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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


ÁRBOL EN PENA

<hr><h1><u>ÁRBOL EN PENA </h1></u>

por Pablo Huneeus
www.pablo.cl


Cuando miro los ríos desbordados, las casas con agua a la cintura y las calles hechas torrentes veo al alerce sangrando, al camión tronquero bajando del monte y a la chipera moliendo rollizos de madera roja para cargar barco tras barco con astillas.

No es primera vez que llueve en Chile, ni será la última que el Mapocho se pasee por las planicies bajas de la capital. Ya en 1545 el propio fundador de "Santiago del Nuevo Extremo", Pedro de Valdivia, informaba a su "Sacra, Cesárea y Católica Majestad" (Carlos V) que "En junio en adelante, que es el riñón del invierno, le hizo tan grande y desaforado de lluvias, tempestades, que fue cosa monstruosa, que es toda esta tierra llana, pensamos de nos anegaríamos, y dicen los indios que nunca tal han visto, pero que oyeron a sus padres que en tiempo de sus abuelos hizo así otro año". Por su parte, en 1574 el escribano de la Inquisición, Nicolás de Gárnica comenta que nuestro Sena, "con ser chico y ruin, venía tan poderoso y grande".

"A gran mojada, gran secada" decían los antiguos refiriéndose al ciclo típico de la pluviometría chilensis. Lluvias cortas, intensas, amontonadas en torno al "riñón del invierno", han sido el pan nuestro de cada día de "un año normal" (325 mm), en circunstancias que en 1886 cayeron en la capital 59 mm; contra 820 mm en 1900; 760 mm el 26: y apenas 69 mm. en 1968. O sea, los 319 mm a la fecha no debieran sorprender a nadie, menos en un país que de cero suele diluviar, como en isla Guarello, hasta 7.330 mm. anuales.

Más aún, desde el Cachapoal al sur uno alcanzó a conocer ríos prístinos, de aguas claras y profundas. El mismo Maule, no ha mucho era navegable en falucho y el Ñuble en invierno mantenía su transparencia verde esmeralda.

Sin embargo, es tal la furia con que las aguas de la última mojada se abalanzaron cerro abajo, que todos esos ríos se embancaron, ocasionándole a las puras estructuras de Obras Públicas (caminos, puentes) perjuicios por $17.903 millones. A la veintena de vidas humanas perdidas en derrumbes y ahogos, súmense los daños a reses, casas, fábricas, sembradíos, comercios y vehículos.

O sea, no es la lluvia en sí misma la perjudicial, sino estos nuevos lodazales color chocolate provocados por la erosión, que ahora corren desaforados con cuanto limo y cascajo pillan a su paso. Todo, por la deforestación. Entonces la sociedad chilena, en lugar de aprender a habitar su territorio, aumenta la indefensión y miseria de su gente.

Aunque Chile es una cornisa inclinada hacia el mar, y el cordón andino a su espalda es un montón de tierra suelta, –no roca firme como parece– el Creador dispuso estupendos gaviones para sujetar la montaña en su lugar: tamarugos y chañares en las serranías de Atacama, peumos y boldos hacia el Aconcagua, roblerías y alerzales desde Vichuquén al Corcovado, y cipreses y lengas hasta el Cabo de Hornos, todos hechos para el agua que les toca..

El bosque nativo, con su sabia variedad de especies, evita que las gotas de lluvia golpeen el suelo, actúa de esponja absorbiendo agua para luego largarla limpia y serena en verano. Aminora el desgaste del viento, atenuando las voladeras de polvo en tiempo seco y los derrumbes en invierno. Las raíces sujetan la grava libre y abren vías de penetración hacia las vertientes y pozos de la planicie. Los viejos troncos sirven de alimento al renoval y en las empinadas quebradas desde el agrio litre al solemne ulmo abrazan firme las piedras propensas al alud.

Pero vino la quema de floresta virgen para desalojar a los mapuches, la corta de tamarugales para fundir la plata de Chañarcillo, el pastoreo de cabras para explotar a rajatabla el matorral de secano, el roce a fuego para incorporar potreros a la agricultura, la horda de hacha al hombro cortando leña para el pan, el madereo para fabricar puertas y ventanas, y finalmente en grande, la industria forestal de exportación.

