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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


MARX Y BOLÍVAR

<hr><h2><u>MARX Y BOLÍVAR</h2></u>

Por Carlos M. Ayala Corao
El Universal
- Caracas, domingo 01 de julio, 2001

Karl Marx se refirió a Simón Bolívar como el "canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Soulouque", (carta de Marx a Engels de fecha 14-2-1858). En esa misma oportunidad, afirmó que Bolívar era un mito de la fantasía popular: "La fuerza creadora de los mitos, característica de la fantasía popular, en todas las épocas ha probado su eficacia inventando grandes hombres. El ejemplo más notable de este tipo es, sin duda, el de Simón Bolívar".

En días pasados, por mera casualidad nos topamos con un pequeño opúsculo titulado Simón Bolívar, cuyo autor es Karl Marx, publicado por Ediciones Sequitur, Madrid, 2001. Confieso la impresión que nos llevamos al constatar la existencia de esta obra la cual ignoraba, como creo que es el caso de muchos venezolanos.

La verdad es que con sus distancias geográficas y su diferencia de edades (Bolívar nacido en Caracas en 1783 y Marx en Tréveris en 1818), nada nos podía hacer suponer que alguno de ellos sería objeto de atención por el otro. Pero la coincidencia ocurrió cuando en 1857, Charles Dana, director del New York Daily Tribune, solicitó a Marx y a Engels un grupo de biografías para incorporarlo en la New American Cyclopaedia.

Es el propio Marx quien en la referida carta a Engels, nos dio noticias de los reparos de Dana contra su artículo sobre Bolívar, porque estaba escrito en un tono prejuiciado y, además, le había exigido más fuentes. A Dana, no le faltó razón para rechazar el artículo de Marx, pues como incluso lo reconoció este último, ciertamente se salía del tono enciclopédico.

Marx comienza su artículo refiriéndose a Bolívar como un descendiente de familias mantuanas, que en la época de la dominación española constituían la nobleza criolla en Venezuela. Luego, Marx continúa su relato emitiendo una serie de afirmaciones y conceptos ciertamente prejuiciados, inexactos o deformados sobre la vida del Libertador. En este sentido afirma que el Libertador rehusó adherirse a la revolución que estalló en Caracas el 19 de abril de 1810, a pesar de las instancias de su primo José Félix Ribas. En cuanto a la misión de Bolívar a Londres en 1811 (junto con Bello y López Méndez), Marx afirma que ésta se redujo a la autorización para exportar armas, teniendo que abonarlas de contado y pagar fuertes derechos.

La pérdida de la plaza de Puerto Cabello en la Primera República, Marx la describe como una huida cobarde y a escondidas de Bolívar para ocultarse en San Mateo y con posterioridad participar, personalmente, en el asalto y detención de Miranda en La Guaira, traicionándolo de esta forma al entregarlo engrillado al general español Monteverde -quien lo envió a Cádiz donde luego moriría-. Esta traición la reseña Marx como debidamente recompensada con la expedición del pasaporte español a Bolívar, en reconocimiento por su 'servicio prestado al Rey de España con la entrega de Miranda'.

Marx describe la victoria en la toma de Santa Marta en 1814 como una hazaña en la cual, a pesar de que la ciudad ya había capitulado, Bolívar le permitió a sus soldados que la saquearan durante cuarenta y ocho horas. La retirada a Jamaica en 1815 es descrita como una huida de Bolívar durante ocho largos meses, mientras los generales patriotas ofrecían su tenaz resistencia en Venezuela; y la Carta de Jamaica es una defensa de Bolívar ante su fuga de los españoles, en la cual pretendió presentar su renuncia al mando supuestamente en aras de la paz pública. Marx describe otra huida cobarde de Bolívar en 1816 frente a una diminuta fuerza del general Morales en Valencia, que lo llevó a retroceder a rienda suelta hasta Ocumare (de la Costa) para saltar y embarcarse a bordo del Diana rumbo a Bonaire, 'dejando a todos sus compañeros privados del menor auxilio'. De allí -relata el autor- que Piar haya amenazado a Bolívar con someterlo a un consejo de guerra por deserción y cobardía. Piar es para Marx el héroe singular de la conquista de Guayana que le da un vuelco favorable a la guerra de Independencia. Bolívar es el dictador traidor y cobarde que (de nuevo) abandona a Arismendi en 1817 en Margarita en manos de los españoles, y luego a Freites en la Casa de la Misericordia en Barcelona, donde éste muere en batalla. Frente a ello, Piar no escatimaba sarcasmos contra Bolívar como el 'Napoleón de las retiradas'. Pero bajo 'falsas imputaciones' de haber conspirado contra los blancos, atentado contra la vida de Bolívar y aspirado al poder supremo, es que Piar es fusilado en Angostura.

La conquista de Nueva Granada no se le debe a Bolívar y a las tropas patriotas, sino a 'las tropas extranjeras, compuestas fundamentalmente por ingleses'. Por ello -anota Marx- tras dejar en funciones al Congreso granadino y al general Santander como comandante, Bolívar marchó a Pamplona, 'donde pasó más de dos meses en festejos y saraos'.

A la cobardía de Bolívar en Calabozo en 1819, al no haber decidido avanzar sobre las tropas inferiores en número de Morillo, se debe la prolongación de la guerra por cinco años más; y la tregua del Convenio de Trujillo en 1820 con Morillo fue hecha 'a espaldas del Congreso de Colombia'.

En cuanto a la Batalla de Carabobo (1821), Marx relata que a Bolívar le pareció tan imponente la posición del enemigo, 'que propuso a su consejo de guerra la concertación de una nueva tregua, idea que, sin embargo, rechazaron sus subalternos'. Los éxitos de la campaña de Quito (1822) 'se debieron a los oficiales británicos'. Y en Bolivia, 'sometida a las bayonetas de Sucre', Bolívar 'dio curso libre a sus tendencias de despotismo'.

El Congreso de Panamá (1826) fue convocado por Bolívar con la intención real de unificar América del Sur en una república federal, cuyo dictador quería ser él mismo. Los diversos mandatos de Bolívar al frente de la Gran Colombia fueron planeados por él para satisfacer sus apetencias de poderes dictatoriales.

Finalmente en 1830 Bolívar pretendía invadir a Venezuela desde Colombia para someterla, pero se asustó frente al ejército de Páez, y se vio entonces obligado a presentar su dimisión, a condición de que se retirara al extranjero favorecido con una pensión anual.

En la descripción personal de Bolívar que Marx cita de Docoudary-Holstein, se lee entre otras perlas lo siguiente:

'Tiene frecuentes y súbitos arrebatos de ira, y entonces se pone como loco, se arroja en la hamaca y se desata en improperios y maldiciones contra cuantos lo rodean. Le gusta proferir sarcasmos contra los ausentes, no lee más que literatura francesa de carácter liviano ... Le agrada oírse hablar, y pronunciar brindis le deleita'.

