Blogia

MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


¿DÓNDE ESTARÁ LA BACINICA?

<hr><h2><u>¿DÓNDE ESTARÁ LA BACINICA?</h2></u>

Por Enrique Lafourcade

El Mercurio
- Enero de 2005

Obedeciendo leyes absolutas supe de más de un anciano que moría plácidamente bajo los nogales, durmiendo la siesta en su gran sillón de mimbre, holgado, entre almohadas de plumas de ganso, gallina, patos, con las piernas resguardadas por una sólida manta de Castilla.

Los "abuelos" conformaban una importante clase espiritual, aprovechando el Año Nuevo para escaparse de este mundo. Sus muertes no provocaban excesivo dolor. Quizá, unos lagrimones privadísimos. "Con más de noventa, qué se podía esperar". Si alguien lloraba eran los nietos y tataranietos. Aunque a todos se les extinguía la tristeza con la fiesta funeral y el reparto posterior de bienes.

Los epinicios, recién llegado el Año Nuevo, tenían un sentido renovador. Abuelos y abuelas solían acumular muchos objetos. Muy codiciados los bastones de marfil, de caoba, con empuñaduras de plata. Los biombos chinos, las alfombras francesas, las porcelanas y las bacinicas inglesas, con bellas flores. Estas últimas, aunque saltadas, se aprovechaban para transformarlas en maceteros donde crecían a sus anchas cardenales, clemátides azules, pelargonios, y hierbas de olor y sabor para las "agüitas" medicinales.

Yo recuerdo el interés con el que observábamos ese jardín al fondo de nuestra casa, hospedería de violetas, claveles, cedrones y rudas, tomillos, perejil y cilantro, orégano, de un cuanto hay. Allí, en tales territorios se habían aposentado los púdicos, cristianos y privadísimos traseros de tíos y tías-abuelas. En lenguaje de salones los traseros de estas venerables señoras se denominaban "po-pó" o "popy". Dejo constancia que la palabra "poto" nos estaba vedada. Palmada en la boca. Unos exquisitos pusieron de moda, en vez, la expresión "el honorable".

La reliquia de Joaquín

La recuerdo bien. Me la mostró su viuda, Marta Albornoz. Este gran vase-de-nuit de la más perfecta y poderosa porcelana inglesa, decorado con flores, se advertía limpísimo, inodoro. Su viuda me aseguró que "tuvo muy poco uso". Me interesé en adquirirlo. Por esos tiempos yo solía organizar unos garden-parties en mi casa, invitando a poetas, pintores, músicos y bellas musas. Ofrecía unas "guaguas" (vino tinto o blanco con frutas de tarro, clavo de olor, hielo y bastante azúcar). Usaba unos jarros de vidrio enormes (cinco litros). A vaciar "la guagua" acudían alcohólicos titulados y muchachas en flor o con pétalos de menos, a las que llamábamos "las musas". Me imaginé el éxito que habría sido el ofrecer este interminable aperitivo (era lo único que ofrecía, más la conversa) en la exquisita ponchera bacinica de Joaquín.

Su viuda desechó la oferta de compra, sonriendo con cierta melancolía ¿Dónde estará este objeto de museo? El viaje final de los abuelos y abuelas suponía entre otros remates el subastar los "andadores de madera" de medio púlpito y las grandes camas, algunas auténticas obras de arte, y el escritorio alemán y el gramófono y el piano.

El catre de la abuelita

Leo en la prensa el aviso de una nieta en apuros que ofrece en cien mil pesos el catre donde murió su abuelita. Hecho con viejos bronces, sólido somier de fierro y, acaso, un dosel de alambres y metales repujados. Allí murió de 99 años, la abuela Julia. El catre "no suena mucho", explica la nieta.

Recuerdo encuentros con estas piezas de museo, ornamentadas con iniciales de oro y plata y flores pintadas al óleo. A estos lechos de Blanca Nieves "había que subirse". En el primer piso, los gatos. Y una o más bacinicas. Estas camas eran tan solemnes como los tronos, con doseles, envueltas en sedas francesas. Los antiguos se "subían" a este territorio para hundirse en bellos sueños.

En los valles del norte grande y chico, en casa de fundo, es posible descubrir alguna de estas ornamentadas camas. Sé de dos, muy hermosas, en ciertas casas secretas del valle del Limarí.

Vi catres en museos, en casas de Elqui, de Copiapó, por San Pedro de Atacama. No se venden, integrados como están a los poderosos dormitorios, entre viñas, olivares, alfalfas, con atmósferas misteriosas donde se pasean Efigenia con Rosalía, donde descansan Lucila con Soledad.


LOS OLVIDADOS: AGENTES DE LA POESÍA SECRETA

<HR><H2><U>LOS OLVIDADOS: AGENTES DE LA POESÍA SECRETA</H2></U>

Que el diablo se lleve a los endemoniados. La exhumación de los poetas debería sorprendernos

.

Por Enrique Lafourcade
El Mercurio
, domingo 24 de julio de 2005

Consumismo, rapiña, obscenidades, asaltos conforman parte sustantiva del pan nuestro. En los cincuenta barrios del gigantesco Santiago a medio demoler, a medio construir, sobreviven ángeles y demonios. Adolescentes integrando sectas de neonazistas expertos en masacrar prostitutas gordas, de elásticos mini-trapos rosados, penosas estatuas solitarias de la lujuria y la codicia en medio de la niebla. Vendedoras de drogas. Aparecen fantasmales endemoniados que por orden de Satanás masacran sacerdotes. Flota un aire venenoso en este nuevo Chile exaltado en forma irresponsable por cierta prensa, por la radio y la televisión. Estos medios informativos privilegian el terror, la fealdad, la lujuria. Es el Chile nuevo a medio morir saltando, a tanto morir llorando.