Autorizada a talar bosque nativo de tierras fiscales y encima subsidiada por el DL 701, dicha industria encabeza la guerra al árbol chileno. Bajo la motosierra empresarial caen cientos y miles de notros, lingues, y robles al día. Tendidos sobre el barro, asediados por matarifes de chaqueta amarilla, les cortan sus brazos de hojas, los despojan de su corteza como quien descuera conejos, los arrastran con cadenas, y lo que ayer era magia, ahora es un barrizal donde las botas se hunden hasta la rodilla.

Al quedar la tierra desnuda, la lluvia tajea la ladera y desciende cual hemorragia, arrastrando consigo la capa vegetal y el subsuelo inerte –arcilla, greda, arena– que la sustenta. El cauce de esteros y afluentes por donde debiera correr agua se llena, pues, de lastre. Por eso, al agua no le queda más que desbordarse violentamente hacia los poblados colindantes.

El resultado es esta nueva fragilidad de Chile, la que debe ser subsanada parando en seco la tala del bosque nativo, terminando de una vez con los roces a fuego (el SAG todavía autoriza quemas de monte) y repoblando el territorio con la mejor defensa fluvial jamás inventada: don árbol.


huneeus@pablo.cl


 


“EL SIGLO VIOLENTO”

<hr><h1><u>“EL SIGLO VIOLENTO”</h1></u>

CAUSA POPULAR Y EDICIONES CAMINOPROPIO
INVITAN A LA PRESENTACION DEL LIBRO:
"El Siglo Violento"
 Una Lectura Latinoamericana de nuestro tiempo, de Enrique Lacolla
 Un nuevo aporte teórico e interpretativo de la Izquierda Nacional.

 

 
Presentan:
Honorio Díaz - Ernesto Ríos - Alberto Guerberof - Enrique Oliva
18 DE NOVIEMBRE - 19 HORAS

 

TEATRO VERDI
Av. Almirante Brown 736
La Boca - Ciudad de Buenos Aires 
LA presentación se realiza como parte del cronograma de conferencias de "FORJA: 70 años de pensamiento
nacional" y en conmemoración del Día de la Soberanía.

 Auspician:

 Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas - Museo Evita - Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación

- Pensamiento Nacional - ISO Suterh - Secretaria de Cultura de la CGT - Perón Vence al tiempo

 

Enrique Lacolla es escritor y periodista. Fue docente de Historia del Cine en la Escuela de Artes de la Universidad
Nacional de Córdoba durante tres décadas. Analista de temas internacionales y columnista político en
La Voz del Interior. Tiene publicados Cine épico e historia (1970), El oficio de ver (1998), Contra el viento (2002)
y El cine en su época (2003).

 


NEOLIBERALISMO EN CHILE

<h1><hr><u>NEOLIBERALISMO EN CHILE</h1></u>

SEMINARIO
NEOLIBERALISMO EN CHILE

 

El Centro de Estudios de la Modernidad desde América Latina, tiene el agrado de invitar a Ud. a un seminario donde se reflexionará en torno a la aplicación, los efectos y los fundamentos del sistema socioeconómico neoliberal en Chile.

Expositores:

            Felipe Portales (Sociólogo, Académico Univ. de Chile):
          El Neoliberalismo de la Concertación

            Manuel Ahumada (Dirigente sindical, Presidente COTIACH y MOSICAM):
            Los trabajadores ante el Neoliberalismo

           Renato Espoz (Ingeniero Comercial, Filósofo, Investigador CEMDAL):
           Fundamentos del Neoliberalismo

Salón de Eventos Univ. Católica Cardenal Raúl Silva H.
Jofré 462, Santiago Centro
Miércoles 16 de noviembre de 2005, 18:45 hrs.

ENTRADA LIBERADA


APUNTES PARA OTRA IZQUIERDA

<hr><h1><u>APUNTES PARA OTRA IZQUIERDA</u></h1>

Centro de Estudios Sociales Avance
www.centroavance.cl
 

Gregorio Angelcos y Carlos Díaz acaban de presentar su libro “Una democracia de oligarquías (apuntes para otra izquierda)”. A continuación presentamos el prólogo del libro escrito por Jorge Arrate.

La izquierda ha vivido un tiempo que parece arrancado de la poesía del fracaso propia de un tango de Discépolo. Los obreros deben  competir para que les extraigan la plusvalía, los gobiernos se disputan entre sí el privilegio de que sus países sean vaciados de riquezas básicas, los partidos de izquierda se postulan como buenos administradores capaces de aprovechar las virtudes, las reales y las falsas, del libre mercado. El cambio ha sido universal y mayúsculo. La izquierda, de manera no uniforme, ha ido asumiendo que su descontento con la forma cómo es el mundo debe traducirse en nuevos derroteros.
 

