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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


CARPENTIER, ENTRE LA NATURALEZA Y LA HISTORIA

<hr><h2><u>CARPENTIER, ENTRE LA NATURALEZA Y LA HISTORIA</h2></u>

El pasado domingo se cumplieron cien años del nacimiento del autor de "El siglo de las luces"



Ernesto Hernández Busto (*)

La Vanguardia
- 29 diciembre 2004

Cuando en 1991 Guillermo Cabrera Infante reveló que Alejo Carpentier en realidad había nacido en Lausana, Suiza, muy pocos le creyeron. Cabrera es famoso por su maledicencia y Carpentier -de cuyo nacimiento se cumplió un siglo el domingo- había sido durante muchos años su rival político, el único gran escritor cubano que apoyaba sin fisuras la revolución y cuya obra, elevada a la categoría de monumento nacional, despertaba un respeto reverencial en el extranjero. En un país donde las biografías literarias son un género casi extinto, resulta comprensible que ciertas anécdotas del escritor oficial se alejen del relato de su vida contada por él mismo. Aunque lo interesante no es el lugar de nacimiento, sino la mentira: un escamoteo que revela esa manía del escritor latinoamericano por acomodar su biografía a los avatares de su proyecto literario.

Varias crónicas han aireado los flecos de una infancia idílica de Carpentier, hijo de emigrados, que presumía de una abuela pianista, discípula de Cesar Frank, y de un padre arquitecto "que empezó a trabajar el violoncello con Pau Casals". En realidad, Carpentier vivió en las afueras de La Habana, pasó unos años en el liceo parisino Jeanson de Sailly y regresó a la capital, donde su madre sobrevivió dando clases de francés. El padre, envuelto en un lío de faldas, desapareció en Panamá y al joven Alejo, según recuerda Heberto Padilla, no le quedó más remedio que ponerse a vender leche de casa en casa.

Truncos sus estudios universitarios de arquitectura, en La Habana de los años 20 había dos antesalas del inframundo profesional: el periodismo y la política. Por ambas pasó Carpentier. Su talento como cronista le ganó las páginas de Chic y Carteles. Como cualquier comunista de la época, viajó a México a conocer a Diego Rivera, suscribió protestas y acabó en la cárcel, donde escribió una novela de tema afrocubano con el poco inspirado título de ¡Ecue-Yamba-O! Luego fue a París y contactó con los surrealistas.

En París pasó Carpentier casi una década: perfeccionó su erre, se convirtió en un experto en radiodifusión y esposó a una musa de la belle époque, Eva Fréjaville. Por esos años viajó varias veces a Madrid, donde hizo amistad con Lorca, Alberti o Bergamín.

Sin embargo, en 1945 Carpentier corta su vínculo con la farándula habanera para irse a Caracas a trabajar en la publicidad y la radio. Durante sus 15 años en la Venezuela de Pérez Jiménez pondrá a un lado sus inquietudes revolucionarias para dar forma a su vocación literaria, incluyendo su famosa teoría de lo real maravilloso americano. Paradójicamente, fue con un relato, Viaje a la semilla (1944), que comenzó el proyecto novelístico más importante de la literatura cubana. Pasión por la historia, imaginería barroca que se regodea en la decoración arquitectónica, distancia de la narrativa psicológica e interés por el tiempo como la materia suprema de la ficción... Todo está ya en ese cuento concebido como un tour de force. Luego vendrá El reino de este mundo (1949), relato de la revolución haitiana, en cuyo prólogo reconocemos la astucia de quien toma distancia del surrealismo sin desechar sus hallazgos.

En 1953 Carpentier publica Los pasos perdidos, tal vez su mejor novela y la primera que aborda uno de sus grandes temas: el enfrentamiento entre naturaleza e historia. La obra relata el viaje a la selva de un compositor y musicólogo que, hastiado de la vida urbana, se interna en el Orinoco para comprobar sus teorías sobre los orígenes de la música y reanimar su propia creatividad. Lleno de resonancias autobiográficas, ese libro es también el momento en que, como en una obertura operística, la literatura latinoamericana descubre la relación de la cultura cortesana con el paisaje selvático.

Un émulo de Sainte-Beuve buscaría en la infancia oculta de Carpentier la raíz de una escritura voluntariamente arcaizante. Al pasado confuso correspondería la pulsión de la investigación histórica y la referencia a modelos arquitectónicos y musicales que caracterizan lo que González Echevarría, su mejor crítico, ha llamado "la figura de un escritor sistemático", es decir, "el que vuelve una y otra vez a los mismos temas y repite un discurso propio armado con reiteraciones que llegan a crear una combinatoria previsible".

