como algo que está muy cerca de nosotros y habla a nuestra conciencia". A su vez, Samuel Lillo, al hablar de su hermano, dice que "Lo que decidió su vocación como escritor fue su observación directa de la vida miserable de los mineros. Fue un penetrante observador de la vida. No manejo grandes ideas ni filosofías. Era la realidad lo que le interesaba por sobre todo". Lillo es de esos autores que no causan indiferencia y nos obligan a tomar partido con su visión de mundo, con sus palabras que apelan a los sentimientos. No por nada es uno de los escritores más vitales y perdurables de la literatura chilena.


YANQUINAZISMO EN GUANTÁNAMO

<hr><h2><u>YANQUINAZISMO EN GUANTÁNAMO</h2></u>

Nota de Mirando al Sur: José Steinsleger publicó este artículo en "La Jornada" de México D.F. el 19 de marzo del año pasado. Cobra plena actualidad a raíz de la denuncia de Cuba este año, en Ginebra, sobre la violación de los derechos humanos de los prisioneros musulmanes por parte de Estados Unidos en la Base Naval de Guantánamo, en territorio cubano.
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El joven Fawzi al-Odah, profesor de religión nacido en la ciudad de Kuwait, tiene la desgracia de llamarse Fawzi al-Odah. No es la única. También es joven (25 años), islámico, usa turbante y antes de ser capturado en Afganistán por soldados de Estados Unidos prestó servicios humanitarios en Somalia, India y Bangladesh.
En suma, es culpable. ¿De qué? No importa de qué. Así como el rabino europeo de los años 30, Fawzi es culpable de ser árabe. Y en estos momentos se achicharra bajo el sol caribeño en una jaula de metal de la base naval de Guantánamo, territorio de Cuba que Washington ocupa ilegalmente desde 1903. La suerte de Fawzi corre pareja a la de 650 jóvenes de 38 naciones que fueron detenidos en Kabul por las fuerzas de la "libertad" y encerrados en Guantánamo con esposas en las muñecas, grilletes en los tobillos y amordazados para impedir que "muerdan a los perros y a los policías militares", como dijo un jefe militar de la base.
Los presos lucen un mameluco color naranja fosforescente. Se les vigila de día y de noche y se les somete a interrogatorios realizados por una unidad especial compuesta de agentes de la CIA, del FBI y de inteligencia militar. Tampoco pueden ser fotografiados ni filmados. Tienen 30 minutos semanales para tomar una ducha, y cuando solicitan atención médica son trasladados con cadenas a la clínica del campo en un carrito similar al del doctor Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes.
Sabemos de la tragedia gracias a un reportaje elaborado por Judith Norman, del periódico inglés The Observer. Pues con el que publicó El País de Madrid (diario que se caga en la verdad sin menoscabo de la calidad) quedamos enterados de que el general Jeoffrey D. Millar, jefe del campo de concentración, es "un gran admirador de España" (20/01/03).
El campo de concentración de Guantánamo tiene futuro. A fin de año tendrá capacidad para sepultar a 812 prisioneros y existen planes para albergar dos mil más. La Brown and Root Services, división de ingeniería de la Halliburton Co., acaba de invertir 10 millones de dólares de un primer desembolso de 300 millones para los cuatro años venideros. El dueño de la Halliburton es Dick Cheney, vicepresidente de Estados Unidos por la gracia de Dios.
El limbo jurídico de los prisioneros de Guantánamo es igual al de Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Fernando González y René González. Desde el 28 de febrero pasado, los cinco cubanos presos del imperio en Florida están otra vez aislados del mundo en confinamiento solitario, con prohibición explícita de ser visitados por sus abogados y familiares y los cónsules cubanos encargados del caso. La Convención de Ginebra considera el estatus de "prisionero de guerra", que busca restituir la humanidad al vencido (artículo 118). Sin embargo, los militares yanquis tratan como "fieras peligrosas" a los detenidos en Guantánamo, ya que a su juicio serían "combatientes ilegales" (¿?). Pero eso sí, en Colombia exigen que se respete la vida de los tres espías militares estadounidenses capturados por las FARC, acorde con..."los protocolos de guerra" (¿será que estos sujetos son "combatientes legales"?).
El brasileño Sergio Vieira, alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, declaró en febrero pasado que el "limbo jurisdiccional" de las personas recluidas en Guantánamo es "inconcebible". En todo caso, el asunto no figura en la agenda de la sesión anual de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, que tendrá lugar en estos días en Ginebra. La comisión está interesada en que Cuba cumpla con una resolución amañada, que "invita" al país caribeño a realizar "progresos" en la vigencia de los derechos civiles y políticos. Mas el gobierno cubano se pregunta para qué tanto rollo si desde su llegada hace seis meses, con desfachatez sin precedente y en desafío abierto a la Convención de Viena (que regula el funcionamiento de las misiones diplomáticas), el señor James Cason, representante de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana, convirtió su despacho en antro de reunión de los "disidentes" al servicio de la mafia contrarrevolucionaria de Miami.
En fin, que vale preguntarse si algún día nacerá el sicoanalista capaz de entender la singular visión que George W. Bush tiene del mundo. Quizá Freud y Jung tengan algo que decir de este mejunje global. En 1909 ambos llegaron a Nueva York, y Freud, extasiado con los rascacielos, se volvió a Jung: "¡Si supiesen qué dinamita les traemos!" (Mircea Eliade, Fragmentos de un diario, 25 de agosto de 1952). Nunca se sabrá si el maestro vislumbró el futuro de las Torres Gemelas o si intuyó el desenlace trágico de un modelo civilizatorio que para apuntalar su libertad requiere del control total del mundo, o si ya entonces pensaba en la urgente necesidad de demoler las bases constitucionales del país que hoy nos llena de asco y de vergüenza, de impotencia y de dolor.

