Blogia

MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


NÉSTOR KIRCHNER: NUESTRO VECINO PRESIDENTE

<hr><h2><u>NÉSTOR KIRCHNER: NUESTRO VECINO PRESIDENTE</h2></u>

Por Augusto Alvarado

A la memoria de Alberto “Cunfi” Quirós,
compañero y amigo


Néstor Carlos Kirchner Ostoic nació en Río Gallegos (Provincia de Santa Cruz, República Argentina) el 25 de febrero de 1950. Hijo de Néstor Carlos Kirchner, argentino, descendiente de alemanes y suizos y de María Ostoic, chilena de Punta Arenas, hija de inmigrantes croatas. Dicen algunos biógrafos que sus padres se conocieron mientras ejercían como telegrafistas en sus respectivos correos nacionales. Era don Néstor Kirchner padre una especie de Florentino Ariza (Gabriel García Márquez: “El amor en los tiempos del cólera”), que transmitía el amor a su amada a través del alfabeto Morse. Se ve que don Néstor padre ganó la pequeña batalla y logró llevar a su mujer a Río Gallegos. ¿Hubiera sido muy distinta la historia si se afincaban en Punta Arenas y Néstor hijo resultaba siendo chileno? Podemos intentar un ejercicio de adivinación.

El futuro presidente habría tenido 20 años cuando Salvador Allende asumió la presidencia de Chile en noviembre de 1970. Habría cursado sus estudios básicos y medios en escuelas públicas, tal como lo hizo en su país natal. Y no hubiera podido sustraerse a la atracción de la política en una provincia chilena, la de Magallanes, con una fuerte presencia socialista. Con toda seguridad habría leído a Francisco Coloane y Baldomero Lillo, a Manuel Rojas y Rubén Azócar. Y también miraría con ojos enamorados a alguna magallánica a la que recitaría los versos de Neruda: “Amo el amor de los marineros / que vienen y se van”…

Y nuestro vecino presidente habría tenido 23 años en septiembre de 1973, cuando fue derrocado Salvador Allende y miles de chilenos fueron exonerados de sus trabajos, prisioneros en recintos militares, torturados para después ser arrojados al exilio. Y Magallanes no fue la excepción. Habría conocido el Regimiento Pudeto y el Regimiento Cochrane, el Estadio Fiscal y el Palacio de la Risa (Centro de Torturas) para terminar, como cientos de nosotros, confinado en isla Dawson, en el centro del estrecho de Magallanes, entre Fuerte Bulnes y la Tierra del Fuego.

Pero doña María Ostoic cruzó la frontera y se radicó en Río Gallegos, donde vivía su esposo y allí nació su hijo Néstor Carlos, ya lo dijimos, el 25 de febrero de 1950, en pleno primer gobierno del General Perón. Tenía dos años cuando murió Evita y cinco cuando fue derrocado el presidente constitucional. Cursó sus estudios básicos y medios en escuelas públicas. Pudo haber leído, tal vez, al más grande cuentista chileno del siglo veinte: el chilote Francisco Coloane. Pero con toda seguridad leyó, como miles de otros jóvenes de una generación de argentinos, a Arturo Jauretche y Hernández Arregui, a Puigróss y Jorge Abelardo Ramos, a Leopoldo Marechal y Scalabrini Ortiz, maestros en la política, la literatura y la sociología, la historia y la economía. Había que encontrar las claves de una derrota y descubrir los caminos de una nueva victoria. Como no podía ser de otro modo, se hizo peronista, de la mano de su viejo maestro, don Mario Cepernic. Y esa Argentina que va del 73 al 76, pletórica de esperanzas y tragedias, lo encuentra estudiando derecho en La Plata y militando en la izquierda peronista. En 1975 contrajo matrimonio con la platense Cristina Fernández, compañera de estudios y de partido. Vivió la alegría del triunfo de Cámpora y la de una nueva presidencia de Perón. Sufrió la muerte del general y una nueva agonía del peronismo en el poder. Una vez más en su patria la restauración oligárquico-militar descargaba su odio contra el pueblo.

Vuelve al pago chico, a su patagonia, donde instala un estudio jurídico junto a su colega y compañera. Hay que reorganizar el movimiento, esperar mejores momentos. Se dice, aunque no está documentado, que en aquella época fue perseguido y encarcelado.
Después, a partir de 1983, el torbellino, las responsabilidades administrativas y políticas. A cargo de la Caja de Previsión Social de Santa Cruz pone orden en el caos y hace justicia con jubilados y pensionados. Luego, la Intendencia de Río Gallegos, feudo radical (en connivencia con los jefes militares). A continuación, tres períodos consecutivos a cargo de la gobernación provincial.

Cuando asume su primer gobierno la provincia estaba asolada por la crisis económica, altos niveles de desocupación y un elevado déficit en sus cuentas públicas. Informes actuales indican que Santa Cruz es la provincia con mejor distribución de la riqueza y menor índice de pobreza, sólo superada por la Ciudad de Buenos Aires.

Visitar Río Gallegos u otras zonas de la provincia de Santa Cruz (El Calafate, por ejemplo) mueve al asombro. No es necesario leer estadísticas. Basta observar el ritmo febril de la construcción, el enorme empuje de la obra pública (el Hospital de Río Gallegos, todo un ejemplo), el crecimiento en los niveles de consumo, la reactivación de Río Turbio, el mejoramiento de las carreteras existentes y nuevos planes de expansión vial en rutas interiores y hacia la frontera con Chile. Para no hablar del turismo (que no es sólo el Perito Moreno), actividad en expansión de la cual el Presidente es el principal y más entusiasta operador.

¿Cómo entender este “milagro” mientras Menem aplicaba a nivel nacional el más crudo modelo neoliberal durante la década de los noventa? En aras de la síntesis, sólo abordaremos algunos aspectos. Primero, una fuerte inyección de capitales provinciales en actividades productivas, lo que generó altos niveles de empleo y de consumo; segundo, una inteligente negociación política con el gobierno nacional para obtener regalías petroleras, la principal riqueza del territorio; tercero, un manejo eficiente y transparente del presupuesto provincial.

Y en estos días, cuando desde hace nueve meses es el presidente de todos los argentinos, está enfrentando el desafío más grande de toda su carrera política: las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional y con los acreedores privados de bonos por el valor de ¡60 mil millones de dólares! Ha apelado el presidente a la solidaridad continental (principalmente Brasil y Venezuela) y lo ha conseguido. Dice que no pactará acuerdos con los acreedores internacionales que impliquen más pobreza para los argentinos. Los gurúes del neoliberalismo enquistados en la prensa local vaticinan: no es posible gobernar al margen del mundo real (léase FMI, Grupo de los Siete, Wall Street); gobernadores, dirigentes políticos de “primera línea”, dirigentes sindicales, escatiman su respaldo; la “izquierda”, perdida en el tiempo y en el espacio, ya se pronunció: Kirchner es un presidente “burgués”.

