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MIRANDO AL SUR - augusto alvarado


LAS MÁSCARAS DEL RACISMO

<h2><hr><u>LAS MÁSCARAS DEL RACISMO</h2></u>

Por Enrique Lacolla

Durante mucho tiempo, el racismo formó parte de la práctica política de Occidente. Era bien visto, incluso.

Sólo después de las atrocidades del nazismo, de la lucha de los pueblos coloniales contra sus dominadores y del combate de las minorías de color por un espacio en el seno de las naciones desarrolladas, esa perversión de la psicología social se tornó en una mala palabra para los usos convencionales. Esto es, para los criterios de lo políticamente correcto.

El racismo está vivo, sin embargo. Y tiene formas sesgadas pero no menos peligrosas que las anteriores. A veces, éstas se expresan de manera subliminal; otras, no tanto. Echemos un vistazo a los conflictos del presente. ¿Cuál es la cuestión que el sistema dominante plantea como el núcleo de todos los problemas? El terrorismo.

Criaturas del mal

Ahora bien, ¿quiénes son los exponentes de esa diabólica actividad, a la que se presenta como desasida de motivaciones concretas, como emanación de un diabolismo fundamentalista o de una perversidad asociada al tráfico de drogas?

Los árabes, los “latinos” (entendidos en la acepción tropical y mestiza que se les da en Estados Unidos), los distintos; el Otro, en una palabra. Las sociedades blancas, asustadas por la presión demográfica de los pueblos de color y con sus puertas asediadas por masas de inmigrantes o amenazadas por la proliferación de las urbanizaciones marginales en sus ciudades, están predispuestas al virus.

Las premisas del neorracismo pueden, incluso, tener un punto de partida insospechable. Las elegantes elucubraciones del profesor Samuel Huntington en El choque de las civilizaciones, por ejemplo, que presentan al futuro como el escenario de una serie de luchas entre concepciones culturales y prácticas confesionales encontradas, cabe que suministren una base prestigiosa para el racismo, pues sus argumentaciones pueden ser simplificadas a través del discurso reduccionista que desciende o se insinúa desde el poder y se vehiculiza por los medios de comunicación, despertando inquinas soterradas pero activas. Esto es, de hecho, lo que sucede. La convicción difusa, pero enraizada, en torno de la diferencia irreductible respecto del otro, del inferior y del distinto, está culminando en aberraciones como las de la prisión de Abu Ghraib, donde la representación convencional del árabe como un troglodita embebido de machismo y, por lo tanto, particularmente sensible a la humillación sexual, se convirtió en el expediente para una de las formas más sórdidas de la tortura.

Las fotos de las “soldadesas” norteamericanas burlándose de los prisioneros apilados y desnudos era, o al menos eso se creía, una manera de sembrar el terror al herir lo que se suponía era el punto más sensible del ser “primitivo” que se sometía a castigo.

La tortura física y moral que se despliega en las sentinas de la represión implica que su mecanismo abreva en el desprecio por el otro. Ese desdén deviene de la incomprensión del verdugo respecto de la humanidad que también inviste a la víctima.

Sombras del pasado

Los energúmenos con turbante, representados en la ficción cinematográfica o que la cámara capta, sin elaboración crítica, en las tomas documentales de las calles en revuelta de Medio Oriente, sirven para consolidar una predisposición ya existente, enraizada en el pasado imperialista de Occidente.

El estereotipo racial eliminaba los matices individuales en la identidad de los pueblos o estratos sometidos a la férula del conquistador o del régimen dominante, reduciéndolos a un modelo genérico. Esto autorizaba a visualizarlos como poco más que a animales, en ocasiones peligrosos, a los que, en consecuencia, era legítimo suprimir en defensa propia.

El gobierno norteamericano disimula esta tesitura tras un aparato de buenos propósitos y de banalidades genéricas. Arguye que sólo “América” (por los Estados Unidos) es capaz de echar luz sobre sus propios excesos, pero olvida decir que esos excesos fueron autorizados por funcionarios del mismo gobierno y que, con toda posibilidad, se siguen practicando en Irak y en otras partes.