José Steinsleger
La Jornada


CHILE: LA DIPLOMACIA INCRÉDULA

<hr><h2><U>CHILE: LA DIPLOMACIA INCRÉDULA</h2></U>

Andrés Soliz Rada

La cancillería chilena ha resuelto enviar una delegación de parlamentarios a Europa y América Latina a fin de explicar la posición de su país en el diferendo limítrofe con Bolivia (“La Razón”, 6-1-04). ¿Argumentarán estos emisarios que Bolivia nunca tuvo acceso a las costas del Pacífico? Si toman esa decisión, ¿cómo explicarán la nota oficial entregada al gobierno de La Paz, el 13-8-1900, por el Ministro Plenipotenciario de “La Moneda”, Abraham Köning, que dice lo siguiente?:

“Es un error muy esparcido... opinar que Bolivia tiene derecho de exigir un puerto en compensación de SU litoral... No hay tal cosa. Chile ha ocupado el litoral Y SE HA APODERADO DE EL con el mismo título con que Alemania anexó al imperio la Alsacia y la Lorena... Nuestros derechos nacen de la victoria, la ley suprema de las naciones... Terminada la guerra, la nación vencedora impone sus condiciones y exige el pago de los gastos ocasionados. Bolivia fue vencida, no tenía con que pagar y entregó el litoral”.

¿Mostrarán el tratado de “paz y amistad” del 20-X de 1904, en cuya parte inicial dice que Chile consolida la ocupación de territorios que figuran en el Tratado de Tregua de 1884? ¿Acaso tal ocupación no se refiere al litoral boliviano, anexado por las armas? ¿Recordarán la oferta chilena, de 1860, de comprar a Bolivia la zona de Mejillones? ¿Por qué Chile iba a comprar algo que era suyo? ¿Exhibirán la Constitución Política de su país, de 1833, que dice: “La nación chilena se extiende en un vasto territorio limitado al norte por el desierto de Atacama”. Si Atacama no era de Bolivia, ¿por qué Chile designó cónsules en Antofagasta, con filiales en Mejillones, Cobija, Tocopilla y Taltal? ¿No resulta absurdo designar cónsules en su propio territorio?