Este texto de Marx, suerte de 'leyenda negra' de nuestro Libertador Simón Bolívar, fue descubierto en 1935 por Aníbal Ponce en los archivos del Instituto Marx-Engels-Lenin de Moscú, y tras ser traducido, fue publicado por primera vez en castellano en la revista Dialéctica de Buenos Aires en 1936.

No podemos menos que expresar que resulta insólito un texto histórico tan prejuiciado como el escrito por Marx sobre Bolívar. Posiblemente en ello influyó sobre Marx la noción hegeliana de los 'pueblos sin historia'. Pero aun así, ello pone de relieve los errores de mezclar la ideología con la historia.

Lo curioso es que esta visión del proceso revolucionario de la independencia latinoamericana haya sido compartida por marxistas acríticos de tendencia historiográfica soviética, prácticamente hasta 1959, cuando en la segunda edición en ruso de las obras de Marx y Engels se incluyó por primera vez una severa crítica de las posiciones sostenidas en el artículo de Marx sobre Bolívar. Necesario es, entonces, que aprendamos la historia de los historiadores y viceversa, para no cometer sus propios errores.


TELESUR

<hr><h2><u>TELESUR </h2></u>

La salida al aire de Telesur es una clarinada por la independencia y la integración
de América Latina y el Caribe



Por Ángel Guerra Cabrera
Jueves 28 de julio de 2005

La salida al aire de Telesur es una clarinada por la independencia y la integración de América Latina y el Caribe. Es también una señal de los nuevos vientos que soplan al sur del río Bravo gracias a la pujanza de los movimientos populares contra el neoliberalismo y al surgimiento de gobiernos que, en mayor o menor grado, intentan alejarse de esa política desde una tónica más ligada al interés nacional. Con su lema, "Nuestro norte es el sur", la televisora sintetiza su objetivo fundamental de lograr una programación sobre América Latina y el mundo con una visión latinoamericana y caribeña, antagónica a la de los grandes consorcios que dictan los contenidos y controlan las audiencias desde la óptica del norte revuelto y brutal. El respaldo del presidente venezolano, Hugo Chávez, ha sido decisivo en el nacimiento de esta empresa, radicada en Caracas, que también copatrocinan los gobiernos de Argentina, Cuba y Uruguay.

El temor que inspira el proyecto a Washington se ha hecho sentir desde que Telesur hizo sus primeras pruebas. Richard Ludgard, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos, tronaba: "la cadena es un instrumento de la política autoritaria de Chávez". Días después la Cámara de Diputados acordaba solicitar a la Casa Blanca la emisión de ondas televisivas y radiofónicas hacia Venezuela. La idea recuerda la misma operación fallida puesta en práctica contra Cuba desde hace más de 40 años. Estos amagos confirman por sí solos la necesidad imperiosa de desarrollar un medio alternativo latinoamericano de gran cobertura, como puede llegar a ser Telesur, por ahora limitada en su alcance a algunos países de Sudamérica. Y es que un medio que refleje la pluralidad y diversidad de la Patria Grande es indispensable para liberarnos de la camisa de fuerza cultural e ideológica impuesta por las corporaciones mediáticas occidentales. En instrumentos como son el desarraigo y la uniformidad, uno de sus rasgos más dañinos es la enajenación de la historia y tradiciones de lucha latinoamericanas. Se trata de una vieja manipulación que el revolucionario y periodista argentino Rodolfo Walsh -uno de los desaparecidos de su país- definió así: "Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina ni tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores, la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las demás cosas".

La ola privatizadora neoliberal, más allá de sus profundas connotaciones de esclavitud económica, es también una gran operación de colonialismo ideológico y cultural que busca destruir las culturas e identidades de los pueblos latinoamericanos. Este es el espacio que Telesur disputará a la CNN y sus congéneres.

Para hacerlo, tendrá que enfrentar grandes obstáculos que le interpondrán los consorcios televisivos y el gobierno de George W. Bush. Telesur se propone impulsar la integración de nuestros pueblos y, por lo mismo, el rescate de los valores latinoamericanos, tareas que forman parte del legado de Simón Bolívar y José Martí.

Como pensando en la empresa que comienza, el héroe cubano escribió: "La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los Arcontes de Grecia... Injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas".

La lucha que librará Telesur es muy dispareja porque el imperialismo y las clases dominantes locales disponen de poderosos recursos de coerción. Pero Telesur puede imponerse por el simple expediente de decir la verdad, como ha recomendado el presidente Chávez, y, cabría añadir, argumentar la verdad, dos atributos fundamentales de credibilidad que no poseen los heraldos de la dominación. Venezuela misma es un ejemplo del descrédito en que pueden caer los medios de la oligarquía en la lucha de ideas. Las propias televisoras estadunidenses perdieron una parte de su audiencia por la manipulación de la información sobre la guerra en Irak.

Telesur cuenta, además, con dos prestigiosos periodistas latinoamericanos en su puesto de mando, Aram Aharoniam y Jorge Botero, y dispondrá de miles de voces, plumas y lentes de talento en nuestro continente, capaces de nutrir una programación de alta calidad que no podrán contrarrestar los medios corporativos.


CANCIÓN BOLIVARIANA

<HR><H2><U>CANCIÓN BOLIVARIANA</H2></U>

Letra y Música: Alí Primera.
Intérprete: Alí Primera

Redial Simón Bolívar

Bolívar bolivariano
no es un pensamiento muerto
ni mucho menos un santo
para prenderle una vela

Un niño de Venezuela
tuvo un encuentro con él
puede ser imaginario
pero pudo suceder

Y esto lo conversaron
Bolívar y el carajito
debajo de un arbolito
que se salvó de la quema
debajo de un arbolito
que se salvó de la quema

Niño:

"¿No es verdad Simón Bolívar
que al hacer tu juramento
histórico en Monte Sacro
no pensaste que tu brazo
hoy se sintiera cansado
de tantos que se han colgado
para escudarse en tu nombre?".

Bolívar:

"Hay razón en lo que dices
yo frente a Simón Rodríguez
juré liberar a mi patria
y tal vez por inocencia
no la soñé gobernada
por indignos de mi herencia".

Niño:

"Al pueblo tratan de quitarle la memoria
por eso al gringo Henry Clay
quien te insultó en tu vida y en tu muerte
le levantaron una estatua en nuestra Patria
y la doctrina latinoamericana
que acrisolaste en tu carta de Jamaica
le han disminuido su esencia
patriota y libertaria,
¡ah! si vieras el destino
de los pueblos que liberó tu espada
su mayor libertad
es la de morirse de hambre
pisoteados por la bota norteña
sobre la que nos alertaste".

Bolívar:

"Los Estados Unidos parecen destinados
por la Providencia a plagar la América
de miserias en nombre de la libertad".