Efectivamente, el fantasma del denominado “fin de la historia” pena desde hace ya tiempo en la casa de los espíritus de la izquierda. En cierto sentido fue la propia izquierda, una parte de ella al menos, la que más acuciosamente exploró las grietas de la catástrofe antes que se produjera. El derrumbe del Muro en 1989,  que, se dice, marca el término efectivo de un siglo, la caída de telón de una época, el fin de la historia, aunque no fue previsto como tal, no era conceptualmente extraño a antiguos y a veces repetidos debates de la propia izquierda. Desde Luxemburgo y su amor a la libertad, la crítica de izquierda al modelo “oriental” del “partido-estado”, con propiedad estatal de los medios de producción y planificación centralizada, emergió en puntos y momentos diversos.
 

En primer lugar, desde la socialdemocracia, que en algunas partes alcanzó tanto éxito con su programa social que, llegado un cierto punto, no supo qué más hacer, incapaz de proponerse un cambio radical de sistema, e inició su estancamiento y, en el caso de algunos de sus componentes, la recalada en los mares interiores del liberalismo. Luego, desde la ortodoxia trotskista, de fuerte tensión antiburocrática, y desde la ortodoxia china, radicalmente basista en los tiempos de la Revolución Cultural. En Italia, en los años setenta, la discusión sobre el “socialismo real”, sobre sus méritos y virtudes, pero especialmente sobre su naturaleza ---¿qué era? ¿era socialismo? ¿o era acaso “capitalismo de estado”?---fue aguda e involucró no ya a los herejes, desviados de la ortodoxia soviética, sino también a los comunistas de inspiración gramsciana. En la misma época los yugoslavos reunían todos los años en el balneario croata de Cavtat a unos doscientos políticos e intelectuales de izquierda de todas las tendencias y de todos los continentes. Eran debates durísimos, plenos de espíritu crítico e imaginación. El Muro aún no había caído. Faltaban quince años para que se desmoronara.
 

En Chile, socialismos libertarios y socialismos marxistas se fundieron en la década de los treinta en el Partido Socialista, que hizo de la crítica al estalinismo y a la experiencia de dictadura del proletariado del este europeo una de sus banderas ideológicas durante la mayor parte de su historia, decenios  antes de la caída del Muro.
 

Traigo esto a colación no por el afán de redimir a la izquierda revalorizando las disidencias de ayer, sino para señalar que hay mucha reflexión acumulada sobre un proyecto de sociedad alternativo al capitalismo, y también alternativo al modelo comunista de Europa del Este y Asia, bastante tiempo antes de la lápida de Fukuyama y su “fin de la historia”. No es efectivo que la caída del Muro haya significado que la izquierda quedó sin proyecto: para parte importante de la izquierda, la mayoría de la que hoy subsiste, ese no fue nunca su proyecto, si bien el posicionamiento frente a la realidad del entonces llamado “campo socialista” iba desde el respeto, a veces oportunista, a veces sincero, hasta la condena.
 

En todo caso, el agotamiento de la propuesta socialdemócrata generó un cuadro en que los dos  protagonistas de la historia de la izquierda en el siglo XX, el movimiento comunista  y la socialdemocracia quedaron huérfanos de proyecto. El socialismo perdió referente real, imperfecto, desviado, incompleto, pero referente real al fin. Sólo una pequeña nación como Cuba se aprestó a resistir los embates del nuevo Leviatán: el mercado. El impacto ha sido grande y ha limitado la capacidad de la izquierda de elaborar, sobre algunas bases propias ya formuladas más otras nuevas, un proyecto diferente del comunismo soviético y que vaya más allá de los intentos importantes de humanización del capitalismo realizados por los socialdemócratas nórdicos,  zarandeados también por el maremoto neoliberal.
 

El punto que quisiera plantear es que esta ausencia de proyecto creíble deriva no tanto y no sólo del derrumbe del Muro y del agotamiento socialdemócrata, sino del rol que progresivamente fue adquiriendo el mercado en la vida de las sociedades modernas, con el consiguiente desplazamiento del ciudadano por el consumidor y de la solidaridad por el individualismo. 
 