Si Bolivia no tuvo acceso al Pacífico, ¿cómo es que Chile y Bolivia suscribieron los tratados limítrofes de 1866 y 1874 sobre territorios costeros? ¿Y si les recuerdan que el presidente Ricardo Lagos acaba de decir a la TV estatal que “Antofagasta” era de Bolivia o que su país se apoderó sólo del diez por ciento del territorio que le arrebataron sus otros vecinos? (Palabras ratificadas por Germán Gamonal, en “Ercilla”,19-I-2004).

Si los parlamentarios viajeros afirman que la guerra se produjo porque Bolivia cobró un impuesto de 10 centavos por la exportación del quintal de salitre, en perjuicio de una compañía anglo-chilena, con lo que se habría incumplido el tratado de 1874, ¿no les replicarán que es inadmisible promover una invasión militar por ese hecho banal y enclaustrar a un país por 25 lustros? Si dicen que los acuerdos internacionales son eternos, ¿no recordarán que el pequeño Panamá modificó los tratados sobre su canal interoceánico firmado con EEUU, gracias al incontenible respaldo de la opinión pública mundial? ¿No es obvio que la demanda boliviana seguirá el mismo camino?

Estos y otros argumentos han sido confrontados en reuniones parlamentarias chileno-bolivianas (en varias de las cuales participó el autor de esta nota), a cuyo término, en los inevitables coloquios informales, los representantes transandinos admitían, de manera invariable, que los argumentos bolivianos eran moral, jurídica e históricamente incontestables. La controversia ha tomado ahora nuevos rumbos debido a que la izquierda chilena ha advertido que si quiere resistir al ALCA, repudiar al Tratado de Libre Comercio firmado con EEUU, solidarizarse con Chávez, ser parte de un MERCOSUR contestatario, en otras palabras resistir al Imperio, necesita identificarse con la causa marítima de Bolivia.

Así lo entendieron Vicente Huidobro y Gabriela Mistral y así lo entienden hoy centenares de intelectuales, religiosos, periodistas, poetas, políticos e historiadores abanderados por Pedro Godoy, Leonardo Jeffs, Manuel Cabieses, Cástulo Martínez y Augusto Alvarado. Ahora se ve, con más claridad, que el ideal de la Patria Grande sólo avanzará si se cierra la herida abierta por la guerra desatada por el imperio inglés, en 1879. El remezón ideológico y emocional está destruyendo el “fino trabajo de colonización pedagógica” (la frase es de Augusto Alvarado) con el que las clases dominantes alienaron la conciencia ciudadana. No cabe duda que la caída del muro oligárquico posibilitará el abrazo de dos pueblos hermanos.