Niño:

"Hoy acudimos a tu idea visionaria
al anti-imperialista pensamiento de tu frente,
disculpa que te trate de tú
pero para ser mi Libertador
tuviste primero que ser mi amigo
grandioso capitán navegando hacia Angostura
con la cara mojada por el Padre Río
jamás en la historia de la Patria
hubo tantos borrones
sobre un papel escrito
y el amor por el pueblo
llevado a tanta altura".

Y Bolívar sonreído
y lleno de comprensión
le saltaba el corazón
por lo que estaba escuchando.
Y mirando fijo al niño
de edad escolar sin escuela
dijo: Toma mis espuelas
que hay que jinetear de nuevo
tú te vas de pueblo en pueblo
a despertar a la gente
que alzen más y más la frente
para merecer la gloria
y hacer de nuevo la historia
liberando al oprimido
que si el pueblo está dormido
nunca ganará la gloria.

Niño:

"Bolívar, en Birongo
allá por Barlovento
hay una placita con tu nombre
y prohiben visitarla sin camisa
para que veas que nuestras leyes
las dictan los de frac y de levita
en contra de los descamisados.

Bolívar:

"... y se olvidan que yo usé camisa prestada
cuando estuve en Santa Marta..."

Niño:

Y lo peor es que a mi pueblo
ya lo están dejando sin Bolívar.

Bolívar:

¿Lo están dejando sin dinero, carajito?."

Niño:

"Sin conciencia Libertador, sin conciencia.
El pueblo en su engaño
cree que la alta burgesía,
va a llevarte flores al Panteón Nacional
cada Aniversario de tu muerte".

Bolívar:

"Y entonces ¿a qué van pequeño compatriota?".

Niño:

"A asegurarse de que estés bien muerto Libertador,
Bien muerto".

Y Bolívar sonreído
y lleno de comprensión
le saltaba el corazón
por lo que estaba escuchando.

El resultado es claro
la burguesía es hija de la colonia y viceversa
la opresión está reunida en masa
bajo un solo estandarte
y si la lucha por la libertad se dispersa
no habrá victoria en el combate,
¡que si la lucha se dispersa,
no habrá victoria popular en el combate!

Bolívar bolivariano
no es un pensamiento muerto
ni mucho menos un santo
para prenderle una vela

Un niño de Venezuela
tuvo un encuentro con él
oigan sonar sus espuelas
va cabalgando otra vez,
oigan sonar sus espuelas
va cabalgando otra vez
.


POR LOS DERECHOS HUMANOS CON BACHELET

<hr><h2><u>POR LOS DERECHOS HUMANOS CON BACHELET</h2></u>

Dawson2000.com solicita su adhesión



Somos promotores de derechos humanos (DDHH), ex prisioneros políticos de Isla Dawson, y perseguidos políticos de la dictadura militar (1973-1989) de Magallanes, conectados en el Proyecto de Información de DDHH Dawson2000.com. Buscamos fortalecer la democracia y los DDHH en Chile haciendo publico las violaciones a los DDHH cometidas por la dictadura en Magallanes, y requiriendo reparación y justicia para los chilenos que a lo largo del país fuimos víctimas de estos crímenes por parte del Estado. Dentro este contexto, no somos imparciales en la elección del próximo Presidente de Chile. Apoyamos y llamamos a elegir a Michelle Bachelet Jeria por ser la mejor opción para el desarrollo cultural de los DDHH y la democracia en Chile.

La sistemática violación de los derechos fundamentales de las personas por la dictadura militar ha quedado grabada en la conciencia chilena. La extensión de las violaciones la sabemos los miles de chilenos quienes fuimos afectados directamente por estos crímenes. La brutalidad de estas acciones la sintetizan los diversos campos de concentraciones establecidos a lo largo de Chile - graficado entre otros por los campos de Isla Dawson en el medio del Estrecho de Magallanes. En estos campos encerraron y torturaron los cuerpos y los sueños de chilenos que pensaban distinto y buscaban una sociedad mejor para Chile.

Los derechos básicos de decenas de miles de chilenos fueron vulnerados por una práctica sistemática de agentes estatales durante la dictadura. Las violaciones de DDHH incluyeron ejecuciones, secuestros, torturas, detenciones, confinamientos en campos de concentración, sometimiento a consejos de guerra, relegaciones y exilio. El Estado de Chile es el responsable último de estas violaciones. El Estado es el garante y responsable, en todo momento, y bajo cualquier tipo de gobierno de la protección de los DDHH de los ciudadanos del país. Justicia y reparación integral es la deuda pendiente del Estado y la Sociedad de Chile para con estos ciudadanos.

A más de tres décadas del golpe militar, la inmensa mayoría de los violadores y responsables de estos crímenes siguen impunes. El avance en el ámbito de reparación integral a las personas que le violaron sus derechos ha sido lento y es cuantitativamente mínimo. Esta falta de justicia y reparación resultan en marginalizaciones sociales de las victimas. Un mayor avance es posible. En esta coyuntura política, depositamos nuestras esperanzas en que un gobierno encabezado por Bachelet posibilite este necesario avance.

Son una minoría nacional los que persisten en negar las aberrantes violaciones a los DDHH de la dictadura militar. Las Fuerzas Armadas, en menor grado la Armada Nacional, han reconocido tener una responsabilidad institucional, aunque general y limitada, por estas violaciones. Todos los partidos políticos, en diversos grados, han reconocido la necesidad de avanzar en el ámbito de la reparación a las víctimas de estas violaciones.

La Concertación por la Democracia estableció como uno de sus objetivos de gobierno la reparación a las personas que les violaron los DDHH durante la dictadura. A pesar de esto, aún no existe una política publica de reparación integral, solo se han dictado leyes de beneficios limitados para determinados grupos de víctimas, incluyendo incentivos mínimos para el retorno de los exiliados, austeros beneficios previsionales para los exonerados políticos, magras pensiones para los familiares de los ejecutados y desaparecidos y pensiones mínimas para los ex prisioneros políticos que constituyen la gran mayoría de las victimas de DDHH. Esta política de reparación es insuficiente en relación al extenso dañó causado y la masividad de las violaciones que se cometieron. Más aún, no hay ningún esfuerzo de reparación destinado a los condenados en consejos de guerra, relegados y exiliados de la dictadura. No existen razones éticas o de derecho que avalen esta discriminación en el tratamiento reparatorio de estos chilenos.

Bachelet es una estadista comprometida con el desarrollo de los DDHH en Chile. Vivió el exilio político (1975-1979) y es una sobreviviente del campo de concentración Villa Grimaldi, donde estuvo secuestrada en enero de 1975 junto a su madre, Ángela Jeria. Es hija del general Alberto Bachelet, prisionero político que murió por consecuencias de las torturas en los meses posteriores al golpe militar. Michelle es una mujer socialista, médico pediatra, que participó activamente en la lucha contra la dictadura y por el retorno a la democracia. Es especialista en materias de defensa nacional.

