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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


ARTURO JAURETCHE

<hr><h2><u>ARTURO JAURETCHE</h2></u>

25 de mayo: Al "troesma" con cariño


Por Roberto Bardini
Bambú Press


"Los argentinos apenas si tendremos para pagarnos la comida de todos los días. Y cuando las industrias se liquiden y comience la desocupación, entonces habrá muchos que no tendrán ni para pagarse esa comida. Será el momento de la crisis deliberada y conscientemente provocada (...) No habrá entonces más remedio que contraer nuevas deudas e hipotecar definitivamente nuestro porvenir. Llegará entonces el momento de afrontar las dificultades mediante la enajenación de nuestros propios bienes, como los ferrocarriles, la flota mercante o las usinas".

Las líneas anteriores pertenecen a El Plan Prebisch - Retorno al coloniaje, libro publicado en 1955, justamente cuando Argentina inició su relación con el Fondo Monetario Internacional. Esa prosa de trinchera -que parece redactada ayer nomás- pertenece a un “profeta cascarrabias” llamado Arturo Jauretche.

Abogado, ensayista y político, Jauretche nació en Lincoln, provincia de Buenos Aires, en 1901. En su juventud militó en el Partido Conservador pero después se enroló en las filas del sector radical encabezado por Hipólito Yrigoyen. En las luchas internas del radicalismo se opuso a la dirección aristocratizante de Marcelo Torcuato de Alvear.

Don Arturo no era hombre de academia o recintos universitarios, a pesar de su sorprendente cultura y su poblada biblioteca. Era un apasionado, un visceral que pasaba de la reflexión a la acción. En 1930 participó en las escaramuzas callejeras contra los regímenes conservadores de los generales José Félix Uriburu y Agustín P. Justo. En diciembre de 1933, empuñó un fusil y se destacó en los levantamientos armados radicales de San Joaquín y Paso de los Libres (Corrientes), donde fue capturado y enviado a prisión.

Junto con Raúl Scalabrini Ortiz, Gabriel del Mazo, Luis Dellepiane y otros, creó en los años 30 la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), que tenía su cuartel general en un sótano de Lavalle al 1700. Desde ahí continuó su lucha contra la conducción oficial de la Unión Cívica Radical, entonces dominada por el “alvearismo”.

A partir del 17 de octubre de 1945, Jauretche adhirió a los principios del naciente movimiento peronista. Algunos burócratas recién llegados al poder, temerosos de su energía, lo nombraron “funcionario”. Nada menos que a él, que era un político de raza y no soportaba ni escritorios ni oficinas. Así, desde 1946 hasta 1951 fue presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires. Después, optó por automarginarse y se convirtió en un sereno crítico de la segunda etapa del peronismo.

Sin embargo, luego del golpe militar del 16 septiembre de 1955, Jauretche volvió a la lucha política “en defensa de los diez años de gobierno popular”. Y durante la siguiente década denunció a casi todos los gobiernos y ministros de economía que continuaron con la “labor” de Prebisch, empezando por el insólito capitán-ingeniero Álvaro Alsogaray. Seguramente don Arturo tuvo fallas pero nunca se equivocó a la hora de señalar quiénes eran los verdugos internos de los argentinos.

En 1967, invitado a un programa periodístico de Canal 7, uno de esos “funcionarios” lo hizo enojar. Jauretche, que tenía 66 años de edad, desenfundó su pequeño facón de comer asados y lo corrió por todo el estudio.

El “viejo del cuchillo” es autor de El paso de los libres (1934), El plan Prebisch - Retorno al coloniaje (1955), Los profetas del odio (1957), Ejército y política (1958), Política nacional y revisionismo histórico (1959), Prosa de hacha y tiza (1960), FORJA y la década infame (1962), Filo, contrafilo y punta (1964), El medio pelo en la sociedad argentina (1966), Manual de zonceras argentinas (1968), Mano a mano entre nosotros (1969), De memoria - Pantalones cortos (1972).

Se le ocurrió morirse el 25 de mayo de 1974, a los 73 años. Algunos afirman que ya estaba viejito. Yo digo que el muy zorro era un visionario y sabía lo que se le venía encima al país. Y, claro, ya no tenía fuerzas para empuñar un fusil como en 1933. O un cuchillo, aunque fuera el de cortar una tira de carne asada. La agencia Noticias Argentinas aseguró: “Con Arturo Jauretche muere toda una época de la política argentina, casi a caballo entre dos siglos. Una época de apasionamiento tributaria del debate personal, la quijotada y el ardoroso libelo”.

Cómo no extrañarlo en estos tiempos de infamia, traición y desmemoria.

© Roberto Bardini
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ROQUE DALTON: VUELTA DE TUERCA

<hr><h2><u>ROQUE DALTON: VUELTA DE TUERCA</h2></u>

Por José Steinsleger
La Jornada
- 18 de Mayo de 2005

Si los asesinos del poeta salvadoreño Roque Dalton (10 de mayo de 1975) hubiesen sido hombres "de izquierda", el suicidio o el monasterio eran su destino. Pero en el libro autobiográfico Crónica entre los espejos (2003), Eduardo Sancho (ex comandante Germán Cienfuegos) dice que el crimen fue un "error", exculpando a quien dio la orden de fusilamiento: Joaquín Villalobos.