Esa mezcla de voluntarismo y previsibilidad estilística que define el proyecto de Carpentier le convierte, al menos dentro de la literatura cubana, en el modelo del escritor profesional, omnicomprensivo, capaz de poner la novela latinoamericana al nivel de las exigencias sinfónicas. Pero también le da a zonas de la prosa carpenteriana un aire de grandilocuencia dieciochesca.

La otra gran novela de Carpentier (si dejamos a un lado su brillante incursión en la novela de dictadores, El recurso del método, y un admirable trío de nouvelles -El acoso, Concierto barroco y El arpa y la sombra-), es sin duda El siglo de las luces. La publicó en 1962, en Cuba, donde había vuelto tres años antes, con el triunfo de la revolución. Algunos críticos han visto en esta saga una parábola sobre los peligros saturninos de todas las revoluciones. Pero esa interpretación contrasta demasiado con la última fase del proyecto novelístico de Carpentier.

La altura de esa gran novela histórica que es El siglo de las luces pone de relieve el fracaso de otra, La consagración de la primavera (1978), intento de épica sincrónica, con alarde de planos paralelos y un aburrido enaltecimiento de la indistinción entre el individuo y la masa. En Cuba era esperada como la gran novela de la revolución, la suma alquímica del gran escritor y el funcionario. Fue el único fiasco del Carpentier maduro.

Carpentier murió en 1980. Su centenario debería ser una ocasión para volver sobre sus grandes novelas, rebuscar en sus ensayos y emprender, tal vez, su biografía definiva.

(*) Escritor cubano residente en Barcelona.


CHILOÉ

<hr><h2><u>CHILOÉ</h2></u>

Por Enrique Zorrilla (*)

Pero los hispanos no volverían al Estrecho sino más tarde con Pedro Sarmiento de Gamboa. Entretanto, se limitaron en diseminar sus núcleos civilizadores hacia el interior de Chiloé, al abrigo del cinturón de islas y canales, haciendo suyo ese paisaje destrozado por la última glaciación del cuaternario.

Aquella fue una conquista pacífica y positiva. Los hispanos se unieron sin dificultad a los indios locales y allí, entre los vahos de los canales, las lloviznas y neblinas, el hispano terminó por perder la noción del tiempo. Si pudo dominar la tierra y el mar fue porque, además de su tenacidad y fe inquebrantable, se ligó al isleño y pudo transmitir a sus hijos, empobrecida pero no menos preciosa, la herencia cultural hispánica.

Cuarenta islas forman el complejo geográfico de Chiloé, dominado por la Isla Grande, que constituye su verdadero corazón. Al ver el mapa, pudiera creerse equivocadamente que la vida estuviera volcada hacia el mar, pero es hacia el interior abrigado donde desde hace siglos, ella se replegó. Allí, protegido de los vientos huracanados y los temporales incesantes del Pacífico, de los aguaceros terribles, Chiloé descubre sus mansas colinas verdes sembradas de papales.

A cada familia corresponde un pedazo de tierra, un puerto, un a embarcación. Las yuntas de bueyes llevan las carretas de legumbres hasta las embarcaciones y cuando vuelven se encargan de vararlas sobre las playas. Es una vida de tierra y de mar, de papas y mariscos, una vida anfibia que condiciona toda la vida y el carácter de Chiloé.

Es admirable observar la técnica chilota de navegación y la destreza con que aprovechan sus marinos los vientos contrarios, zigzagueando entre los canales.

¿Pertenecieron los changos del norte, chancos, chonos y chilotes, indios habitantes de las costas chilenas, al mismo grupo de alacalufes y yaganes? Los antropólogos no se han puesto de acuerdo pero existen suposiciones que hacen proceder a los alacalufes y yaganes de migraciones venidas desde Oceanía y Australia. En todo caso, el mismo carácter marítimo y nómade acerca de todos estos grupos que tuvieron entre ellos contactos culturales y sanguíneos. Se sabe que desde hace siglos los chilotes han emigrado hacia el Sur, obedeciendo a un atavismo de aventura y a un misterioso destino que lo empuja a poblar la América destemplada. De este modo, se han convertido en los navegantes naturales y en los pescadores de los canales y archipiélagos, ejerciendo profunda influencia sobre las agrupaciones étnicas que las habitaron y habitan. La desaparición de los chonos que desde hace siglo y medio ha dejado desierto el archipiélago que lleva su nombre, es un misterio que pertenece al fenómeno de la absorción chilota.

La vida isleña, la distancia, en suma, el aislamiento, confabularon para dar a Chiloé una originalidad geográfica y humana característica. Sobre el trasfondo indígena crecieron las familias mestizas, se levantaron de madera las ciudades, las iglesias y escuelas. La obra de aculturación hispana debió ser muy profunda. Los nuevos hispanoamericanos, esto es, los mestizos de Chiloé y España, fueron los más fieles hijos de España. No sólo contuvieron los desembarcos de corsarios que amagaron las costas chilenas sino que resistieron hasta 1826 a la misma emancipación chilena, leales a su rey, a las costumbres y lengua de España, cuyas tradiciones y arcaísmos linguísticos conservan. Posiblemente, desde el punto de vista del mestizaje, no ha ofrecido España un híbrido tan magníficamente bárbaro.

