Blogia

MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


LA ACCIÓN SOCIAL DE CUBA Y VENEZUELA

Red Voltaire - 5 de Mayo de 2005

La Declaración Final de la Primera Reunión entre Cuba y Venezuela para la Adopción de la Alternativa Bolivariana para las Américas detalla la consecución del compromiso mutuo de ambos países para apoyarse en su esfuerzo de transformación social. Permite juzgar la verdadera acción de sus respectivos gobiernos. Entre los puntos más importantes se encuentra especialmente la inauguración este año de más de 1.200 centros gratuitos de atención a la salud en Venezuela gracias a la ayuda de unos 30 mil médicos cubanos en dicho país. Además, garantizarán la formación de 40 mil médicos venezolanos par garantizar la permanencia del sistema de salud.

En cuanto a la educación, el acuerdo trata del acceso actual de 1.262. 000 venezolanos a la alfabetización (Misión Robinson I) y a la educación secundaria (Misión Robinson II), con el apoyo del Estado cubano. Luego de esta campaña, Venezuela debería ser declarada segundo país latinoamericano libre de analfabetismo.


ESCRIBIR DESDE LA REGIÓN XIV

por Javier Campos (*)

3 de Abril del 2005

En el 2001 comencé a escribir columnas para El Mostrador. Nadie me lo pidió ni fui nominado por su director. Por el contrario ninguno de ellos, desde el director mismo, la editora de entonces, los periodistas que trabajaban desde sus inicios y Fundación -el verano de 2000- tenían la más remota idea de este desconocido chileno que “insistía” en enviarles algunos escritos.

Más aun, como el correo electrónico suele ser anónimo, puede venir desde Paris, Temuco o Moscú, el que lo recibe no sabrá nunca donde reside el remitente. En suma, poco sabían de que yo no vivía en Chile. Asunto que ha sido, lo digo ahora claramente, un factor en contra para los chilenos y chilenas cuyo interés es escribir y desean les den un espacio en medios masivos de su propio país. Pedir un espacio es loable, especialmente si creemos en la diversidad en estos tiempos globales. Si pensamos que un país informado y bajo una democracia es imprescindible dar espacio también a los que viven en “otras galaxias”.

En ese aspecto El Mostrador nos dio un espacio a los chilenos de fuera del país, los que por distintas razones ejercemos nuestro trabajo “allende la Cordillera”. Sin ser oráculo de nada, en mi caso, este medio ha sido receptivo a la mirada del que tuvo que salir de Chile pero que -en otras “galaxias”- su perspectiva cambió, lo cual es normal en muchos casos de gente que salió de su país.

El viaje cambió al navegante, se puede decir metafóricamente de cualquier experiencia cuando se deja la patria, los orígenes. Algunos no cambiarán nunca sin embargo. Entonces cambia también la escritura o lo que uno hace en otras tierras que lo recibieron lejos de su propia Itaca. No escribe mejor ni peor pero sí la perspectiva se torna distinta. En ese sentido El Mostrador comprendió, como ningún otro medio chileno actual, y abrió sus paginas a columnistas chilenos y no chilenos que vivimos fuera del Chile físico de todos los días. Si uno lee otros diarios latinoamericanos o europeos, es habitual que siempre haya un columnista “extranjero”. Y es saludable.

Hay una cantidad muy grande de chilenos a los que ahora, eufemísticamente y ficticiamente, se les llama desde Chile “los que pertenecen a la Región XIV”. En esa “región” hay escritores, periodistas, científicos en distintas áreas, politólogos, sociólogos, académicos en universidades de diferentes partes del mundo, investigadores que trabajan en centros importantes de investigación, cineastas, actores, pintores, músicos. Son miles los chilenos que pertenecen a la denominada "Región XIV”.

El asunto es que oficialmente, desde alguna parte del gobierno, o desde el ministerio de Educación, o Departamento Cultural, etc., no ha surgido hasta ahora ningún reconocimiento oficial de dicha región. Oficialmente no se ha reconocido a esa vasta cantidad de chilenos/as que son también parte de la cultura nacional pero que viven fuera del país. Se hacen sí homenajes a cómo Chile recibió durante la Guerra Civil española a tantos refugiados. O se destaca cuán generoso fue aquel gobierno en preocuparse y darles una nueva patria a esos cientos de refugiados pero no a los chilenos que por razones de exilio se quedaron fuera del país.

Termino con varias preguntas y con copia al ministerio de Educación y al gobierno de don Ricardo Lagos: ¿cuál es la diferencia de que un gobierno ahora no sea solidario -como lo fue en los '40 con cientos que
arrancaban de los horrores del Guerra Civil española- con los miles de chilenos que viven fuera de la patria? ¿Por qué no se hace un encuentro permanente cada año, organizado por el ministerio de Educación, Cultura, para invitar a distintos chilenos en distintas aéreas a presentar su experiencia, su trabajo, para compartirlo con los chilenos de dentro? ¿Por qué en las importantes “charlas presidenciales” no han invitado aún a ningún chileno de fuera del país para que dicte o muestre su trabajo que ha hecho fuera o son sólo los excelentes Vargas Llosa, Carlos Fuentes, José Saramago, entre otros, los únicos fuera de Chile que pueden iluminar con su trabajo a los chilenos de dentro del país?

Por lo anterior, pienso como muchos columnistas chilenos fuera de Chile, los que escribimos en El Mostrador, que este medio sí ha contribuido sin darse cuenta, al abrir sus páginas a la diversidad, dió un espacio a la olvidada Región XIV aun cuando tal “región” aparece por ahí mencionada en algún papel oficial, con timbres y firmas ampulosas, pero convertida en pura “letra muerta”.

(*) Javier Campos es poeta, escritor y académico. Reside en EE.UU."