Tenemos todo el derecho a pensar que podemos enfrentarnos a una nueva decepción. Pero también tenemos derecho a la esperanza. Desde la patagonia, donde se ha fundido por generaciones la sangre de argentinos y chilenos, hacemos fuerza para que nuestro vecino presidente encuentre el respaldo y la sabiduría necesarios para superar este duro momento y empecemos a consolidar, en conjunto, la grandeza de la Patria Grande.


EL TIGRE DE LA MEMORIA

<hr><h2><u>EL TIGRE DE LA MEMORIA</h2></u>

Poemas de Hugo Vera Miranda

nos habíamos amado tanto

no pienses que es fácil olvidarte,
pasarán los trenes, las lluvias, las estaciones,
llegarán los barcos repletos de turistas
y una gaviota quemará sus alas al sol.

pero por favor …

no pienses que es fácil olvidarte,
la vida habrá de cachetearme paso a paso,
el tiempo me cubrirá de arrugas
y en cuanto menos lo piense ¡saltará la liebre!
tendré una mujer, hijos, una casa de madera,
una caña enorme para atrapar peces diminutos,
una vida hecha, una posición respetable,
pero no pienses que es fácil olvidarte.

ya moribundo, sin curas, poses ni ceremonias
y de cuerpo presente al infinito
habré de pensar en ti,
habré de pensar
que nunca fue fácil olvidarte.

********************

marilyn 2004

entraremos al 2004 abrazados al telescopio gigante
que nos permitirá ver la estrella ignorada,
ya la fibra óptica preanunciaba el vertiginoso
desarrollo de las comunicaciones.

en milésimas de segundo podremos hablar con
tío robert que estará instalado en el infierno,
la realidad virtual nos ha de permitir conversar
con truman capote y jack kerouac en el paraíso.

todo a nuestro alcance y al momento,
todos en línea e interconectados, todos;
menos tu maldito teléfono que sigue ocupado,
siempre ocupado, mil años ocupado, extrañamente ocupado.

********************

ataque de pánico

es absolutamente lamentable que siga escribiendo
el mismo poema durante años y años que trata del
túnel, la asfixia, el abandono y la muerte.

¿es que no existe acaso la guerra, el huracán,
la peste y el irremediable crepitar del infierno?
no, nada de esto existe; sólo el túnel,
la asfixia, el abandono y la muerte.

********************

hubo una vez un hombre

hubo una vez un hombre
y en sus ojos palomas;
de sus zapatos cada agujero era testigo
del desdén de los caminos,
batalló con las mareas, los artefactos
y los hombres de su época.

él vive en cada borrachera
de pueblo cordillerano,
su mirada de cóndor vigila
el derrotero del sol,
hubo una vez un hombre; un hombre
que fue el Genio del Pueblo,
hubo una vez un pablo de rokha.

********************

De su libro "El tigre de la memoria" - Inédito


LAS BIBLIOTECAS PERDIDAS DE JORGE ABELARDO RAMOS

<hr><h2><u>LAS BIBLIOTECAS PERDIDAS DE JORGE ABELARDO RAMOS</h2></u>

Este año se cumplen diez de la desaparición física de Jorge Abelardo Ramos. El 15 de Noviembre de 1996 se realizó un acto en la Biblioteca Nacional en el que se le rindió homenaje póstumo con motivo de la donación de su biblioteca de Historia. En aquella oportunidad, entre otros oradores que recordaron al político y al pensador, su hija, la escritora y periodista Laura Ramos, leyó el siguiente texto. Lo reproduzco con emoción en "Mirando al Sur" como una manera de homenajear a ese gran argentino que, entre otras muchísimas cosas, nos enseñó a pensar como latinoamericanos.

******************************

Por Laura Ramos

Si me permiten, creo que mi papá se hubiera muerto de risa en este acto. Porque él, como el Scaramouche de Rafael Sabattini, "nació con el don de la risa, y con la sensación de que el mundo estaba chiflado. Y ese fue todo su patrimonio".

Me parece que mi padre se hubiera muerto de risa con toda esta pompa: él era capaz de hacer cosas brutales con los libros. Partía un libro para prestarle la mitad que ya había leído a un amigo; regalaba o tiraba bibliotecas enteras, cuando ya no le servían; polemizaba con los autores desde los márgenes, con una pluma azul y en su estilo furibundo y pasional, orlado de irónicos signos de admiración.

Quiero decir que él tenía una relación muy entrañable con los libros, casi doméstica. En una especie de principio zen creo que iba al fondo del asunto, que despojaba a los libros de cualquier categoría que lo apartara de una relación intrínsecamente utilitaria con ellos. Creo que formaba parte de cierto tipo de determinado desprecio que sentía por la intelligentzia y el saber académico que le hacía repetir el adagio de que él, en vez de ser un hombre de letras, había preferido escribir letras para los hombres. Y tenía bibliotecas enormes que se iban renovando todo el tiempo, un circuito de libros que compraba, regalaba y perdía; eran bibliotecas circulantes en las que sólo los clásicos permanecían.

Quería hablarles de esos clásicos. Allí permanecían Balzac, Dickens, el Rojo y Negro de Stendhal en una edición que él había traducido, Borges y "Los tres mosqueteros" (y también "Veinte años después" y "El vizconde Bragelone"). Y quería hablarle de los libros que me fue regalando desde que aprendí a leer. De "Los diez días que conmovieron al mundo" de John Reed, un libro sobre la revolución rusa bastante gordo para los nueve años de edad que yo tenía en ese momento. (Creo que lo decepcioné: me aburrió espantosamente y lo dejé por "Mujercitas".) Con el siguiente libro ya no se equivocó: fue "La escuela de las hadas" de Conrado Nalé Roxlo. Nunca mas volvió a equivocarse, excepto con los volúmenes de poesía de Vallejo, que me regaló varias veces. Él pobló mi infancia con héroes heroicos. Me decía que yo había sido amamantada con sopa de letras.

Y no era una metáfora. Casi. La idea del alimento bajo la forma de libros viene de cuando vivíamos en Montevideo, en un barrio hermoso llamado Malvín. Mi padre viajaba cada veinte o treinta días de Buenos Aires a Montevideo en el vapor de la carrera, con varias valijas cargadas de libros. Eran libros editados por él mismo o dados en consignación por un librero de la calle Corrientes llamado Hernández, un tipo sensacional al que mi hermano y yo debemos, por lo bajo, varios kilos de pan y fiambre alemán, miles de bananas y cajas de puré instantáneo.