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LAS ANDANZAS DE DON VICHO

<hr><h2><u>LAS ANDANZAS DE DON VICHO</h2></u>

PorOsvaldo Wegmann Hansen

Conversaba hace pocos días con una señora, vinculada a antiguas familias de Natales. Me dijo que su madre era nieta de don Vicente Arteaga, uno de los fundadores de la ciudad, a quien yo conocí mucho. ¡Cómo no iba a conocerlo si fuimos compañeros de aventuras y lo convertí en personaje de uno de mis cuentos!
Don Pedro Vicente Arteaga, don “Vicho” para sus amigos, estaba ya en Última Esperanza cuando se fundó Puerto Natales. En los buenos tiempos tuvo varias estancias, una de ellas en sociedad con don Mauricio Braun. Y fue armador, dueño de una hermosa y gallarda goleta llamada “Fresia”, hasta poseer finalmente un modesto cúter conocido como el “Filgrín” en el que muchas veces viajamos al canal Chico. En una oportunidad me caí al agua en navegación y me salvé aferrado a la escota. Otra vez apagamos un incendio a bordo, en la boca del canal Hohmann.
Don Vicente Arteaga, así se lo conocía, navegaba desde el Golfo de Penas al canal Smith, fue rey y señor de los canales, algo así como un Pascualini de Última Esperanza, con la diferencia de que era ilustrado y sabía sacar rumbos de la rosa de los vientos y medir las distancias navegadas, o sea, dominaba la estima.
En sus pacientes singladuras, a vela y a motor, por los canales que descubrió Ladrillero, este viejo marino fue buscador de minas, poblador de estancias, empresario de explotaciones madereras, todo de acuerdo con los tiempos y la suerte. Convivió con los indios alacalufes, que lo llamaban “Capitán Santiago” y fue personaje de mil aventuras, como las que en esos tiempos leíamos en los libros de Jack London y James Oliver Curwood.
Supe de su vida cuando ya era un hombre maduro, de más de sesenta años y yo un mozuelo de apenas 18. Y lo oía hablar con deleite de sus correrías a la isla Campana y hasta el propio golfo de Penas, aventuras que contaban también los hombres de mar de Última Esperanza en las cantinas del puerto o en los campamentos a orillas de los canales.
Cuando el ingeniero Carlos Ruiz nos habló del descubrimiento de calizas en la isla Guarello, algunos años después, en que yo era periodista, y nombró a Vicente Arteaga, sentí una rara emoción al sentir ligado al descubrimiento de las riquezas, que están sirviendo a la gran industria chilena del acero, el nombre de este viejo lobo de mar y antiguo amigo.
El fotógrafo Nicanor Miranda acababa de contarme la aventura que tuvieron en un viaje al archipiélago Guayanecos, con el cúter de Manuel Álvarez, a buscar una mina de oro, que había descubierto un anciano alemán de apellido Krüger. Se embarcaron Álvarez como capitán, Arteaga como asesor de navegación y minero, Krüger, Ángel Legnazzi, Rogelio Pinedo, como maquinista, el fotógrafo Miranda y uno o dos marineros. Hay un montón de anécdotas del viaje, que apreciarán sobremanera quienes hayan conocido a los personajes.
El hecho es que después de varios intentos, Krüger no encontró el sitio donde estaba la mina, con la decepción y enojo de sus compañeros; el capitán perdió el rumbo y finalmente no sabían el punto preciso en que se hallaban. Entonces los tripulantes recurrieron a don Vicente, que había seguido atentamente la derrota, con el mapa a la vista, atento al compás y calculando la distancia navegada por medio del reloj. Estableció el punto y lo fijó entre dos islas, tal como en el mapa. Entonces, ya seguro puso sus condiciones: él se haría cargo del buque, encontraría el rumbo perdido, pero no entregaría el mando hasta llegar a Puerto Natales. Don Manuel aceptó, aunque no de buen grado.
Volvían navegando por el canal Messier, cuando el volante del motor le quebró la pierna a Pinedo, el maquinista español. Don Vicho, que había sido capitán de la Cruz Roja se la entablilló, de manera que pudiera llegar sin problemas a Puerto Natales, a ponerse en manos del médico.
En 1937, con el cúter “Pilgrín”, acompañado por Eduardo Larenas en su bote a motor, salvó a Pedro Gómez, “Coronel” Saavedra y Antonio Bonilla, que habían naufragado en la isla Ballesteros, con un cargamento de choros.
Don Vicho era casado con Rita Tapia, hija de un rico ganadero de Magallanes, que murió hace muchos años y cuya viuda casó finalmente con un francés, peón de la estancia, llamado Pedro P. Lemaitre, que hizo prosperar la hacienda y adquirir otra más, convirtiéndose en un potentado de la región, que murió alrededor de 1943. De más está decir que la señora de don Vicho no heredó nada, pese a un largo pleito. El destino de la herencia de Lemaitre es tema para otra historia.