De esta manera, el debate actual pareciera constituirse entre dos opciones: una, la que cabalga el mercado no regulado ---yo diría libertino--- como gran fuerza motora del desarrollo capitalista. La otra, aquella que critica los evidentes excesos del capitalismo ---entre otros su vaciamiento ético y las enormes desigualdades que consagra--- y que postula atemperarlas. Ambas opciones, que tienden a encontrarse cuando se aproximan al espacio político denominado “centro”, no ponen en cuestión las bases estructurantes del actual sistema hegemónico.
 

Surge así, en el universo de la política, un mundo de ambidextros. Está conformado por una derecha que desarrolla una cierta sensibilidad social ante las miserias extremas, materiales y morales que el sistema genera y un “progresismo” que se bate, con más o menos éxito, por contradecir los efectos naturales del mercado pero sin ponerlo decisivamente en su lugar. Por esta vía la administración del Estado y la gestión de sus asuntos siguen siendo, aún con su pérdida progresiva de facultades, espacio de disputa pero también de complicidades que permiten a la derecha recubrirse de un ropaje más avanzado y al “progresismo” erigirse en un gerente competitivo de la economía desregulada.
 

Se quiere que este sea el espacio de la política, excluyendo a quienes no se circunscriben a él, por utopistas, milenaristas, maximalistas o promotores de imposibles, o cualquier otra calificación con intención peyorativa. En la consagración de ese espacio el control de los medios de comunicación juega un rol primordial: la construcción de una opinión pública con opciones circunscritas es una necesidad vital para su mantención.
 

En el caso de Chile el fenómeno adquiere un carácter extremo y por eso mismo insoportable. En nuestro país, mucho antes de la caída del Muro y cuando recién se insinuaba la decadencia socialdemócrata, la izquierda sufrió el golpe más duro de su historia: el 11 de septiembre de 1973. Treinta años después surge una vez más la necesidad de una reidentificación y la vía apropiada es la formulación de un nuevo proyecto que ensanche el espacio del debate y las opciones.
 

Un proyecto de izquierda es necesario para abrir un territorio donde pareciera haberse acallado ---atención, los medios una vez más---y eliminado la crítica a fondo al capitalismo. Se requiere también para salir al paso a una derecha que, en su beneficio, declara superada la separación entre izquierda y derecha y a lo más admite diferencias entre un centro-derecha y un centro-izquierda que, se sostiene, debieran “alternarse” en el poder. El discurso de la “alternancia” es uno de los artilugios más vistosos del espacio circunscrito que he mencionado. Porque, ¿puede hablarse de alternancia en un país donde  el poder económico y comunicacional está tan soberbiamente desequilibrado a favor de la derecha? ¿Habrá también “alternancia” en la dirección de los grandes conglomerados financieros? ¿O en la dirección de “El Mercurio”; o de los canales privados de televisión, habrá también “alternancia”?
 

La izquierda chilena intenta diversamente, desde múltiples distintos lugares, reconstruir un proyecto. Resurge el viejo debate sobre el socialismo y la democracia al que Eugenio González y Salvador Allende, entre otros, contribuyeron grandemente. En la década de los setenta, en Chile y en el exilio, la izquierda chilena retomó esa discusión quedó estremecida y, luego, dividida. Hoy de nuevo textos recientes y no suficientemente difundidos y analizados vuelven a proponer el debate democracia-socialismo con una intención reconstructora. Menciono a lo menos tres: los aportes de Manuel Antonio Garretón, entre otros “Perspectivas del socialismo en el siglo XXI”, publicado en el 2000; el trabajo de Tomás Moulian publicado el mismo año bajo el irónico título de “La Quinta Vía”; y las reflexiones políticas cargadas de densidad teórica que ofrece Gonzalo Martner en su libro “El socialismo y los tiempos de la historia” publicado el 2003.
 

En este libro Gregorio Angelcos y Carlos Díaz dan un nuevo paso en su larga y fructífera colaboración intelectual, para expresar desde su perspectiva el malestar que invade a las mujeres y hombres de izquierda al constatar el vacío de propuestas y, no sólo eso, muchas veces la resignación frente a ese vacío. Se inscriben con fuerza en esa tarea reconstructora que señalo.
 