En una entrevista concedida en mayo de 2003, el periodista Juan José Dalton, hijo de Roque, dice: "... ¿qué clase de gente es ésa?; ¿qué les ha pasado?; ¿qué ética se mueve en El Salvador?... aquí se hace un homenaje al que mandó matar a monseñor Romero, se le rinde tributo a quienes asesinaron a los jesuitas y se mantiene en la impunidad a los que mataron al poeta más destacado de este país".

Ambas situaciones responden a un drama que puede ser desdoblado: primero, que la derecha de la izquierda (la hay) asesinó a una piedra angular de la poesía latinoamericana y, segundo, que la izquierda de la derecha (de moda) no rinde homenaje a hombres como Roque Dalton.

Entre los aspectos más desquiciantes de la izquierda figura la idea de que el hábito hace al monje. La anarquista Fanny Kaplan intentó matar a Lenin en 1918. Años después, Stalin adoptó una política de derecha que pasó por izquierda. Incluyendo a los renegados, la dirección sandinista fue corrupta. ¿El pueblo de Sandino también?

"¡Cuídate, España, de tu propia España!/ ¡Cuídate de la hoz sin el martillo, cuídate del martillo sin la hoz!" Así murió Roque Dalton, disidente por izquierda del partido comunista salvadoreño, autor de un notable ensayo sobre César Vallejo (1963) y muerto por no cuidarse de "los leales ciento por ciento" (Vallejo, España, aparta de mí este cáliz, XIV). Desatinos del subdesarrollo político que tuvo elocuencia impar con el "apoyo crítico" del partido comunista argentino al régimen genocida de los militares (1976-83).

Ante conductas que la izquierda revolucionaria suele calificar de "errores", la derecha saca partido. A Villalobos, por ejemplo, lo premia con becas, consultorías, tribuna y espacio en medios de comunicación. Tampoco falta el aderezo literario de los izquierdistas "modernos". Profilácticamente ("yo, que estuve ahí") preguntan qué es izquierda, qué es derecha. Si hay talento, el imperio y las editoriales de la corona española, agradecidos. Si no, da igual.

Los puentes entre la non-fiction-novel y la realidad son fantásticos. En la novela póstuma Pobrecito poeta que era yo (1986), Roque cuenta que en 1965 recibió en San Salvador varias visitas de un agente gringo de la CIA: "... de inmediato se notaba que ese hombre había tomado posesión de mi suerte y destino y desde su primera aparición trató de subrayarme esta impresión".

El agente le dice que puede meterlo preso. "Tú sabes cómo son los militares. Yo he venido a darte una salida conveniente y útil para todos." Mostrándole su pasaporte, que Roque había perdido en La Habana, el agente le mostró la capacidad y alcance de la CIA. "Tú puedes ayudarnos a evitar la violencia comunista... Tú decides vivir como un escritor, como un estudioso, no como un delincuente... Si te niegas nosotros le haremos saber a tu partido, por medio de la gente que tenemos dentro, que toda esta información nos la diste tú... No vas a quedar como un héroe, sino como un traidor".

La firmeza ideológica hizo que Roque se negase a semejante propuesta. Pero le contó la historia a un amigo íntimo. Diez años después, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) asesinó al poeta y hasta hoy no existe un informe serio de los hechos. "Pragmático", Sancho ha sugerido que "por salud mental" hay que ir olvidándose de quién mató a Dalton. Por su lado, Villalobos ha brindado distintas versiones, aunque observando que la CIA no tenía tal penetración en el ERP. El 1º de febrero de 1992, al iniciarse el cese de fuego en El Salvador, primera de la ceremonias ante la sociedad del martirizado país centroamericano, Joaquín Villalobos habló en nombre del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN):

"Los salvadoreños somos excepcionales y hemos pasado bien la más dura prueba de nuestra historia. Dalton, en su Poema de amor, describe muy bien a los salvadoreños como 'los hacelotodo, los comelotodo, los vendelotodo'. Lancémonos a trabajar por el futuro para dejar de 'ser los tristes más tristes del mundo' y comenzar a vivir con felicidad la paz."

En 1998, el converso declaró: "Consolidarme profesionalmente en función de mi familia, ése es mi objetivo fundamental". ("Un guerrillero en Oxford", El País, 13/12/98). Antes había prestado servicios de contrainsurgencia en Chiapas y hoy asesora a los paramilitares del narcopresidente colombiano Alvaro Uribe, a más de escribir a menudo contra Cuba y Venezuela.

El estilo de vida que el agente de la CIA ofreció a Roque Dalton es el que hoy ostenta su asesino. En cambio, el espíritu del poeta, liberado ya de su cuerpo arrojado a los perros y los buitres, impregna de conciencia y guía con sus letras la dignidad del pueblo salvadoreño
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LA REVOLUCIÓN DE MAYO Y LA LIBERTAD DE MERCADO

<hr><h2><u>LA REVOLUCIÓN DE MAYO Y LA LIBERTAD DE MERCADO</h2></u>

Por Alberto Guerberof
Causa Popular


Muchas generaciones de argentinos fueron educadas en el concepto de que la Revolución de Mayo y sus notables se propusieron dos objetivos: la independencia de España y el comercio libre. Esta interpretación se asociaba a otra: los revolucionarios de Mayo actuaron bajo la doble influencia de las ideas políticas de la revolución francesa y del liberalismo económico inglés. Y una tercera: en Mayo nace, de alguna manera, la República Argentina.