Tomado de “De ayer y de hoy - Crónicas de Osvaldo Wegmann Hansen" – Recopilación de Jorge Díaz Bustamante - Punta Arenas, 1999."


NICANOR PARRA, LITERATURA EXPLOSIVA

<hr><h2><u>NICANOR PARRA, LITERATURA EXPLOSIVA</h2></u>

Aristóteles España

Nicanor Parra cumple 90 años. Como este será el año nerudiano su cumpleaños pasará desapercibido y no recibirá los honores que le corresponden. El creador de los antipoemas es uno de los artistas más importantes de nuestra lengua. Contra la poesía de escritorio, de pequeño Dios, de la poesía del tonto solemne, su lenguaje irónico, juguetón, humorístico, coloquial, desacralizó la estructura y el verbo de lo que hasta ese momento se construía poéticamente en Chile y en el orbe. Tuvo tanta fuerza la edición de sus “Poemas y Antipoemas” en 1954 que hasta Neruda escribió un libro titulado “Estravagario”, dando cuenta del remezón del antipoeta a la literatura contemporánea. Cincuenta años cumple ahora en julio la primera edición de ese libro espectacular. Oriundo de San Fabian de Alico, Chillán, nació el 5 de septiembre de 1914. Nicanor es hermano de Violeta Parra y fundador de una dinastía artística en nuestro país: escritores, músicos, pintores, actores, escultores que hoy se destacan y hacen escuela. Traductor de poesía inglesa, instaló en nuestro país el discurso y la conciencia ecologista en la década del 60 con sus célebres ecopoemas. Autor de un Artefacto famoso sobre nuestro Premio Nóbel; cuando éste lo supo reaccionó indignado. El Artefacto dice así: “Si Neruda se lanza del séptimo piso, sígalo, es un buen negocio”. Eran tiempos distintos, de discusiones, polémicas, rencillas literarias al por mayor. Parra abarcó y sigue con los temas más disímiles, la política, el humor, la naturaleza, la muerte, la mujer en todas sus formas. Otro Artefacto famoso es: “La izquierda y derecha unidas jamás serán vencidas”. Parra ha sido candidato al Nóbel tres veces. Lo apoyaron gobiernos, universidades, centros de estudios, artistas de circo, intelectuales progresistas, príncipes y mendigos. Todos pensamos que el Premio Cervantes 2003 iba a ser para él pero se lo dieron a otro grande, Gonzalo Rojas. El mismo autor de “Materia de Testamento” dijo: “mi candidato era Nicanor”.
Solíamos visitarlo en su casa de La Reina con artistas de distintas disciplinas. Era 1982 y había publicado “Poema y Antipoema a Eduardo Frei Montalva”. Creía en la democracia, estaba preocupado por el autoritarismo, la asfixia cultural, la represión. Junto a Luis Sánchez Latorre y otros escritores buscaban consensos y salidas reales a la dictadura. Le temía a una guerra civil. Sería un desastre, decía.
“Para nuestros mayores la poesía fue un objeto de lujo/Pero para nosotros es un artículo de primera necesidad: no podemos vivir sin poesía”, dice en su Manifiesto. Continúa: “Nosotros sostenemos que el poeta no es un alquimista”. “El poeta es un hombre como todos/Un albañil que construye su muro/Un constructor de puertas y ventanas”. “La antipoesía –dice el autor-se presenta como un testimonio artístico de la sensibilidad que ya no puede satisfacer las necesidades estéticas de un tipo de hombre que quiere vivir de acuerdo a otros valores”. Uno de los principales estudiosos de su obra, Iván Carrasco señala: “La antipoesía tiene que ver con las filosofías existencialistas, las literaturas del absurdo y de la angustia, la literatura de ciencia ficción, la subliteratura en algunas de sus manifestaciones, entre otras. La antipoesía hace uso de la sátira, la negación o el nihilismo”.
Parra cumple 90 años. Hay que crear un premio con su nombre, colocarle Nicanor Parra a una carretera, un aeropuerto, plazas, una bahía, antes de que se nos vaya de este mundo y aparezcan los letrados de siempre a rendirle parabienes que no fueron capaces de otorgarle en vida.