UNA VOZ EN LA TORMENTA

<hr><h2><u>UNA VOZ EN LA TORMENTA</h2></u>

Por Enrique Lacolla

La Voz del Interior
(Córdoba) - Abril de 2005

El pontificado de Juan Pablo II estuvo señalado por una serie de acontecimientos dramáticos que lo proclaman como uno de los más significativos de este siglo. Es, desde luego, imposible mensurar sus alcances a la luz de la historia milenaria de la Iglesia; pero, a la escala contemporánea, su importancia es innegable en la medida en que coincide con la ruina del comunismo, la gran profecía laica que intentó suplantar, con una afirmación de voluntad inmanente, la proposición trascendentalista de la fe cristiana.

La Iglesia, se ha dicho, no tiene prisa. Tomada de sorpresa por la irrupción del racionalismo a fines del siglo XVIII, batida en brecha en el XIX por un liberalismo, un progresismo, un industrialismo y un socialismo vigorosamente ascendentes, durante mucho tiempo luchó contra la corriente, adaptándose a sus meandros cuando no quedaba más remedio, pero resistiéndose a admitir esa dialéctica de la Ilustración que absolutizaba la razón pura en detrimento del principio moral que distingue entre el bien y el mal a partir de parámetros inmutables. En esa lucha aparentemente en retirada, la Iglesia puso de manifiesto -aunque su advertencia solía ser ignorada por quienes sólo percibían el exterior reaccionario de su accionar político- que si los grandes principios no tienen un fundamento espiritual, subordinado a un dictamen trascendente, la ley entonces sólo puede ser provisional... Y, en consecuencia, infinitamente derogable. La arbitrariedad, por lo tanto, termina justificándose por su misma ausencia de justificación: desde el terrorismo revolucionario al terrorismo de Estado, desde la contraconcepción a la manipulación genética, todo es viable, todo es admisible, todo puede terminar en una inconmensurable indiferencia.

No podemos seguir aquí el hilo rojo de esta polémica sorda que informa el decurso de la historia contemporánea desde la Revolución Francesa hasta nuestros días; pero sí debemos tener en cuenta su enorme importancia, que la ubica muy por encima de las ironías someras que con frecuencia se le disparan desde el progresismo elemental. El pontificado de Juan Pablo II debe ser evaluado en ese marco de referencias, que se engarza con un proceso histórico del cual el Papa fue testigo y a veces decisivo protagonista.

Años de cambio

Entre 1978 y 1994, el mundo presencia el vertiginoso vaciamiento de las convicciones abstractas que habían guiado su avance. La avalancha del consumo; la explosión de individualismo y hedonismo suscitada por el desborde material; el fracaso del comunismo, vaciado de contenidos pero cuya superestructura comprimía y ahogaba el deseo de libertad bajo un caparazón muerto; y la cobertura del mundo por una red informática que todo lo revela y que no explica nada, son los rasgos genéricos de una época signada por el cambio permanente y por el naufragio de toda voluntad dirigida a controlar o a guiar ese cambio.

Después de las tormentas de la Segunda Guerra Mundial y a la luz de las paroxísticas transformaciones generadas durante el período que va desde 1914 hasta 1945, la Iglesia comienza a producir modificaciones en su seno que apuntan a dar una respuesta a las dudas y los desafíos del mundo moderno. La necesidad de levantar una barrera contra las pretensiones del Estado totalitario, que encuentran en la formulación comunista un arquetipo brutal, no puede disimular la razón de esta última clase de estructuraciones: la injusticia de un mundo moderno, donde proliferan la desigualdad y la injusticia al lado de la riqueza más insolente y de la negativa a echar mano a las posibilidades financieras y tecnológicas con que se cuenta para empezar a poner remedio a las primeras.

La identificación entre Iglesia y reacción, que se había convertido en una fórmula sacramental para las izquierdas y hasta para ciertas derechas radicalizadas, y que estaba justificada por la frecuente adscripción de la Iglesia a los sistemas instituidos, a los que respaldaba por desconfianza a lo nuevo, debía ser combatida para
rescatar lo que también había de social e igualitario en el mensaje cristiano. La Ciudad Universal fue católica antes de ser comunista, y sus premisas podían y debían ser recuperadas si se quería afrontar el desafío de la modernidad con una perspectiva actualizada y con una efectiva voluntad de erigirse en un factor de acción, además de consolación.

A partir del Concilio Vaticano II, esta vocación de compromiso con la realidad -que nunca había estado ausente de la dialéctica profunda de la vida eclesial- se pronunció en forma manifiesta y emergió no sólo a través de la simplificación de los rituales, del aggiornamento de las prédicas y prácticas del culto, de una intensa preocupación por los temas macroeconómicos y macropolíticos, sino también de la irrupción de corrientes que, como la teología de la liberación, borraban casi los límites entre marxismo y cristianismo y propiciaban el ingreso directo a la lucha política y, eventualmente, si se seguía su lógica hasta el límite extremo, a la lucha armada contra el opresor.

Esto, en cierta manera, habría supuesto la disolución de la Iglesia en un todo multitudinario, donde el peso de esa extraña y excepcional formulación que conjuga espíritu y materialidad se habría desvanecido en una nube de amor y liturgia, cuando no en el ingreso directo en la vida civil. Para que el impalpable poder de un principio espiritual tenga vigencia en el mundo entero, es en efecto necesaria, si no se cuenta con un marco nacional solidario y con un Estado configurado como tal en un espacio concreto, la presencia de una autoridad efectiva, de una autoridad operante.

l valor del orden

Juan Pablo II vino en cierto modo a restituir ese valor. Lo singular fue que su pontificado coincidió con la crisis final del comunismo, a la que su elección contribuyó a acelerar. No sólo porque el Papa provenía de un país, Polonia, cuyo sentido nacional se fundía con su catolicidad y que, en consecuencia, se convertía en un hueso muy duro de roer -en realidad, en una piedra indigerible- para el ruso-marxismo; sino también porque la gestión de Juan Pablo II se perfiló en una actitud efectivamente combativa respecto del sistema imperante en el Este, cuyas grietas y crisis sustancial conocía mejor que nadie.