Más indio que hispano por la dosis de sangre, el empeño e iniciativa del chilote pertenece al espíritu que España modeló silenciosamente por siglos en la Isla. No tuvieron otro contacto con el mundo que con los españoles y con los corsarios holandeses, ingleses y franceses, contra quienes habían peleado de igual a igual y de los cuales llevan grandes cicatrices en la sangre.

********************


Una pequeña lancha a remos me llevó a Castro, cuyo pequeño promontorio de casas ha sido devastado por el fuego en innumerables ocasiones. El sol de verano hacía azular el mar y destacaba los desteñidos veleros chilotes que entraban y salían del puerto. Desembarqué y trepé arriba del muelle de madera, entre el fuerte olor a mar y las hoscas miradas chilotas. Me observaban los hombres, calados en sus chombas de lana cruda y sus boinas desteñidas. Picana en mano, una mujer puso en marcha una carreta de pequeñas ruedas de tronco, rumbo a la calle principal que trepaba hacia la colina. Recuerdos del pasado no era posible hallar. Los incendios producidos por los corsarios y el descuido de velas y ahora de cortocircuitos no habían dejado sino cenizas llevadas por el viento. Modestísimas vitrinas ofrecían buen surtido de artefactos importados. ¿Pero cómo podrían adquirirlos estos modestos leñadores y campesinos y marinos que circulaban en pequeñas carretas o pequeñas embarcaciones? Este comercio debía estar reservado a los turistas y contrabandistas ocasionales del continente chileno. Pero me olvidaba que los chilotes regresaban de sus correrías con los bolsillos repletos.

Me asomé por la campiña ondulada que se esconde detrás de Castro. Esa campiña, excesivamente explotada y subdividida, ha sufrido la desarborización implacable del hombre. En este aspecto, Chiloé hace excepción a la América destemplada y es un territorio de transición, porque si bien el sol no alcanza a hacer madurar bien los cereales, no es menos cierto que ya ilumina en verano la región y que el hombre ha dominado allí la naturaleza. Naturalmente, esa campiña de monocultivo papal, atacada por el terrible flagelo del tizón, y la pesca, no puede dar en las actuales circunstancias los recursos suficientes a los chilotes. Por una u otra razón, desde siglos, el chilote ha debido buscar fortuna en otros lugares, lo que por otra parte es la inclinación ancestral de este nómade del mar.

Ellos son los hijos de "Chilué", esto quiere decir, lugar donde allegan las gaviotas. Gente humilde y tranquila
. Empobrecidos por la fatiga agrícola, la subdivisión familiar, el virus de la papa, emigran hacia el sur, sin otra ayuda que su propia iniciativa, dejando a sus mujeres el cuidado de la casa, de los hijos, el trabajo agrícola y la fatigosa navegación. Chiloé está lleno de mujeres abandonadas, resignadas a esperar pacientemente a sus hombres que partieron sin fecha de retorno hacia lugares desconocidos. Ellas se han hecho cargo del yugo, del timón y del niño varón. Son ellas las que han convertido esos niños en los dioses perpetuadores del sexo, de la raza, de la familia. Trabajan para ellos, los miman y reverencian, sometiéndose a sus caprichos. Esos niños son los años del hogar, los perpetuadores del recuerdo paternal y del macho ausente y hacia ellos esas mujeres transfieren orgullosamente la soledad y el abandono de que han sido víctimas, mientras sus hombres, como bárbaros auténticos del norte, salieron a la aventura, sin otro recurso que su tremenda vitalidad, a conquistarse la patagonia chilena y argentina y la Tierra del Fuego.

Anfibios, con un pie en la tierra y otro en el mar, alimentados de peces, mariscos y papas, duros y sobrios, industriosos, con una vitalidad descomunal, los chilotes se han convertido en los habitantes insustituibles de las regiones destempladas, en los vikingos de las tierras australes americanas.

(*) De su libro “La América Destemplada” – Editorial Andina, Buenos Aires, 1967 – Páginas 12 a 15.


LOS OTROS DISIDENTES

<hr><h2><u>LOS OTROS DISIDENTES</h2></u>

Por José Steinsleger

La Jornada
, México D.F. - Miércoles 29 de diciembre de 2004

"Oye... te hablo desde la prisión... Encarcelar las rosas y los lirios del jardín de la patria libre es el sueño vano de los apátridas de turno, que en su delirio criminal pretenden acallar la voz de un pueblo que no renunciará jamás a sus sueños de una auténtica paz con justicia social para Colombia. ¿Quién encadena un corazón libre? ¿Quién amordaza la voz de un pueblo? ¿Quién corta las alas de la libertad cuando es el sueño de toda la patria?"