LA MAGIA DE LOS FAROS

<hr><h2><u>LA MAGIA DE LOS FAROS</h2></u>

Osvaldo Wegmann Hansen

Aunque parezca una ironía, los faros que iluminan las rutas del mar, que sirven a los marinos para confirmar la posición de sus naves durante la noche, fueron inventados por un no vidente: Gustav Dalen, quien precisamente perdió la vista en una explosión, cuando realizaba ensayos destinados a lograr el éxito de su invento. Lo consiguió años después, porque tenaz y porfiado, insistió ciego en los propósitos que alentó durante gran parte de su vida. Lamentablemente no pudo ver su maravillosa idea convertida en realidad. Su nombre cayó en el olvido, mientras las costas del mundo se iban poblando de faros.
Los canales magallánicos en la actualidad poseen una excelente iluminación nocturna, gracias a la preocupación de nuestra Armada Nacional, que no sólo se ha dedicado a instalar los fanales en los sitios más necesarios, sino que con su personal o con sistemas automáticos, los mantiene en funcionamiento ininterrumpido. La construcción de faros aquí comenzó prácticamente en el Estrecho de Magallanes, debido al auge que ha tenido y aún tiene como ruta de navegación. Los más importantes son el de cabo Dúngenes, que señala la entrada a la boca oriental, desde el Atlántico y el Evangelistas, que facilita la arribada desde el Pacífico.
El faro Evangelistas es seguramente el más solitario y el más difícil de abastecer en el mundo. Llegar hasta el mismo es toda una aventura. Vivir allí varios meses es duro y sacrificado. Sin embargo hay gente que se acostumbra, que se aquerencia, que se encariña, como si sobre ella ejerciera una extraña magia. Hubo un hombre que estuvo allí 31 años, otro 20. A ambos los retiraron poco menos que a la fuerza. Al abandonar el solitario peñón los consumió la nostalgia.
Es larga la historia de Evangelistas, que está funcionando cerca de 90 años. Entró al servicio el 18 de septiembre de 1896. Su constructor fue el ingeniero de la Armada Jorge Slight y el ejecutor de las obras de albañilería un artesano yugoeslavo llamado Doimo Ursic. Slight era subinspector de faros y le correspondió elaborar el proyecto. Una expedición de la Armada exploró previamente el lugar, para ubicar el mejor sitio donde levantar el faro. Slight estuvo de acuerdo en que fuera en la cumbre de uno de los islotes Evangelistas, a 61 metros sobre el nivel del mar, desde donde sería visto a 21 millas de distancia. Cuando leyó su informe, hubo personas incrédulas, que no comprendían como iba a poder construirse un faro en medio de un mar tormentoso, en un sitio casi inabordable, donde sería poco menos que imposible transportar los materiales. Pero Slight y sus hombres, con la misma tenacidad de Gustav Dalen, que es seguramente característica de los hombres de los faros, persistió y triunfó. El centinela austral quedó ubicado en los 52 grados 24 minutos sur y 75 grados 6 minutos oeste, en una época en que la navegación por el estrecho era más intensa que hoy día y traficaban aún los barcos a vela. Es justo mencionar la forma inteligente e intrépida en que actuó el teniente segundo Baldomero Pacheco, al mando de la escampavía que apoyó los trabajos.
Uno de los hombres que actuó con Slight fue el inglés William Mac Kay, quien se encariñó con el faro y solicitó plaza de guardián. La Armada lo contrató como tal y estuvo allí 31 años. No quería ser relevado, mientras se iban cambiando las dotaciones. Algunas veces los comandantes de las escampavías lo traían a Punta Arenas a la fuerza. Aquí se sentía mal. Se encerraba en las cantinas y no hablaba con nadie. Lo jubilaron contra su voluntad, después de más de 31 años de servicios.
En mi vida periodística me correspondió varias veces entrevistar a gente de los faros. Son hombres sencillos, amables. No le dan importancia a las dificultades de la jornada. Viven tranquilos, sanos y fuertes. Cumplen un plan intenso de trabajo, que les impide aburrirse. Tienen a su cargo varias observaciones meteorológicas diarias, que comunican enseguida a Punta Arenas, para beneficio de la navegación marítima y aérea; hacen guardia atentos a la pasada de los barcos y a los posibles llamados por radio o telegrafía. Y en las horas de descanso, se dedican al único placer de esas soledades, que es la radio y la lectura.