Vivimos en una época hipócrita y sofocante, desatinadamente permisiva por un lado y que practica una violencia sin límites por otro. Llamar a las cosas por su nombre es una forma de buscar un poco de aire puro.

© La Voz del Interior


DEL CAUDILLISMO INTELECTUAL

<h2><hr><u>DEL CAUDILLISMO INTELECTUAL</h2></u>

Juan Facundo Quiroga (1788-1835) - Nació en La Rioja y murió en Barranca Yaco asesinado, el 16 de febrero de 1835. Acusado de bárbaro por Sarmiento, conocido por el nombre de "Tigre de los Llanos", Quiroga jugó un papel prominente en la vida política de la Argentina (1818-1835)


La Jornada - México D.F. Miércoles 28 de julio de 2004

Por José Steinsleger

¿Qué rol juegan los caudillos políticos y los caudillos intelectuales (o literarios) en América Latina? Todo dependerá, naturalmente, de los intereses que se defiendan y de lo que ambos entiendan por "caudillismo" (del latín capitellus o capuz, cabeza).

Genéricamente, el caudillismo sería un régimen político, social y cultural que gira alrededor de una persona; sistema que, según dicen, habría desaparecido en las naciones modernas. ¿Cómo calificar, entonces, el poder que ejercen el presidente George W. Bush, el papa Juan Pablo II y la reina Isabel de Inglaterra? ¿Winston Churchill, Charles de Gaulle y Franklin D. Roosevelt fueron estadistas con poder impersonal o caudillos de circunstancias históricas puntuales?

En América Latina, intelectuales y políticos suelen mirarse de reojo. Pero mientras en Europa y Estados Unidos la opinión de los primeros representa un dato más del análisis, en nuestros países tienden a convertirse en "líderes de opinión". Poco importará si de modo vago y difuso el caudillo intelectual cita de oídas, habla de todo sin conocer nada, o se siente "cosmopolita" para encubrir el desprecio que siente por su país.

Nuestro personaje acaba de publicar la novela titulada “Flaubert en Totonicapán” y helo ahí, opinando acerca de la privatización del Seguro Social, los gorditos de Botero, las oscilaciones del mercado petrolero, las mujeres que "avanzan [sic], porque están escribiendo muy bien" y de una democracia que se califica de "incipiente", aunque hunda sus raíces en las cortes aragonesas de Huéscar, primero y más antiguo de los modelos conocidos de parlamentarismo (siglo XI). Y todo esto "con humildad". ¿Hay caudillo intelectual que no sea humilde?

De modo poco convincente, las llamadas ciencias políticas y sociales de América Latina han tratado de fijar la noción de caudillismo. Esfuerzo que, invariablemente, parte y se inspira de las opiniones volcadas por el argentino Domingo F. Sarmiento en “Facundo: civilización o barbarie” (1845). Diatriba contra los caudillos y el caudillismo, autorretrato de la ferocidad oligárquica contra la chusma y los pueblos nativos de este continente, “Facundo” es un libro vigente que debe ser leído y estudiado por su excepcional valor literario. Las conclusiones, claro, corren por cuenta del lector.

Jorge Luis Borges lo leyó detenidamente y arribó a una conclusión singular. En plática con Ernesto Sábato, manifestó que Sarmiento quiso escribir un libro contra los caudillos, pero tal fue la fuerza estética de su expresión que implícitamente acabó por exaltarlos. El lector desprejuiciado verá que, en “Facundo”, Sarmiento plantea a un tiempo la existencia e inexistencia de una cultura nacional hispanoamericana.

Sarmiento fue precursor del caudillaje intelectual latinoamericano. Imbuido de liberalismo conservador, dice en carta al presidente Bartolomé Mitre: "¿Qué importa que el Estado deje morir de hambre al que no puede vivir por sus defectos?" Y en otro lugar: "Seamos francos: no obstante que esta invasión universal de Europa sobre nosotros es perjudicial y ruinosa para el país, es útil para la civilización y el comercio".