Si bien en tiempos lentos, la Iglesia también conoce pleamares y bajamares, acción y estabilización. Después de los pontificados realmente revolucionarios de Juan XXIII y Pablo VI, Juan Pablo II vino a reordenar lo que, para los criterios eclesiásticos, se había salido de madre. De ahí los énfasis en la disciplina, la desconfianza y eventualmente la oposición ante las manifestaciones de la teología de la liberación; y sobre todo el rechazo de las actitudes concesivas respecto de políticas muy a la moda en el mundo posmoderno. Por ejemplo, las que extreman la liberalización en materia de aborto y de experimentación genética; o que, so pretexto del respeto a las minorías, apuntan a lo que la Iglesia entiende como una distorsión de los mandatos de la naturaleza e intentan no sólo una institucionalización de la excepcionalidad, sino su proliferación y, llegado el caso, su conversión en regla, al consentir la adopción de niños por parejas constituidas por homosexuales.

Estas batallas, aún en curso, no deben sin embargo oscurecer la que podría considerarse como la más paradójica y positiva de todas las inflexiones producidas por el papado de Juan Pablo II: ante el hundimiento del comunismo, que durante muchos años se erigiera en el sistema rival del capitalismo, la Iglesia Católica aparece perfilándose como la única institución capaz de estructurar un discurso que, si no se opone frontalmente a la sociedad capitalista, se funda en un tipo de valores que recusa -implícita o explícitamente- sus distorsiones.

Según Juan Pablo II, el capitalismo podía ser aceptable para la doctrina social de la Iglesia en la medida en que, a nivel de sus principios básicos, se adecua en muchos aspectos a la ley natural. Pero, según sus explícitas manifestaciones, deben rechazarse sus prácticas abusivas, como la explotación, la injusticia, la violencia y la arrogancia, que en años recientes -más precisamente a partir de la caída del comunismo- han empezado a encontrar buena prensa y a ser aceptadas como parte de un retorno (no siempre admitido francamente, pero claramente visible en los hechos) al capitalismo salvaje. Un capitalismo salvaje que originó, precisamente, una saludable reacción, que al final terminó en la fallida utopía comunista.

En un mundo dividido entre el vacío ideológico dejado por el hundimiento de la profecía laica del comunismo y el vacío espiritual de una sociedad de consumo que hace del goce hedonista, de la indiferencia y del individualismo más egoísta las prendas de una seudolibertad sin mañana, el papado de Juan Pablo II vino a proponerse como un espacio para la protesta reflexiva. Aunque revistió en su caso la singularidad de la cultura occidental y no renegó de sus dones, es difícil disociar la reproyección que la Iglesia Católica tuvo en este período de las inquietudes y agitaciones que recorren a otros movimientos confesionales en el Tercer Mundo -un espacio al cual el Pontífice dedicó preferente atención- y hacia los cuales se dirigen confusamente las muchedumbres de desheredados para buscar una guía en medio del
desorden
.


CRÓNICAS DE JOAQUÍN EDWARDS BELLO

<h2><hr><u>CRÓNICAS DE JOAQUÍN EDWARDS BELLO</h2></u>

El maestro de Bolívar



Marzo, 1954 (*)

Algunos historiadores creen todavía que don Simón Rodríguez regresó a Caracas después de sus viajes; que lo pasó muy bien en Chile y que murió en Huaymas, o en Huaylas, en marzo de 1854. Nada de esto es verdad. Después de sus viajes, Rodríguez vino a América y le pesó. No quiso ver su ciudad natal. Le era antipática. La tierra nativa no tenía para él atractivos, ni su gente, que le recordaba sus primeros choques. "Los hombres y las cosas de su tierra le eran indiferentes", dice Cova, uno de sus biógrafos.

Rodríguez no murió en Huaymas, ni en marzo, sino en San Nicolás de Amotape el 28 de febrero de 1854. Este villorrio está situado en la provincia de Paita, departamento de Piura en Perú. He escrito esto y no me han leído, quizás porque escribo largo. Me informé en Lozano, en Picón Febres, en Ramón Aspurua y en Eloy González, aparte de diarios y de otros libros referentes al Libertador. En el libro de J. A. Cova, de la Academia de Historia de Venezuela y Ecuador, encontré el dato del lugar de la muerte de don Simón Rodríguez, en la página 181. Dice así: "En el registro de defunciones del Archivo de Amotape se encontró la partida de don Simón, que dice textualmente: Año del Señor de mil ochocientos cincuenta y cuatro, a primero de marzo, yo, don Santiago Sánchez, presbítero, cura propio de la parroquia de San Nicolás de Amotape, en su santa iglesia dí sepultura aclesiástica al cuerpo difunto de don Simón Rodríguez, casta de español, como de edad de noventa años, al parecer, el que se confesó en su entero conocimiento y dijo que fue casado dos veces y que era hijo de Caracas, y la última mujer finada se llamó Manuela Gómez, hija de Bolivia, y sólo dejaba un hijo que se llama José Rodríguez. Recibió todos los sacramentos y se enterró de mayor, para que conste firmo - Santiago Sánchez - Hay una rúbrica".

El 28 de noviembre de 1854, a las diez de la mañana, fueron descubiertos los restos mortales de don Simón Rodríguez dentro de una caja cerrada, en una bóveda de la iglesia de Amotape.

El presidente Leguía, de Perú, en el Centenario de Ayacucho, diciembre de 1924, ordenó que los restos de don Simón fueran trasladados al Panteón de los Héroes, de Lima. En la ceremonia del traslado estuvo presente el embajador de Venezuela en Lima, don Fabio Lozano y Lozano, biógrafo de don Simón y uno de los investigadores que contribuyeron al hallazgo de los restos en Amotape. Del Panteón de los Héroes de Lima fueron trasladados a Caracas. Alrededor de sesenta mil personas asistieron al acto de colocación de los restos en el Panteón de los Próceres, en Caracas, el 28 de febrero de este año, centenario de su muerte.