Antídotos y viejos remedios

Resulta extremadamente dañina la acción visual y sonora de "los medios" que han descubierto en la comunicación exacerbada de los antivalores de la condición humana un seguro modo de ganar dinero vendiendo avisos. Hay en marcha un "animamoto" que intoxica a este país de seres inocentes que sobreviven en una suerte de intemperie ética. En estos últimos días, cuando nieves y terremotos empiezan a tranquilizarse, yo sugiero el consumo entusiasta, voraz, de la poesía. Droga espiritual de perennes virtudes.

No, necesariamente, de los poetas públicos, premiados hasta el escándalo, oficiales. Y un sí rotundo a los poetas secretos. En mis manos uno de los maravillosos libros de Braulio Arenas. "La Mandrágora" es una antología lírica llena de antídotos. No resisto la tentación de algunas citas: "El amor pesa tanto como la realidad que desaloja". El poeta escuchó muchas voces que provenían de su casa fantasma. Todo allí resulta extrañeza, interrogaciones: "¿Y qué he hecho yo, durante mi vida, sino dar vueltas sobre mi corazón, sobre la palabra que la aurora me ha dado...?". "Leo y releo en trance sus descubrimientos. En un poema dedicado a André Breton cito: "Ellos se convidaban para reír/ para hablar del pasado/ para conocer la vida en todos sus detalles". Otro: "Con un ¡perdón, voy a tomar la juventud!/ como quien toma el último tranvía de la noche..."/ "¿y para qué señor?/ para conocer la muerte en todos sus detalles".

Arenas estremece. Al menos algo me pasa con sus palabras que respiran, llenas de suspiros y risas: "Los espejos evaporados que entonces/ sustituían a puertas de vaivén,/ esos espejos rondaban a la muchacha como alas de la sal volando en el desierto./ Un hombre llegaba de tan lejos/ inmóvil frente a ti,/ él te interrogaba, los espejos respondían/ movían sus alas los espejos/ ellos respondían con un vaivén de imágenes./ Los espejos imitados por las aves/ se desplazaban raudos por el cielo/ se desplazaban con un vaivén de amor/ ellos siempre parecían lucir sus alas nuevas/ como los sueños de sal de la muchacha".

Exclamación: ¡qué maravilla! Arenas, Braulio el mago convierte en oro todo lo que escribe. Vivió (vive) como un poeta del tiempo eterno, completo. Recatado, llega sin hacer ruido para quedarse, respirando la poesía que no puede ver a la prosa ni en pintura. Este invierno no está tan malo como dicen el viento y las lluvias. Aparecen huellas de San Braulio. Y jóvenes y viejos poetas privados viviendo sus ensueños en versos repletos de músicas de alas como Francisco Véjar y su recién publicado libro "Bitácora del emboscado", del que cito: "Hay algo subterráneo en Santiago/ rostros inimaginables, muchachas rapadas, ciegos/ seres que como nosotros creen alejarse por un instante/ del frío, del miedo y de la muerte".

La nueva re-evolución

Hay grandes poetas secretos, hay tanta poesía secreta por descubrir. En el fondo del sueño respiran Braulio Arenas, Jorge Teillier y muchos más. Son los príncipes olvidados que desde lo hondo de los resplandores de sus palabras nos embellecen la vida, y tal vez, en este áspero Chile, podrían ayudarnos a disminuir los miasmas. El aire, hoy, se llena de efluvios malignos. Chile se ha convertido en un cuerpo enfermo, pródigo en materias corruptas y aguas estancadas.

Contra estas atmósferas, la purificadora acción de los olvidados. No hay que olvidarse de los poetas. Ya iremos desenterrándolos del Suelo para devolverlos al Cielo
."

UN POEMA DE JORGE TEILLIER



RETRATO DE MI PADRE, MILITANTE COMUNISTA

En las tardes de invierno
cuando un sol equivocado busca a tientas
los aromos de primaveras perdidas
va mi padre en su Dodge 30
por los caminos ripiados de la Frontera
hacia aldeas que parecen guijarros o perdices echadas.

O llega a través de barriales
a las reducciones de sus amigos mapuches
cuyas tierras se achican día a día,
para hablarles del tiempo en que la tierra
se multiplicará como los panes y los peces
y será de verdad para todos.

Desde hace treinta años
grita "Viva la Reforma Agraria"
o canta "La Internacional"
con su voz desafinada
en planicies barridas por el puelche,
en sindicatos o locales clandestinos,
rodeado de campesinos y obreros,
maestros primarios y estudiantes,
apenas un puñado de semillas
para que crezcan los árboles de mundos nuevos.

Honrado como una manta de Castilla
lo recuerdo defendiendo al Partido y a la Revolución
sin esperar ninguna recompensa
así como Eddie Polo -su héroe de infancia-
luchaba por Perla White.

Porque su esperanza ha sido hermosa
como cieruelos florecidos para siempre
a orillas de un camino,
pido que llegue a vivir en el tiempo
que siempre ha esperado,
cuando las calles cambien de nombre
y se llamen Luis Emilio Recabarren o Elías Lafferte
(a quien conoció una lluviosa mañana de 1931 en Temuco,
cuando al Partido sólo entraban los héroes).