Nada más alejado de la realidad. Los acontecimientos del 25 de Mayo de 1810 en Buenos Aires fueron parte indisociable del levantamiento nacional revolucionario de España y América, desencadenado por la invasión napoleónica a la península y la capitulación de la monarquía borbónica. Como es sabido, el absolutismo, con el retorno de Fernando VII, triunfó en España y fue derrotado en América, la que entonces marchó a la independencia. Es decir, que la Revolución de Mayo fue una revolución hispanoamericana y no el eco tardío en el Río de la Plata de afiebradas lecturas de Rousseau y Adam Smith. Su propósito fue construir una nación, con España o sin ella. Gracias a ese intento nacimos a la existencia histórica.

Tampoco Mariano Moreno y Manuel Belgrano perseguían el establecimiento del comercio libre, o sea lo que hoy llamaríamos la “libertad de mercados”, que no es otra cosa que el librecambio propagado por el imperio británico en su afán por imponer su hegemonía mundial. Una de las primeras globalizaciones, diríamos hoy, respaldada por libros sesudos, hábiles diplomáticos y una poderosa flota. Para los historiadores liberales, a la manera de algunos “comunicadores” de nuestros días, nada podía hacerse sin ingresar como apéndice dependiente al globalismo británico. Pero los autores del 25 de Mayo no pensaron así.

Aquellas ardientes jornadas se expresaron en un gran programa. Fue el Plan de operaciones de Mariano Moreno, inspirado en parte por Belgrano. Se trata de un notable proyecto, ocultado y negado durante muchos años, que propone desplegar una política de inconfundible nacionalismo revolucionario de índole americano. Moreno sostiene en el Plan la necesidad de extender la Revolución por toda América y advierte de los peligros de la incidencia británica en el proceso emancipador. Pero el Plan sorprende por su audacia y por la actualidad de las medidas económico-sociales. Entre otras: expropiación de las grandes fortunas improductivas, monopolio del comercio exterior, control de cambios y del tráfico de oro, monopolio estatal de la minería, fomento de la educación técnica, la navegación y la agricultura.

Lejos de propiciar la reducción del Estado, Moreno se manifiesta favorable a un franco intervencionismo estatal para compensar la debilidad de las fuerzas económicas nacionales de la época. ¡Propone un Estado banquero, empresario e industrial! Para desgracia de los apologistas liberales de Moreno, que lo presentan como un inofensivo abogado deslumbrado por las luces de Europa, y de algunos críticos del revisionismo que vieron en él a un “agente inglés”, las ideas y el programa de Moreno anticipan más bien una concepción adoptada por la generación de la Independencia, los caudillos federales que le siguieron y los movimientos nacionales de este siglo.

De donde no es osado afirmar que Moreno se encuentra más cerca de Jauretche y Scalabrini Ortiz que de Adam Smith, y que la Revolución de Mayo con ese programa no recibiría sin duda la aprobación de los “mercados” ni del FMI. Sin embargo, sus hombres desafiaron al globalismo de entonces encarnado por el vetusto colonialismo español e intentaron enfrentar al pérfido y arrollador colonialismo inglés que se propuso ocupar su lugar. Es cierto que el gran proyecto de Moreno, San Martín, Bolívar, Artigas, de hacer de Iberoamérica una sola y gran nación se frustró. Pero plantaron bandera. No se rindieron, no se sometieron a “relaciones carnales”, propusieron defender las riquezas propias, rechazar la invasión de chatarra foránea y los consejos de banqueros globalizantes. Cuando la Revolución y la Independencia en la unidad no pudieron ser, sonó la hora de los Rivadavia, de los Mitre, de los comerciantes ingleses y de la oligarquía portuaria. Pero se había abierto un camino que otros patriotas -Rosas, Yrigoyen, Perón- retomarían una y otra vez. ¿Cuándo será la próxima?


LAS DEBILIDADES DEL MERCOSUR

Por Enrique Lacolla
Mayo 2005

El Mercosur no está pasando por un buen momento. Al parecer, los gestos de cordialidad esbozados en Brasilia, durante la cumbre sudamericano-árabe que se realizó allí el pasado martes, acercaron a los mandatarios argentino y brasileño. Pero los constantes roces en materia de cupos de importación, proteccionismo y asimetrías comerciales entre los socios principales de la asociación están desgastando el sentido de ésta y dan aliento a sus enemigos para volver a la carga con propósitos desintegradores, apuntados a diluir el acuerdo hasta reducirlo a un mero rótulo.

A la larga, es casi seguro que el Mercosur y la Comunidad Sudamericana de Naciones que debería configurarse como el ejemplo más alto de la voluntad de cohesión regional, llegarán a consolidarse. Pero las amenazas contra ambos son muchas y el tiempo es breve. Si no se cobra conciencia de algunas cuestiones esenciales, el recorrido hacia esa necesaria integración se verá sembrado de obstáculos y podrá empantanar el proceso durante un lapso imposible de prever.

Los temas centrales que hay que tener en cuenta son básicamente dos. El primero es que América latina se divide entre un segmento que habla castellano y otro que habla portugués. Ambos se equivalen en número, pero el segundo, que es Brasil, es un Estado-nación cumplido, con una política exterior madura que deviene de la tradición imperial de los Braganza, mientras que los países hispanohablantes son el fruto de la desintegración del imperio español, se dividen en una miríada de estados, carecen en general de coordenadas firmes en su política exterior (o cuando la tienen, como en el caso de Chile, está muy prevenida contra sus vecinos) y no cuentan, de manera aislada, con la masa de recursos humanos y materiales de que dispone Brasil.