De modo que mi padre traía estos cargamentos de montones de libros: sólo restaba venderlos. Hasta entonces, hasta ese momento en que termináramos de venderlos, debían esperar en algún sitio, pero nuestros padres no contaban con local para guardar esos libros temporariamente. Por entonces vivíamos en un departamento de dos ambientes, frente a la playa. Era un poco pequeño para nosotros, pero muy pronto los dos ambientes dejaron de ser un problema, porque empezaron a alzarse unas paredes divisorias hechas, imagínense, de libros. Así que teníamos el living y el comedor, y cuantas más valijas cargadas de libros llegaban, más bibliotecas, es decir, más dormitorios o estudios se fueron alzando.

Las bibliotecas habían sido instaladas por nuestros propios padres. Clavos en el piso, alambres anudados. Una noche volvimos a casa un poco tarde y nos encontramos con nuestro living, comedor y estudio convertidos en un loft: se había venido abajo una enorme biblioteca.

Muchos de esos libros que decoraban nuestro departamento mientras aguardaban para darnos de comer eran unos ejemplares de colores, muy finitos, de la colección Coyoacán que había fundado mi padre (había tomado el nombre de la casa de Trotsky en México.) Con mi hermano Víctor hacíamos juegos de memoria: uno citaba el nombre de un libro y el otro tenía que adivinar el color, el número de la colección y el autor. "La cuestión judía", decía él. Amarillo, 14, Juan Bautista Alberdi, arriesgaba yo. No, perdiste, es verde, 23, Carlos Marx, me decía él.
Fabi, nuestra mamá, los vendía a las distribuidoras, a las librerías y, en las épocas duras, también de puerta en puerta. Pero mi hermano y yo no tenemos malos recuerdos de esas épocas duras. Nos acordamos, más bien, de los fuegos artificiales que tirábamos en la playa, de las tertulias de música, poesía y cigarrillos, de la voz de nuestro padre cantando, para despertarnos, La Internacional.

Yo no sé por qué, pero quienes lo conocieron van a entenderme porque ésa era su cualidad, él nos hacía sentir que éramos los millonarios numero uno del barrio de Malvín. Y en realidad de eso era de lo que quería hablarles. Creo que mi padre tenía algunos rasgos de sus personajes favoritos de la literatura. La pasión, y la ambición, de Julián Sorel y de Luciano de Rubempré, el optimismo a toda prueba de Micabwer. Micabwer era un entrañable personaje de Dickens que siempre estaba a un paso de acometer una grandiosa empresa que lo sacaría definitivamente de la miseria y lo llevaría hasta la cima. Entretanto, gastaba a cuenta. A Micabwer y a mi papá, los acreedores los persiguieron toda la vida.

Sólo no tuvo deudas cuando era joven y vivía con Fabi en La Farnesina, un palacio italiano que cobijaba a los artistas argentinos en los años cincuenta; dormían allí mientras recorrían Roma en una motoneta con side-car. Pero las deudas comenzaron a morderle los pies al tiempo de las primeras luchas revolucionarias y la edición de periódicos, la impresión de libros y folletos y el alquiler de oficinas para los grupos políticos. Por entonces aparecieron los contratos apócrifos, los falsos garantes y los avenegras truhanes. Cierta vez unos acreedores contrataron a unos sujetos vestidos con frac y galera con el propósito de cobrarle una vieja cuenta. No fuimos a la prisión por deudas, como Micabwer, porque afortunadamente no vivíamos en el Londres del siglo XIX.

Como David Séchard, otro personaje, pero de Balzac, atesoraba la obsesión de tener una imprenta. Me acuerdo de varias imprentas que iba fundando, y fundiendo. Yo trabajé en todas: me enseñó a corregir pruebas a los doce años y me pagaba por pagina. Todavía me debe algunas.

Llegó a tener, con Fabi, la Librería del Mar Dulce, de la que Jauretche, su viejo amigo, era parroquiano asiduo. El negocio no era muy próspero, pero el cenáculo de amigos y camaradas se reunió en su estrecho corredor a charlar, fumar y tomar café casi todas las noches, hasta que la bomba de un grupo derechista incendió hasta el último libro.

Alquilaba locales para el partido con un entusiasmo irrefrenable y contagioso. Aquí vamos a hacer un palacio, decía, extendiendo los brazos sobre los caños rotos de un cuartucho húmedo y oscuro. Allí pondremos las máquinas más modernas, y señalaba el paso furtivo de un ratón por un agujero en el piso. Él tenía el poder de convertir las calabazas en carruajes cargados de joyas. Podemos tener este salón veneciano por un alquiler insignificante, decía.

Bueno, merced a esos alquileres insignificantes nos embargaron varias veces. Y así yo pude obtener muchísimo material para mis historias. También hubo persistentes emprendimientos agropecuarios, como la crianza de cerdos, un tambo y un corto período de soja. Ninguno resultó un éxito económico. Estoy orgullosa de esos resultados. Un éxito de ese orden sería políticamente sospechoso. "Tengo lo suficiente para vivir el resto de mis días. A condición de que me muera mañana mismo", citaba a Groucho Marx. Pero el no creía en la muerte. Él vivía como un joven inmortal. Era muchísimo mas joven que yo. Cuando tenía dinero era dispendioso como un rey, como un bandolero generoso. Nombraba al dinero, como Yrigoyen, "las patéticas miserabilidades". ¿Tenés patéticas?, me preguntaba en un susurro, llevando la mano a su bolsillo, cuando yo lo iba a ver en medio de una conferencia o una reunión política.

En simultáneo a las catástrofes económicas surgieron las grandes realizaciones: dirigió decenas de periódicos y revistas, fundó varios movimientos y partidos y editó a Manuel Ugarte y a muchos de los ensayistas latinoamericanos que no encontraban editor. Nunca dejó de hacer política. Mientras eludía a los señores de la galera viajaba por América Latina dando conferencias en las universidades, tuvo una columna en el diario "Democracia" que hizo temblar a los políticos de derechas e izquierdas, y, durante largos períodos, se dedicó a escribir y repensar la historia de América Latina. Su lucha continental fundó una corriente de pensamiento que hizo un sesgo en el marxismo y abarcó a toda la Patria Grande.

Cierta vez, cuando yo tenía 13 o 14 años, nos explicó a una amiga y a mí el proceso revolucionario por el cual el mundo marchaba inexorablemente hacia el socialismo. Desgranó diáfanamente los procesos de descomposición del capitalismo, del excedente y la planificación, el problema de las semicolonias, el proletariado y las clases medias, el arribo del gobierno popular con hegemonía obrera, la cibernética, el ocio creativo, la realización de la Utopía.

Era una historia tan simple y tan bella. Quiero decirles que él creía realmente en ella. Mi amiga y yo nos fuimos con estrellas y planetas girando alrededor de la cabeza.

En cierto modo el se reía de todo, y en algún sentido se reía de su condición de embajador, del protocolo y la fastuosidad. Una noche, en México, después de una recepción con unos diplomáticos muy clasistas, de espíritu pedestre, horteras, a los que escuchamos silenciosamente desplegar su estupidez, nos quedamos tentados de risa, nos quedamos riendo en el living de la embajada hasta las tres de la mañana. Con él podías reírte. Podías zambullirte en la risa y dejarla crecer. Al llegar a la embajada lo primero que hizo fue sacar los gobelinos ingleses de las paredes y llenarlas de tapices aztecas. Y nunca dejó de usar su poncho salteño.