Respecto de los trabajos de don Simón en Chile, puedo declarar que fracasaron por completo. La Escuela de Valparaíso cerró por falta de alumnos. La de Concepción, a causa del terremoto, que solamente anticipó la clausura. Don Simón decía: "En Chile prediqué en el desierto". No conservó buenos recuerdos de nuestro país, ni de los ministros de nuestro gobierno. (El Maestro del Libertador, por Fabio Lozano y Lozano).

(*) Mitópolis, páginas 159-160.


HOMENAJE A HOMERO MANZI

<hr><h2><u>HOMENAJE A HOMERO MANZI</h2></u>

Cuando Cátulo despidió a Homero...
"Mirando al Sur" adhiere al homenaje al hombre del tango,
de FORJA y de la Patria



No para dar por pensado,
sino para dar en qué pensar
Agenda de Reflexión - Nº 278, Año III

Buenos Aires, martes 3 de mayo de 2005

Ya lo sabíamos todos. Este instante en que había que entregarte el adiós desde un entarimado. Mucha gente. Y una noche muy larga de angustiosos saludos y de lágrimas, y el apretón de manos y el abrazo.

Y tu madre, deambulando entre flores, como un viejo quebracho, con la mirada firme –hora tras hora- hasta el momento mismo en que podríamos recogerla en los brazos, desplomada.

Ya sé que lo sabíamos, pero también lo ignorábamos todo, y a fuerza de ignorarlo lo sabíamos, y esta esperanza nuestra de que no fuera así lo decretado. Y también tus engaños, cuando te sonreías con esa misma cara que miramos durmiendo, afilada y cerúlea, con tu barbita negra que tenía hilachas blancas y el cuerpo lastimado en todas partes.

Ya sé que lo sabíamos, Homero, pero menos que tú, que lo sabías mejor, como supiste todas las cosas que no se aprenden nunca y que se saben.

Porque también sabemos que la muerte no es nada y no tiene misterio.

Misterio tiene un verso, una sonrisa.

Pero tú estás durmiendo, y entonces hay que evitar la muerte de un recuerdo, y escribirte estas cosas que nos hizo más honda la vigilia y el regresar atrás, rumbo al principio, para verte mejor, sin el cansancio oscuro del café, del alcohol, de muchas muertes, como la tuya ayer, la más sentida.

Para hacerte una historia, hermano mío, comenzaría así:

Se acercó con sus cosas que tenían la simpleza genial del propio pueblo. Un trasunto de calles orilleras, arboladas y viejas como el duende que transitó sus tangos, y que vivió en sus ojos que eran negros y tristes y profundos. Tal vez, toda la infancia que alborotó las tardes de extramuros, y el poema del hermano mayor que él admiraba.

Una fuerza indomable le llegaba de lejos; no sé si de Añatuya, su pueblito purinke con Imasti el capataz indígena o su hermano Román que amansaba el rosillo en la heredad paterna.

Acaso el algarrobo triste o el chañar que tiraba las sombras en la tierra reseca, o la lejana cruz de calicanto con que cantó algún día en los años el poema de María Chacarera.

Pero era –de todos modos- ese misterio eterno que lastima el insomnio de los hombres que piensan y que sufren y crean, cuando vuela la idea, y el cerebro adquiere dimensiones de cosmos, sin medida posible.

No sé si fue Carriego –allá, hace mucho- quien lo inició en la hermética religión de los versos desvestidos de retórica inútil y falso preciosismo versallesco. Pero un día encontró que era posible decir lo que sentía sobre un metro de tango –el más humilde- y entregarle a su barrio, a su ciudad, al pueblo, el vigor de un mensaje que tenía olor a calle, y a viento, y a boliche.

El recibió el impacto de un barrio suburbano, sureño y empinado sobre las piedras hoscas que recorrió la chata de Damián, el carrero.

El recibió los suspiros más dulces de la chiquilla humilde que vivía en la casa de enfrente, entre las verjas donde había campanillas y un cedrón y una planta de malva. Llegaban desde lejos, musicales y hondos, los golpes del herrero y había silbatina de muchachones simples que se acostaban tarde, contemplando a la luna o al vigilante gaucho desde aquella vidriera.

Decorado sutil para sus ojos buenos. Barrio inefable y puro para su corazón y su tristeza.

Envolviera esas cosas pequeñas y hondas en esa cosa absurda que es un verso y así encontró su clima y se lanzó a la vida desde unos pantalones cortos y una cara rechoncha, y una ruta que subía calle arriba hasta San Juan y Loria.

Después hubo un colegio que se llamaba Luppi. Y amigos diferentes, y todo Puente Alsina, con sus alcantarillas y sus luces perdidas en la noche.

“San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo, Pompeya y más allá la inundación”. Los años se asomaron al bozo y fue un hombre que de pronto buscaba a la vida, caminando hacia el norte, sobre antiguos tranvías rechinantes y torpes.

Tal vez la facultad fuera una excusa para hurgar una ciencia que no necesitaba. Las leyes eran cosas sin aristas, ni color, ni misterio; que misterio era el suyo, el que traía encerrado en cien gestos para copar la vida y ganar la postura a salto y carta.

La ciudad ya era fácil porque estaba más cerca y titilaba en miles de letreros luminosos.

Así creció de pronto, como acortó su nombre: Homero Manzi.

¿Quién era Homero Manzi...?

Era una cosa nuestra, nada más. Unos ojos muy grandes que miraban las noches con ternura de niño, reflejando el paisaje que llegaba de adentro: el de su calle. Su calle y sus recuerdos.