En el año 2000, Bachelet es nombrada Ministra de Salud por el gobierno concertacionista del Presidente Lagos. Posteriormente es designada Ministra de Defensa Nacional, convirtiéndose en la primera mujer en ejercer esta cartera en un país latinoamericano (2002-2004). Su mayor aporte al desarrollo de los DDHH en Chile ha sido, sin lugar a duda, el haber consolidado el control de las autoridades democráticamente elegidas sobre las Fuerzas Armadas, insertándolas en una institucionalidad basada en el respeto de los DDHH y la democracia como pilares del desarrollo de nuestra nación.

Dentro del marco de la conmemoración de los 30 años del golpe militar, Bachelet como Ministra de Defensa apoyó, contra la oposición inicial de la Armada Nacional, nuestra demanda para retornar a Isla Dawson, En nuestro retorno a Isla Dawson el 22 de noviembre del 2003, como parte de nuestra ceremonia de Homenaje a los ex-prisioneros de Dawson, hicimos entrega pública de nuestra propuesta de reparación al Ministerio de Defensa y a la Armada de Chile en el mismo lugar donde estuvo el Campo de Concentración Río Chico, donde fuimos confinados durante la dictadura militar. Valoramos el rol que Bachelet jugó en apoyarnos para hacer posible este acto de memoria y denuncia en Isla Dawson.

Los informes de la Comisión de Prisión Política y Tortura del 2004 y de la Comisión de Verdad y Reconciliación del 1991, conjuntamente con la legitimidad de nuestras demandas por reparación y justicia, fundamentan ante Chile la necesidad de avanzar en el desarrollo de una política pública de reparación integral de DDHH. Esta política ayudaría a avanzar en la consolidación social de la institucionalidad democrática en Chile. Un gobierno de la Concertación por la Democracia con Bachelet como presidenta abriría nuevas avenidas para que nuestras propuestas de DDHH se transformen en realidades.

Por el avance en la reparación y justicia a las víctimas de la dictadura militar y el desarrollo cultural de los DDHH, solicitamos vuestra adhesión a la candidatura de Michelle Bachelet para Presidenta de Chile
.

Enviar las adhesiones a ddhhbachelet@dawson2000.com, las cuales publicaremos en nuestro portal de internet www.dawson2000.com

Por Dawson2000.com

Elie Valencia
Miguel Loguercio
Héctor Aviles

Marzo 2005


CHILE: 4 DE JUNIO DE 1932

<hr><h2><u>CHILE: 4 DE JUNIO DE 1932</h2></u>

Por María Cecilia del Valle H.
Of. de Prensa – CEDECH


El CEDECH hoy conmemoró el 73º aniversario de la Revolución Militar-Socialista que encabezara el coronel Marmaduque Grove. Fue objeto de homenaje el dicho uniformado -en su momento descalificado por el comunismo como "social.fascista"- y a otros dos protagonistas de la epopeya: el profesor Eugenio González y el jurista Eugenio Matte Hurtado. En la velada evocaron también figuras tutelares como Víctor Raúl Haya de la Torre, Jorge Abelardo Ramos y Felipe Herrera. Por cierto quien fuera la cabeza de la insurgencia, entonces comandante en jefe de la Fuerza Aérea de Chile, fue comparado con Perón, Velasco y Chávez.

Los tres expositores concordaron en la urgencia de rescatar la efeméride como bandera de quienes postulan un socialismo criollo y la unidad suramericana y, de ese modo, generar -en el marco del PS- una tendencia nacional opuesta tanto a la socialdemocracia y como al marxismo-leninismo. La gesta del 4 de junio de 1932 -se señaló- es un hito fundacional para lograr la reconciliación del pueblo civil y del pueblo militar en procura de un nuevo orden que supone desarrollo económico, complementación conosureña y justicia social. La sesión conmemorativa se cerró entonando la Marsellesa socialista.


CHILE

<hr><h2><u>CHILE</h2></u>

EL CIERRE DE LA TRANSICIÓN INEXISTENTE



por Tomás Moulian
El Mostrador
- 18 de Julio del 2005

¡¡¡Terminó la transición!!! afirman a coro los voceros. ¿No había terminado ya, no una sino varias veces? Primero la acabó Tironi, por razones desconocidas y seguramente eufemísticas; más tarde terminó en otras varias oportunidades. Seguramente cuando Pinochet dejó de ser comandante del Ejército la transición volvió a acabarse, pero como luego se apoderó del asiento de senador vitalicio es probable que se haya decidido que recomenzaba. Cuando Lagos ganó la segunda vuelta estoy seguro que se proclamó que volvía a terminar. Pero la semana pasada la opinión pública fue informada que en realidad aún no había terminado, pero que ahora sí, las decisivas reformas constitucionales la eliminaban para siempre, sin posibilidad (se supone) que vocero alguno la vuelva a revivir.

Una transición que es cerrada tantas veces con algarabía pero de manera efímera, puesto que revive sin que medie ningún decreto, lo más probable es que ni siquiera haya comenzado, que todavía viva su propia prehistoria.

Hay un problema conceptual de fondo. Se ha tomado la mala costumbre intelectual de llamarle transición a cualquier cosa o, para ser más riguroso, a un acontecimiento importante pero que no marca un verdadero quiebre. En la tradición sociológica la noción de transición significaba el proceso de pasaje de un tipo de sociedad a otra. En Chile y en América Latina se ha optado por llamar transición a procesos que, por lo menos en el caso chileno, no generan cambios institucionales de fondo aunque signifiquen cambios de dirección y orientación en la cúpula del Estado. Es importante que el dictador Pinochet haya entregado el gobierno a un presidente electo y que la serie no se haya interrumpido. Pero conceptualmente no basta para identificar el comienzo de una nueva sociedad.

Lo que caracteriza al proceso chileno es justamente que los cambios de un régimen autoritario a un sistema electoral que respeta normalmente el estado de derecho se ha realizado sin que exista transición, entendida como el pasaje de una sociedad autoritaria a una sociedad democrática. Las limitaciones del proceso chileno tienen que ver con que los gobiernos viven dentro del corsé de una institucionalidad creada por el autoritarismo que impide que la democratización política y socio-económica pueda tener lugar, aun si hubiera voluntad política.

De estas reformas constitucionales puede decirse que constituyen un avance, pero que no abren la transición. Y si no la abren mucho menos la cierran. Para que la transición sea abierta se requiere el cumplimiento de dos condiciones necesarios: a) la convocatoria de una Asamblea Constituyente que permita a la sociedad chilena pensar colectivamente en una nueva Constitución creada para favorecer la democratización más profunda y no como la actual que está pensada para perpetuar el sistema neoliberal y la democracia blanda, y b) el esclarecimiento judicial de la suerte de todos los desaparecidos y asesinados por la dictadura y la sentencia de todos los culpables.