El rol de líder de la comunidad sudamericana compete entonces, en forma clara, a Brasil. Pero será ilusorio que quiera ejercerlo sin tomar en cuenta las necesidades y aspiraciones de esos vecinos y, en primer lugar, de la Argentina.

No nos queda bien enojarnos y dar una pataleta por haber perdido, como consecuencia de nuestros propios y monumentales errores, el papel preeminente que tuvimos en América latina hasta la década de 1960. Pero ello no significa que no debamos esforzarnos por estructurar una política que sí pueda representar los intereses del sector hispanohablante y, asimismo, convertir a nuestra única ventaja competitiva frente a Brasil (nuestra declinante pero aun efectiva cohesión social), en un factor capaz de aportar cuadros intelectuales aptos para generar tecnología de punta.

Brasil podría entonces ser el líder del continente, pero la Argentina debería acompañar y complementar esa función al convertirse en el portavoz de sus hermanos en la lengua y en un concentrado de capital intelectual.

El frente cultural

Ahora bien, para que esta ecuación sea posible, hay que atender al segundo punto a que nos referimos. Que no es otro que el frente cultural. Entre países cuyas poblaciones fueron habituadas a una suerte de antagonismo -en el cual la pasión futbolística no representó un factor menor- y que, para colmo, se ignoran por completo salvo en algunos tipismos que podríamos considerar folklóricos, no es difícil fomentar las rivalidades. ¿Qué grado de conocimiento hay en Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay sobre la historia de los restantes países? ¿Hasta qué punto existe una conciencia de que se trata de historias comunes y en qué medida se disciernen los mecanismos que la movilizaron? En una época en que, un poco de manera absurda, se ha puesto de moda pedir perdón por los crímenes cometidos por las generaciones anteriores, todavía hay quienes defienden -en Brasil, en especial- la guerra de la Triple Alianza, que arrasó al Paraguay y exterminó al grueso de su población masculina.

El conocimiento de nuestro pasado común y la capacidad para situar al presente dentro de esa perspectiva es indispensable para vernos como entidades consanguíneas, que se necesitan en forma mutua a fin de compensar las falencias de la una con los atributos de la otra.

Brasil, a despecho de su peso, es vulnerable a la presión externa, y ésta, si se produce en algún momento, buscará ejercerse a través de los vecinos susceptibles de ser instrumentados contra él.

Una asociación estratégica entre Argentina y Brasil, que tome en cuenta el desarrollo social, industrial y cultural de los dos países y no sólo los intereses coyunturales de algunos empresarios, es esencial para fundar un proyecto provisto de futuro.

De no ser así, todos seremos golpeados por un nuevo fracaso histórico
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MÁXIMO GÓMEZ

<hr><h2><u>MÁXIMO GÓMEZ </h2></u>

Recordatorios
República Dominicana
Máximo Gómez en el ideario de las Antillas


Por Mercedes Santos Moray *
12 de Mayo de 2005

Máximo Gómez, el General en Jefe del Ejército Libertador, el genial estratega que algunos historiadores calificaron como el continuador del Libertador Simón Bolívar, en cuanto a lides militares, y justo émulo del talento de Napoleón Bonaparte, era un hombre de pensamiento político.

Autodidacta, como tantos hijos de la colonia y del nacimiento de nuestras repúblicas, se empinó sobre sus lecturas y se enriqueció igualmente con la experiencia, desde la universidad de la vida. Aquel soldado primero combatió en las tropas hispanas y padeció las contradicciones de la historia de su tierra natal, de la hoy República
Dominicana.

Llegó con madre, hermanas y una gran pobreza al extremo oriental de Cuba, en la década de 1860, tempranamente acrecido en su sensibilidad humana, y desde la ética con que siempre dirigió su existencia, supo asumir como propia la herida más profunda que sufrían hombres y mujeres negros entonces, sometidos a la infamia de la esclavitud.

El mismo lo afirmaría en sus apuntes, y por amor al negro esclavo, comenzaría a conspirar contra el coloniaje español, a vencer las reservas de los cubanos, hasta sumarse en las primeras jornadas al grito de independencia, proclamado por Carlos Manuel de Céspedes en octubre de 1868.

Diez cruentos años de guerra también le hicieron madurar, y si al comienzo de la contienda sólo era un joven de 30 años, al concluir era un soldado curtido por las vicisitudes, que comprendía la gravedad de las divisiones en el campo patriota y veía el foso en el que caía la Revolución con el Pacto del Zanjón.

Entonces, desde su ideario político y su ética, rehusó los ofrecimientos generosos del Capitán General de la Colonia, Arsenio Martínez Campos, porque como lo proclamó: 'amé más la miseria cubana que el oro español'. Desde esa sólida convicción, Máximo Gómez sumó a la praxis militar la lección imperecedera de su moral, la que consolidaría su liderazgo entre las filas patriotas.

Y es que en este prócer dominicano-cubano -sus dos islas amadas, como él mismo solía decir-, el aliento revolucionario se manifestó como una constante. Organizó movimientos insurreccionales, todos fallidos, durante las casi tres décadas de su exilio y destierro, en las que confrontó su pensamiento con las ideas de otros patriotas antillanos como los puertorriqueños Ramón Emeterio Betances y Eugenio María de Hostos, así como con su compatriota, el general dominicano Gregorio Luperón.

Fue el único de nuestros padres fundadores que sobrevivió a la guerra, y cayó años más tarde, en medio de la misantropía que emergió en su vida, cuando padeció también -Martí se lo había dicho por carta, en 1892- la ingratitud probable de los hombres.