Tomado de "De ayer y de hoy - Crónicas de Osvaldo Wegmann Hansen" - Recopilación de Jorge Díaz Bustamante - Punta Arenas, 1999.


NERUDA JUNTO AL SENA

<hr><h2><u>NERUDA JUNTO AL SENA</h2></u>

Por Abel Posse
La Nación de Buenos Aires
- 2004

Para el gran poeta chileno, escribir poesía era celebrar el mundo, es decir, una tarea religiosa. En política, como en todas las cosas, siempre eligió lo que él consideraba, más allá del error o del acierto, la posibilidad de la vida.

Era Neruda por el borde del Sena, solo, en la alta noche de verano. Iba desde el Pont Saint-Michel hacia el Quai Voltaire, al Hôtel du Quai Voltaire. Corpulento, poderoso, entregado a su vagabundeo. Había en su paso un titubeo de cetáceo en tierra. Siempre me dio la sensación de un ser anfibio pero preferentemente oceánico. (Si le hubieran dado a elegir, se habría quedado con el mar.)

Cuando alguien muere nuestra memoria procede como los sueños, rescata imágenes, signos, que de algún modo sintetizan todos los recuerdos. Para mí Neruda será siempre aquel gran animal de fondo marino que miraba las vidrieras y los techos de París con renovado asombro, en una noche del verano de 1960.

Era lógico que un ser así se edificase un océano donde morar. Lo logró con su poesía. Fue de metáfora en metáfora hasta desembocar en las palabras libres. Comprendió que todas las palabras eran metáforas y se transformó en un sublime nombrador, en el celebrante de un descomunal canto general.

En la raíz de su pasión hay una pánica religiosidad imposible de reducir a esquemas. Su dios moraba en todas las cosas. Para él poetizar era adorar el mundo, la materia del mundo, sin recaer en las racionalizaciones, misticismos y ortodoxias de todos los que no pueden creer.

Por pura fe en el mundo cantó todo lo imaginable: una castaña caída en el suelo, una mujer llamada Rosalía, los gatos, esos primos que a la siesta juegan extrañamente con sus primas, los barcos varados en Valparaíso, su Chile de lluvia y nostalgia, los mares, los trópicos, el sabor del caldillo de congrio, el inolvidable Madrid de los amigos y la libertad, la Casa de las Flores, García Lorca, Alberti, Aleixandre... Simón Bolívar, astros, frutas, astrolabios, el picaflor, Joseph V. Dugashwili, su hígado, y hasta el día lunes "que arde como el petróleo". Hizo justicia al dedicarle una oda a la proletaria cebolla y al destacar el apogeo del apio y los sagrados estatutos del vino.

Lo alcancé en el borde del Sena y seguimos derivando juntos. Lo había conocido o saludado, en la cervecería de Santa Fe y Pueyrredón, con mis amigos poetas, Luis Alberto Ballester, Héctor Teme y Rogelio Bazán. Me trató como un viejo amigo joven. Habló de los anticuarios del puerto de Copenhague, donde había conseguido un cuerno de narval que entronizaría en su casa de la Isla Negra, junto a las delicadas caracolas de la colección que pisotearían los asesinos trece años más tarde de aquella noche amable. Habló con cariño de poetas argentinos, de Ricardo Molinari y de José Hernández. Luego, con entusiasmo, se explayó sobre San Juan de la Cruz, tal vez su mayor admiración en el campo de la poesía.