Sólo con una nueva Constitución que favorezca el surgimiento de una democracia representativa real (sin binominal y con ciudadanos activos que no transfieren su soberanía a los representantes y tienen capacidad de iniciativa o veto legal), que permita un control democrático (y no sólo estatal) del mercado, que facilite las necesarios reformas de la salud y la educación, que estimule las luchas sociales por la distribución del ingreso habremos entrado a la transición. Sólo cuando hayamos enfrentado toda la verdad en materias de derechos humanos y hayamos conseguido la certeza de que se ha obtenido la justicia habremos entrado en la transición. Entonces estaremos construyendo una democracia política y social progresiva y no reproduciendo al más salvaje de los capitalismos.

¿Cuándo terminara esa transición? La democratización de la sociedad es una tarea constante, una lucha interminable de los dominados, de los marginados por el empoderamiento, por producir espacios para una economía de necesidades, por una participación real y no ficticia. Por lo tanto, no terminará nunca, las que terminan por decreto televisivo de los voceros son los procesos de mentira.

*Tomás Moulian. Cientista político, Rector de la Universidad Arcis


EL CHILOÉ DEL NIÑO

<hr><h2><u>EL CHILOÉ DEL NIÑO</h2></u>

El Mercurio, noviembre de 2001

Por Francisco Coloane

Nací en la costa oriental de la isla grande de Chiloé, que protege con su base granítica de la cordillera de la Costa a las islas menores, desde el canal de Chacao hasta las bocas del Guafo. La vida de esta región está regulada por el flujo y reflujo oceánico que viene desde los cuernos de la luna y de lo que habrá más allá de los astros, y por las lluvias esparcidas con toda la rosa de los vientos. Llueve allá de mil formas, con cerrazones bramando huracanadas, copiosos llantos celestiales que traspasan el corazón de los vivos en comunicación con sus muertos, que reposan bajo los cementerios de conchales.

Mi infancia lejana se desarrolló entre dos islas del archipiélago de Chiloé, en la costa oriental de la isla grande y frente a la de Caucahué, que en huilliche quiere decir "lugar de gaviotas grandes". Entre las dos islas pasa el canal de Caucahué, formando un ángulo obtuso, en cuyo vértice está el puerto de Quemchi, que tenía poco más de quinientos habitantes cuando yo nací.

Al oriente del varadero, en "la tierra de la punta", en una casa construida sobre pilotes de madera alquitranados, mi madre, Humiliana Cárdenas Vera, campesina de Huite, hija de Feliciano Cárdenas y de Carmen Vera, me dio a luz a las cinco y media de la mañana, el 19 de julio de 1910. En esos días, mi padre, Juan Agustín Coloane Muñoz, andaba navegando de capitán de barco de cabotaje.

En la casa había una especie de puente de tablones para ir del comedor a la cocina. En la alta marea, el oleaje llegaba hasta debajo del dormitorio y así no demoré mucho en pasar del rumor de sus aguas al de las aguas del mar. Hasta hoy me acompañan el flujo y reflujo de esas mareas y sangres. La voz de mi madre y el rumor del mar arrullaron mi infancia. Los sigo amando y temiendo. De madrugada ella me gritaba siempre: "¡Panchito, arriba, está listo el bote!". Y yo me levantaba a regañadientes para tomar desayuno y embarcarme en un bote de color plomo, de cuatro bogas, hecho de tablas de ciprés y cuadernas de cachiguas, que nos llevaba al alto del estero de Tubildad. Allí teníamos siembras de trigo, papas, linaza y legumbres, y nuestros animales: algunos cientos de ovejas y unos cientos de vacunos.

En nuestro bote demorábamos cerca de una hora de Quemchi a Tubildad, según la corriente y el viento. Había que doblar el promontorio de Pinkén, extraña formación sedimentaria que penetra al mar como un angosto paredón selvático, con una abertura en el centro por donde se puede pasar en pleamar para acortar la navegación.

En lo alto del promontorio siempre había un martín pescador al acecho, que se desprendía de las tornasoladas bromelias como una saeta para zambullirse y emerger luego con un pejerrey o un róbalo en el pico. A veces una foca nos seguía como un perro cuando los remeros le silbaban. Los cahueles, como llaman allá a los delfines, bufaban saltando a nuestro derredor. Una vez ví uno blanco jugando con uno negro. Saltaban al aire, se daban vueltas y caían como tirabuzones. Esto ocurría en primavera.

Cerca de la playa de Tubildad había un gran banco de choros grandes, de los llamados "zapato" por su tamaño. Deteníamos a veces el bote y con una fisga, una vara de luma astillada en cuatro partes en su extremo, separadas las hendiduras con clavijas, ensartábamos los choros que queríamos. Los buzos acabaron después con este banco de gigantescos moluscos.

En lo alto de Tubildad teníamos una casa de madera de piso y medio, con dos miradores, uno de los cuales daba a un lago bordeado de bosques en sus extremos y con pampas suaves en sus costados. En la otra orilla se divisaban casas con arboledas de manzanos, humos y gentes con sus siembras y cosechas. Aquello para mí era un país lejano. El mío estaba en esta orilla, donde teníamos nuestros sembrados, que a veces los coipos venían a destrozar. Los perseguíamos con perros, les colocábamos trampas y hasta entrábamos a la laguna en un bongo para cazarlos, lo mismo que a buscar huevos de patos silvestres.

Al frente de nuestra casa, después del camino de entrada, mi madre cultivaba una huerta-jardín, donde había de todo, especialmente frutillas que vendía en el pueblo, grosellas y frambuesas. Mi padre había traído blancas costillas de ballena y vértebras que servían de asientos y mesas. Yo jugaba entre esas grandes osamentas sobre el césped y las flores, y me sentía como un Jonás, navegando por el vientre de un cetáceo. De allí tal vez provenga mi romanticismo por la caza de ballenas. Si hubiera sido poeta habría escrito un gran poema de un niño navegando por las profundidades de los mares y pasando de una ballena a otra como los astronautas en el espacio. Es curioso: dicen que la vida y el hombre vienen del mar, pero aunque aquel ya ha caminado por la luna, todavía no ha podido hacerlo por las grandes profundidades marinas.

Un vecino de Tubildad, puerto muy próximo a Quemchi, autóctono del lugar, me ha contado que la palabra viene de quenche, que quiere decir "gente de cabeza grande". El abogado Carlos Olguín, oriundo de Quemchi, en su trabajo sobre Instituciones políticas y administrativas de Chiloé en el siglo XVIII, nos cuenta que ella significaría "lugar de hombres sabios". Ojalá fuera así. Sin embargo, no hay que olvidar que todo ser humano, pueblo, etnia, raza o nación, se ha creído el ombligo del mundo, lo que ha llevado a los peores desastres de la humanidad. Quemchi no podría ser una excepción.