Es el progenitor de una idea sublime, la de ver unidas tierras de las Antillas mayores, su natal Santo Domingo -integra igualmente el costado haitiano de la isla-, Puerto Rico y Cuba. Este ideario fue una brújula en su pensamiento y en su acción revolucionaria, y debió apurar la amarga experiencia de la intervención primero y la ocupación ulterior de Cuba y Puerto Rico por el ejército de los Estados Unidos.

Debió sufrir, en su condición de demócrata confeso, al conocer las tesis esgrimidas en el propio Congreso de la Unión para legitimizar la injerencia en la guerra de independencia que entonces la Isla libraba contra España, bajo su dirección militar.

Algunos, al valorar las complejidades de aquellos momentos, las confusiones, reservas, intereses encontrados entre los patriotas cubanos, así como la insuficiente valoración y estudio de las manipulaciones de las autoridades norteamericanas, llegan a reducir el pensamiento del Generalísimo Máximo Gómez a acciones coléricas no exentas de ingenuidad.

Pero en las proclamas, cartas, declaraciones y sobre todo, en sus apuntes personales, Máximo Gómez denota la plena identificación con el ideario del Apóstol de la independencia de Cuba, José Martí, su fiel compañero de combates, antes y en medio del proceso iniciático de la guerra de independencia en 1895.

Así escribió a uno de sus más fervientes colaboradores, el cubano radicado en los Estados Unidos, José Dolores Poyo, en enero de 1899: 'no puede haber en Cuba verdadera paz moral que es lo que necesitan los pueblos para su dicha y ventura, mientras dure el gobierno transitorio impuesto por la fuerza de un poder extranjero, y por lo tanto, ilegítimo e incompatible con los principios que el País entero ha venido sustentando tanto tiempo y en defensa de los cuales se han sacrificado la mitad de sus hijos y desaparecido toda su riqueza.'

Y, sobre la presencia de los Estados Unidos en su querida Puerto Rico, el propio prócer manifestó, en febrero de 1899, en entrevista concedida al Journal of New York:

'Aquella es tierra preparada para el derecho y es, y debe ser, para nosotros antillanos, un gran dolor ver que mueren las esperanzas de hacer de ésta, que es una de las tres Grandes Antillas, la República que unida a la cubana y a la dominicana, fuese legítimo timbre de orgullo para nuestra raza realizándose así, y por modo completo, la aspiración constante de todos los corazones honrados y levantados. Jamás podré aceptar el tutelaje impuesto a nadie, a los pueblos.'

* Mercedes Santos Moray es escritora y periodista cubana, Doctora en Ciencias Históricas.


OEA: UN PAÍS, UN VOTO

<hr><h2><u>OEA: UN PAÍS, UN VOTO</h2></u>

Por Roberto Bardini
Caracas (Venezuela)- 13 de Mayo de 2005

Las pruebas más contundentes sobre la existencia de la Organización de Estados Arrodillados, perdón, Americanos, consisten en que posee una página web y tiene una sede en 17th Street y Constitution Avenue, Washington DC.

Se comenta que, además de Estados Unidos, la OEA está integrada por más de 30 países. Los memoriosos aseguran que se creó en 1948, en Bogotá, con 21 miembros. El grupo inicial estaba compuesto por Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Se dice que Cuba fue excluida en 1962 por presiones de Estados Unidos. A cambio, entre 1967 y 1991 ingresaron catorce países.

Así, los integrantes del organismo hoy serían 34. Con la excepción de Canadá que se habría sumado en 1990 el resto está compuesto, en su mayoría, por pequeñas islas que fueron colonias holandesas o inglesas.

Según fuentes confiables, estas ex colonias son las siguientes: Antigua y Barbuda (75 mil habitantes), Bahamas (250 mil), Barbados (280 mil), Belice (155 mil), Dominica (90 mil), Granada (120 mil), Guyana (900 mil), Jamaica (dos millones 200 mil), Santa Lucía (120 mil), San Vicente y las Granadinas (120 mil), Saint Kitts-Neves (65 mil), Surinam (400 mil) y Trinidad-Tobago (un millón 200 mil).

Si esto es cierto, el total de habitantes de las ex colonias es de cinco millones 455 mil. La cifra es menor que la cantidad de pobladores de El Salvador, el país más pequeño de América continental, al que la poetisa chilena Gabriela Mistral llamó “el Pulgarcito de América”. La nación centroamericana tiene seis millones 300 mil habitantes. Lo paradójico es que el voto de El Salvador en la OEA vale por uno y los de estas ex colonias valen por trece. Es más: el voto de San Cristóbal y Nieves, con sus 65 mil pobladores, tiene el mismo peso que el de México (cien millones de habitantes) o de Brasil (174 millones). La mayor parte de estos microestados está vinculada a la Comunidad Británica de Naciones (Commonwealth) y, en general, vive de espaldas a América hispana. En 1982, por ejemplo, durante la guerra de las Islas Malvinas se alinearon con Gran Bretaña.

Recientemente, el filósofo argentino Alberto Buela publicó en la web un artículo titulado “La OEA, ¡que parodia!”, en el que expresa algunas opiniones polémicas. “Si a estos trece inventos recientes, prohijados por los Estados Unidos e Inglaterra sumamos el voto cautivo de los pequeños países centroamericanos Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala más el voto insular de Haití y Dominicana, vemos cómo Estados Unidos tiene en la manga 20 votos casi seguros, siempre”, escribe Buela.