A diferencia de Sarmiento, José Martí supo diferenciar a los caudillos: "Un caudillo desinteresado -escribió- es una gala de los hombres y huésped eterno de la patria... El éxito de los caudillos depende del grado de intensidad en que posean los caracteres del movimiento que encabezan" (El Partido Liberal, México, 1886).

Así pueden entenderse las diferencias entre Alvaro Obregón y Francisco Villa o entre Anastasio Somoza y César A. Sandino. O, más acá, entre Hugo Chávez y Lucio Gutiérrez. Mientras los medios califican al venezolano de "caudillo" y "ex golpista", el ecuatoriano es tratado de "presidente constitucional", luego de haber traicionado al movimiento indígena que lo llevó al poder y confesado que su gobierno es "el mejor aliado de Estados Unidos". El uno es "bárbaro"; el otro "civilizado".

Semanas atrás, en un programa de la televisión hispana, el periodista Andrés Oppenheimer reunió a tres vírgenes vestales de la democracia y la libertad. Un tal García, historiador que escribe en el diario oligárquico La Nación, de Buenos Aires, dijo que el peronismo fue lo peor que le pasó a Argentina. Pólipo de la información, Oppenheimer consideró innecesario recordar los 30 mil desaparecidos durante el régimen de Videla.

El programa fue montado para advertir acerca de la irrupción de los nuevos líderes que expresan y representan con autenticidad la voluntad popular. Prueba de que el discurso neoliberal se agotó y de que irremediable y felizmente, en todos lados, la democracia "moderna" y "civilizada" de los "selectos" se cae a pedazos.


LOS VIEJOS PREGONES

<h2><hr><u>LOS VIEJOS PREGONES</h2></u>

Por Marino Muñoz Lagos

Habría que dar vuelta la cabeza y mirar por esas calles y caminos que nos fueron familiares en la infancia lejana. Y acompañarnos de todos esos diminutos menesteres que hicieron posible nuestro paso por labrantíos, aldeas, pueblos y ciudades donde los ojos le robaban algo de belleza al día o a la noche. Todo es igual después de tanto tiempo: quizás si no somos nosotros quienes vamos cambiando, quienes nos vamos despejando de esos disfraces alegres de ayer para trocarlos por la gravedad de ciertos años que llevamos encima.
Los despertadores de nuestra niñez fueron los pájaros de la gleba. A ellos les debemos nuestra puntualidad cotidiana. Jamás faltó un árbol cercano a la ventana de nuestro dormitorio que no dejara pasar por sus cristales el canto inefable de las pequeñas avecitas del campo vecino, rumoroso, quieto, dulcemente amable, querendonamente apacible. Por cuanto rayo de sol que llegaba a nuestra cabecera había un pájaro cantando, echando al aire fresco de la mañana el pregón de su buche melodioso.
Fueron los pregoneros iniciales.
Después vendrían los pasos diligentes de la madre entre la cocina y el comedor, para abrir la jornada con el desayuno. Son los tiernos instantes que se nos vienen como vaivén de ola cuando el recuerdo nos clava con sus uñas y nos hace sentirnos indefensos frente a tanta avalancha, que se nos imagina inapreciable. Luego, la voz del padre y los ruidos rutinarios que comienzan por abrir el día.
En nuestro tiempo, el paso del campo a la ciudad era abismante. No se compara al de hoy, porque los medios de comunicación y locomoción eran escasos, por no decir inexistentes. Y, de la noche a la mañana, cambiamos la suave confidencia de la égloga por el tránsito de hombres y vehículos en una ciudad cercana al mar, donde ocurrieron nuestros estudios elementales.
Aquí aprendimos ciertas cosas que la ingenuidad no traduce en su lenguaje simple. Y nos rodeamos de algunos personajes que más tarde se pegaron a la piel como un tatuaje demasiado vistoso: y por ello, inolvidables.
Nuestra larguísima y estrecha geografía está llena de pregones. Su onomatopeya nos arriba a los oídos como un tren mañanero con sus evocativas rúbricas de humo, sus vagones melancólicos y sus pasajeros visiblemente trasnochados.
El pregón de la mañana venía con el vendedor de diarios, el canillita o suplementero: era el hombre con la noticia exclusiva, cuando la radio no contaba con periodistas. El diario se abría como una puerta ante nuestros ojos, y por ahí entrábamos al mundo del ayer, entre telegramas, avisos comerciales y defunciones.
El pregón continuaba con el vendedor de pescado. Aquí andaba toda la fauna oceánica como la voz del yodo y de la sal, en labios del modesto mercader matutino: pescados y mariscos, oleajes y singladuras que silbaban como tormentas para que la dueña de casa aderezara sus almuerzos y colocara un embate del mar en medio de los platos de costumbre. Y asomaban entonces el congrio rojo, las cholguas, la pescada, las machas, los erizos, los locos, las cabrillas, los picorocos.
Y los vendedores de verduras, de frutas, de helados, de yerbas medicinales o de aguardiente clandestino. Cada uno con sus gritos y sus silencios, que a veces eran mucho más elocuentes. Cada uno inventando nuevas fórmulas para publicitar sus modestas vituallas. Corren por calles y caminos sus voces que nos parecen páginas de un diario que nunca comenzamos.
Por las noches, cuando las primeras estrellas solían denunciar nuestros amores de liceo, llegaban los vendedores de castañas, de piñones, de empanadas de horno, de tortillas, de luche caliente envuelto en hojas de higuera, de canciones en el diapasón de increíbles organilleros. Todos ellos dejando a su paso la estela de sus mercaderías, el olor, el sabor y el sonido de sus almacenes rodantes, el eco del pregón como un asunto más de la penumbra.
Los pregones atraviesan la vida de Chile. Los oímos desde niños, andando a nuestra vera. Son los mismos pregones que van desapareciendo lentamente, al tranco del progreso. Pregones de los vendedores ambulantes anunciando los dulces chilenos, la caluga casera, las manzanas, las uvas generosas, el pan del invierno, el carbón de espino, las humitas calientes, la harina tostada y la hoja de toronjil para la tristeza de los enamorados.
Todo el canto de Chile en el pregón, junto a un hombre y a un canasto de mimbre, tras las nieblas del recuerdo. Pregón de los ayeres sin fronteras, pregón de los vendedores populares, con sus gritos como poemas y sus zapatos gastados por la tierra de calles y caminos.