Me predisponía a comentar la situación de los cinco cubanos prisioneros del imperio cuando se interpuso en el correo el "saludo de Navidad desde la cárcel" enviado por Luz Perly Córdoba, alojada en el patio 6 de la Cárcel del Buen Pastor, en Bogotá.

Lucy es presidenta de la Asociación Campesina de Arauca, defensora de derechos humanos y prisionera del Estado paramilitar que dirige el narcoterrorista Alvaro Uribe, gobernante de Colombia. Lucy y los cinco cubanos detenidos en prisiones federales de Estados Unidos carecen de políticos que oficien de "padrinos de la libertad", o de la comprensión de premios Nobel de literatura que aseguran sufrir por la "crisis ética y moral" del mundo.

El caso de "los cinco" tampoco figura en las mesas de novedades que integran el "corredor de la lectura" de nuestra ciudad. Una pena: El dulce abismo, publicada por la Editorial José Martí, bate récords de ventas en otras latitudes. Hay una historia que la Casa Negra y Hollywood jamás perdonará y reconocerá a Cuba: la historia de los "agentes especiales" y "tanques pensantes" (think tanks) que en 45 años de revolución demostraron ser una bola de incompetentes ante los hombres y mujeres sencillos que defienden la revolución.

Una historia en la que no hay superhombres ni misterio: los "agentes" de Cuba son patriotas desinteresados, y los de Estados Unidos burócratas del crimen. Inclusive, al jubilarse o antes, algunos de éstos han escrito libros o declarado a los medios que los pueblos son invencibles si de modo consciente defienden sus intereses.

Recordemos a Robert McNamara, ex secretario de Defensa y genocida de Vietnam, cuando en La Habana reconoció que las conquistas sociales de la revolución serían imposibles en el Bronx o en Harlem. Sin embargo, creo que hay algo peor que los agentes abiertos o encubiertos del imperio contra Cuba: sus capataces de la Fundación Cubano-Americana (FNCA), Omega 66, Hermanos al RescateAl fin y al cabo, si a los primeros les lavaron el cerebro con determinada ideología de las cosas, no hay peor harina que la del propio costal. Personajes de origen cubano que trabajan junto al equipo de genocidas de la Casa Negra (Otto Reich, Roger Noriega, Lincoln Díaz Balart), o "intelectuales libres" como Carlos Alberto Montaner, responden a odios tan profundos como los que en Yugoslavia ocupada obligaban a los nazis a contener el frenesí criminal de los fascistas croatas.

Dice el padre Luis Barrios, de la iglesia San Romero de Las Américas (Nueva York): "Yo no tengo la menor duda de que todo atentado contra poblaciones civiles es un acto terrorista. Por esto me pregunto: ¿qué se supone que haga Cuba?"

El propio presidente George W. Bush ha dicho: "todo aquel que proteja a un terrorista es tan culpable como el terrorista mismo". ¿Quién le pedirá cuentas por las presiones de su gobierno para que la presidenta de Panamá, Mireya Moscoso, libere a los terroristas que volaron el avión de Cubana de Aviación frente a las costas de Barbados en 1976?

"Desde 1959 hasta 1999 los grupos terroristas de Miami han realizado un sinnúmero de acciones de terrorismo bacteriológico contra la vida humana, animal y vegetal en Cuba, lo que ha ocasionado 158 muertes, incluyendo 101 niños y niñas, y otras 344 mil 203 personas afectadas. Estas agresiones terroristas, sin incluir los daños materiales, han dejado 3 mil 478 personas muertas, más de 20 mil heridas y 2 mil 99 incapacitadas... A diferencia de lo que el gobierno de Estados Unidos continúa haciendo en Afganistán e Irak, Cuba no bombardeó a Estados Unidos", ilustra el padre Barrios, y reitera: "¿Qué se supone que haga Cuba?"

El dulce abismo (Cartas de amor y esperanza de cinco familias cubanas) narra las historias de Gerardo Hernández Nordelo, Ramón Labañino Salazar, Antonio Guerrero Rodríguez, Fernando González Llort y René González Sehwerert, cinco patriotas cubanos que cometieron el crimen de disentir del imperialismo. Para ello, con el propósito de informar, se infiltraron en las organizaciones terroristas de Miami.

Según la escritora estadunidense Alice Walter, autora de El color púrpura: "... ellos son para su pueblo de esos héroes que, por lo general, se encuentran en la mitología... Es éste un texto elemental que debe comenzar a usarse de inmediato, para impartir una de las más grandes lecciones: cómo ser un padre, cómo ser un esposo, cómo ser un amante; cómo actuar como padres, cuando algo tan cruel como el gobierno de Estados Unidos se interpone entre usted y todo lo que ama".