El filósofo se pregunta: “¿Qué sentido tiene, luego de medio siglo, seguir con una institución regional que sólo sirve a los intereses de Estados Unidos?”.

El ex embajador estadunidense Lewis Tambs, quien se hizo famoso por acuñar el término “narcoguerrilla”, se refirió dos décadas atrás con desprecio acerca de estos pequeños países. En Superando el síndrome de Vietnam, un ensayo publicado por el Departamento de Historia de la Universidad de Arizona en 1981, apuntó:

“Algunos de los llamados Estados-nación latinoamericanos lo son sólo en nombre. Consisten en una bandera, un equipo de futbol y un puesto en las Naciones Unidas. Llamarlos Estados soberanos es sólo una cortesía, una diplomática ficción”.

Esto es algo que deberían tomar en cuenta algunos integrantes de la Organización de Estados Arrodillados, perdón, Americanos, que generalmente acatan sin chistar las directivas de Washington.


ESPAÑA: ALMUDENA GRANDES Y LA REPÚBLICA

<hr><h2><u>ESPAÑA: ALMUDENA GRANDES Y LA REPÚBLICA</h2></u>

por Ana Anabitarte (*)

En entrevista con Babab Almudena Grandes habla de su libro pero también de la literatura, a la que define como "el pilar que me sostiene y que sin embargo cada vez tiene menos importancia en la vida"; de su primera novela: Las edades de Lulú, el libro que la convirtió en escritora; de los premios literarios, a los que considera "más acuerdos comerciales que galardones"; y hasta de la Guerra Civil española "que además de matar a un millón de personas mató en todos los órdenes de la vida".

Babab: Usted en sus novelas siempre introduce el tema de la política pero en esta ocasión lo ha hecho de una manera menos militante, más sutil.

A.G: Sí, y eso hace que la novela sea más política y quizá más contundente que las anteriores. El personaje de Sara es un ejemplo de las víctimas de la Guerra Civil de las que no se habla nunca. Ella es una persona que nació mucho después de que acabara la guerra, pero que pagó las consecuencias de la guerra en su destino. Y esa sensación de inadaptación perpetua que sufre tiene que ver con el conflicto que no vivió.

B: ¿Cree que se deberían escribir más novelas sobre la Guerra Civil pero desde otro punto de vista o que ya está bien de hablar de ella?

A.G: Yo creo que sobre la Guerra Civil hay que escribir más pero de otra manera. Ya está bien de relatos heroicos. Hay que contar otras historias menos románticas, más brutales y que tienen mucho más que ver con lo que ha pasado en este país y con lo que está pasando ahora mismo. Hay que escribir de las consecuencias de la guerra en la clase política española, en la vida cotidiana, en la configuración de este país como nación. En España hubo una Guerra Civil sangrienta, feroz, salvaje, que mató a un millón de personas pero que mató muchísimas más cosas, que mató en todos los ordenes de la vida. Aquí todavía estamos pagando los platos de la Guerra Civil. La transición española en realidad no fue ninguna transición porque no se discutió ni se debatió. Se llegó a la conclusión de que lo más elegante y moderno era pasar página y eso impidió que se contaran otras historias que son las que a mi me interesan. Historias como por qué la izquierda renunció a la República, por qué existe en la actualidad un límite a la libertad de expresión, por qué no se puede cuestionar a la monarquía. Todo eso viene de la Guerra Civil y no se dice.

B: ¿Por qué cree que no hubo transición?


A.G: Porque la misma gente que estaba en el régimen anterior tomó las riendas de la democracia. Una transición se supone que es un cambio y no hubo cambio, sí se pasó de una dictadura a una democracia, pero los que manejaban los hilos eran los mismos, y el precio que se le puso al Partido Comunista y al Partido Socialista fue muy alto. Todo eso está generando ignorancia e incultura sobre cómo fueron las cosas.

B: Por lo que veo usted es una republicana convencida...

A.G: En los años 30 este país era un país modélico, estaba a la cabeza de Europa con una cultura y una legislación impresionante, y de todo eso no se ha vuelto a hablar. Sólo se dice que la República son obreros desalmados quemando iglesias. Sobre eso habría que escribir, nos están robando a los españoles una parte de nuestra historia. Antes de morirme me gustaría vivir una III República, pero es difícil porque no hay ninguna corriente de opinión organizada que se pueda oponer a la monarquía.

B: Sin embargo a los españoles parece gustarles la monarquía.

A.G: Porque desde el principio se vinculó al rey con la democracia y se le vendió a la opinión publica una especie de viaje paradisíaco pacífico y feliz a la democracia en el que estaba el rey como símbolo. Porque como durante 40 años la República había sido sinónimo de todo lo contrario y como los partidos políticos de izquierda cuando llegaron a España no hicieron nada por reivindicar la República, se instaló en el consciente colectivo nacional que el rey tenía que ver con la democracia, con Europa y con la prosperidad. Unos pocos intelectuales estamos intentando fomentar otro tipo de debate desde hace mucho tiempo, pero es difícil porque a las empresas periodísticas de este país no les interesa. Hay cosas que se caen por su propio peso como que la monarquía es un fósil histórico injustificable. En un país donde el primer artículo de la Constitución dice que todos los españoles son iguales ante la ley, que haya un rey es una contradicción.

B: Ahora que ha hablado del papel de los intelectuales me gustaría que me dijera si no cree que su compromiso político es cada vez menor.