Que pueda cuidar siempre
los patos y las gallinas,
y vea crecer los manzanos
que ha destinado a sus nietos.

Que siga por muchos años
cantando la Marsellesa el 14 de julio
en homenaje a sus padres que llegaron de Burdeos.
Que sus días lleguen a ser tranquilos
como una laguna cuando no hay viento,
y se pueda reunir siempre con sus amigos
de cuyas bromas se ríe más que nadie,
a jugar tejo, y comer asado al palo
en el silencio interminable de los campos.

En las tardes de invierno
cuando un sol convaleciente
se asoma entre el humo de la ciudad
veo a mi padre que va por los caminos ripiados de la Frontera
a hablar de la Revolución y el paraíso sobre la tierra
en pueblos que parecen guijarros o perdices echadas.

("Muertes y Maravillas")


SOBRE EL GUATÓN ABDALA

<hr><h2><u>SOBRE EL GUATÓN ABDALA</h2></u>

Tampoco son muchos 30, 32 años



Jorge Lagos Nilsson – Piel de Leopardo
www.pieldeleopardo.com


Lo triste, inevitable de la historia es que nos comprende –ciñe, abraza, rodea– a todos. No es posible concebirla, no es posible vivir sólo entre algunos: la historia es una casa sin puertas. Si en algún momento ella se vuelve pasión, crueldad, egoísmo, intolerancia, luego exige entendimiento, esa potencia del alma –dice el Diccionario de la Real Academia Española–, “en virtud de la cual concibe las cosas, las compara, las juzga, e induce y deduce otras de las que ya conoce”. Es lo que procura en su relato Augusto Alvarado.

Al final de un proceso social violento, luego del apagón que ciega todo cuanto conformó la vida social hasta su estallido, quienes emplearon la mayor crueldad y violencia, los en apariencia más fuertes, intentan definir el futuro remodelando el presente por la reconstrucción del pasado. Se equivocan. No vencen los que ganan; la historia en verdad pertenecerá a los sobrevivientes, porque los sobrevivientes son la memoria de lo destruido y los ladrillos de la nueva edificación. Con una condición: que abarquen. Ni el pretérito ni el futuro son terreno acotado. La memoria, así, implica –contiene– tanto la necesidad de pedir perdón como la de perdonar. Lo contrario es abandonarnos a los arbitrios del olvido; es decir: apostar que se cometerá el mismo error, se tropezará con la misma piedra, caeremos en el mismo –u otro– despeñadero, haremos de la historia una farsa, la viviremos como tragedia.

Augusto Alvarado nació en la Patagonia –detrás de la frontera chilena–. Reside en Buenos Aires desde 1975. Tiene seis hijos y cinco nietos. La historia del “guatón” (gordo) Abdala debe haber sido escrita pensando en ellos.

No es tarea de esta sección de Piel de Leopardo la exégesis ni la crítica –ni la interpretación ni el examen– sino la difusión de textos literarios. En el caso de la Historia de un represor, no obstante, quisiéramos llamar la atención del lector acerca de los aspectos sincréticos de la escritura de Alvarado, que sintetiza –creemos de que manera admirable– el habla chilena y argentina, construyendo una estructura lingüística bella y precisa, que permite especular en estos tiempos de forzada “globalización” sobre la velocidad con que avanzaría la integración de los pueblos americanos si sus ¿conductores? leyeran más y discursearan menos.


CIEN AÑOS DE NERUDA

<h2><hr><u>CIEN AÑOS DE NERUDA</h2></u>

CANTO A BOLÍVAR



Pablo Neruda

Padre nuestro
Que estás en la tierra
En el agua, en el aire
De toda nuestra extensa
Latitud silenciosa
Todo lleva tu nombre Padre
En nuestra morada
Tu apellido
La caña levanta a la dulzura.
El estaño Bolívar
Tiene un fulgor Bolívar
El pájaro Bolívar
Sobre el volcán Bolívar
La patata, el salitre,
Las sombras especiales
Las corrientes, las vetas
De fosfórica piedra,
Todo lo nuestro
Viene de tu vida apagada.
Tu herencia fueron ríos,
Llanuras, campanarios,
Tu herencia
Es el pan nuestro de cada día
Padre.
Tu pequeño cadáver
De capitán valiente
Ha extendido en lo inmenso
Su metálica forma,
De pronto salen dedos tuyos
Entre la nieve
Y el austral pescador
Saca la luz de pronto
Tu sonrisa, tu voz,
Palpitando en las redes
De qué color la rosa
Que junto a tu alma alcancemos
Roja será la rosa
Que recuerde tu paso
Cómo serán las manos
Que toquen tus cenizas
Rojas serán las manos
Que en tu ceniza nacen
Y cómo es la semilla
De tu corazón muerto
Es roja la semilla de tu
Corazón vivo
Por eso, es hoy la ronda de manos
Junto a ti,
Junto a mi mano hay otra
Y hay otra junto a ella
Otra más hasta el fondo
Del Continente obscuro
Y otra mano
Que tú no conociste entonces
Viene también Bolívar
A estrechar a la tuya
De Teruel, de Madrid,
Del Jarana, del Ebro,
De la cárcel, del aire,
De los muertos de España
Llega esta mano roja
Que es hija de la tuya,
Capitán combatiente,
Donde una boca grita libertad
Donde un oído escucha
Donde un soldado rojo
Rompe una frente tarda
Donde un laurel de libres brota
Donde una nueva bandera
Se adorna con sangre
De nuestra nueva tierra.
Bolívar, Capitán,
Se divisa tu rostro
Otra vez entre pólvora y humo
Tu espada está naciendo
Otra vez tu bandera
Con sangre se ha bordado
Los malvados atacan
Tu semilla de nuevo
Clavado en otra cruz
Está el hijo del hombre
Pero hacia la esperanza
Nos conduce tu sombra,
El laurel y la luz
De tu ejército rojo
A través de la noche
De América,
Con tu mirada mira
Tus ojos que vigilan
Más allá de los mares
Más allá de los pueblos oprimidos
Y heridos,
Más allá de las negras
Ciudades incendiadas
Tu voz nace de nuevo
Tu voz otra vez nace,
Tu ejército defiende
Las banderas sagradas
La libertad sacude
Las campanas sangrientas
Y un sonido terrible
De sonidos parece,
La aurora enrojecida
Por la sangre del hombre.
Libertadores,
Un mundo de paz
Nació en tus brazos,
La paz, el pan, el trigo
De tu sangre nacieron
De nuestra joven sangre
De Nilo de tu sangre
Saldrá paz, pan, trigo
Para el mundo que haremos.
Yo conocí a Bolívar
Una mañana larga
En Madrid,
En la Boca del Quinto Regimiento.
Padre, le dije,
¿Eres o no eres o quién eres?
Y mirando al Cuartel de la Montaña
Dijo: Despierto cada cien años
Cuando despierta el pueblo.