Detestaba la TV, la estrechez de miras de la pequeño burguesía y ciertas convenciones burguesas. Él nadaba contra la corriente. "Contre la courant", así se llamaba un periódico trotskista europeo. Solía decir: si nací zurdo, judío, pelirrojo y usaba anteojos: ¿cómo no iba a ser trotskista?.

Creo que en una especie de exorcismo del lujo cuando volvió de México se fue a pasar el invierno a una tierra que tenía en Colonia, en un rancho de dos metros por dos con techo de chapa, primus y una luz eléctrica, que, como decía citando a un paisano, "es una comodidad".

Fabi, que ahora está con él en el cielo impío de los librepensadores, observaba que cuando mi padre describía alguna nueva idea encendía las luces de un gran teatro victorioso: sonaban las trompetas en una escenografía azul y oro, los bailarines surcaban el aire envueltos en capas luminosas; cuando él se retiraba de la escena las luces se apagaban, las trompetas comenzaban a desafinar y los bailarines se convertían en unos tipejos torpes y opacos.

Me parece que (citando a J.D.Salinger) desde que él se retiró definitivamente de la escena no conocí a nadie que pudiera encender las luces en su lugar.

Me gustaría despedirme como en los funerales de Nueva Orleáns, en los que los invitados se van caminando despacio, bailando, tocando melodías y cantando canciones. Creo que a mi viejo le gustaría una despedida así.

Laura Ramos


NUESTRO PEQUEÑO COPÉRNICO

<hr><h2><u>NUESTRO PEQUEÑO COPÉRNICO</h2></u>

Augusto Alvarado

Recuerdos de Charlie 47 (2)


Trabajaba en el observatorio astronómico de Cerro Sombrero, en Tierra del Fuego. Sentía verdadera pasión por los misterios del universo y la investigación espacial. Vino a parar al Pudeto junto a un grupo de enapinos, todos ellos fáciles de identificar porque vestían un saco largo de cuero negro. Era bajo de estatura, más bien pequeño, tenía una nariz ancha y aplastada, como de boxeador y ojos chiquitos y divertidos, como un simpático simio. Por eso le decíamos “el astro-mono”.
A diferencia de muchos de los presos, que trataban de disimular sus ideas políticas (hasta llegar a negarlas, en algunos casos), Pedro González Vera reafirmaba sus ideales cada vez que podía. Más de una vez me lo encontré en los lavatorios del baño, a la hora de la higiene matinal. Mientras la mayoría de nosotros sólo nos dábamos una manito de gato, un poco de agua por la cara para despabilarnos, González Vera se desnudaba el torso completo. Allí eran visibles las huellas de los castigos recibidos: hematomas por doquier, quemaduras de cigarrillos en el vientre. Entonces me miraba, y haciendo girar su dedo índice sobre su abdomen para mostrar los golpes me decía: “Por esto soy comunista, compañero”.
Sin duda esta obcecada fidelidad ideológica le trajo sus problemas, aún estando preso. Pero resultó beneficiosa para el conjunto de los detenidos. Cuando la primera delegación de la Cruz Roja Internacional visitó el gimnasio del Pudeto (entre otros lugares de detención de la región y del país) para corroborar lo que se estaba denunciando en todo el mundo, esto es, que los presos políticos estaban siendo brutalmente torturados por los militares, González Vera solicitó una audiencia privada con los funcionarios internacionales. Y en los baños del gimnasio desnudó su torso como siempre lo hacía y mostró las huellas de las vejaciones sobre su cuerpo.
Desde que ingresó detenido al regimiento, y para demostrarnos que no siempre vivía en la estratosfera, se propuso dos objetivos inmediatos: dictar una conferencia sobre la carrera espacial al conjunto de los detenidos y lograr que le trajeran al gimnasio un telescopio portátil de su propiedad para mostrarnos, por las noches, las maravillas del cielo magallánico, un verdadero regalo celestial en las noches despejadas. Obcecado como era, consiguió ambos objetivos. La charla resultó instructiva, entretenida e hilarante porque era evidente que tenía que hablar de la Unión Soviética en términos elogiosos. El oficial a cargo, al conceder la autorización, le advirtió que no toleraría ninguna mención de la dictadura comunista, que se las arreglara como pudiera, que a la primera trasgresión del acuerdo se terminaba la charla. Y así estuvimos, hora y media o dos, escuchando una conferencia pletórica de analogías, metáforas, frases sobreentendidas, dichas por un conferenciante que demostró un enorme ingenio para guardarse lo que seguramente hubiera querido gritar a los cuatro vientos: el triunfo, en la carrera espacial, del mundo del trabajo y el progreso comunista contra la decadencia capitalista.
La llegada del telescopio resultó ser otro acierto. Todas las noches, antes de dormir, salían del gimnasio hacia el polígono de tiro pequeños grupos de prisioneros detrás de Pedro González Vera. La belleza del universo, que siempre estuvo ahí pero no veíamos, aparecía en todo su esplendor en las lentes del telescopio del astro-mono. El Cinturón de Orión, la Cruz del Sur, Antares, Alfa y Beta de Centauro, pasaron a formar parte de nuestras conversaciones diarias y las jornadas empezaron a ser más llevaderas sabiendo que alguna de esas noches tendríamos la suerte de acompañar a González Vera hasta el polígono de tiro.
Hubo quienes organizaban coros, partidas de naipes, encuentros de fútbol o de básquet. Todos con la intención de aliviar la pesada carga de días de temor, confusión y horror. González Vera aportó lo suyo con simpatía y amor por la astronomía y la belleza del universo. Seguramente andará por ahí, todavía, diciendo: “Por esto soy comunista, compañero”. Un gran abrazo y un saludo fraterno para Pedro González Vera, nuestro pequeño Copérnico.