A.G: Lo que ocurre en que al poder los intelectuales ya no le importan tanto. Hubo un tiempo en el que realmente los intelectuales tenían un peso efectivo sobre la opinión pública y eso les hacía respetables por el poder. Pero ahora los intelectuales se han vuelto miedosos porque en el fondo saben que los que no somos miedosos tampoco hacemos nada. Nos hemos pasado la vida firmando manifiestos y da la impresión de que no tienen un peso real en la sociedad y eso tiene que ver con la propia pérdida de importancia de la literatura y del pensamiento.

B: ¿Y eso tiene también algo que ver con toda la literatura basura que se está publicando?

A.G: No. Es verdad que se publica basura y que hay gente que la compra, pero tiene que ver con que la literatura en el XIX era la única puerta hacia lo maravilloso y estaba al alcance de una parte masiva de la población. La gente culta o con inquietudes leía. Y ahora escribimos para una minoría porque hay otras puertas como los mundos virtuales con los que no podemos competir. Eso ha hecho que la literatura tenga menos importancia social pero sin embargo está elevando la calidad de los lectores.

B: ¿Como son sus lectores?

A.G: A mi me gustan mucho y eso es una ventaja porque no hay cosa más horrible para un escritor que el hecho de que no le gusten sus lectores. Me escriben cartas la mayor parte para decirme que les han gustado mis libros. Pero hay otro porcentaje que me pide otro tipo de cosas como quedar conmigo para contarme su vida y que me sirva de argumento para una novela, lo que ya no me gusta tanto; o gente que me dice que una novela mía ha cambiado su vida y se ha separado de su marido, lo que me preocupa; o el otro día una chica que me dio las gracias por haber escrito Las edades de Lulú ya que después de leerla su marido era otro hombre completamente diferente, lo que le hacía muy feliz.

* Ana Anabitarte es corresponsal en España del periódico mexicano El Universal.


LA REGRESIÓN AL COLONIAJE

<hr><h2><u>LA REGRESIÓN AL COLONIAJE</h2></u>

Por Enrique Lacolla
Mayo de 2005

El olvido del aniversario de Bandung y la usurpación por la Unión Europea de territorios que no le pertenecen, indican un retroceso histórico a corregir desde el Sur
.

Mientras el 60 aniversario del final de la segunda guerra mundial en Europa fue acogido con numerosos servicios informativos y actos recordatorios, el quincuagésimo cumpleaños de la conferencia de Bandung pasó casi desapercibido.

Esto es demostrativo de que se ha abierto un hiato entre las consecuencias que tuvo la derrota del Eje en 1945, que redundaron en la difusión universal de una conciencia liberadora, y la realidad de un presente gobernado, en el fondo, por los mismos criterios que habían presidido los desarrollos históricos del capitalismo tardío. Esto es, del imperialismo.

La conferencia de Bandung en abril de 1955 fue la exteriorización de la confianza de los nuevos estados poscoloniales de Asia y Africa. Todos, más allá de las diferencias que los separaban respecto de la actitud a adoptar respecto de los polos de la guerra fría, compartían la certidumbre de que una nueva época se estaba abriendo, signada por la necesidad de rechazar la odiosa supremacía colonialista.

El momento era favorable para hacerlo. Había terminado la guerra de Corea y de Indochina habían sido expulsados los ocupantes franceses. China pugnaba por ocupar un espacio en el concierto de naciones, del cual había sido separada por la cuarentena que Estados Unidos le había impuesto luego del triunfo de la revolución comunista. La India se insinuaba como una potencia emergente, mientras que en Egipto bullía la revolución acaudillada por Gamal Abdel Nasser y su promesa de la fundación de una nación árabe.

El escenario estaba ocupado por figuras descollantes. Chou en Lai, Jawaharlal Nehru, Ahmed Sukarno, Nasser, eran representantes de una generación de luchadores que habían logrado abatir el yugo extranjero y estaban provistos del carisma propio de la era de grandes cambios, precipitados con el ascenso revolucionario que venía verificándose desde los tiempos de la revolución francesa.

Pero Bandung tuvo un complemento, seis años más tarde, que redondearía el programa esbozado en la ciudad indonesia: la conferencia de Brioni, isla yugoslava en el Adriático, donde en 1961 el mariscal Tito, Nasser y Nehru dieron forma al Movimiento de los países No Alineados, MNA (o NAM, por su sigla en inglés, Non Aligned Movement), que definiría su postura en base a unos pocos pero estrictos principios rectores: preservación de la independencia, no pertenencia a ningún bloque militar, rechazo a la presencia de bases extranjeras, defensa de la autodeterminación de los pueblos y exigencia de un desarme "completo y general".

El eclipse de una ilusión

De entonces para acá, "mucha agua ha corrido debajo de muchos puentes rotos", para decirlo con una frase de André Malraux. Los países asiáticos convocados en Bandung y luego sumados al Movimiento de los No Alineados, en general han sido protagonistas de un crecimiento espectacular, bien que bastante alejado de las premisas solidarias que impregnaban a la época de la rebelión anticolonial; pero los otros han corrido un destino muy distinto: Yugoslavia ha desaparecido del mapa, dispersada en una miríada de miniestados carentes de todo peso específico; el nacionalismo árabe, laico y progresista, ha naufragado o ha dado lugar a regímenes opresores y a menudo corruptos, que tienen frente a sí la rebelión, furiosa pero aparentemente sin salida, del extremismo fundamentalista; y Africa ha retornado poco menos que a la época de las cavernas.