Tremolante y terrible, el vértice esperaba para iniciar la lucha. Y Homero, Homero Manzi, se armó de la palabra y de la idea.

Lo encuentro en las esquinas, orador de contiendas quijotescas, templando sus veinte años y enarbolando sueños de muchacho, y fustigando el alma en una búsqueda de sensaciones nuevas pero intuidas quién sabe desde cuándo.

Y tal vez ese fárrago de cosas que se esconden en las ramas más altas de las horas. Un borbotón de alcohol y trasnochada, el amigo encontrado sobre el filo del alba en una esquina.

“Bandoneón. Hoy es noche de fandango y quiero confesarte la verdad. Pena a pena, copa a copa, tango a tango, embalado en la locura del alcohol y la amargura...”.

Así plasmó sus versos, en ese estrujamiento del espíritu que busca la expresión para decirla y a veces no la encuentra...

Pero también la lucha le señalaba un puerto: los autores de versos y los músicos que eran como él producto de las calles, y que hablaban en su mismo lenguaje musical y encendido. Así llegó hasta ellos, a nosotros, para formar el nudo y para atarlo con la fuerza feliz de su palabra. SADAIC era un símbolo que apretaba en la sigla cien caminos de conquistas gremiales que estaban ya a un paso, nada más, de la esperanza. Homero ya era un hombre.

Y su barba crecida, casi excéntrica, le dio fisonomía de patriarca. Un patriarca muchacho que recordaba cerca de sus ojos, que a veces le brillaban como lágrimas...

Y en alud formidable, su pujanza: el cine, el teatro, el periodismo, todo. Fue una múltiple sed por la conquista que nunca le fue esquiva. Tal vez porque sabía que estaba la muerte agazapada, que nada es perfecto, que el hombre tiene el sino marcado de antemano.

Un día, cualquier día, lo encontramos herido. Empezaba el regreso hacia la tierra, al barrio, a los recuerdos... Nos engañaba a todos, sin engañarse él mismo, que presintió el final con esa misma angustia con que se presienten los versos que a veces no se escriben. Y su verso final es todo esto que sin estar, está. Que lo recuerda, que lo lleva y lo trae, que lo exalta, que lo agranda y lo borra y lo redime, angustiando esta sorda impotencia de persistir llorando su temprana partida.

Su herencia es un manojo de tangos: los más nuestros. Su herencia es la palabra fácil y es el recuerdo bueno. Su herencia es un clima de barrio que fue suyo, donde la noche –en el pescante- contempla al hombre gris que chicotea el látigo en la diestra.

Su herencia es esto tierno que tenemos de nuevo florecido, porque también miramos hacia atrás, -Homero Manzi- y te encontraremos de nuevo en la vidriera, mirando cómo llueve en un otoño.

Adiós, Homero Manzi, amigo nuestro
.


NUEVO LIBRO DE PEDRO GODOY

<hr><h2><u>NUEVO LIBRO DE PEDRO GODOY</h2></u>

Chile: El “Libro Negro de nuestra Educación"



Este martes 3 de mayo, en la Casa del Maestro de Santiago de Chile, recinto del gremio magisterial, se presentó la nueva obra del Prof. Pedro Godoy. El evento lo aperturaron y clausuraron con cuecas y marineras conjuntos folklóricos amateurs de Chile y Perú. Con el Salón de Actos repleto de sindicalistas, académicos, estudiantes hizo el comentario de rigor el líder nacional de gremio Mario Aguilar Arévalo. Luego el autor improvisó la siguiente alocución que la periodista Silvia Aguilera rescata de su grabadora.

“Distinguido Mario, destacados académicos, queridos alumnos de la Universidad Arturo Prat y de la Universidad Mayor, integrantes del Conjunto Foklórico Peruano y del Conjunto Fiesta Chilena, amigas y amigos:

He aquí el texto que nos congrega. El escarlata de su portada es fulgor de razón y de pasión… Razón y pasión, hay que añadir también voluntad. Los tres ingredientes a servicio del país concebido como segmento de la Patria Común: Latinoamérica. Con seguridad estas afirmaciones son campana de palo para aquellos “renovados” y “pragmáticos” que sepultando principios y fines, por un plato de entejas, venden su alma al “Gran Satán”. No estoy para simulaciones ni acrobacias y en cuerpo y alma creo conservar el mismo espíritu moceril de los años 60 y 70. Ayer brindé por el trigésimo aniversario de la victoria de Vietnam sobre EEUU y hoy me regocijo de cómo se extiende la resistencia iraquí.

Extraño, extrañísimo comienzo de la presentación de una obra de pedagogía, pero es que la alta política y el quehacer de aula no son antagónicos, sino complementarios. He dicho, señores, la alta políticano la política contingente hecha de chanchullos y zancadillas, de promesas y virajes sospechosos.

Regreso a lo nuestro… Agradezco los agudos y amables comentarios del relator Mario Aguilar. Pese a que, en algunos instantes, me vapuleara merece mi respeto porque demostró -de modo palmario- haber leído la
obra. Debo añadir que su gestión ha sido clave para que dispongamos de este recinto y de la atmósfera de pluralismo que nos envuelve.

Este es libro de combate y reflexión, es analítico y propositivo. Acepto que suele enfatizar la crítica y, a veces, pareciera un catálogo de defectos de la estructura escolar y de los vicios y omisiones de quienes la administran. Desde luego no es perfecto y está más cerca de la sangre que de la tinta.

Es producto de la observación de la realidad. No es gárgara de estadísticas o refrito de bibliografía forastera. No es un libro nacido de otros libros, sino producto del manejo de datos empíricos. Aquí se condensa una experiencia vivida y padecida en aula y no en oficinas ministeriales. Es síntesis de las desventuras, aventuras y venturas del muy noble oficio de enseñar.