ROBERTO BOLAÑO: "TERRITORIOS EN FUGA"

<hr><h2><u>ROBERTO BOLAÑO: &quot;TERRITORIOS EN FUGA&quot;</h2></u>

por Ramón Díaz Eterovic

La muerte de Bolaño generó una amplia resonancia en el medio literario, en especial desde la voz de muchos escritores jóvenes. Pocos autores chilenos de las últimas décadas, y en tan poco tiempo, han dejado una impronta que otros escritores aprecian como un camino a seguir y profundizar, tanto en lo que se refiere a las formas por las que incursionó su escritura, como a la relación apasionada de un autor con la literatura. Esto mismo queda confirmado en el libro “Territorios en fuga. Escritos sobre la obra de Roberto Bolaño”, recopilación de ensayos realizada por Patricia Espinosa y publicada por Frasis Editores, que reúne a un conjunto de miradas críticas, de lecturas unidas por el entusiasmo que genera la obra de Bolaño.

Todas mis lecturas de Bolaño me han dejado la sensación de haber sido parte de una propuesta novedosa, muchas veces arriesgada, siempre efectiva. Al leer sus novelas y cuentos uno tiene la certeza de estar frente a un animal literario singular que respira y genera literatura de buena ley. He disfrutado sus cuentos de “Llamadas telefónicas” y “Putas Asesinas”, enganchado a concho con el mundo de “La pista de hielo” y compartido el itinerario de Belano y Ulises Lima en “Los detectives salvajes”. En sus textos me atraen sus guiños hacia los llamados géneros o subgéneros. Lo policial o la novela negra tiene una presencia evidente en varias de sus obras. “Los detectives salvajes” –sin ir más lejos- es una novela que puede leerse como una frenética pesquisa orientada al corazón de la literatura, a las motivaciones que llevan a usar la palabra como expresión de vida.

“Territorios en fuga” es un libro concebido antes de la muerte de Bolaño, por lo que mal podría ser catalogado de un esfuerzo oportunista o para estar en “onda”. En tal sentido, es importante que la crítica tenga la lucidez suficiente para abordar la obra de un autor en su momento, a despecho de modas o cánones preestablecidos. Se trata de un esfuerzo por situar la obra de Bolaño, establecer sus coordenadas creativas y de generar una oportuna corriente de reflexión desde la perspectiva de un grupo de críticos, profesores y escritores. En los ensayos nos encontramos con una aproximación a su obra y biografía de parte de José Promis, el abordaje a su poesía en los trabajos de Cristián Gómez, Jaime Blume, Marcelo Novoa; su relación con la narrativa policial en el texto de Magda Sepúlveda; su narrativa breve vista desde las perspectivas de Roberto Contreras y Guillermo García-Corales; el análisis de “Los detectives salvajes” en casi todos los textos, y con particular profundidad en el de Grinor Rojo; a “Nocturno de Chile” y “Literatura nazi en América Latina” en el análisis de Alvaro Bizama, y acercamientos generales a toda la obra de Bolaño, realizados por Javier Edwards, Camilo Marks, Dario Oses, Pablo Catalán, Alejandro Zambra, Manuel Jofré e Iván Quezada. La rápida mención de los distintos abordajes revela el alcance del libro. Textos que dialogan y se complementan, que discuten entre sí, y reflexionan acerca de sus luces y hallazgos, su imaginería desbordante y muchos otros elementos que integran el universo narrativo Bolaño.

Por último, destaco el trabajo de Patricia Espinosa, tanto por la convocatoria que permitió estructurar el volumen sobre la obra de Bolaño, como por el análisis de la crítica literaria en Chile que realiza en el estudio preliminar del libro. Pocas veces he leído algo tan agudo acerca del quehacer crítico en Chile, y es de esperar que, como ella misma lo demanda, sea un texto que provoque reacciones, que dialogue con otras miradas. Frente a la partida física de Bolaño nos queda la vitalidad de sus libros que, al fin de cuentas, es donde los escritores hacen sus apuestas, colocando sobre la mesa talento, corazón, energía. No tengo ninguna duda que Bolaño ganó esa apuesta y que su obra seguirá presente en nosotros, provocando nuevos estudios y sobre todo, conquistando nuevos lectores. Bolaño es, sin duda, un escritor del futuro.

(Fragmento del texto leído en la presentación del libro “Territorios en fuga. Estudios sobre la obra de Roberto Bolaño”, realizada en la Biblioteca Nacional, el pasado 22 de agosto).


EL CAYLEN

<hr><h2><u>EL CAYLEN</h2></u>

Hemos publicado en "Mirando al Sur" otros textos de Enrique Zorrilla, tomados de su libro "La América Destemplada" (Editorial Andina, Buenos Aires, 1967). En otros libros relata su peregrinar por América. En este caso describe de modo brillante a la Patagonia, su paisaje, su gente, su historia.