EL GUANACO BLANCO

<hr><u><h2>EL GUANACO BLANCO</u></h2>

Por Francisco Coloane (*)

Durante muchos decenios, a lo largo de todo el siglo, y sin duda desde siglos y milenios anteriores, el gran territorio de Magallanes, con un millón trescientos ochenta y dos mil kilómetros cuadrados de llanuras y sus millares de islas, ha sido escenario de catástrofes telúricas y de atroces iniquidades humanas. Desde mi primera juventud, durante el período en que trabajé en la estancia Sara, en Tierra del Fuego, escuché los relatos de los trabajadores ganaderos sobre las masacres: la de Puerto Natales en 1919, la de la federación obrera de Magallanes en Punta Arenas, en 1920. Luego, la gran huelga, casi una insurrección, que terminó en 1924 con la matanza de cuatro mil hombres, tanto chilenos como argentinos, por unidades del ejército argentino al mando del coronel Varela.

En varios de mis cuentos -"De cómo murió el chilote Otey", "Un madero entarugado" y algún otro- registré algunos de los episodios que la historia oficial ignora o refleja muy débilmente. También en la novela “Rastros del guanaco blanco” y en el cuento "Tierra del Fuego", aunque el trasfondo de este último es más bien la enorme tragedia histórica y social del exterminio de los onas o selk' nam, habitantes originales de la gran isla austral. Los aniquilaron salvaje y metódicamente para hacer de sus tierras campos de pastoreo para la crianza de ovejas. Son asuntos enormes y terribles, con los que estoy y estaré siempre en deuda.

También hubo cataclismos, posiblemente anteriores a la aparición del hombre sobre la Tierra. En la era secundaria sobrevino el gran frío. El padre sol se ocultó, se ausentó y al parecer se olvidó de incubar los huevos de los grandes reptiles prehistóricos, como los dinosaurios, que galopaban a ochenta kilómetros por las planicies interminables de lo que hoy llamamos Patagonia. Al no ser incubados sus huevos por el calor del sol, la familia de los grandes acorazados terráqueos no tuvo descendencia. Eso los condujo a desaparecer. Pero la extinción de los onas fue obra de la ilimitada codicia del homo sapiens.

Mi primer conocimiento de los primitivos habitantes del extremo sur se produjo durante mi infancia. Oí decir que entre los chilotes había gente emparentada con "otros" que no eran sus iguales. Estos a los que llamaban "otros", para marcar la diferencia, eran los huilliches. Yo los conocí desde niño, porque varios de ellos trabajaron en las tierras de mi madre y sus mujeres atendían las labores de la casa.

Se dice que los huilliches fueron los primeros habitantes de las islas que componen el archipiélago de Chiloé. No se sabe con certeza desde cuándo la poblaron, pero allí estaban cuando llegaron los colonizadores españoles. La palabra huilliche significa en mapudungun, la lengua mapuche, "hombres del sur". Según el abate Molina, ellos habrían llamado Chiloé a la isla Grande, nombre derivado de Chile. Mas el presbítero Cavada dice que la palabra viene de chille ("gaviota") y hué, "lugar poblado de gaviotas". Se supone que los hulliches llegaron a las islas empujados por otros grupos indígenas de Osorno, Valdivia o Arauco. Es interesante hacer notar que todos los antiguos pobladores de estas tierras tenían estrechos vínculos de amistad y de parentesco, además del mismo idioma. No así los chonos, patagones y fueguinos, que llegaron también a Chiloé, pero en muy escaso número. Obligados por la necesidad, ellos tuvieron contactos con los huilliches y por eso hay algo de mestizaje en ellos.