Salir a suplicar gente

Mi padre era un autodidacta del mar, como yo de la literatura. Solo que yo nunca pude usar la pluma como él su arpón. Me cuentan que primero anduvo en las "lobadas", como se dice allá en las cacerías de focas. Luego fue patrón de chalupas balleneras que pescaban para la factoría de Corral. Era la época en que se cazaba con el arpón de mano. Más tarde cazó el cetáceo con cañón arponero en la Yelcho, nave de la que fue capitán. Fue este mismo barco, adquirido por la Armada y al mando del piloto Pardo, el que salvó a Shakleton en la Antártida. De mis abuelos paternos, solo escuché hablar de la "abuela Muñoz" y de un tal "Pancho Yegua", que vivió sus últimos años en una casa solitaria.

Con el tiempo permanecíamos más en Tubildad que en Quemchi, yo montando ya a mi propio caballo, un mampato negro llamado Huaso. Con él me iba de Tubildad a Huite, a aprender las primeras letras a la escuela rural. Me acompañaba de a pie Virginia, hija de un inquilino, un poco mayor que yo.

En nuestros bolsones de loneta, Virginia y yo llevábamos la pizarra, el "lápiz de leche" (un lápiz de mina blanca que hacía las veces de tiza), con una pita amarrada al marco de madera, y el silabario Matte, cuya primera lección empezaba por OJO, ilustrada con un gran ojo de párpados abiertos sobre la palabra. Este ojo de pestañas negras me ha perseguido toda la vida: hermoso cuando lo veo en una niña, sombrío en una mujer, trizado en una vieja.

Mi abuelo Feliciano murió aplastado por un árbol que hacheaba en un bosque alto de su propiedad. Lo encontraron con el tronco sobre el pecho. Cada vez que visito el cementerio de Huite llego hasta su tumba, que siempre conserva un avellano como tratando de arrancarlo de sus raíces. Tantos derribó su hacha de leñador que "el que a hierro mata", a veces con el árbol de la vida muere. Por su edad debe haber calculado mal los últimos tres hachazos que se dan en el tronco al otro lado del corte y que determinan la dirección en que el hachero quiere que caiga el árbol.

¡Qué noches estas en que un niño por primera vez olfatea los rastros de lo que llaman muerte! Había escuchado músicas celestes y las imágenes religiosas con que mi madre y mi hermana decoraban sus habitaciones. En noches de tempestad junto a su brasero de cancagua, se acordaba de su marido y de su hijo que navegaban, rezaba por ellos; pero no dejaba de tomar su mate con sopaipillas. En el día de los muertos, plena primavera, la gente iba al cementerio portando coronas de siemprevivas, lianas que se arrastran como un llanto luminoso bajo el bosque, adornándolas con los dorados "zapatitos de la virgen" o la restallante y diabólica granada del sonrosado ciruelillo.

"Hay que salir a suplicar gente", decía mi madre cuando llegaba el tiempo de cosecha o de siembra. Se pagaban por estas labores ochenta centavos diarios, más tres comidas en la cocina de techo de paja que se levanta solitaria en el fondo del patio. Los trabajadores, pequeños propietarios, no tienen mucha necesidad de trabajar para otros y de allí lo de "suplicar". En verano llegaban de vacaciones mis hermanos Alberto y Claudina, ambos mayores que yo. Habían dejado el seminario y las monjas. Veo a Alberto guiando una yunta de bueyes para arar. Es una mancorna no bien amansada y se le viene encima. El boyero huye a las perdidas, dejando al hombre del arado batiéndose solo con los novillos encabritados. La gente se ríe burlonamente de mi hermano, y comenta que con sus altos estudios ya ha perdido la costumbre de arar con sus propios bueyes.

Claudina asistía cual toda señorita, con sus tejidos y bordados, y se sentaba en un extremo del trigal para "vigilar a la gente". Las echonas resonaban mientras tejía y yo correteaba en medio de los trabajadores. No me permitía entrar en su pieza decorada de santos e imágenes. Una vez me dijo que Dios estaba en todas partes y que si yo hacía algo malo desde el arrayán del patio me estaría observando para castigarme. Le contesté si me creía tonto; sin embargo, creo que debo haber usado una palabra más irreverente porque me dio un tapaboca y me echó escalera abajo.

Oía decir a menudo que la gente se iba para Argentina a buscar trabajo. Una mañana desperté solitario en la pieza en la que dormía, junto a la de mis padres, en Tubildad. Llamé a mi madre y nadie me respondió. Solo el silencio. La casa estaba sola, vacía y habían cerrado la puerta con llave. Las ventanas son fijas. Me encuentro encerrado. Miro a través de los vidrios y grito. Nadie. Salgo al camino real y me voy caminando hacia el sol. En la lejanía aparece de pronto mi padre con algunos hombres de trabajo. Me pregunta para dónde voy. Le contesté que "para la Argentina". Me toma en sus brazos y viene conmigo de vuelta a casa. No puedo precisar la edad que tenía cuando por primera vez me fui a Argentina a buscar trabajo y tuve que volver en brazos. Como tampoco cuando le daba de comer al caballo Maule, un negro cariblanco de gran alzada comprado en Osorno, junto a mi pequeño Huaso. Ponía el manojo de avena en la trompa del grande y cuando este iba a dar la mascada, se lo pasaba al chico. De repente siento los dientes del Maule que rasgan mi cara. Corro a gritos, espantado por el dolor y la sangre. Las cicatrices de los dientes del caballo quedaron mucho tiempo marcadas en mi mejilla izquierda. A veces me sobo la cara como si aún las conservara; tal vez por eso me habré dejado barba. Mis padres se asustaron tanto como yo. Sin embargo, mi Rosa Millalonco más; pero después me dijo que el caballo podía haberme comido, y luego botarme como bosta en el pasto o entre los troncos, igualito que los excrementos del trauco, un hongo amarillo que después de la lluvia sale en los palos podridos.

Dios malo, Dios bueno

Del mar sacábamos calamares y pulpos grandes. Las pinucas las preparaba a la manera china, tostadas en las brasas. La famosa piedra puntuda es una verdadera baliza puesta por la naturaleza a la orilla norte del canal de Caucahué. Cilíndrica, terminando en cono, señala las grandes mareas cuando queda en seco. En sus alrededores, cubiertos de laminillas, huiros y sargazos, entre piedras de todo tamaño y trechos arenosos, tendíamos las lienzas con anzuelos y carnadas de holoturias. Había ostras, caracoles, pancoras y, en ciertas épocas, cangrejos grandes y amarillos que se pescan de noche con faroles y chonchones. Vienen hacia la luz y se cogen con la mano.