augusto alvarado


CON TEILLIER EN LA MEMORIA

<hr><h2><u>CON TEILLIER EN LA MEMORIA</h2></u>

Aristóteles España

Conocimos a Jorge Teillier en el verano de 1980. Junto a Luis Aravena (hoy radicado en Canadá) y el novelista Ramón Díaz Eterovic nos encaminamos al ya mítico bar La Unión Chica en Santiago y procedimos a esperarlo. Un par de semanas antes habíamos conocido a Rolando Cárdenas y a Francisco Coloane.
El autor de “Muertes y maravillas” y “El árbol de la memoria” llegó puntual al mediodía y nació allí una amistad que se prolongó hasta su fallecimiento en abril de 1996.
Dotado de un talento único era un especialista en cosas inútiles, como le gustaba denominarse.
Este mes se cumplen 8 años de su partida y la fuerza del mito a su persona y obra es cada día más grande.
Teillier retrató como nadie la soledad, los recuerdos de infancia, los pueblos perdidos, el lar de La Frontera, los trenes, los bosques, la lluvia, el poeta como sobreviviente de un paraíso perdido, el sur de Chile con todas sus características.
Fundador e ideólogo de la Poesía de los Lares, fundamenta su posición estética en el prólogo a su libro antológico editado en 1971 por editorial universitaria. El poeta había realizado una síntesis incorporando elementos de la tradición literaria nórdica y en la atmósfera que rodea la construcción de sus textos se advierte su admiración por Rilke, K:Hamsum, S. Lagerlof, Georg Tralk, Poe, Francis James, Miloz, Alain Fournier.
Ignacio Valente al analizar la poética teilleriana dice que “la poesía de los lares es una trasposición de mundos y universos eslavos y germánicos sobre la experiencia nativa del sur chileno”.
Jaime Valdivieso señala en su artículo “La otra realidad de Jorge Teillier” publicado por la revista “Trilce” de Concepción (Junio de 1997) que “algunos poemas de Jorge me recuerdan a los poetas chinos de la dinastía Tang, Li Po, Du Fu, Bo Juyi por la serenidad y autocomplacencia ante una realidad que se detiene y se vuelve poesía por el sólo ángulo desde la cual se contempla. Sus poemas han configurado una filosofía de la existencia, como en todo gran poeta, una manera de jerarquizar y transmitir valores sensoriales, espirituales y éticos que dan sentido y organizan la vida”
Con Jorge Teillier solíamos caminar por el centro de Santiago, recorrer librerías de libros usados y coleccionábamos primeras ediciones de Pezoa Véliz, Neruda, De Rocka, Huidobro, originales de Teófilo Cid, Samuel Donoso, Carlos De Rocka, Héctor Barreto y muchos más.
Buena parte de nuestro tiempo también lo dedicábamos a recorrer bares donde otrora se reunían intelectuales y artistas como el Isla de Pascua, el Cu cú, el Patito, el Parrón, La Fuente, el Nacional, y todos los sábados de los comienzos de los ochenta nos encontrábamos en las tertulias de la Editorial Nascimento, lugar presidido por Oreste Plath y donde coincidíamos a veces con Juan Cámeron, Nelly Cid, Martín Cerda, Stella Díaz Varín, Braulio Arenas, Alfonso Calderón, Gonzalo Rojas, Miguel Arteche., Enrique Lafourcade, Isabel Velasco, Yolanda Lagos, Floridor Pérez, Jaime Quezada.
Extrañamos su pasión por la poesía, la forma de relacionarse con sus mundos literarios y su compromiso con la palabra. Contemporáneo de Enrique Lihn, Efraín Barquero, su obra sigue creciendo con el tiempo, especialmente en las nuevas generaciones de poetas latinoamericanos quienes ven en él a un auténtico artista, comprometido con su tiempo y con la historia.


"COMO EL AVE SOLITARIA..."

<hr><h2><u>&quot;COMO EL AVE SOLITARIA...&quot;</h2></u>

Augusto Alvarado

Recuerdos de Charlie 47 (3)


“Era un mago del arpa. En los llanos de Colombia, no había fiesta sin él. Para que la fiesta fuese fiesta, Mesé Figueredo tenía que estar allí, con sus dedos bailanderos que alegraban los aires y alborotaban las piernas.
Una noche, en algún sendero perdido, lo asaltaron los ladrones. Iba Mesé Figueredo camino de una boda, a lomo de mula, en una mula él, en la otra el arpa, cuando unos ladrones se le echaron encima y lo molieron a golpes.
Al día siguiente, alguien lo encontró. Estaba tirado en el camino, un trapo sucio de barro y sangre, más muerto que vivo. Y entonces aquella piltrafa dijo, con un resto de voz:
-Se llevaron las mulas.
Y dijo:
-Y se llevaron el arpa.
Y tomó aliento y se rió, echando baba y sangre se rió:
-Pero no se llevaron la música”.

EDUARDO GALEANO – INÉDITO

A nosotros también nos asaltaron los ladrones en septiembre de 1973. Se llevaron las mulas, el arpa y nos molieron a golpes. Pero no se llevaron la música, ni la solidaridad, ni la esperanza…

Ya he hablado de Rubén Cárdenas y “La López Pereyra”, en Puerto Natales. En el Regimiento de Infantería Pudeto del Ejército, en Punta Arenas, había un dentista preso. No pude conservar su nombre pues estuvo poco tiempo con nosotros, aunque siempre lo recordaré por su tenacidad y entusiasmo por la música. Se propuso organizar un coro y andaba siempre por ahí, con su oído atento para encontrar las voces que necesitaba. Y en esos primeros días en el gimnasio, donde el miedo y la incertidumbre prevalecían sobre cualquier otro estado de ánimo, podían escucharse los ensayos del coro del dentista: “Bajo de un botón, tón tón / que encontró Martín, tín, tín / había un ratón, tón, tón / hay que chiquitín, tín, tín”. Canción simple y alegre que no sólo servía para mezclar las voces sino que, por sobre todas las cosas, nos ayudaba a formar parte de algo superior a nosotros y a nuestras pequeñas o grandes miserias y temores. Cuando nos sacaban al polígono de tiro a tomar aire el coro nos dejaba escuchar sus progresos: “Yo soy un pobre diablo / me siento muy cansado / cansado caminando tanto…”. O cuando algún compañero tenía la suerte de salir en libertad el coro cantaba, con alegría y tristeza: “Ya te vas / ve muy feliz / por allá recuérdame…”. También en el Pudeto era muy popular la canción “Libre”, que por esos días se había hecho muy conocida entre los jóvenes. Era un tema que cantaba el desaparecido Nino Bravo (“Piensa que la alambrada sólo es / un trozo de metal…”). Con toda seguridad se cantó la Nochebuena de 1973 en Dawson, en la velada artística donde recordamos con emoción, entre otras, las canciones de Orlando Letelier y Aniceto Rodríguez, ambos figuras destacadas del gobierno popular, ya fallecidos.

Y en isla Dawson los músicos de la esperanza aparecieron en todo su esplendor. Uno de ellos era Augusto Vera, dirigente de la Juventud Socialista que oficiaba de ayudante en la panadería del campamento Río Chico. Augusto amaba las canciones mexicanas y sin duda su tema preferido era “El Jinete”, ese inolvidable tema de José Alfredo Jiménez: “Por la lejana montaña / va cabalgando un jinete / vaga solito en el mundo / y va deseando la muerte. / Lleva en el pecho una herida, / va con su alma destrozada / quisiera perder la vida / y reunirse con su amada”. Había una canción que siempre le pedíamos para hacer enojar a Pedro Calisto, querido y entrañable compañero que ya no está con nosotros. Pedro tenía unas gruesas cejas y se molestaba cuando Augusto cantaba “La Malagueña” (de Pedro Galindo y Elpidio Ramírez): “¡Qué bonitos ojos tienes / debajo de esas dos cejas, / debajo de esas dos cejas, / qué bonitos ojos tienes! / Ellos me quieren mirar, /pero si tu no los dejas, / pero si tu no los dejas, / ni siquiera parpadear”.