Tomado de ”Crónicas del diario soñar” - Punta Arenas, 1987.


CUANDO UN LIBRO ES UN POEMA

<h2><hr><u>CUANDO UN LIBRO ES UN POEMA</h2></u>

Por Andrés Soliz Rada

Hay libros en prosa y libros en verso. El libro “Chile versus Bolivia:
Otra Mirada”
, de Pedro Godoy, es un poema escrito en prosa. Se trata del texto de un chileno chilenísimo, como el autor se define a sí mismo, que considera que lo mejor para su país y su pueblo es adscribirlos al destino de la Patria Grande, soñada por Bolívar, San Martín y O’Higgins. Consecuente con este postulado, estima que La Moneda debe devolver a Bolivia su condición de país costero, arrebatada en la Guerra de 1879.

El libro que glosamos (ediciones "Nuestra América" - Santiago) está impregnado del razonamiento preciso y del dato histórico irrefutable, lo que no disimula su inocultable cariño por Bolivia, forjado en sus años de mochilero imberbe, cuando fue tratado por autoridades y gente del país ahora enclaustrado con las consideraciones reservadas a un diplomático de carrera y al amigo al que se retribuye cariño fraterno con cariño fraterno.

Ese viaje, realizado hace más de cuatro décadas, marcó la vida, el apostolado y el pensamiento de Pedro, quien fue articulando su posición socialista y latinoamericana, bebiendo de fuentes tan nuestras como las de Abelardo Ramos, Augusto Céspedes, Gabriela Mistral y Víctor Raúl Haya de la Torre y de obras universales que pasaron por el filtro de su criterio propio. Su desordenada biblioteca de San Ignacio 1341, de Santiago, en la que sólo él es capaz de encontrar inmediatamente el texto que necesita, insufló vida y coherencia, desde hace 22 años, al Centro de Estudios Chilenos (CEDECH), fundado por él junto a Enrique Zorrilla, Leonardo Jeffs, Felipe Herrera, Jorge Barria, y Tomás Pablo.