No contiene añejeces ni exotismos. Está en el hoy y en el aquí. Lo anima el coraje y el conocimiento del fenómeno educativo. En suma, es emoción y ciencia. Lo emocional palpita en cuanto la dedico a mi maestro del Campus Macul de la Universidad de Chile, el Prof. Roberto Munizaga Aguirre. También a mi condiscípulo Carlos Ramos Ibáñez quien diera infructuosa lucha para que los tres gobiernos de la Concertación reincorporaran a los catedráticos que fuimos destituidos por el régimen castrense. A ambos, ya moradores de la República del Más Allá, -en esta ceremonia- mi homenaje.

Este texto examina no sólo el sistema escolar, en general, sino -de modo específico- la básica, la media y la superior. Quizás hay reiteraciones, pero no se diluye el norte, es decir, el propósito de reedificar una escuela capaz de fundir en el aula al hijo del taller y al hijo de palacio. Es el esfuerzo que, en miniatura efectúa el Colegio Saint George y que retrata la notable película “Machuca”. Así el magisterio efectuará un aporte a la atenuación de los abismos que escinden a la chilenidad.

Más aun, acorde con lo enseñado por Arturo Jauretche, se aspira a que los contenidos programáticos sean criollos y no forasteros, es decir, que vigoricen la identidad y no profundicen el descastamiento. Y en estas dos esferas: lo social y lo nacional el Proyecto MECE y la Reforma han fracasado. Fracaso rotundo y despilfarro cuantioso. Y lo señalado lo verifican certámenes como el SIMCE y la PSU. Peor aun, hoy se consolidan como algo normal, segmentos del paisaje como la Cordillera o el Pacífico, la existencia de planteles para “picantes”, “mediopelo” y “palogruesos”. Así del aula brotan tres repúblicas distintas, tres Chiles cuyos ciudadanos se desconocen… Todo ello por efecto de un sistema escolar clasista reverenciado como lo conveniente por el modelo neoliberal impuesto por el régimen militar y perfeccionado por la “democracia”.

La disciplina escolar -y este es otro tema de mi obra- ha sido vulnerada. Es el afán de los “progres” enquistados en el MINEDUC que apuntan a demoler “los enclaves autoritarios”. Algo jamás visto en el país: se multiplican los desacatos a los educadores. Maestros que son objeto de agresiones físicas y verbales por alumnos y apoderados. De modo frecuente las víctimas son las profesoras y me pregunto ¿en que queda el feminismo beligerante de esos elegantes impulsores light de la modernidad y de la postmodernidad si no las protegen ante esas manifiestas cobardías? Mis amigos, esto es fruto de la confusión entre democracia y anarquía que -tarde o temprano- se pagará muy caro.

Me refiero también en este libro a dos nuevos tipos de analfabetismo. Mientras la ignorancia abecedario retrocede a un 5.2% y la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria festeja su 86º aniversario avanza el denominado “analfabetismo funcional”… Millones de chilenos leen, pero no entienden el contenido de lo leído. El otro morbo es el “analfabetismo tecnológico”. Es más antiguo, consubstancial al sistema, pero hoy es más notorio. Se manifiesta en que el aula enseña todo o de todo… hasta idioma chino mandarín, pero no a trabajar.

Eso de proponer una “educación para el trabajo productor” suena a raro hasta en los oídos de miles de docentes para los cuales toda su labor es de pizarra, tiza y saliva. Ello empalma con el desprecio atávico por las manualidades y el rechazo actual por la profesionalización temprana. También hunde su raíz en la anacrónica separación entre teoría y práctica y en la torpe prohibición de trabajo infantil y adolescente. Estos temas aquí se discuten y con argumentos. Argumentos extraídos no de experiencias extranjeras, sino de la vida misma con sus rigores y exigencias. Estamos, pues ante un texto iconoclasta que choca con prejuicios ancestrales y contra otros de factura reciente.

La nuestra es una guerra difícil, dificilísima, pero el Centro de Estudios Chilenos CEDECH la libra pese a las dificultades. En la brega nos iluminan figuras emblemáticas como Simón Rodríguez… A renglón seguido reflexiono: Simón Rodríguez ¡pero si ningún colega conoce a ese gigante! Mis amigos, aquí para ser figura emblemática -aunque no se lea- hay que exhibir apellidos alemanes, franceses o sajones. Lo criollo es ordinario y se descarta. En función de la tesis pedagógica de ese notable venezolano proponemos una escuela nacionalizadora y tecnologizadora.

El texto contiene reflexiones sobre la función docente, investigativa y difusional de la Universidad. No sin contrastar el mensaje luminoso y la obra patriótica de otro venezolano, Andrés Bello, con la gestión opaca y hasta turbia de rectores como Jaime Lavados y Luis Riveros. Estos más preocupados de negocios esquivaron siempre la reincorporación de quienes fuimos exonerados de las cátedras.

Queridos contertulios, imposible en esta velada reseñar todos y cada uno de los temas analizados. Lo cierto es que -como señalara un lector- el libro es un informe de autopsia. Quien lo escribe, un médico forense. El cadáver, el sistema escolar. Este recinto una oficina de Servicio Médico Legal, o mejor dicho, una morgue. No obstante, no habrá velatorio, sino afanes milicianos por reconstruirlo.

Debemos, comunitariamente, aceptar como reto a la imaginación pedagógica proyectar con cabeza nacional una genuina reforma. La actual ha fracasado porque es “más de lo mismo” y producto de presiones del Banco Mundial. Y si digo Banco Mundial digo imperialismo. Si señores, “im-pe-ria-lis-mo” y no “globalización” como los “progres” quieren que se diga.

Este libro que se entrega a vuestro juicio exhibe portada de color rojo porque quiere ser capa de torero. Sin embargo, para estoquear el toro y ganar rabo y oreja se necesitan centenas de banderilleros que maten al miura de la miopía borreguil, de la mediocridad ministerial, de la vocación de calco… Colosales tarea propongo, pero no podría refugiarme en el cómodo silencio. Mi vocación socrática me acicatea a formular críticas y propuestas, aunque sé que siempre acecha el peligro de la cicuta.