Angelcos y Díaz nos recuerdan que no hay que dejarse llevar por el conformismo. La falta de vigor de un pensamiento de izquierda en el Chile de hoy, que ponga en cuestión las “verdades” que da por establecida la hegemonía del pensamiento economicista y mercantilista, no es un destino ineluctable propio del período histórico que vivimos. Es, en buena parte, responsabilidad de nosotros mismos. Angelcos y Díaz nos lo recuerdan y de modo descarnado hacen una vivisección de la izquierda y la sociedad chilena y esbozan senderos de reconstrucción. Como Gramsci, de inteligencia pesimista y de voluntad optimista, los autores, dos auténticos socialistas de la mejor tradición libertaria, nos desafían ahora a repensarlo todo, a criticarlo todo.

En buena hora.


EL SUBSUELO DE LA CUMBRE

<HR><h1><u>EL SUBSUELO DE LA CUMBRE</h1></u>

Por Enrique Lacolla
La Voz del Interior – Córdoba
Domingo 6 de noviembre de 2005-11-06

Una ciudad blindada, una Cumbre Interamericana contrastada por una Cumbre de los Pueblos que se proyectó como su contrafigura; la dificultosa redacción de un texto final que no terminó de cuajar y que no pudo disimular la división entre los estados firmantes respecto del tema capital del libre comercio para las Américas; la puesta en valor de alianzas explícitas o implícitas entre los participantes de la reunión y la pésima opinión que la mayor parte de los habitantes del país que hospedó el encuentro no se recató de manifestar respecto del presidente de Estados Unidos, pusieron a la asamblea interamericana de Mar del Plata bajo una luz muy diferente de la que bañó este tipo de encuentros en épocas pasadas.

Los tiempos han cambiado desde los consensos mecánicos que distinguieran a casi todas las reuniones de esta naturaleza. En las cuales, cuando mucho, había un país anatematizado por Estados Unidos y una coincidencia con ese punto de vista otorgada más o menos a regañadientes por los restantes miembros de la comunidad americana.

Todo esto es interesante y estimulante. Pone de relieve un hecho básico: que América latina empieza a adquirir un perfil propio y que su sujeción al imperio o a los imperialismos ya no es percibida como una fatalidad sino como un hecho al que hay que modificar.

PROTAGONISMOS

Esta percepción, sin embargo, debe ser articulada a través de hechos concretos, y los hechos concretos son el resultado del accionar de personas concretas y de fuerzas políticas y sociales específicas. La intolerancia al estado de cosas está cada vez más difundida entre la gente, pero,
¿cuál es el grado de percepción que de esta situación existe entre los núcleos dirigentes de América latina y, sobre todo, cuánta es su voluntad de ponerse al servicio de la tendencia unitaria que está emergiendo?

Diríase que muy irregular. En primera línea está el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, que concentra muchos de los rasgos del caudillo populista latinoamericano.
Populista, desde nuestra óptica, no es una denominación peyorativa sino un dato que ilustra una realidad, la de la personalidad que llena, con carácter vicario, el rol que la burguesía y sus ramificaciones políticas deberían cumplir como factores aglutinantes de la nación.

La incapacidad o la cobardía histórica de ese estamento social en América latina ha sido proverbial y es lo que ha impulsado el surgimiento de este tipo de alternativa personalista; alternativa que arrastra, como es comprensible, tanto las virtudes como los defectos de quien la encarna.

Chávez tiene más de las primeras que de los segundos. Entre ellas se cuenta la de entender la imposibilidad de enfrentar, en solitario, a los factores que condicionan nuestra dependencia.
De ahí su énfasis tan fuerte en la necesidad de proceder de forma mancomunada y su esfuerzo por sumarse al Mercosur.

Los otros dos mandatarios latinoamericanos que encarnan una opción por la soberanía, con matices más opacos pero desde bases nacionales de mayor peso, son el brasileño Luiz Inácio “Lula” da Silva y nuestro Néstor Kirchner. Ambos han arropado al mandatario venezolano en algunos de los momentos más difíciles de su gestión y no parece que vayan a cejar ahora.

Pero para que su orientación correcta en el plano de la política exterior tenga resultados reales, es necesario que acometan reformas en su propia casa. Son demasiados los ítems con los que están en deuda y que podrían resolver sin apelar a expedientes drásticos. En la Argentina, por ejemplo, falta resolver la materia pendiente de una reforma fiscal progresiva que ayudaría a propulsar el despegue en asuntos como la vivienda, el transporte, una red troncal de autopistas, la salud, la educación y el fomento de la industria automotriz y de las Pymes. Cosas que están al alcance de la mano, a poco que se ponga un poco de voluntad, de rigor en la implementación de las políticas de crédito y de transparencia en lo que se actúe.