Curiosamente la llamada “música comprometida”, pese a tener enorme vigencia en Chile en ese momento, no tuvo una presencia notable durante nuestro cautiverio. De Violeta Parra recuerdo que se cantaba uno de sus últimos temas, que compuso junto a Patricio Manns, “La exiliada del sur”: “Un ojo dejé en Los Lagos / por un descuido casual, / el otro quedó en Parral / en un boliche de tragos, / recuerdo que mucho estrago / de niña vio el alma mía, / miserias y alevosías / anudan mis pensamientos, / entre las aguas y el viento / me pierdo en la lejanía”. De Víctor Jara, pese a su variada y riquísima producción, recuerdo haber escuchado varias veces, a tal punto que se grabó a fuego en mi memoria, un clásico tema social caribeño de Rafael Hernández, que Jara incluyó en su cancionero, “Lamento borincano”, también conocido como “El jibarito”: “Sale loco de contento / con su cargamento / para la ciudad, sí, / para la ciudad. / Lleva, en su pensamiento / todo un mundo / lleno de felicidad, sí, / de felicidad. / Piensa remediar la situación / de su hogar que es toda su ilusión”. Y de Patricio Manns sin duda se cantó, y muchas veces, “El cautivo de Til-Til”: “Dicen que es Manuel su nombre / y que se lo llevan camino a Til-Til / que el gobernador no quiere / ver por la cañada su porte gentil / dicen que en la guerra fue / el mejor y en la ciudad / le llaman el Guerrillero de la Libertad”. Quienes con más calidad, dedicación y entusiasmo entonaban estas canciones, y muchas otras, eran Fernando Lanfranco, Víctor Salvo y Sergio Urrutia. Tras ellos, un grupo de admiradores coreaba las canciones y copiaba las letras para repartirlas entre todos los prisioneros.

Pero la vertiente principal de la música que se cantaba y escuchaba en Dawson provenía del Río de la Plata. Sería tal vez por la relación estructural e histórica de chilenos y argentinos en la zona austral; o por la importancia que tuvo el último festival folklórico de la patagonia, que se realizó en el invierno de 1973 con una gran presencia de músicos argentinos, o simplemente por el valor intrínseco de las canciones, lo cierto es que “Alfonsina y el mar”, de Ariel Ramírez y Félix Luna (“Por la blanda arena que lame el mar / tu pequeña huella no vuelve más / Un sendero solo de pena y silencio / llegó hasta el agua profunda. / Un sendero solo de penas mudas / llegó hasta la espuma”.); "Balderrama”, de Leguizamón y Castilla (“A orillitas del canal / cuando llega la mañana / sale cantando la noche / desde lo de Balderrama. / Adentro puro temblor / el bombo / con las bagualas / y se alborotan quemando / déle chispear las guitarras”); “Canción por todos” de César Isella o “Volver en vino”, de Horacio Guaraní, entre muchas, muchísimas otras, pasaron a formar parte desde entonces de nuestros recuerdos y momentos más sentidos.

Y había más, mucho más: el regionalismo de los porteños de Valparaíso (Rudecindo Valderrama, entre otros) que derramaba sus lagrimones cuando se escuchaba: “eres un arco iris de múltiples colores”; o el de los magallánicos: “te ha rodeado el cielo de hermosura sin igual”; o el de los yugoeslavos (perdón, me cuesta decir “croatas”) o sus descendientes con: “tamo daleko, daleko od krai morá”; o el de los chilotes: “dicen que no caben dos en un canasto, hagamos la prueba, con una de Castro”. Y por ahí, por la barraca Alfa, andaba Carlos González, querido “Grasa”, y su conjunto (¿Valderrama? ¿Pelao España?) cantando “Si usted piensa que cachaza es agua / cachaza no es agua, no”…

Y hasta nuestros carceleros, al observar nuestro entusiasmo por la música, trataron de incorporar a nuestro repertorio cuanto himno de regimiento o fuerza armada podíamos imaginar. Hasta “Lili Marlen” y “Los viejos estandartes”. Pero la memoria fue sabia y archivó esos sones marciales en zonas recónditas de la corteza cerebral en bien de la salud general de nuestro organismo.

En fin, nos molieron a palos y nos robaron las mulas y el arpa, pero no se llevaron la música, ni la esperanza, ni la solidaridad, ni mucho menos, como puede apreciarse, la memoria.

augusto alvarado
"


NATALINO... SIEMPRE

<hr><h2><u>NATALINO... SIEMPRE</h2></u>

Alejandro Ferrer Fernández

La máxima está entroncada en nuestros inicios, en nuestros fundamentos: los celtíberos -abuelos paternos- adoraban el villorrio, el lugar, el río, el viejo castaño, la piedra propia, el polvo de sus caminos, y se jugaban la vida en su defensa. De ahí nació el sentido del honor, de la dignidad, del estoicismo.

Poco antes de echarse a dormir, mi hermano Fernando, otro empedernido natalino. escribió: “No nos dejes, Señor, que en tentación caigamos/ de abandonar la tierra que los viejos nos legaron”. Sin embargo, lector, a veces no tenemos alternativa: o partimos o nos parten.

Así las cosas, de pronto nos vemos lanzados a la conquista de esa línea mítica llamada horizonte, a la cual suelen avecinarse los pájaros en alguna brisa que reconocemos como propia. Nuestro recorrido hacia el nuevo destino no deja de ser una ruta de aprendizaje, aunque también de desilusión. Y es que la realidad, implacable, desmorona la imaginación, los cuentos, las descripciones de viajeros, las ideas preconcebidas, las noticias de anacrónicos juglares.

Las mega-ciudades no son como creemos, estimados coterráneos.

Luego de cinco minutos de deslumbramiento descubrimos, por ejemplo, que Santiago de la Nueva Extremadura, es simplemente...Santiago; una ciudad sin historia; acaso, la más anodina de las capitales de América Latina. Para mí, taiwanesca, cubierta de humos negros y putos barrios altos. Como será que hasta la Cordillera de los Andes prefirió desaparecer envuelta en “smog” para no ser cómplice de tanta modernidad neoliberal.