En la carátula de esta obra que hoy entrego al veredicto ciudadano figura Gabriela Mistral y no por su condición de poetisa o Premio Nobel de Literatura, sino porque es nuestra colega que explicita un original discurrir pedagógico. Está en nuestra misma barricada. No la aplaudimos por las Rondas Infantiles ni por los Sonetos de la Muerte, sino porque propicia una educación gratuita y no pagada, una educación pública y no privatizada, una educación nacionalizante y no cosmopolita, una educación tecnologizante y no palabrera. ¡Honor a su memoria!

No nos asustan obstáculos y trampas. Se sabe que el lapso más obscuro de la noche es cuando está a punto de amanecer. Entonces, simbólicamente, en ánforas azules de cálida emoción, brindo por la aurora que adviene”."


INSULZA, EL COLÉRICO

<hr><h2><u>INSULZA, EL COLÉRICO</h2></u>

Por José Steinsleger
La Jornada
- 5 de Mayo de 2005

La historia mediata probará que José Miguel Insulza fue el "tapado" del Departamento de Estado para ocupar el cargo de titular del ministerio de colonias y semicolonias llamado Organización de Estados Americanos (OEA).

Pocos días antes del golpe de 1973, estando en una conferencia política en Argelia, el hoy nuevo secretario general de la OEA (quien entonces cargaba el maletín de Clodomiro Almeyda, canciller de Salvador Allende) prefirió quedarse en París mientras su jefe retornaba a la lucha. Finalmente, Almeyda fue encerrado en el penal de la isla Dawson.

Luego de su paso por la democracia cristiana y el Movimiento Popular de Acción Unitaria (MAPU), en París primero, en Roma después, Insulza se convirtió en socialista "renovado". Así llegó a México (1981), con la firme determinación de convertirse en una suerte de técnico de la "democracia". Hizo carrera y fuertes contactos con la mafia democratista europea. En 1988, con el pituto (chamba) asegurado, regresó a Chile en momentos en que los dirigentes de la "Concertación" decidían olvidarse de los mártires que abrieron el camino, bajando la cabeza ante las advertencias de Pinochet: "si tocan a uno de mis hombres, se acabó el estado de derecho".

De los cuatro temperamentos a los que los filósofos antiguos dieron nombre estable (colérico, flemático, melancólico, sanguíneo), parece que el de Insulza tiene fama de obedecer al primero, pues se excita fácil y fuertemente, sintiéndose impulsado a reaccionar al instante, lo que le conduce a nuevas excitaciones. En 1994 el Partido Socialista le reclamó haber aceptado el cargo de canciller sin consultar a la dirigencia. Insulza respondió que sólo le debía explicaciones al presidente.

En 1996 una periodista denunció la presencia del pinochetista Pedro Suckel en la embajada de Chile en México. Recordándole a la mamá, Insulza acusó a la periodista de ser "enemiga de la democracia" y acuñó una frase para el bronce: "No revisemos nuestras vidas. Los odios deben prescribirse" (ver caso en Proceso números 1028 y 1035, 14 de julio y 25 de agosto de 1996).

La funcionalidad de Insulza como gato del imperio quedó demostrada con creces cuando fue canciller del gobierno democristiano de Eduardo Frei Tagle. Estando Pinochet detenido por la justicia en Londres a pedido de España (octubre 1998-marzo 2000), el "socialista" habló del genocida como "ex jefe de Estado" y exigió su liberación "por razones humanitarias".

Simultáneamente, durante una conferencia de prensa en Santiago, un corresponsal alemán preguntó a Insulza si tal era "el precio del negocio". A los gritos, el canciller inquirió a su asesora de prensa: "¿quién es ese gallo?" Con la bilis hirviendo, abandonó la conferencia.

"En el momento en que se enteró de la detención de Pinochet ¿qué sensación prevaleció en usted, la satisfacción por la suerte corrida por el dictador, o la preocupación por el problema político que se le venía encima?" El aludido respondió: "La sensación de que éste era un lío negativo para el país" (entrevista con El País, 16/1/00).

Para salvar al tirano, abandonó la idea de plantear un arbitraje con España en el Tribunal Internacional de La Haya, en torno a la interpretación de la Convención Contra la Tortura, y exhumó un tratado genérico sobre controversias firmado por Chile y España en 1927, a fin de entablar una negociación política. Por sus diligencias, la familia de Pinochet le dio las gracias.

Ambicioso y mandón que sólo desea ser aplaudido y suplantar a los demás, el colérico es un tipo pagado de sí mismo y con alta estima de sus cualidades personales y sus éxitos. Otras cualidades negativas del colérico: testarudo, caprichoso y persuadido de que su misión es ocupar altos destinos, mas no de presidenciable a causa, precisamente, de su temperamento.

Fundamentalista del "consenso" y piedra angular del modelo de la "concertación" chilena, en sintonía con los Felipe González, Tony Blair, el economista Anthony Giddens o el sociólogo Alain Touraine, Insulza representa lo que el imperio necesitaba para su política intervencionista en el continente: un hombre "de izquierda". De "izquierda" y de signo mutable como el suyo: Géminis. Un personaje versátil que a menudo cambia de intereses, se adapta a cada situación con "pragmatismo", posee lengua caprichosa y carácter tan astuto como retorcido.

Se dice que Condoleezza Rice, secretaria de Estado, fue quien eligió a José Miguel Insulza al frente de la OEA. En realidad, la señora se limitó a leerle la cartilla de las prioridades de Estados Unidos, cosa que el flamante secretario general de la OEA repitió con puntos y comas: que la democracia en Cuba, que el populismo, que el terrorismo, etcétera.