La compulsa de Clarín sobre el grado de identificación que el público sentía respecto de los mandatarios visitantes arrojó un claro ganador: Chávez. ¿No dice algo este dato?

Algo se mueve en las profundidades del continente. No es nada catastrófico, a menos que sea violentamente contrariado.
Tan sólo indica un deseo de cambio que expresa una voluntad de ser. Iberoamérica, como proyecto unitario, pasa por la afirmación de sus pueblos y ésta sólo puede provenir de su liberación de la dependencia y de la implantación de la justicia social en su seno.


LOS SOCIALISTAS CHILENOS Y LA CUMBRE DE LOS PUEBLOS

<HR><h1><u>LOS SOCIALISTAS CHILENOS Y LA CUMBRE DE LOS PUEBLOS</h1></u>

Carta enviado hoy a los organizadores de la III Cumbre de los Pueblos que se inicia hoy en Argentina. Saludos Esteban Silva

1 de noviembre de 2005.

Compañeras y compañeros
Comisión Organizadora
III Cumbre de los Pueblos

Reciban el saludo de los y las socialistas chilenos agrupados en el Regional Latinoamérica que reúne a todos los socialistas que vivimos en América del Sur.

Como militantes del Partido del Presidente Salvador Allende, luchamos y tenemos la convicción de que otro mundo y otra Latinoamérica son posibles.

Somos parte activa de las fuerzas sociales y políticas socialistas y progresistas que luchan por un mundo multilateral, basado en la paz, en la justicia internacional, en la redistribución mundial de la riqueza distinta al de la globalización neoliberal dominante.

La III Cumbre de los pueblos es un acto de confluencia, de acción de reflexión y esperanza. Se efectúa en un momento muy importante para Latinoamérica y el mundo. Tenemos que avanzar en la unidad e integración sudamericana.

Tenemos que construir grandes alianzas y concertaciones de todos los movimientos sociales y políticos que luchan por la reproducción de la vida y por generar alternativas de transformación de nuestras sociedades.

Nos sumamos también a la gran movilización que encabezaran los hermanos argentinos junto con muchos latinoamericanos para decirle al Señor Bush que Latinoamérica no quiere sus guerras imperiales y su agresión unilateral.

Porque luchamos por un comercio justo, por desarrollos auto sustentables, por la defensa del medio ambiente y nuestras riquezas naturales, para que éstas puedan ser puestas al servicio de los millones de habitantes de nuestro continente y de los países del sur decimos No a la política de la administración Bush. Sí a la integración y complementariedad de nuestros pueblos y naciones. Sí a la unidad Latinoamericana. Sí a la integración social, económica, comercial y energética, y a la confluencia de los países del sur en desarrollo.

Sí a un mundo multipolar, basado en el derecho internacional, basado en la efundación de la arquitectura de Naciones Unidas y el cambio profundo de los Organismos Financieros multilaterales.

Porqué creemos en la vida y en la fuerza democrática de las ideas socialistas del siglo XXI, nos sumamos y saludamos con entusiasmo la Cumbre de los Pueblos que hoy comienza en la República Argentina.

Alejandro Santander - Presidente

Esteban Silva - Secretario Político

Regional Latinoamérica Partido Socialista de Chile


CONFLICTO CHILE-PERÚ

<hr><h1><u>CONFLICTO CHILE-PERÚ</h1></u>

EL SOCIALISMO CHILENO Y EL SÍNDROME DE ESTOCOLMO


"Uno tiene todo el derecho a preguntarse si con el suicidio de Allende en setiembre de 1973, también murieron los sueños del socialismo chileno".


Alberto Adrianzén M.
La República – Lima – Perú
4 de noviembre de 2005

Resulta gracioso que el canciller chileno Ignacio Walker afirme que no reconocerá la ley peruana sobre la línea de base del dominio marítimo. Es gracioso, digo, porque ningún peruano está obligado a reconocer las leyes chilenas. En tal sentido, sucede lo mismo con los ciudadanos de ese país: no están obligados a reconocer nuestras leyes. Así de simple. Si ello es así, es decir, un asunto tan obvio que no amerita siquiera una discusión seria, salvo que aceptemos una indebida injerencia externa, lo primero que a uno se le ocurre es decir que Chile está totalmente equivocado en su reclamo y postura. No solo porque la ley de bases no define directamente nuestro límite marítimo sino también porque no se ha producido aún un hecho internacional que lo obligue a responder.