No se piense que la cosa mejora un poco más arriba. Lima, que aún huele a Virreinato y a barroco de Indias, ha encontrado en el siglo XX su peor enemigo: la inestabilidad política, el fujimoriato y un tal Montecinos han hecho lo posible por descaderar a la mismísima flor de la canela. Ya en el norte, en México, la Gran Tenochtitlan yace boca abajo y sobre ella un fauno gigantesco de 30 millones ha dado cuenta de sus islas artificiales -“chinampas”- y de sus jardines flotantes. Hoy, el Templo Mayor, Chapultepec, Xochimilco o Coyoacan dan la última guerra florida antes del ritual sacrificio. Por último, en Chicago, lugar de destino final, los héroes del Primero de Mayo permanecen en el más completo olvido y en los callejones los fantasmas en pena de los gangsters de verdad palidecen ante la violencia absurda de pandilleros de peso menor.

Mientras tanto, los rascacielos deshumanizados proliferan como esas callampitas pluviales de los campos magallánicos. Ante tamaña desilusión, necesariamente surge la nostalgia, que es enfermedad de viajeros, y con ella la comparación. Pero no una comparación material, sino espiritual. (recién ahora respondo lo que siente un natalino fuera de Natales). Desde esa perspectiva, el pueblito querido, el nido, el lugar de los recuerdos, crece y crece hasta transformarse en el terruño indispensable. Puerto Natales pasa así a ser un lugar mítico, idealizado; de buenos recuerdos, de infancias, de primeros amores...

Y claro, no queremos recordar el otro Natales; el de las tristezas, el de los rigores y de las pérdidas...aquel que, por ejemplo, vio morirse de pena a mi padre. El anciano madrileño, querido padre mío, que creía ver en cada niño del pueblo el rostro de sus nietos. No. Para amarguras ya tenemos suficiente con la sociedad. Preferimos el Natales que “cauteloso engaña mis sentidos” como diría Sor Juana Inés de la Cruz. El jovial, de sobrenombres y locuras; de solidaridad y amistades perpetuas. Un Natales único, con un tren-meadero como monumento en plena plaza; lugar propio de la literatura mágica, donde los árboles en lugar de estar cargados de frutas están cargados de niños en plenos ritos de iniciación. El pueblo donde todos reconocen y adoran la belleza que nos rodea, aunque pocos o nadie seamos capaces de identificar las montañas por su nombre. En definitiva, el lugar amado.

Así vemos Natales a la distancia.

Hermoso, todo mío, sin cementerios ni penas; y como buen natalino, sin aceptar críticas de “fuereños” convencidos de que el pueblito es mil veces mejor que cualquier ciudad del mundo (dijo el picado).

Y así continuará siendo hasta que un día la vida nos traicione y la Muerte, con el as de espadas cortándole los dedos, nos grite: ¡Quiero vale cuatro, canijo!

Ese infausto día, que ojalá no llegue tan pronto, la miraremos de frente y con una sonrisa nos iremos a la baraja...


¿PATRIA CHICA A PATRIA GRANDE?