Sin embargo, es posible que Luigi R. Einaudi, viejo zorro de la diplomacia yanqui y secretario interino de la OEA tras la renuncia del corrupto costarricense Miguel Angel Rodríguez (septiembre de 2004), nos cuente algún día cómo se fraguó la designación del chileno ante otros candidatos, impresentables en la hora actual de América Latina.


MÉXICO

TIEMPO LATINOAMERICANO


Por Luis Hernández Navarro
La Jornada
(México) - Martes 3 de mayo de 2005

Aunque nuestras elites quieren vivir mirando al norte, el reloj de México marca su tiempo en sincronía con Latinoamérica. Más allá de su especificidad, las jornadas de lucha contra el desafuero y contra la inhabilitación política forman parte de las profundas convulsiones sociales que atraviesan la región.

Simultáneamente a la toma de las calles por más de un millón de ciudadanos mexicanos para frenar el intento de establecer una democracia selectiva, el movimiento de los forajidos tumbó en Ecuador al presidente Lucio Gutiérrez y explosivas protestas populares pusieron en jaque a los gobiernos de Belice y Nicaragua; en el primer caso para frenar la decisión de privatizar la empresa de telecomunicaciones, y en el segundo para rechazar el alza en el precio de combustibles.

El levantamiento popular venezolano de 1989, conocido como caracazo, marcó el inicio de la irrupción masiva y en ocasiones violenta de los sectores populares en asuntos públicos en el subcontinente. Las movilizaciones sociales han derrocado cuatro presidentes en Argentina, tres en Ecuador y uno en Venezuela, Brasil, Colombia y Bolivia. Además, las protestas han echado atrás la privatización de servicios públicos o de recursos naturales en varios otros países.

Estos movimientos son parte de un ciclo de protesta social extraparlamentaria mucho más amplio. Lo social ha invadido la esfera antes reservada a lo "político", al tiempo que el campo de la política institucional entra en crisis. Mientras la mayoría de los partidos de izquierda han renunciado a sus programas históricos y se zambullen de lleno en las aguas del gatopardismo centrista, la acción callejera de la multitud ha modificado la correlación de fuerzas.

Entre los saldos verificables que arroja la entrada de América Latina en la globalización se encuentra la polarización social. Si el continente salió de la negra noche de las dictaduras militares con naciones fragmentadas, aunque llenas de esperanza en que la democracia liberal traería en su bolsa la justicia social, el neoliberalismo profundizó la segmentación e hizo evidente que no era con las viejas clases políticas que como ésta podría conseguirse. Insertos, débil y mal, en la economía mundializada, los países del área se han dividido internamente entre una elite que se beneficia de esa inserción y las amplias mayorías que quedan fuera de ella.

Los saldos del modelo son lamentables. La relativa recuperación económica de América Latina ha ido acompañada de altas tasas de desempleo, que en la región aumentó en promedio de 6.7 por ciento en 1980 a 10.5 por ciento en 2004. La fuerza laboral se ha desplazado desde la producción de bienes a los servicios. Poco más de 70 por ciento de los nuevos puestos de trabajo se localizan en el sector informal, en el cual no se establecen relaciones contractuales. Sin seguro de desempleo, con las redes de protección social desmanteladas, con flexibilidad laboral creciente, no puede extrañar que haya 220 millones de pobres.

La lucha contra el desafuero en México está emparentada con las nuevas movilizaciones sociales en Hispanoamérica en cuanto éstas expresan la respuesta de los sectores subalternos ante una situación límite, provocada por la combinación de políticas de ajuste salvajes y democracia precaria. Si bien las protestas contra el desafuero de López Obrador respondieron a una dinámica local de defensa de las conquistas democráticas, fueron, además, alimentadas por una polarización social similar a la que atraviesa toda América Latina. La inhabilitación política del Peje significó, para muchos de sus seguidores, la cancelación de sus expectativas de justicia redistributiva, esto es, sumar a su exclusión presente una exclusión futura. Después de todo, son muchos los ciudadanos que identifican la gestión del tabasqueño en el gobierno de la ciudad de México con la formación de redes de protección social y la creación de empleos, al tiempo que ven en su candidatura a la Presidencia la posibilidad de replicar esas políticas.

El fin de los regímenes autoritarios en Hispanoamérica coincidió con la reivindicación del mercado como escuela de virtud. Se sustituyó la política por el mercado, la administración pública por el manejo gerencial, la ciudadanía por los consumidores, la atención a la pobreza por la rentabilidad social. El llamado a "reinventar" el gobierno trasladó mecánicamente la ideología de la empresa privada a las políticas públicas. Lo empresarial se convirtió en sinónimo de gobierno eficiente, moderno, no burocrático, no corrupto y responsable. La transgresión de lo público por parte de los intereses privados polarizó las sociedades latinoamericanas. Y lejos de ayudar a mantener la cohesión social, desmantelar lo público para abrir sus competencias y funciones a lo privado lo fragmentó. Disminuida la legitimidad política por el reino del mercado y la práctica abdicación de las funciones redistributivas y asistenciales del Estado, y erosionada la figura del Estado-nación por la apología de la globalización, la identidad nacional de los sectores populares se disoció del Estado y la clase política. Surgieron así expresiones de descontento social que reivindican el espacio público en oposición a la privatización de los recursos naturales y buscan reformular la fuerza integradora de la vieja identidad nacional.

Como ha sucedido con otros políticos progresistas del continente, López Obrador encarna para muchos esa mezcla de añoranza y reinvención de la identidad nacional. Su rechazo a poner en manos de la iniciativa privada el sector energético refuerza en los afectados por la privatización de los servicios públicos la convicción de que con él pueden defenderse los intereses como nación.

El reloj mexicano camina, mucho más de lo que se cree, en el tiempo de Latinoamérica. Y eso implica también el que aún no han irrumpido en la arena pública otros actores que son claves en la vida política de la región.