El CEDECH y Pedro Godoy se fundieron en una sola entidad que, atenta al acontecer cotidiano, celebra alborozada la solución pacífica al conflicto del Beagle entre Chile y Argentina, demanda a Santiago la devolución de trofeos de guerra a Perú y exige que se atienda la demanda marítima de Bolivia. Para conseguir este propósito, todas las tribunas son buenas. Desde las visitas a su país del Sumo Pontífice o del Rey de España o las concentraciones socialistas en
las que se exigía el restablecimiento de relaciones con Cuba. En medio de esas
algazaras, aparecía Godoy planteando que se atienda el reclamo centenario de la
Bolivia enclaustrada.

“Chile versus Bolivia: Otra Mirada” recuerda que la balcanización costó a la América morena el zarpazo gringo sobre la mitad del territorio mexicano, la segregación de la provincia de Panamá a la República de Colombia, las invasiones a Guatemala, Nicaragua, Haití o Santo Domingo, la anexión abusiva de Puerto Rico o el asalto inglés a las Malvinas. Su formación bolivariana reprueba las acciones perversas de determinadas ONGs que alientan enfrentamientos interétnicos, en lugar de impulsar la interculturalidad, basada en el respeto a lo diverso.

En una de sus recientes reflexiones, Godoy, desde una óptica latinoamericana, se pregunta si el juez español, Baltasar Garzón, tan valiente para enjuiciar a Pinochet, cuya condición sanguinaria, dictatorial y corrupta está fuera de duda, tendrá similar valentía para procesar a George W. Bush, genocida confeso y padrino de torturadores en cárceles de Irak y de Guantánamo.

¿Alguien está en condiciones de responder a este interrogante que también tiene el esplendor de un verso?


VIOLETA PARRA SIGUE VIVA

<h2><hr><u>VIOLETA PARRA SIGUE VIVA</h2></u>

Por Marino Muñoz Lagos

Hacia la década del cincuenta comenzó Violeta Parra a desenvolverse en el ámbito que le daría los mayores triunfos en su larga y fervorosa carrera artística. Nos referimos al folclore, disciplina en cuyos lares hizo lo suyo, valorizando y estudiando el arte musical de su pueblo y encauzándolo en sus composiciones y trabajos. Por entonces se fue a los campos, bajó a las minas, se metió en la selva del sur e hizo migas con sus pescadores, arrieros y vagabundos. Y se fue enriqueciendo con sus tesoros, donde la palabra adquiere nuevas tonalidades para incorporarla a la cultura popular.
Así fue entrando en la esfera de la creación, familiarizándose con los eximios de las letras chilenas, quienes nunca le escatimaron sus elogios. Sin ir muy lejos, aquí tenemos los términos con que el gran poeta Pablo de Rokha enjuicia la obra cautivadora de Violeta Parra: ”Tiene su arte aquella virtud de salud, que es vital y mortal simultáneamente, de las honestas, recias, tremendas yerbas medicinales de Chile, que aroman las colinas o las montañas y las arañan con su olor a sudor del mundo, o de lo remoto antiquísimo, y son como látigos de miel dialéctica, con hierro, adentro, en rebelión contra el yugo”.
No es de extrañarse que Violeta Parra haya creado sus mejores piezas en los últimos años de su vida. Lo hizo, agotando todo lo visto, palpado, oído, andado y trajinado a lo largo de la patria que se alimenta de bellos parajes y se puebla con hombres y mujeres de sutil y recio maravillamiento interior. No es fácil la tarea, porque los territorios son muy distintos unos de otros y los hombres y mujeres unos solos y grandes a la vez. Ella fue limpiando y escogiendo, usó el cedazo de la ciencia y la paciencia hasta llegar a sus canciones que nos comunican la sabiduría y el quehacer populares.
En cualquier momento del día o de la noche la identificamos a través del canto, a través de su poesía familiar, que nos llega desde una ventana, una calle o un camino de la patria. Por todos sus rincones de ramifican sus “Parabienes al revés”, “¡Qué he sacado con quererte!”, “Por qué los pobres no tienen”, “Volver a los diecisiete”, “Gracias a la vida”, “Maldigo del alto cielo”, “Amigos tengo por cientos”, “La jardinera” o “Casamiento de Negros”. Y si observamos bien, más de alguien las va silbando a nuestro lado, tarareando sus versos o siguiendo con el cuerpo el ritmo popular, que es parte de nosotros mismos en esta tierra que cantó en sus tiempos la alegría de vivir plenamente.
El 5 de febrero de 1967, Violeta Parra apagó su propia vida, tal una lámpara que alumbra demasiado. Cuesta creer que de la noche a la mañana haya dejado sin luz sus partituras, sus arpilleras, sus trabajos en alambre, sus pinturas y sus sueños, donde el acento nativo echó sus raíces más sinceras y duraderas. A casi veinte años de su muerte su nombre se continúa pronunciando y sus obras se siguen conociendo, prueba de las robustas maderas de que estaba hecha y de la sólida nervadura de lo que alcanzó a crear, lo que nos hace pensar que permanece viva, como la misma flor que le dio su bautismo.