Las expediciones de goletas chilotas se dispersaban por los canales australes en cacerías de miles de focas para obtener su fina piel, de preferencia la del llamado "lobo de dos pelos". Los alacalufes, nómadas navegantes, trabajaban en la preparación de las pieles, a cambio de alimentación: galletas, papas, cebollas. Trocaban sus capas de piel de nutria por ponchos y frazadas de lana. Eran esquilmados, pero se sentían contentos. En todo caso, no eran tontos y en cuanto tenían ocasión se apoderaban de herramientas, chalupas y todo lo que podían. También ocurrían actos de violencia, como el rapto de mujeres o muchachas aborígenes. Así un número apreciable de alacalufes llegó a Puerto Montt, Chiloé y Punta Arenas. Hoy es difícil precisar dónde está la pureza de algunas de estas etnias.

En casa de mi madre y de una prima trabajaban en los quehaceres de la casa la Juana y la Carmela, que eran de origen alacalufe. Me acuerdo siempre de la Juana, una muchacha alta y huesuda, firme para los trabajos pesados. Era el sostén de mi madre para el cultivo del campo. Igual pasaba con los cuatro hombres que la ayudaban en el bote pesquero y la chalupa. Ella los llamaba "chonos" en sentido peyorativo. No creo que doña Humiliana supiera que esos indígenas, los chonos, eran un grupo étnico diferente que vivió entre Chiloé y el golfo de Penas. Sin embargo, a mis años, ésos eran asuntos que estaban lejos de mis pensamientos. A pesar de esos contactos con las muchachas que servían en la casa, no recuerdo haber conversado nunca con ellas. Ellas sí entendían las órdenes que se les daban.

Creo haber visto a los alacalufes por primera vez en su medio natural, en el curso de mi primer viaje marítimo, desde mi Chiloé natal a Punta Arenas. Yo tenía catorce años de edad. En las cercanías de la Angostura Inglesa, surgieron dos o tres canoas de indios alacalufes, cual si brotaran de los cantiles costeros. Las montañas estaban cubiertas de una gruesa costra de nieve hasta el borde de la alta marea, dejando un chaflán erosionado o parejo, según la tranquilidad o turbulencia de las corrientes y el oleaje. Me parecieron unos seres exóticos, tanto las mujeres como los hombres, los niños y los perros que llevaban. Al acercarse el barco, todos gritaban "cueri cueri", "guachacay". Agitaban sus cueros de nutria y lobo marino ofreciendo cambiarlos por aguardiente, el "guachacay". Se les puso una escalera de gato y por ella subieron a la cubierta los alacalufes, con quienes los tripulantes y los pasajeros hicieron un activo intercambio, que incluía hasta ropas viejas. Eran más bien bajos, con ese corte de melena conocido como "a lo Beatle", pelos negros, gruesos, narices chatas y rasgos que parecían esculpidos con hachas milenarias. Vestían harapos, salvo uno que llevaba una chaqueta que fue alguna vez de un comandante de la marina, y que conservaba sus galones dorados. Un capitán de navío alacalufe. Al alejarnos, se divisaba desde lejos el humo de sus pequeñas fogatas, acomodadas sobre champones de turba en la cala de sus canoas. Eran signos de interrogación en medio de la soledad de los canales.

Además de las balas y el veneno, los alacalufes o qawáshkar así como los yámanas o yaganes, han sido exterminados, casi por completo, por medio de los venenos más sutiles del alcohol y del mero contacto con la "civilización". Eran seres virginales, incontaminados, no en un sentido abstracto o espiritual, sino en el muy concreto y material de los microorganismos. Carecían de defensas frente a los bacilos, bacterias y virus con los que convive el hombre occidental. Fueron así diezmados por simples catarros, que le resultaban mortales, y por enfermedades endémicas como la tuberculosis y los males venéreos. Un solo beso podía bastar para transmitirles la muerte. Así se fueron apagando.

Desgraciadamente nuestras historias se saltan, por lo general, aspectos muy decisivos del desarrollo de nuestra sociedad, cuando no los tergiversan. En un texto de historia, que se podría decir moderno, y que se usa en la enseñanza, leo: "Los indios fueguinos se extinguieron por las enfermedades y el alcoholismo". Que se enfermaran no se puede dudar y que bebieran, tampoco. Pero la causa es muy distinta: crueldad, despojo y exterminio. Ésa es la verdad histórica que se debe afirmar.

(*) en “Los pasos del hombre” - Memorias
Editorial Mondadori, Barcelona. 2000


GABRIELA MISTRAL Y CHILE

<hr><h2><u>GABRIELA MISTRAL Y CHILE</h2></u>

El libro "Pensando a Chile: Una tentativa contra lo imposible" es una compilación de textos encargada por la Comisión Bicentenario al poeta Jaime Quezada, que rescata la mirada y reflexiones de la poetisa en torno a la identidad de Chile

.

Por Grínor Rojo

El Mercurio
- Enero de 2005

La relación de Gabriela Mistral con Chile es un asunto complejo y pedregoso, que no ha sido abordado hasta hoy con todo el rigor que su tratamiento merece. La matriz ideológica omnipresente, que ella no abandona ni siquiera en sus obras tardías, es una versión morigerada; esto es, no necesariamente abusiva del racialismo (no quiero escribir racismo) decimonónico. Me refiero a su aferrarse a la perspectiva biopsicológica. La raza, para Gabriela, como para muchos de sus contemporáneos, implicaba determinismo genético, por un lado, y comportamiento psicológico, por el otro. El chileno es así el que es porque es el resultado de una mezcla (de un "mestizaje" se decía entonces) del español con el habitante originario, lo que supone una "raza nueva que no ha tenido a la Dorada Suerte por madrina", y es, también, "diferenciación viril, originalidad que es forma de nobleza". Tal vez la mejor muestra de esto es la que se encuentra en uno de sus artículos más conocidos, "Menos cóndor más huemul", de 1926. Con la ayuda de estas dos imágenes heráldicas, Mistral intenta en ese artículo reducir la "raza chilena" a una oposición binaria no resuelta o, mejor dicho, a un equilibrio inestable de tendencias atávicas y contrarias, en el que ha sido la "rapiña" del cóndor la que históricamente se ha llevado la mejor parte, y el huemul, "sensible y menudo", la peor.