<hr><h2><u>¿PATRIA CHICA A PATRIA GRANDE?</h2></u>

Augusto Alvarado

a Andrés Solíz Rada

Cuando en la madrugada del dos de abril de 1982, con un operativo conjunto de sus fuerzas armadas, la Argentina recobró la soberanía sobre sus islas Malvinas, un sentimiento de fervor y esperanza se esparció por los cuatro puntos cardinales de la patria de San Martín. Y no sólo allí. En Perú y Bolivia, en Ecuador y Venezuela, en Centroamérica y en México, los pueblos y algunos gobiernos se expresaron inequívocamente en apoyo a la causa argentina.
Vivían entonces en la Argentina miles y miles de latinoamericanos, muchos de ellos en situación ilegal. La dictadura militar antinacional de Videla y sucesores no había sido generosa con los inmigrantes de los países hermanos, como no podía ser de otra manera, tratándose de un régimen pro oligárquico y antipopular. Deportaciones masivas, interminables exigencias burocráticas para obtener la residencia legal y definitiva, cuando no la persecución y asesinato de aquellos más comprometidos en la lucha política, en un programa represivo coordinado con otras dictaduras de la región (“Plan Cóndor”).
Entre estos residentes eran mayoría los paraguayos, bolivianos, uruguayos, chilenos y peruanos, muchos de ellos en situación ilegal o con residencias precarias. Pero el sentimiento de solidaridad y, por qué no, el de agradecimiento al país que pese a todo los cobijaba, y donde habían nacido hijos y nietos, generó en ellos la necesidad de expresarse orgánicamente en respaldo a la causa argentina y en contra del imperialismo británico. Así nació en Buenos Aires una Coordinadora de Residentes Latinoamericanos que en esos meses de angustia y esperanza emitió declaraciones, participó en marchas multitudinarias, organizó festivales artísticos y, lo más importante, promovió la inscripción masiva de sus adherentes en los registros de voluntarios para combatir en Malvinas, si fuese necesario. Desgraciadamente este nuevo ejército sanmartiniano nunca llegó a constituirse (ya nos veíamos marchando por la turba malvinense, con banderas de todos nuestros países, y “a paso de vencedores”).
Era de rigor que la Coordinadora naciera con una “Declaración de Principios”, para lo cual se designó una comisión que redactaría un documento inicial. En poco más de dos carillas se condensó la historia de la Patria Grande de la Malinche a Galtieri, pasando por Tupac Amaru, la lucha contra los españoles, Bolívar, San Martín, Sandino, Martí, las venas abiertas de América Latina, hasta llegar a Malvinas y el desafío de la unidad continental. Una belleza de síntesis.
Pero los problemas comenzaron cuando uno de los redactores incorporó en el texto la cuestión marítima boliviana como uno de los problemas irresueltos por la diplomacia latinoamericana, y que en el nuevo contexto de efervescencia continental debería comenzar a discutirse. Esa salida al mar debía ser en el Pacífico y por la antigua provincia boliviana de Antofagasta. (Como dicen ahora la canciller Alvear y el presidente Lagos, el hombre incorporó una discusión “bilateral” en un ámbito “multilateral”. Y ahí se estropeó todo, como veremos más adelante).
Se leyó la declaración, para su aprobación, ante una numerosa asamblea. Todo el mundo maravillado, sin objeciones, acuerdo por unanimidad con vítores y aplausos. Se repartían copias para hacerlas llegar a los medios de comunicación y los delegados comenzaban a levantarse de sus asientos cuando desde el fondo alguien pide la palabra. Era un hombre sencillo, de baja estatura, que dijo ser dirigente del Centro Chileno tal, y que representaba a numerosas agrupaciones de chilenos del interior de la Argentina, todos con personería jurídica, aclara. Dice que su organización ni ninguna otra agrupación firmarán un documento donde se avale otorgar una salida al mar para Bolivia que pase por territorio chileno. Que él y sus compañeros manifestaban su protesta, que se retiraban indignados y que se comunicarían de inmediato con todos los centros chilenos existentes en la Argentina para abandonar la Coordinadora mientras en la Declaración de Principios se mantuviera la reivindicación marítima boliviana.
Sorpresa, estupefacción en la asamblea. Intento expresar una opinión divergente a la de mi compatriota, quiero decir que Malvinas es lo más importante, que no vale la pena… cuando soy violentamente increpado por otro chileno. Me dice que no tengo derecho a hablar, primero “porque no represento a nadie” y segundo “porque soy un traidor a la patria”. En segundos paso a ser un “don nadie” y más encima “antipatriota”. Se cita a una nueva asamblea para dentro de 48 horas.
A los dos días el hombre aparece con telegramas de apoyo a su posición de aquellas provincias de la Argentina con mayor presencia de chilenos: Santa Cruz, Chubut, Neuquén, Mendoza, Salta, algunas localidades de la provincia de Buenos Aires, Bahía Blanca y Mar del Plata. “-Este tipo es un agente del consulado chileno, un espía de Pinochet o un provocador-, pienso”.
Impasse. La comisión redactora se reúne en secreto. Sale humo blanco a los pocos minutos. Se mantiene la mención a la salida al mar de Bolivia como una reivindicación justa, pero nada se dice sobre la responsabilidad histórica de Chile en la solución del problema ni mucho menos a que necesariamente dicha salida debía ser por territorio soberano de Chile.
Con el tiempo comprendí que mi compatriota no era agente del consulado, ni provocador, ni pinochetista (de hecho era un simpatizante comunista). Era un chileno común, uno más de ese casi setenta por ciento (y tal vez nos quedamos cortos) que, según encuestas actuales, cree que Chile no debe ceder territorio soberano para que Bolivia acceda a una salida al mar por el Pacífico. Un hombre intelectualmente colonizado, alimentado en la autosuficiencia y el desprecio desde la cuna, el colegio, el púlpito, la milicia, la literatura, la militancia política. Un chileno hecho y derecho que no se rinde, mierda. El ciudadano que se estremecía escuchando por la radio los episodios heroicos de “Adiós al Séptimo de Línea”. El hombre para el cual todos los argentinos son “maricones” porque se rindieron en Malvinas. En fin, el tipo de ciudadano que necesita Ricardo Lagos para justificar su postura autoritaria e indiferente frente a las demandas bolivianas. No vaya a ser cosa que por ser generosos con Bolivia la “concertación democrática” pierda las elecciones presidenciales del 2005.
No nos engañemos. No es la sólo la “derecha” chilena y los milicos. No es sólo la oligarquía y los fascistas. Es la plebe, el roto, la dueña de casa, el trabajador común, que han sido modelados intelectualmente durante más de un siglo de fino trabajo de colonización pedagógica por las clases dominantes chilenas. “En Chile no llora nadie / porque hay puros corazones”.
Chile, desde Pinochet hasta hoy, es el niño mimado de la Casa Blanca, no sólo por sus “éxitos económicos” (no es casual que haya sido el primer país de Sudamérica en establecer un Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos). También lo es desde el punto de vista político. Para Bush, Chile es también un importante aliado. Cuando con intermitencias, idas y venidas, el continente vislumbra el camino de la unidad, dignidad y soberanía (Venezuela, Cuba, Argentina, Brasil, ¿Bolivia?) Chile se ha transformado en un verdadero “ariete de la balcanización” como ha escrito de modo brillante José Steinsleger en “La Jornada”, de México, el 22 de junio de 2003: “Con la firma del tratado de ‘libre comercio’ (TLC) con Estados Unidos (Miami, 6 de junio de 2003), Chile convalidó, finalmente, el modelo a seguir en América del Sur y el papel divisionista que las oligarquías del país andino jugaron en la subregión desde la expulsión de Bernardo O'Higgins del poder (1823)”.
Ahora bien, ¿se necesitará un siglo o más para revertir este verdadero trabajo de joyería ideológica de la oligarquía chilena? ¿Seguiremos siendo los chilenos los arietes de la fragmentación? Indudablemente no. La historia es sabia y en determinados momentos nos ofrece la posibilidad de aprender (o desaprender) en poco tiempo lo que le ha costado siglos de trabajo consolidar. Son los momentos revolucionarios en que los pueblos y sus líderes conmueven al mundo. Fue lo que ocurrió en Chile entre 1970 y 1973 bajo la presidencia de Salvador Allende. Relata Andrés Solíz Rada (“Allende, el presidente solitario”) que el escritor Néstor Taboada Terán visitó al presidente chileno en los primeros días de su mandato. Allí Allende le manifestó que “Bolivia retornaría soberana a las costas del mar Pacífico”, para luego añadir que “los escritores y todos los hombres de buena voluntad deben venir a Chile y explicar sus anhelos, discutir, crear las condiciones subjetivas en el pueblo para llegar al feliz entendimiento. Ahora no somos gobierno de la oligarquía minoritaria, somos el pueblo. No nos guían intereses de clase dominante. No les pedimos nada, queremos solamente reparar el despojo cruel del que ha sido víctima el pueblo boliviano” (páginas 63 y 64 del libro “La Decapitación de los Héroes” del autor citado).
No es casualidad que el verdadero presidente socialista se haya manifestado de ese modo frente al aislamiento boliviano. Allende era fundador y también heredero del mejor pensamiento latinoamericano del Partido Socialista de Chile, que nace a la vida política en 1933 de la mano de Marmaduque Grove (inspirador de la República Socialista de 1932), Erich Schnake y Eugenio Matte Hurtado e influenciado fuertemente por las ideas de Haya de la Torre y el APRA. La bandera del partido se engalanaba con un mapa de la América Latina donde se destacaba en su centro un hacha de guerra mapuche.
Poco y nada queda de ese socialismo. ¡Cómo no pensar hoy en Raúl Ampuero, Clodomiro Almeyda y Aniceto Rodríguez! Sin embargo reconforta saber que el Jefe del Partido Socialista, Gonzalo Martner; el Ministro de Educación, Sergio Bitar; el Alcalde de Iquique, Jorge Soria y el diputado penquista Alejandro Navarro reivindican en estos duros momentos lo mejor de la tradición socialista y se unen en la historia a Gabriela Mistral y Vicente Huidobro, a Domingo Santa María y Aquiles Vergara Vicuña, a Enrique Zorrilla y Oscar Pinochet de la Barra. Y cómo no mencionar a los maestros Pedro Godoy y Leonardo Jeffs, que hace más de cuarenta años, desde la cátedra y el periodismo han mantenido enhiestas, contra viento y marea, las banderas de la Patria Grande y defendido la justa causa boliviana de su propio mar. Y cómo no alegrarse, también, al comprobar que Armando Uribe y Belarmino Elgueta continúan difundiendo, con su pluma certera, el mejor pensamiento socialista para Chile y el continente.
Con el comandante Chávez, Salvador Allende y Jorge Abelardo Ramos, con Alberto Guerberof y Manuel Ugarte, con Fidel y el Ché quisiera sumergirme en las gélidas aguas del Pacífico en un mar boliviano y bolivariano. Así nadaremos a favor de la corriente de la Historia.