Una diabetes aguda desembarcó a mi padre a los 54 años de edad. Él murió el 11 de agosto. En tierra enflaqueció y envejeció rápidamente. Lo veo junto a un gran brasero y me pide que le traiga el diario. Me equivoco en la fecha o le traigo una revista de las que acostumbraba a leer, recostado en el sofá del costurero de mi madre. Se enoja y por primera vez me castiga en la cara con su ancha y ya enflaquecida mano. Solo otra vez me había pegado con cierta dureza. Lo recuerdo todavía. Fue cuando metí el dedo entre las valvas de una cholga puesta con otras en una vasija para el curanto. Gritos, llantos y la cholga colgando. Tomó una cuchara y dando con el revés en la concha la partió, liberándome de la tortura, mas, con la misma cuchara, me dio en la boca para que no siguiera llorando. Aprendí su lección y esa noche no lloré. Mi madre me despertó ese fatídico 11 de agosto de 1917, gritándome: "Levántese, el papá está muriéndose". Corrí a la pieza contigua y él alcanzó a tomarme de la mano. Con voz apagada me dijo: "Volvamos al mar". Su rostro ceniciento se inclinó hacia la pared y sus dedos se soltaron de los míos como si fueran la cabilla de un timón, dejándola a la deriva. Llovía torrencialmente; mi madre no llamó a nadie y se puso a llorar a solas con su muerto.

La lluvia tiene olores y colores como los frutos de los avellanos de la tierra en que nací, y lo que más recuerdo de esas lluvias de mi lejana infancia es su transparencia empozada en los charcos sobre el pasto después que ha pasado en temporal. Es como si se hubiera cuajado la mirada de Dios sobre la hierba. Un Dios bueno, el que me enseñara a amar mi madre desde la cuna, no así el Dios malo con que me amenazaba mi hermana Claudina, espiándome desde las hojas de los árboles para castigarme por lo que hacía o no hacía.

Hay veces en que despierto al borde de un abismo donde termina el mar de mi infancia; pero siempre encuentro a alguien a mi lado. O una música lejana que viene de mis islas, traída por el tamborileo de la lluvia sobre los techos del viento. Bajo esas aguas del tiempo y en el fondo de mí mismo, no veo otra cosa que un hombre, una mujer y un niño, jugando con un bote a orillas de nuestro mar interior de chilote, al cual le han puesto un mástil y un timón, esperando un soplo en la vela, para hacerse a la mar entre las islas.


CARTA A MI HERMANA

<hr><h2><u>CARTA A MI HERMANA</h2></u>

Por Odette Magnet

El Mostrador - 6 de enero de 2005

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María Cecilia Magnet y Guillermo Tamburini, mis amigos, fueron secuestrados en Buenos Aires en la madrugada del 16 de julio de 1976. La hermana de María Cecilia, Odette, periodista radicada en Washington, en la carta llena de amor y dolor que publicamos a continuación, hace justicia al recordar a dos seres maravillosos que tuve la oportunidad de conocer en Buenos Aires entre 1975 y 1976.

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Esta noche te escribo, hermana mía. No sé que decirte, ni siquiera sé si debo decirte algo en particular. Más bien quiero hablarte, saber que estás ahí, que me escuchas. Tengo el puro deseo de que nos juntemos no sé dónde pero que hablemos. Que me tomes de la mano como solías hacerlo cuando íbamos al colegio temprano por la mañana, tú caminabas y yo trotaba para seguirte el paso y hacía frío y andábamos un montón de cuadras. Tú dirás que eran unas pocas. Yo le pedía no sé a quién que no soltaras mi mano mientras me decías algo sobre que hay que mirar para lado y lado antes de cruzar la calle y yo te quería más que al recreo y odiaba a esas monjas alemanas que nos decían guten morgen al entrar.

Tantos años más tarde, me volverías a tomar de la mano. La noche del 14 de septiembre cuando me paré a hablar en la Universidad de Nueva York sobre mi hermana, María Cecilia, y su marido, Guillermo Tamburini. Sentí tu respiración en mi cuello mientras me acariciabas la espalda, mi espalda que siempre me duele. Estabas entre agradecida y sorprendida por lo que iba diciendo. La sala estaba llena y el silencio era profundo. Detrás de mí, la pantalla mostraba tu foto de niña con tu pelo rubio y tus manos cruzadas sobre tu falda, tu vestido de terciopelo azul y cuello de encaje blanco. Y luego tú con Willy en la orilla de algún mar. Otra foto de la familia, en un parque de Santiago a fines de los 50 y yo, la más pequeña, con ojos de asombro. Mariana no había nacido aún. La memoria desordenada en el tiempo, color sepia.

Con tu ayuda esa noche me armé de valor, aclaré la garganta y, salvo un quiebre leve en el tercer párrafo, leí mi texto con voz firme y resuelta. Por dentro, sangraba. Recordé cómo ambos habían sido secuestrados del departamento de la calle Córdoba 3386, cuarto piso, en Buenos Aires, en la madrugada del 16 de julio de 1976. Hablarlo, ponerlo en palabras, fue muy aliviador, sanador. Perdóname, no quise ser indiscreta ni violar nuestra privacidad pero tienes que entenderme, necesitaba hablar, necesitaba escucharme, necesitaba que supieran. Y necesitaba que tú supieras que no te he olvidado, que lo recuerdo todo, que mi memoria está fresca como ayer y antes de ayer y que sólo nuestras fotos se han teñido de sepia. Porque después de muchos años, voy lentamente quitándome las telarañas de silencio, de inercia, en la cual me sentí entrampada durante tanto tiempo. Poco a poco me he ido liberando de la sensación de culpa, de esa idea loca de que quienes debiéramos sentir verguenza o pudor o algo parecido somos nosotros, las familias de las víctimas, de los caídos, y no ellos. No sé bien quiénes somos los nosotros y menos sé quiénes son los ellos.

Nadie lo dijo así, claro. Nadie dijo que mejor no digan nada, no se sientan mal, no hagan olitas y la procesión va por dentro. Pero hoy me doy cuenta que eso estaba en el aire. En el país, incluso en la familia. Ya no más. En Nueva York lancé mi primer aullido público, mi primer grito y gemido. Y lo seguiré haciendo, con todo el dolor que pueda cargar, frente a quien me quiera oir. O leer. Porque sólo tengo la palabra y la memoria. Tanto dolor descoloca. Cuesta abrazarlo, lavar la herida del otro, cuesta más limpiar la propia.

Quedamos mudos, torpes, con nuestras bocas cerradas en una mueca rara y las manos de barro y a veces sonrío con tanta tristeza que mis labios se secan como en los peores días de invierno. Eso les sucedió a mis padres, es decir, a los nuestros, una vez que desapareciste. No es que la vida no volvió a ser la misma, como dice la gente. La vida no volvió a ser. A mi madre se le quebró la voz para siempre. A veces, cuando quería respirar profundo, se le escapaban unos sollozos que despertaban a mi hija recién nacida, Catalina. Mi hija. No tuviste tiempo de conocerla, de tomarla en brazos, de darle un beso. Te gustaría mi hija, hermana mía. Linda por dentro y por fuera, como eras tú. Un tornado, un huracán, como eras tú. Un remolino con dos piernas largas, una melena al viento. Pero, quién sabe, tal vez la conoces, la has visto caminar por las calles de Washington o de Santiago, tal vez escuchaste su risa gruesa, capaz de despertar a los muertos. Se parece mucho a ti, también a mí y a sí misma. Suelo decir, medio en broma, medio en serio, que tengo una hija activista.