Gabriela, por supuesto, desea que ese desequilibrio se revierta en favor del ciervo de los Andes: "El huemul quiere decir la sensibilidad de una raza: sentidos finos, inteligencia vigilante, gracia". Pueden citarse muchos textos más de este mismo tenor, pero es preferible aclarar que, aun cuando hay aquí un núcleo y una permanencia ideológicos, su despliegue no deja de tener ciertos matices.

No es, por lo tanto, la misma Mistral ("Alguien", se firma, y tiene diecisiete años escasos) la que en 1906 publica el artículo sobre "La Patria" en La Voz de Elqui que la que muere en 1957 sin haberle querido poner su punto final al Poema de Chile. Median entre un punto y el otro su conocimiento algo provinciano y más bien pedagógico del Chile del primer cuarto del siglo XX ("Conferencia para maestros: el cultivo del amor patrio", 1916; "El patriotismo de nuestra hora", 1919; "Juramento a la bandera", 1919); un quiebre radical y su salida al mundo de afuera en 1922 ("Raza espesa, brutal, raza de pacos y mineros", le había escrito con furia a Magallanes Moure en una epístola de 1921); tres regresos, cada uno más corto que el anterior y cada uno con sus características propias (en 1925, en 1938 y en 1954). En 1926, haciendo el balance de su paso por Chile durante el año anterior, le escribe a Pedro Aguirre Cerda una carta que rivaliza en acritud con la que le escribiera a Magallanes en el 21, en la que le confiesa que "Tengo entre las impresiones más penosas de mi vida mi vuelta a Chile" y "Volví a Chile con una gran curiosidad de verlo bien y de sentirlo", pero "Mejor hubiese sido salir sin conocerlo, porque no miré sino síntomas feos y odiosos"), y su inmersión sin retorno, desde 1938 en adelante -aunque Soledad Falabella encuentra rastros que anteceden a esta fecha-, en el Chile un mucho expurgado y un poco inventado del Poema de Chile. Ahí, en el Poema de Chile, es donde se estaciona Gabriela durante sus últimos años, y ahí es donde se nos muere más que en su cama del hospital de Long Island en la madrugada del 10 de enero de 1957.

Poesía y prosa

Además, habría que atender también a la distribución discursiva en su tratamiento del tema de Chile. Ello ocurre por una parte en la prosa, y en este caso en las conferencias académicas, en los artículos serios, en los discursos funcionarios, en las notas periodísticas y en las cartas, y por otro en la poesía, por ejemplo en los poemas patagónicos de Desolación, en "Cordillera" de Tala, en "Patrias" de Lagar y en la mayoría de los poemas de la sección "Naturaleza" de Lagar II. Pero, sobre todo, en el ya mencionado Poema de Chile. Porque hay en la prosa una gran distancia (y no pocas veces fuertes contradicciones) entre la Mistral que habla a diversos auditorios cultos acerca de Chile y que hace un esfuerzo para comunicarles de la mejor forma posible su experiencia de la patria lejana, la funcionaria que cumple como ella piensa que es bueno con las obligaciones de su cargo en el "escalafón consular", la profesora y hasta la agente de viajes que informa a su público sobre climas y paisajes y la que de repente y por suerte se olvida y escapa de todo eso y es capaz de pergeñar un texto tan perspicaz y tan hermoso como el "Recado sobre la cordillera".

Y, en cuanto a la poesía, hace ya tiempo que yo dije que ése era el lugar donde había que buscar y encontrar a la Gabriela profunda, con sus opciones y sus contradicciones, con sus atrevimientos y sus dudas, y entre todo ello con un apego por lo real chileno a pesar de todo que asombra y admira. Pienso en poemas como "País de la ausencia", de Lagar, y principalmente en uno de los más bellos, sus "Cuatro tiempos del huemul" de la tercera Tala, la de 1958.

Por último, ¿cuál es el verdadero país de Mistral? O, mejor dicho, ¿cuál es el país con el que ella se queda finalmente? Ninguno de los que algo sabemos sobre su obra ignora que ese país es el del Poema de Chile, un país que ella misma produce a lo largo de veinte o más años con la tijera en la mano, cortando y recortando, eligiendo y descartando. Es pues la del Poema de Chile su propuesta definitiva, su programa ético y político para el futuro de Chile, un Chile purificado, despojado de sus pequeñeces y miserias, abierto a la armonía de los seres humanos entre ellos y con una naturaleza en cuyo regazo mujeril tuvieron la buena fortuna de caer alguna vez.

Mucho dolor

Todo lo anterior y mucho más, la política contingente, por ejemplo, el educacionalismo, el agrarismo y el feminismo, entre otros temas de similar importancia, se encuentra en los textos que ha reunido Jaime Quezada para esta edición de Gabriela Mistral: Pensando a Chile. Una tentativa contra lo imposible.