Habló también de Rusia, de donde venía o donde había estado hacía poco. En política era, también, oceánico, trataba de entrever los polos, las metas lejanas. No se detenía a analizar corrientes circunstanciales o marejadas. Como el piloto de altura, buscaba las grandes líneas y trataba de mantener el rumbo soportando las contradicciones. En el socialismo, como en todas las cosas, Neruda buscó la posibilidad de la vida (otros eligen desde su resentimiento, contra algo, o por sus intereses). Neruda siempre eligió --más allá del error o del acierto-- lo que creía vital frente a lo superado y decadente. Este punto es difícil de comprender para muchos que se permiten descalificarlo desde el "pensamiento supuestamente correcto" (que habría descalificado a Rimbaud, a Flaubert, a Borges y a casi toda la literatura, por un motivo o por otro). Siempre apasionan a los mediocres la moral y la corrección política. Como dijo Sartre, son las ratas que no pueden acercarse al león hasta cuando está muerto.

Neruda estaba convencido de que el materialismo capitalista era inviable e indigno de la espiritualidad humana. Creía en un socialismo universal, como lógica de justicia distributiva. En Rusia y hasta en Stalin vio --y no se desdijo-- una apertura violenta, un episodio de poder, pero no el destino de una humanidad también imperial. (Este aspecto de las creencias de Neruda lo escuché del común amigo, el gran poeta Ricardo Molinari, que comprendía estos matices tan sonoros de Neruda a pesar de detestar al comunismo.)

Me doy cuenta ahora del error juvenil de dejarme inhibir por aquel gran cardenal pagano. Neruda, como todo tímido, mantenía en reserva la expresión de una humanidad que, por suerte, prefería desplegar en sus poemas. Hasta su voz, desgarbada y monótona, parecía no querer quitarles espacio preferencial a la verdad o al verso que llevaba. Especialmente cuando recitaba sus poemas, suspendía todo énfasis o esos empujones tonales con que los poetas novatos tratan de disimular la modestia de la obra.

Como en todo gran escritor su fuerza estaba en el lenguaje, en la creación metafórica. Neruda fue baudelaireano en la inolvidable Residencia en la Tierra, épico en la Tercera Residencia y en su Canto General, y goetheano y pánico en sus odas.

Le interesaron la vida y la tierra. En el prólogo de su Tercera Residencia cree haber escapado de Rilke y de la metafísica de Buenos Aires, capitaneada por sus amigos del grupo de Victoria Ocampo. Pero estaba equivocado, había cumplido con la máxima ambición del Rilke esotérico, que era trascender hacia la tierra, celebrarla, como la inmediata expresión del Ser. Y coincidió en toda su obra con el Heidegger que escribió que el lenguaje es la Casa del Ser.

Neruda logró que el lenguaje fuera el Palacio del Ser.

Trece años después de aquella noche se encontraría con una muerte sórdida. Su agonía, en Santiago de Chile, coincidiría con el fin de una etapa de libertad. Días sombríos. Su cuerpo devorado por la enfermedad, su casa vejada por esbirros. Pero él ya no moraba en esas residencias. Su cuerpo y su casa ya no eran más que dos metáforas saqueadas. Poco después, aquella Rusia de su política poética se disolvió también. Se sumergió en la nada de los imperios, que no es muy distinta del anonadamiento de los hombres.

Nos despedimos en la puerta del Hôtel du Quai Voltaire. Neruda subiría y antes de acostarse contemplaría maravillado la magia espiralada del cuerno del narval que llevaría a la Isla Negra en la cabina del avión, como el tótem de algún jefe vikingo, como el cetro de mando que él mismo usaría si pudiera entronizarse como el príncipe pagano que era.