Por ello es posible que la respuesta chilena sea una suerte de combinación que mezcla su tradicional prepotencia frente a este asunto con una muy reciente preocupación por el descenso de la candidata oficialista Michelle Bachelet en la carrera presidencial. Como se sabe, la candidata de la Concertación viene bajando en las encuestas como consecuencia de un ligero aumento del candidato de izquierda, Tomás Hirsch, que encabeza la coalición "Juntos Podemos Más". El asunto es tan obvio que los otros tres candidatos no oficialistas le han dicho al presidente Ricardo Lagos, luego de su reunión con la candidata Bachelet para discutir el reciente problema con el Perú, que no manipule este asunto en beneficio de su candidata.

Pero más allá de esta explicación lo que sí resulta también obvio y, por qué no decirlo, lamentable, es que el socialismo chileno apele y manipule los sentimientos más primitivos y reaccionarios de su pueblo para ganar esta elección. Ello demostraría que el socialismo chileno como discurso de cambio se está agotando; que sus diferencias con la derecha de ese país son tan mínimas que solo le queda disputarle lo peor de la tradición chilena: el chauvinismo y el prusianismo militarista. Dicho de otra manera: terminar nuevamente prisionero de sus antiguos verdugos: los militares y las elites económicas.

De ahí que uno comience a descubrir que la derrota del gobierno de la Unidad Popular (UP) y la muerte de Salvador Allende, como también la posterior y salvaje represión pinochetista, no solo fue una derrota política del socialismo sino también –y sobre todo– una derrota cultural que liquidó la vieja tradición progresista de ese país. Por eso no es extraño ver el cambio que se ha operado en algunos socialistas chilenos que de antiguos activistas de la solidaridad continental, como fue en décadas pasadas, hoy se han convertido en activos lobbistas de los grandes empresarios de ese país, en especial de Andrónico Luksic, financista, según algunos, de la campaña de los socialistas chilenos.

Porque sería bueno preguntarles a los socialistas chilenos qué opinan de las recientes declaraciones de la "analista política" Verónica Barrios, quien sostuvo en la televisión chilena que la devolución de Tacna, luego de la Guerra del Pacífico, representó, como ella dice, "un buen gesto" de su gobierno hacia el Perú. O que hasta ahora, a diferencia de los países civilizados, Chile se niegue a entregar los llamados "trofeos de guerra" conquistados en la Guerra del Pacífico.

 

Brasil, por ejemplo, le ha devuelto a Paraguay, como expresión de buena voluntad y también como una suerte de disculpa histórica por el daño ocasionado a ese pueblo, todos los "trofeos de guerra" conquistados en la guerra de la Triple Alianza en el siglo XIX. Igual ha sucedido con los países europeos que han hecho lo mismo como señal de una nueva y mejor convivencia entre ellos. Sin embargo, el comportamiento chileno es todo lo contrario. Hasta ahora, por solo citar un solo caso, se niegan primero a aceptar y luego a devolver los libros robados de nuestra Biblioteca Nacional.

Digo esto no para animar y menos levantar un espíritu chauvinista y revanchista frente a Chile. Ese es el camino más fácil y el más peligroso. Si no más bien para decir que el socialismo, sea cual fuere su vertiente, siempre imaginó un mundo distinto, solidario, pacífico y lejos, por tanto, de la barbarie militarista y prusiana que asoló Europa a principios del siglo pasado. Me imagino que algo similar les podrían decir los socialistas y los grupos progresistas bolivianos.

 

Cuando uno recuerda la enorme y gratuita solidaridad continental con Chile y con el socialismo de ese país, luego del golpe de estado de Pinochet, y analiza el comportamiento del nuevo socialismo chileno hoy, uno tiene todo el derecho a preguntarse si con el suicidio de Allende en setiembre de 1973, también murieron los sueños del socialismo chileno. No tanto el del gobierno de la Unidad Popular, controversial por cierto, sino más bien aquel socialismo que aspiraba a la unidad continental y a un mundo mejor, más civilizado y, por lo tanto, más humano. Posiblemente el socialismo por el cual Salvador Allende ofrendó su vida.