Quezada, mistraliano de oficio, estudioso de la obra mistraliana como hay pocos en el país, les hace un favor a los chilenos poniendo a su alcance el pensamiento que sobre ellos y sobre la tierra en que residen formuló en prosa y en verso una poeta extraordinaria, que hizo cuanto pudo para tratarlos con mucho amor, pero que no pudo evitar el hacerlo también con mucho, con muchísimo dolor
.

FICHA

"Pensando a Chile" - "Una tentativa contra lo imposible", por Gabriela Mistral. Selección de textos Jaime Quezada, Editado por la Comisión Bicentenario. 2004.


DON PANCHO Y YO

por Luis Sepúlveda

Septiembre de 2002

Me cuesta hablar de Coloane, porque todavía no me repongo de saber que nunca más lo veré, y porque tuve que soportar los llamados telefónicos de muchos carroñeros que desde Chile querían saber la razón de nuestro alejamiento. Advierto que si alguno intenta enmierdar la memoria de don Pancho, tal como lo empiezan a hacer con la de Neruda y Matilde, independientemente de su sexo, estado civil o pasquín para el que escriba, va a escupir los dientes.

Empecé a leerlo cuando era un muchacho. Mis autores preferidos de entonces eran London, Salgari, y un chileno injustamente olvidado que se llama Lautaro Yankas. En sus libros había algo que me conmovía especialmente y era el culto a la lealtad que practicaban sus personajes. Para mí Coloane fue una revelación porque era la primera vez que me enfrentaba a historias en las que el viento soplaba de verdad, y porque me enseñaba que Chile era algo más que el aburrido Santiago, que existía el profundo sur donde la épica era el pan de cada día. Él supo conferir a sus personajes, todos seres marginales, perdedores que sabían por qué perdían, una identidad inédita en la literatura escrita en español. Coloane no escribía desde el punto de vista de la compasión, lo hacía desde una barricada, del lado de los jodidos, y eso fue para mí una invitación a imitarlo.

No adornaba con floridos barroquismos los errores del narrador tan visibles en otros contemporáneos suyos, pero sus libros destilan un rigor de corrector que, modestamente, hice parte de mi bagaje. A él le debo la determinación final de dedicarme a la escritura.

Lo conocí personalmente recién a inicios de los noventa, y, de inmediato, nació una gran amistad que nunca se interrumpió ni se interrumpirá. Yo no he sido, como se ha dicho, el promotor de su literatura porque la obra del más grande de nuestros narradores se impone por sí misma. Pero cuando llegué a Europa, y no como turista ni diplomático, en 1980, constaté que aquí Coloane no se conocía a pesar de que había habido varios escritores chilenos que fueron diplomáticos, porque jamás hicieron nada por difundir su obra. Y me propuse terminar con esa injusticia.

La oportunidad se dio en Saint Malo mientras comentaba este asunto con el gran escritor colombiano Álvaro Mutis. Este movió la cabeza y exclamó que era absurdo porque Coloane era un autor de la talla de London o de Stevenson. Esto lo escuchó un editor francés, que quiso saber más del chileno del que hablábamos. Yo me limité a contarle, en resumen, el mejor y más perfecto relato escrito en los últimos cien años: El témpano de Kanasaka. Él escuchó, tomó nota, pesó la conveniencia de editar a un escritor sudamericano octogenario y ajeno al boom, y meses más tarde me pidió que prologara el primer libro de don Pancho en francés. Éste se convirtió desde su aparición en un éxito de crítica y ventas. Luego, mi editor italiano me propuso dirigir una colección de literatura iberoamericana, para publicar autores cuya obra se acercara a lo que los dos considerábamos como literatura universal escrita en español y en portugués. Así nació la colección La Frontiera Scomparsa. Y, cuando me consultó por el primer título, dije de inmediato Tierra del Fuego, de Francisco Coloane.

Desde la publicación del maravilloso libro de aventuras de don Pancho, y en mi colección están todas sus obras, al éxito francés se sumó el de Italia, donde se transformó en autor de culto, venerado, amado sobre todo por lectores jóvenes, por los inconformistas antiglobalización. Lo mismo ha ocurrido en Grecia, Portugal, Alemania y España. Yo lo único que hice fue presentar sus libros y si algún merito me toca, es el de haber contribuido a lograr que finalmente Coloane tuviera el sitio merecido en la literatura universal.


SALVADOR ALLENDE: 1908-2004

<hr><u><h2>SALVADOR ALLENDE:  1908-2004</u></h2>

A Salvador Allende

Por su lealtad y consecuencia inalterable, por su vida al servicio de la democracia y el socialismo, por su ejemplo de coraje, lucha y convicción.

A todos aquéllos que perdieron su vida un 11 de Septiembre y en días posteriores. Jamás olvidaremos vuestro ejemplo valeroso. Siempre estarán con nosotros.

A todos quienes desde entonces han recorrido, en forma incansable, cada rincón de Chile, buscando, desesperadamente a sus hijos, esposos, padres y amigos. Nuestro compromiso inclaudicable por la verdad y la justicia.

A todos quienes en la larga noche de la Dictadura tendieron a nuestros compañeros una mano solidaria y a las naciones amigas que abrieron sus puertas para acoger a quienes iniciaron el camino del exilio. Nuestra eterna gratitud.

A los que nunca perdieron la fe. Al que arrojó una flor anónima en el Cementerio Santa Inés y en el Patio 29; al que reclamó libertad para los nuestros en una blanca muralla; a quienes se sobrepusieron al miedo y la mentira y siguieron creyendo en nosotros. Infinitas gracias.

A quienes quisieron vernos derrotados, humillados, extinguidos. Estamos aquí con más fuerza para construir un Chile más justo y fraterno.

"Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos." "Seguramente radio Magallanes será callada y el metal tranquilo de mi voz no llegará hasta Ustedes. No importa, lo seguirán oyendo, siempre estaré junto a Ustedes."

RESEÑA BIOGRÁFICA


Salvador Allende nació un 26 de Junio de 1908 en Valparaíso. Cursó sus estudios primarios y secundarios en esta ciudad, culminando la Enseñanza Media en el Liceo Eduardo de la Barra de este puerto.
En 1926, a la edad de 18 años, ingresa a la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, donde se titula de médico cirujano.
En 1933, habiendo ya abrazado los ideales de justicia social y libertad que profesó toda su vida, participa en al fundación del Partido Socialista de Chile.
Durante el Gobierno del General Carlos Ibáñez, del cual es un tenaz opositor es relegado a Caldera. Desde allí vuelve a Valparaíso para presidir el Frente Popular, coalición con la cual ganaría su primer escaño en el Congreso Nacional como Diputado por Valparaíso y Aconcagua.
En 1939, luego del triunfo del Presidente Pedro Aguirre Cerda, éste le pide hacerse cargo del Ministerio de Salubridad, Previsión y Asistencia Social.
En 1940 contrae matrimonio con Hortensia Bussi, unión de la que nacen sus tres hijas, Laura, María Isabel y Beatriz.
En 1942 es nominado Secretario General del Partido Socialista, siendo elegido, en 1945, Senador por Valdivia, Llanquihue, Chiloé, Aysén y Magallanes, provincias del sur del país.
Desde 1949 a 1963 preside el Colegio Médico de Chile.
En 1952 enfrenta su primera postulación presidencial, en la que obtiene sólo un 5% de los sufragios. Dicho fracaso no impide que al año siguiente renueve su escaño senatorial esta vez en representación de Tarapacá y Antofagasta en el norte del país.
En 1958 vuelve a disputar la primera magistratura de la Nación, siendo derrotado por el independiente de derecha, Jorge Alessandri Rodríguez. Menos de 35.000 votos separan a éste de Allende en una estrecha y dramática lucha en que un candidato populista, Antonio Zamorano, "el cura de Catapilco", apoyado por la derecha, consigue los votos suficientes para sepultar la opción de la izquierda. El triunfo esta vez estuvo muy cerca.
En 1961 obtiene un escaño senatorial por su natal Valparaíso, luego de una ardua campaña. En efecto, tras haber sido derrotado por segunda vez en una contienda presidencial, Salvador Allende se autoimpuso el desafío de ser electo en una zona tradicionalmente difícil para las fuerzas de izquierda, resultando victorioso.
Nuevamente compite por la Presidencia de la Nación en 1964. Esta vez el elegido es Eduardo Frei quien obtiene una abrumadora mayoría para su "revolución en libertad". Lo cierto es que la inminente victoria de Allende asusta a la derecha que termina votando por el democratacristiano, en lugar de su candidato, Julio Durán. Con cerca del 40% de los sufragios Allende sigue sumando fuerzas.
En 1966 es elegido Presidente del Senado, al tiempo que en 1969, nuevamente renueva su mandato parlamentario como Senador por Chiloé, Aysén y Magallanes.
El 4 de Septiembre de 1970, Salvador Allende obtiene la primera mayoría relativa (36%) en las elecciones presidenciales, apoyado por la Unidad Popular. Atrás quedaron tres intentos frustrados, iniciándose un tortuoso camino destinado a obtener que el Congreso Nacional ratifique el triunfo en las urnas, toda vez que no se ha obtenido la mayoría absoluta, por lo que los parlamentarios deben optar entre las dos primeras mayorías relativas.
Luego de un acuerdo con la Democracia Cristiana, Salvador Allende es elegido Presidente de la República y asume, en medio de la expectación nacional e internacional, el 4 de Noviembre de 1970, iniciándose la denominada "vía chilena al socialismo", bautizada más gráficamente como "la revolución de empanada y vino tinto", atendido el particular carácter del triunfo de la izquierda chilena, obtenido limpiamente en las urnas, merced al masivo apoyo ciudadano al proceso de reformas que propuso al país.
Durante el gobierno popular, dicho respaldo se incrementa, contra toda la campaña desestabilizadora impulsada por la derecha y la Democracia Cristiana. La Unidad Popular obtiene la mayoría absoluta de los sufragios en la elección municipal de 1971 y más del 43% de los sufragios en las parlamentarias de 1973, superando ampliamente su votación de 1970. La coalición de centroderecha fracasa en su intento de provocar la acusación constitucional contra Allende, para lo que requiere dos tercios del Congreso y se desata una campaña destinada a azuzar a los militares contra el gobierno constitucional.
El clima de agitación provocado por los sectores reaccionarios con respaldo foráneo crean el clima para el Golpe de Estado que el 11 de Septiembre de 1973, pone fin al gobierno popular y desata una ola de persecución y muerte que tiñe de sangre las calles de Chile.
El Presidente Allende muere en el Palacio de La Moneda, dejando un legado inconmensurable para las futuras generaciones.
Su nombre y memoria crecen y se agigantan en el tiempo, siendo objeto de reconocimientos en el mundo entero. En Chile y en el orbe, calles, museos, escuelas, consultorios y publicaciones, llevan el nombre del insigne estadista que por más de medio siglo prestigiara la política chilena, entregando un ejemplo de consecuencia y convicción democrática y socialista.