Determinante de este fracaso fue la caída de la Unión Soviética, cuya presencia daba lugar a una tensión bipolar que concedía cierto margen de maniobra a los países que no querían arrodillarse ante el diktat de una u otra de las superpotencias militares que se disputaban la primacía en el globo; pero también pesó mucho en ese resultado la permanente presión imperialista y asimismo el lastre significado por el atraso o el desconcierto político de sociedades demasiado heterogéneas y sobre todo demasiado primitivas, cosa que había supuesto un obstáculo muy difícil de vencer. No es casual que las experiencias nacionales exitosas protagonizadas por los países de Bandung se hayan dado en lugares connotados por una antigua cultura, como en el caso de China y la India, apoyadas por lo demás en una milenaria experiencia de administración burocrática.

Hoy, con otras características y de manera más oblicua aunque tal vez aun más destructora, el espectro de la tiranía occidental sobre los negocios mundiales está acosando a muchos de los países que en Bandung creían haber escapado del yugo. El carácter implacable de esa presión está disimulado por las buenas palabras, pero no es menos feroz de lo que lo era durante la época predatoria del colonialismo desembozado.

Los piratas de ayer se han metamorfoseado en los inversores de hoy. En vez de cuerpos expedicionarios vigilan legiones de ejecutivos con computadoras, sin que esto impida, cuando la necesidad lo exige, que a su presencia se añada la parafernalia militar que se encarga de poner en su lugar a quienes son reacios a escuchar las "sugerencias" que aquellos imparten. En ese momento, los consejos se transforman en órdenes.

Ahora bien, aunque el discurso "políticamente correcto" de las grandes potencias suele soslayar estas realidades, de cuando en cuando la comprensión arrogante de las relaciones mundiales se descuida y deja traslucir, incluso en los papeles, la conciencia despectiva que tiene respecto de los que otrora fueran sus vasallos, y la disposición a volver a instalar, de forma desembozada, la ley de la cañonera.

Desparpajo

La Constitución Europea que está en vías de aprobarse por estos días, por ejemplo, se arroga derechos sobre territorios que no le pertenecen, por cuenta de los antiguos mandantes coloniales. Entre ellos están las islas Malvinas y los archipiélagos australes sobre los que existe un expreso reclamo argentino de soberanía.

En el texto del documento se expresa que "los países y territorios no europeos que mantienen relaciones especiales con Dinamarca, Francia, los Países Bajos y el Reino Unido están asociados a la Unión Europea".

Esto implica, en el caso de las Malvinas (que el documento nombra como Falklands) el olímpico desconocimiento de los antecedentes que avalan nuestro reclamo y que se fundan en la proximidad geográfica, la continuidad geológica y los antecedentes de la historia, que arrancan del virreinato y culminan en el sangriento conflicto de 1982.

Títulos a los cuales se añadió una declaración expresa del Congreso argentino, que en 1990 provincializó a Tierra del Fuego y a todas las islas del Atlántico sur, incluidas las Malvinas.

Pasar por encima de estos datos es demostrativo de la arrogancia de que hablamos. La vieja-nueva Europa, cuyas diferencias con el coloso norteamericano no implican la inexistencia de coincidencias de fondo con este en lo que hace al reglamento de los asuntos mundiales, asume su papel en el reparto del poder con una tranquilidad colindante con el descaro.

Dudas

¿Qué posición tomó el gobierno argentino ante este atropello? No lo suficientemente enérgica, en apariencia. La Cancillería ha expresado "enojo y malestar" ante la asociación de las Malvinas y otras islas del Atlántico Sur, a la Unión Europea. Pero ese enojo no basta. En especial porque surge a destiempo, pues los contenidos de la carta orgánica de la UE tendrían que haber sido tomados en consideración por nuestros diplomáticos muchos meses atrás, ya que no era un documento secreto y había sido puesto a consideración de los ciudadanos españoles residentes en el país para que la votasen.

Pero la reacción del gobierno nacional ha sido, hasta el momento de escribir esta nota, insuficiente. Sobre todo porque es sólo reactiva, y no acude a la sede en la cual se debería tratar este tipo de problemas de aquí en adelante. Esto es, el Mercosur y la flamante Comunidad Sudamericana de Naciones.

Están volviendo los tiempos del coloniaje. La única manera de resistir con éxito a la presión de los supercolosos es formando una región aparte, que cumpla el mandato unitario de origen bolivariano y sanmartiniano, y que a la vez sirva de reparo y contrapeso al desparpajo imperial
.

La necesidad de formar una nueva constelación geopolítica que involucre a los países sudamericanos debería implicar también el reexamen de la utilidad de la OEA. En la actualidad esta ve diluida su funcionalidad por los votos que en ella tienen muchos pseudo estados que no son otra cosa que las proyecciones en ultramar de viejas potencias coloniales.

Es hora de formar un nuevo consejo que agrupe a los países iberoamericanos, que conforman la casi totalidad de la población del hemisferio occidental al sur del Río Grande. El mundo está cambiando, y la reforma de los organismos internacionales, incluida la ONU, debería acompañar ese cambio.

En Bandung se halló un expediente para expresar un mundo ex colonial en ascenso. Hoy es indispensable forjar nuevos instrumentos institucionales para separarse de los que son regulados por quienes, si no son nuestros enemigos, tampoco son nuestros amigos, y para erigir barreras a su dinamismo, mientras generamos las fuerzas que nos son necesarias para seguir creciendo.