Tomado de ”Crónicas del diario soñar” - Punta Arenas, 1987.


HISTORIA DE LA NACIÓN LATINOAMERICANA

<h2><hr><u>HISTORIA DE LA NACIÓN LATINOAMERICANA</h2></u>

Por Jorge Abelardo Ramos

PRÓLOGO (PRIMERA PARTE)



El propósito de este libro es estudiar de cerca un gran naufragio histórico. Descifrar el secreto de una inmensa Atlántida velada por el tiempo: ¡nada menos!
Nos propusimos averiguar si América Latina es un simple campo geográfico donde conviven veinte Naciones diferentes o si, en realidad, estamos en presencia de una Nación mutilada, con veinte provincias a la deriva, erigidas en Estados más o menos soberanos.
El concepto de Nación es anacrónico para la mayor parte de los europeos, sólo en el sentido de que han realizado hace ya mucho tiempo su unidad nacional en el marco del Estado moderno. El nacionalismo de los europeos es tan profundo, arraigado y espontáneo, bajo su manto imperial de generoso universalismo, que únicamente se advierte cuando otros pueblos, llegados más tarde a la historia del mundo, pretenden realizar los mismos objetivos que los europeos perseguían en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX. Resulta cosa de meditación percibir entonces su afectada indiferencia (teñida de un sutil desprecio) hacia los importunos brotados en las márgenes del mundo civilizado. Es el momento que los europeos eligen para subrayar en los nacionalismos de los países coloniales su fosforescencia folklórica, su pintoresca filiación religiosa o sus evidentísimos rasgos semi-bárbaros. De la virtuosa derecha a la izquierda neurótica en Europa se manifestó -educativo ejemplo- un sentimiento general de repudio hacia el abominable Khomeini. El Ayatollah ha puesto el dedo en la llaga del próspero Occidente. No faltaron a la cita ni el feminismo marxista ni el liberalismo imperial: el común horror hacia la teocracia islámica los encontró unidos.
Apenas el irredentismo irlandés permanece como una mancha sangrienta en la órbita declinante de Inglaterra. Pero aquellos grandes momentos del nacionalismo decimonónico, desde Marx a Lord Byron hasta Garibaldi, ya son vetustas reliquias. A nadie le interesa recordar en el Viejo Mundo que la rapidez prodigiosa con que avanzó Europa Occidental hacia la civilización técnica (y EE.UU., desde la guerra civil de 1865) se produjo gracias a la formalización jurídica y arancelaria del Estado Nacional Unificado, luego de eliminar el poder social de las clases pre-capitalistas. Al permitir una desenvuelta interrelación económica, política y financiera entre todas las partes constituyentes de la Nación, el capitalismo remontó un asombroso vuelo. Desarrolló tal poder multiplicador del aparato productivo con el invalorable auxilio de un expansivo mercado interno, unido a una lengua nacional que procuraba la frontera político-cultural de un Estado, que bien pudo considerarse al siglo XIX como el siglo del movimiento de las nacionalidades. Al mismo tiempo y a la inversa, América Latina perdió la posibilidad de reunirse en Nación y avanzar hacia el progreso social, tal como lo hacían los Estados recién unidos en el norte del continente americano. Los norteamericanos libraron una cruel guerra civil para abolir la esclavitud. Así unieron su país contra el separatismo esclavista del sur agrícola, sostenido por los ingleses. En una dirección opuesta, las oligarquías agro-comerciales de los puertos se imponían en América latina sobre las aspiraciones unificadoras de Bolívar, San Martín, Artigas, Alamán, Morazán. La generación