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Las aguas de Angelmó reflejaban grotescamente las enormes moles de cemento del muelle volcadas como dados gigantescos por el último maremoto y que formaban una barrera que impedía el paso hacia el Sur.

La naturaleza se ha empeñado siempre en herir el territorio de Chile, demoliéndolo implacablemente. "Un solo terremoto tiene más efecto que la acción del mar y del tiempo durante un siglo", observaba Darwin al pasar por Chile. "Uno solo, explicaba, basta para destruir la prosperidad de un país". Así lo habían ratificado los sismólogos japoneses al comprobar los destrozos de nuestro territorio en 1960. Los pilotos extranjeros habían agregado que la destrucción era peor que cualquier explosión atómica. Pero los hombres que en todo tiempo habitaran Chile habían resistido. Podrían hundirse las costas y desmoronarse las cordilleras, los chilenos seguirían aferrados a su suelo, dispuestos siempre a comenzar. Pero el avance hacia el Sur había sido extraordinariamente difícil.

A mis pies terminaba la vía propiamente terrestre puesto que el camino y el riel encuentran en Puerto Montt su terminal y se abrían las amplias rutas del aire y del mar para proseguir hacia el Sur.

Más allá se abría otro mundo. Un mundo recién salido de la cáscara de los hielos. El Sur ya era un término inadecuado de ubicuidad. Además, el austro anunciaba, en sus ráfagas angustiadas, la existencia de un continente aprisionado por los hielos polares. Más allá del Sur se hallaba la América Destemplada y la América Antártica.

Hacía tiempo que debía haber partido hacia las regiones destempladas de la América del Sur para completar mis itinerarios americanos. Pero el destino parecía oponerse siempre a mis propósitos. Para forzarlo, había debido partir con un pie fracturado que no me había dejado enyesar. Yo debía realizar este viaje y hacía todos los esfuerzos para sobreponerme a los contratiempos que cada año se iban interponiendo a mis objetivos. Y ahora, frente a los destrozos brutales del maremoto, en el puerto de Angelmó, comprendí que no eran solamente reconocimientos históricos y geográficos los que iba yo a satisfacer. Detrás de mí dejaba la tierra firme y la civilización integrada. Partía hacia la América destemplada, recién descubierta de los hielos, en plena formación geológica y humana, apenas (y sin embargo cuánto) rasguñada por la historia. Al momento de embarcarme, sentí que dejaba atrás una parte de mí mismo.

Me encontraba por fin en la órbita de la gran constelación americana, a la vista de sus dominios desolados. En esa órbita, el pasado y el presente formaban un solo todo vago, difuso, estridente, en que el hombre parecía no dejar huellas.

Es indescriptible la fragmentación del Chile destemplado. Islas, tras islas y más islas. Enjambre de fiordos, canales, archipiélagos, islas deshabitadas, hostiles, carentes de playas, montañosas, envueltas en vahos perpetuos que repentinamente y como por milagro dejan ver a veces las copas de los coihues, cipreses, robledales y las crestas nevadas que se elevan amenazantes sobre el dorso de los andes patagónicos. Canales tallados a pique entre farellones perpendiculares de centenares de metros que chorrean sinúmero de cascadas que se van a estrellar sobre el mar de los canales. Farellones a los que desesperadamente se aferran por un milagro de equilibrio árboles y bosques, en una titánica lucha contra el roquerío y el hielo, recubriendo la desnudez de los lugares y humanizando la roca. Es la humedad que permite ese milagro de vida y arraigamiento, esa proliferación vegetal, los colchones de musgos, los inmensos helechos, las gramíneas arborescentes, las selvas, estilando crónica humedad, salpicadas de magnoláceas lustrosas, canelos verdes, loros verdes que guardan tan íntimo pero lejano contacto con el trópico americano.

La conformación de los archipiélagos confiesa, sin embargo, su reciente origen glaciar. El hielo se había retirado de las grandes hendiduras y los bosques habían germinado entre los resquicios en lucha abierta contra el mar que se precipitó y ocupó el hueco dejado por las masas de hielo en retirada, anegando valles y transformándolos en canales marinos de agua agridulce. El deshielo no ha terminado e inmensas masas azulosas siguen descendiendo lentamente de los Andes hacia el Pacífico y los lagos interiores de Chile y Argentina, desprendiendo con estruendo témpanos que se disuelven lentamente. Allí las obras inanimadas de la naturaleza, las rocas, el hielo, el viento y el agua, seguían, como lo advirtiera Darwin, su guerra coaligada contra el hombre y conservando su autoridad absoluta.