-¿A quién habrá salido?- preguntan mis amigos.

Yo me sonrío de nuevo y pienso en ti. Mi hija no se pierde protesta, pega carteles, enciende velas, reparte volantes, ve los debates, apoya candidatos, defiende sus ideas y grita consignas. Es activa y activista. Le importa el mundo, le interesa de verdad la gente, traga ideas y mastica noticias, discursos y declaraciones. Pura vida. Ella sabe de ti y, sin decirlo, también te extraña.

¿Nuestro padre? ¿Quieres saber de él? ¿Lo ves, lo sigues desde dónde estás? Perdón, ¿dónde estás? Un día abrió un libro y el olor a polvo y tabaco de las páginas ya no estaba. Entonces supo que se había quedado más solo que nunca, con las manos vacías y el corazón lleno de angustia, de pura memoria. Entrampado en su dolor. Habría querido que no se enterara de lo que vino después. Incluso habría querido que tú no hubieras sabido pero difícil porque tú siempre te enterabas de todo. Llegó el día -no hace mucho- en que nos tocó ver cómo esos buzos se sumergieron en las aguas frías de la costa de Quintero y salieron a la superficie con unos rieles de hierro, pesados, mohosos. Fueron varios y sospecho que no serán los últimos. Hacía frío, era septiembre, mes de la patria, y el viento soplaba fuerte. Entonces pensé en ti. Se me escaparon unos sollozos muy similares a los de mi madre, nuestra madre. Y cuando el juez dijo lo que no queríamos escuchar, cuando confirmó nuestras sospechas y entendimos que los detenidos desaparecieron bajo el mar porque sus cuerpos fueron atados a esos rieles, pensé en ti. No pude atajar mi llanto. No pude contener mi pena, mi rabia la puta que lo parió y me sumergí en mis propias aguas de tristeza, de memoria queda, allá, al fondo de mi propio mar, el mío, el que nadie conoce. Ni siquiera tú.

Un sábado por la mañana, el juez entró a la casa del dictador, del asesino, y lo interrogó durante una hora sobre su participación en la Operación Cóndor y él contestó seis preguntas, después de aclarar que la operación ésa no era problema de él. De nuevo, pensé en ti. Y ya no más, dijeron sus abogados, no ve que le cuesta respirar y está agripado, se cansa, no puede mantenerse sentado, no tiene memoria pero así y todo contestó con dignidad de soldado. Rogué no sé a quién, a Dios, a alguien que me escuchara, que tú no estuvieras viendo, que no supieras, hermana. Pero no, sabía que estabas siendo testigo. Como yo, como tantos. Yo acuso. Acusamos. Te enteraste. Y escuchaste cuando el juez le preguntó si él había dado las órdenes para las detenciones, interrogatorios, torturas o desaparecimiento forzados de personas. Y él respondió que cómo se le ocurre, que él era Presidente de la República, que no le iban a informar de esas cosas chicas, que a él le informaban de cosas grandes, como el tema de la seguridad nacional y Argentina. No tenía tiempo para ocuparse de menudencias, ¡no ve que para eso estaban los mandos medios!

Entonces pensé en la gente que se enjuaga la boca con el perdón y la reconciliación y la necesidad de dar vuelta la hoja mientras levanta la copa en el cóctel de rigor y las palabras caen del aire como bolas de fuego en una magistral proeza circense que se cierra con un brindis. Sentí náuseas y en vez del llanto me inundó el vómito. Quise compartir contigo mi tristeza, mi vómito, mi rabia, lavar mis heridas, escupir la hiel, pararme de nuevo. Quise saber si a ti también te dieron arcadas mientras leías la declaración del dictador, si te refugiaste en tu propio mar, no el océano al que te arrojaron desde un helicóptero esa noche de invierno sino ése que es tuyo, de aguas tibias, calmas, con el sol que se desliza por la cresta de la ola y las gaviotas que hacen piruetas cuando se levanta la espuma. Quise saber si la mentira te duele, si la barbarie te hiere, si todavía puedes llorar y extrañar a los ausentes. Como tú, quise saber, comprender por qué tú ya no estás, por qué me dejaste sola, por qué soltaste mi mano.

Pero no soy la única que quiere entender. No sé por qué te lo cuento porque ya lo debes saber pero el año nuevo arrancó muy bien porque esta semana, precisamente, el dictador fue notificado en su parcela de Los Boldos de su arresto domiciliario y procesamiento como autor de nueve secuestros y un homicidio calificado en la llamada Operación Cóndor. Sus voceros dijeron que había firmado lo que correspondía, con altivez y el entusiasmo de un soldado. Te lo cuento y no lo creo. No, ni tú ni Willy están entre los casos pero está bien, sabes, lo importante es que ya no hay vuelta atrás y el dictador está tan solo en el mundo que ni sombra tiene ya y nadie en su sano juicio le cree su amnesia falsa.

También quiere entender por qué de pronto cambió el libreto y las cosas no están resultando como lo tenía pensado. Las hojas de Chile se están moviendo y él no lo sabe y parece remota la idea de esperar la muerte en su cama tibia, rodeado de su familia, con una sonrisa de misión cumplida en los labios. Poco promisorio se le presenta el mañana porque ahora resulta que no puede conciliar el sueño y en sus noches de insomnio no cuenta ovejas sino cadáveres. Cientos y miles se amontonan a los pies de su cama, a los costados, en la cabecera, entre las sábanas, frente al espejo. Son los caídos bajo la tortura o lejos en el exilio, los que no pudieron más y se suicidaron, los arrojados al mar y los enterrados en el desierto, los guardados vivos en los hornos de cal, los de las fosas comunes, los que nunca supieron de fuga ni enfrentamiento alguno, los quemados vivos, los secuestrados, los enemigos, los terroristas, los antipatriotas. La verdadera demencia puede resultar inevitable. Quizás. Pero ése ya no es mi problema, como
diría él.

Yo sólo quiero pensar que tú estás muy lejos, hermana mía, lejos de la noche y el dolor. Lejos del olvido. No sé dónde, no importa porque ya nadie te puede tocar, empujar, humillar, maltratar, torturar. Nadie, nunca más. Estás a salvo, apañada en mi abrazo, clavada en mi memoria, acurrucada por el ruido de las olas de tu mar, con tu sonrisa dulce y tu alma en paz.