BOLIVIA

<hr><h1><u>BOLIVIA </h1></u>

Maradona y Evo Morales - Cumbre de los pueblos 

LIBROS PARA LA UNIDAD NACIONAL 

Por Andrés Soliz Rada

La Paz - Bolivia

El titular periodístico es inequívoco: “Buscan firmas por la independencia de Santa Cruz” (“La Prensa”, 29-X-05). La consigna de dividir a Bolivia proviene de sectores del “Comité Pro Santa Cruz”, aplicada por la Unión Juvenil Cruceñista (UCJ), conocida  por golpear a indígenas que reclaman acceso a la tierra. Si sectores de ese Comité canalizan los planes de las petroleras, de centros de poder mundial y de la oligarquía chilena, ¿por qué los habitantes de Santa Cruz, respaldaos por el cardenal Julio Terrazas, jefes militares y policiales, empresarios, trabajadores del campo y de las ciudades, profesores, estudiantes y amas de casa, no abren libros en defensa de la unidad nacional?

Es verdad que la letal alianza de petroleras,  usurpadores de tierras fiscales e importantes medios de comunicación busca la secesión de Santa Cruz. Pese a ello, no detendrá la avalancha de un pueblo orgulloso de ser boliviano. El nacer en algún lugar del planeta es una fatalidad. Sin embargo, el haber nacido y vivido en un país oprimido por los imperios, saqueado por las transnacionales y cercenado por oligarquías vecinas, con la complicidad de nuestros propios oligarcas, es un reto para no convertirnos en apátridas. Es cómodo pertenecer a potencias que explotan a países pobres. Es heroico, en cambio, en países como el nuestro, conservar la heredad que nos legaron nuestros mayores y que debemos dejar a nuestros hijos.

Luchar en Bolivia por la integridad nacional no es lo mismo que defender el andino centrismo, la sede de gobierno, el número de escaños parlamentarios para las regiones o los privilegios de los burócratas que gobiernan desde La Paz. Esas deformaciones fueron estructuradas por los oligarcas de la plata, los “barones” del estaño y por quienes condujeron a la revolución de 1952 a la claudicación y la derrota, y que dejaron en la miseria al conjunto del país. Ningún ciudadano humilde, de ninguna región del país, fue cómplice de ese fracaso ni acuñó la  mentalidad centralista de la gran minería, digitada por el capital foráneo. Todo esto debe cambiar, pero no para despedazar a Bolivia ni empujarla a contiendas fratricidas.

Santa Cruz tiene demasiada tradición patriótica para dejarse manipular por traficantes inescrupulosos. Lo señeros espíritus del federalista Andrés Ibáñez (nacido en Cochabamba), de Germán Busch, nuestro máximo héroe en la guerra del Chaco, de Enrique Finot, el canciller en la primera nacionalización del petróleo en América Latina, de Dionisio Foianini, el fundador de YPFB, y de Humberto Vásquez Machicado, el eximio historiador que condenó el Código “Davenport” del MNR guiarán esa epopeya unitaria.

Cabe sumar el recuerdo de Ñuflo Chávez Ortiz, que tanto luchó contra el pongueaje,  de Mario Gutiérrez, el sólido defensor de la causa marítima, de José Ortiz  Mercado, el forjador de la mejor estrategia para el desarrollo nacional que se escribió en Bolivia o de Gladys Moreno, cuya melodiosa voz buscó siempre unir al país.

Esos nombres tienen continuadores en el presente, como los de la parlamentaria Nora Soruco, de políticos como Roger Ortiz Mercado, Jerjes Justiniano, Tany Menacho y Carlos Hugo Molina, de escritores como Homero Carballo, de artistas como Piraí Vaca, de cineastas como Rodrigo Bellot o de periodistas como Fredy Morales. Por el contrario, candidatos presidenciales como Jorge Quiroga Ramírez deben explicar por qué propician  a candidatos que atentan a la unidad nacional, como Roberto Ruiz Vas Werner en Tarija, en tanto Samuel Doria Medina, debe preguntar a su candidato vicepresidencial, Carlos Dabdou, si continúa planteando la “nación camba”, disgregadora de Bolivia.

La lucha por la unidad nacional exige diferenciarse de fundamentalismo indigenista, como el que propició Alvaro García Linera, candidato vicepresidencial del MAS, de Evo Morales, quien, felizmente, ha cambiado de discurso, y que servía, como anillo al dedo a los separatistas del oriente. Para abrir los libros en defensa de la unidad nacional nadie tiene que pedir permiso a nadie. Todo ciudadano que ama a su Patria debe hacerlo por iniciativa propia, con quienes comparten su patriotismo. Hoy, como nunca, adquiere validez, esta trascendental reflexión de José de San Martín: “Cuando la Patria está en peligro todo está permitido, menos el no defenderla”.