Me hallaba en los confines de la Cristiandad, en los límites del "Caylen" (1). En las regiones desoladas y salvajes cuyas tormentas habían asombrado a los más expertos marinos de todos los tiempos. Por el lado de Chile era la fragmentación masiva, la vida insular marítima, lóbrega, batida por el viento, la lluvia, la nieve, la soledad y el aislamiento. Por el lado de Argentina, no era ya la pampa suave y fértil, sino la patagonia desolada y yerma de pedregales, batida también por el viento incesante, enemigo de la tierra. La América destemplada austral nace en Argentina, en los límites del lago Llao Llao y por el lado de Chile lo hace del mismo seno de Reloncaví. La tierra de más al Sur, por ambos lados de la cordillera, estaba por hacerse y poblarse. La gran estrella del Sur lo señalaba e invitaba a los hombres a la empresa de conquistar, amar y fecundar esas regiones salidas apenas del regazo de la creación.

(1) "Caylen": el fin del mundo. Era el término con que los indios denominaban los territorios de más al sur del golfo de Reloncaví.


JIM

<hr><h2><u>JIM</h2></u>

Cuento de Roberto Bolaño

Cuando, a mediados de julio pasado, Roberto Bolaño murió repentinamente, dejó terminadas cuatro de las cinco novelas que componían su más ambicioso proyecto: 2666. También dejó cerrado el libro de relatos El gaucho insufrible, que editará Anagrama y del que El Cultural publica “Jim”, la historia de un amigo norteamericano “chingado y atrapado” por sus fantasmas. Como el propio Bolaño, referencia obligada para los jóvenes narradores hispanoamericanos de hoy. Quizá por eso algunas de sus palabras tienen acento de testamento. Como cuando escribe, en este mismo libro, que la literatura latinoamericana “no es Borges ni Macedonio Fernández, ni Onetti ni Bioy ni Cortázar ni Rulfo [...] ni siquiera el dueto de machos ancianos formado por García Márquez y Vargas Llosa, [sino] Isabel Allende, Luis Sepúlveda, Angeles Mastretta, Sergio Ramírez, Tomás Eloy Martínez, un tal Aguilar Camín o Comín, ... y muchos otros nombres ilustres que en este momento no recuerdo.”


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Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco tiempo volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifanía. Como cuando se te aparece la virgen. En Centroamérica lo asaltaron varias veces, lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. ¿Tú crees que existen palabras comunes y corrientes? Yo creo que sí, decía Jim.

Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Me mostró una foto de ella. No era particularmente bonita. Su rostro expresaba sufrimiento y debajo del sufrimiento asomaba la rabia. La imaginé en un apartamento de San Francisco o en una casa de Los Ángeles, con las ventanas cerradas y las cortinas abiertas, sentada a la mesa, comiendo trocitos de pan de molde y un plato de sopa verde. Por lo visto a Jim le gustaban las morenas, las mujeres secretas de la historia, decía sin dar mayores explicaciones. A mí, por el contrario, me gustaban las rubias. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debiera ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso.

Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treinta y cinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca del líquido inflamable y luego escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba, apreciaba su arte y seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto la cara de un antiguo amigo o de alguien que había matado.

Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Pasado un tiempo me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Al volverse observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe caí en que eso, precisamente, esperaba Jim. Chingado, hechizado/Chingado, hechizado, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis.

Chingado y hechizado parecía Jim. El embrujo de México lo había atrapado y ahora miraba directamente a la cara a sus fantasmas. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y al poco rato nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.


PUTAS TRISTES

<h2><hr><u>PUTAS TRISTES</h2></u>

Por Aristóteles España

“Memoria de mis putas tristes”
(“Editorial Sudamericana, 2004) es el último libro del Premio Nóbel Gabriel García Márquez. Se trata de la historia de Mustio Collados, cronista del diario local, en una ciudad del trópico, captador de ondas cortas y teletipos, que decide regalarse una noche de amor con una adolescente virgen el día de su cumpleaños 90. Para tal efecto, toma contacto con Rosa Cabarcas, dueña del mejor prostíbulo de la ciudad y comienza una aventura esperpéntica, llena de locura y ensueño. Nuestro personaje se jacta de que nunca se ha acostado con una mujer sin pagarle y a las pocas que no eran del oficio tuvo que rogarles de que aceptaran dinero aunque después lo botaran a la basura.

Esta novela es una recreación del clásico japonés “La casa de las bellas durmientes” de Yasunari Kawabata donde el personaje pagaba por dormir (“tan solo mirarlas”, dice el personaje original) con niñas drogadas y alcohólicas.

Collados, frecuentador de todas las casas de remolienda del pueblo, es un personaje solitario, sentimental, aferrado a la vida a través de lo que ha aprendido en los libros de la literatura griega, española. Vive un mundo de fantasía; toda su vida es buscar espacios para dar rienda suelta a su líbido lleno de frustraciones. Hace el amor con su nana mientras ella enjuaga ropa en un lavadero, de pie. Se masturba con el olor de amantes de cinco minutos.

La cabrona Cabarcas le consigue una muchacha pobre que Mustio Collados llama Delgadina. Ella trabaja pegando botones en una fábrica y por las noches acude al extraño ritual de dormir mientras el anciano la observa, hasta que se enamora perdidamente. El pánico se apodera del galán pues se aterra ante la cercanía de su muerte. Mientras tanto, aprovecha este instante de locura y anda en bicicleta, conversa con antiguas amantes, repasa cada etapa de sus noventa años. La decrepitud física es dura mientras el alma está cada día más joven, le dice su amiga Rosa. La regenta le aconseja que haga por primera vez en su vida el amor; con amor.

Eso lo enloquece. Mustio Collados por primera vez en su vida sonríe y quiere vivir hasta los 150 años. Estos momentos de frenesí erótico, mantiene en pie a la novela hasta el final, sin concesiones. El lector quiere saber el final de esta historia, sencilla pero de gran complejidad.

Este libro no tiene el esplendor de “Cien años de soledad”; no está a la altura de “El amor en los tiempos del cólera”. Pero Don Gabo es fiel a sí mismo. Su prosa es ágil; todo está donde debe estar, sin perder de vista la emoción, y la magia de la palabra. El estilo garciamarquiano sigue intacto.


NIÑOS SIN JUGUETES

<hr><h2><u>NIÑOS SIN JUGUETES</h2></u>

Ignacio Ramonet

La Voz de Galicia
- 23 12 2004

Es habitual, por esta época de finales de año, que se evoque la cuestión de los regalos a los niños. En nuestros países, el acoso comercial y la tiranía publicitaria han transformado el placer de obsequiar en una obligación autoritaria de la que casi nadie se puede librar. Muchas familias sacrifican lo esencial y aceptan posponer gastos indispensables para respetar el rito colectivo de inundar de juguetes a los menores. Un estudio reciente revela que cada hogar europeo gastará estas navidades una suma media de 320 euros en obsequios. Esto significa que la Unión Europea de los Quince, por ejemplo, consagrará la astronómica cantidad de 30.000 millones de euros en compras de regalos.

Con ese dinero se podrían construir, por ejemplo, unos 125 grandes hospitales ultramodernos en Europa, o más de 30.000 dispensarios médicos en los países pobres. También se podrían cavar unos 15 millones de pozos en África que darían agua potable a centenares de millones de personas. Y en un mundo en el que la mitad de la humanidad vive con menos de dos euros diarios y en el que -según un nuevo informe de la FAO- 815 millones de personas sufren de hambre, se les podría dar comida a unas 3.000 millones de personas durante, por lo menos, cinco días. Una manera de verdad solidaria de celebrar las fiestas.

En el océano de miseria que caracteriza nuestro mundo, los menores son los que mas sufren. Según la Unicef, la mitad de los pequeños del planeta, o sea mil millones de niñas y niños, padecen privaciones extremas a causa de tres males principales: la pobreza, las guerras y el sida. Cabe recordar que nueve de cada diez niños que nacen hoy en el mundo lo hacen en países pobres. Y mientras nos disponemos a mimar con exceso a nuestros escasos pequeños, a empacharlos con dulces y a asfixiarlos con regalos caros, los demás menores padecen -según Carol Bellamy, la directora general de la Unicef- de siete privaciones básicas: alojamiento, acceso a servicios higiénicos, agua potable, información, cuidado médico, escuela y alimentación.

Unos 700 millones de niños conocen por lo menos dos de estas siete privaciones. Uno de cada seis tiene hambre. Uno de cada siete no ha conocido el mínimo cuidado médico. Uno de cada cinco no bebe agua potable. Además, hay unos 180 millones que trabajan como adultos en las peores condiciones. Centenares de miles han sido alistados a la fuerza en los numerosos conflictos del planeta, viéndose obligados a hacer uso de las armas y a cometer crímenes de sangre. Las niñas, en estos conflictos, son a menudo objeto de violaciones, lo cual, además, extiende la propagación del sida. Esta enfermedad es responsable de unos 15 millones de huérfanos en el mundo, el 80% de ellos en África subsahariana. Los niños son también las víctimas principales de las guerras; representan el 45% de los 3,6 millones de personas muertas en todos los conflictos durante los años 1990.

Esta infernal situación de la mayoría de los menores del mundo no es una fatalidad. Nadie puede considerar eso normal. Nuestra solidaridad, en estos días en que nuestro cariño hacia los niños es más manifiesto, debería expresarse apoyando las campañas a favor de consagrar el 0,7% de la riqueza de los países ricos a la ayuda a los desfavorecidos. O sosteniendo nuestra proposición de crear una tasa internacional, un IVA planetario y solidario, para empezar a poner fin al escándalo de la pobreza. Eso sí que sería, para la mayoría de los niños de la Tierra, un fabuloso regalo de navidad.