revolucionaria de la independencia pereció en las reyertas aldeanas. Fue la ocasión que los hábiles diplomáticos ingleses y norteamericanos, los Poinsett o los Ponsonby, aprovecharon para aliarse a la burguesía comercial y a los hacendados criollos, "la hacienda y la tienda". Y premiaron con un silencio sepulcral a los hambrientos soldados de Ayacucho. Estos soldados criollos habían expulsado de América Latina un Imperio que mantenía unidas a sus colonias, sólo para ver insertarse en ellas a otros más poderosos, que ayudaron a su independencia a condición de que permanecieran desunidas. Serían Repúblicas solitarias con soberanía formal, y economías abiertas.
En cuanto al inmenso Brasil, ocurrió algo muy curioso. Por un sorprendente giro de la historia, se transformó de colonia del imperio portugués, en capital del imperio, pero sin Portugal, en poder de los franceses. Sacudido por incesantes levantamientos y revoluciones, produjo republicanos, místicos, rebeldes y hasta socialistas, pero ninguno de ellos reclamó la abolición de la esclavitud, que había sido suprimida en el resto de América Latina en la primera década de la independencia. Entre el librecambismo británico y el sudor de los negros parasitaba el Brasil Imperial: todos los integrantes de esa sociedad, "hasta los más pobres y desamparados", como dice Decio Freitas, vivían a expensas del trabajo de los esclavos.
El antagonismo de siglos entre el Reino de Portugal y el Reino de España, se trasladó a la América revolucionaria hasta nuestros días, gracias a los diligentes británicos, el "máximo común divisor" en la integridad de pueblos ajenos. Argentina y Brasil heredaron esa rivalidad, que era prestada. Por esa razón se elevó un muro entre ambos países, que afortunadamente ha sido derribado para siempre con el promisorio nacimiento del Mercosur.
Por su parte, Cuba era colonia española (hasta 1898), y como en el caso de Brasil, no participó de las guerras de la Independencia, que habían forjado lazos de sangre entre las patrias chicas de los viejos Virreinatos y Capitanías Generales. Como resultado de todo lo dicho, la independencia respecto de España, al no lograr mantener simultáneamente la unidad, eclipsó por un siglo y medio a la gran nación posible.
En otras palabras, América Latina no está corroída solamente por el virus del atraso económico. El "subdesarrollo", como dicen ahora los técnicos o científicos sociales, no posee un carácter puramente económico o productivo. Reviste un sentido intensamente histórico. Es el fruto de la fragmentación latinoamericana. Lo que ocurre, en síntesis, es que existe una cuestión nacional sin resolver. América Latina no se encuentra dividida porque es "subdesarrollada" sino que es "subdesarrollada" porque está dividida.
La Nación hispano-criolla, unida por el Rey, creada en realidad por la monarquía española, se convirtió en un archipiélago político, una polvareda confusa de islas múltiples, gobernadas por los antiguos oficiales de Bolívar o San Martín. Los jefes bolivarianos se habían sumido en la decepción o se habían corrompido en el poder; se dejaron mimar por los exportadores y hacendados. Estos se relamían los labios al atrapar, después de la sangre, las pequeñas soberanías, trocadas en prósperas satrapías. Esa historia se narra aquí.
A diferencia de las "historias" usuales de América Latina, que reproducen en la literatura el drama formal, pues describen las historias particulares de cada Estado a partir de la muerte de Bolívar, país por país, sin rastrear sus vínculos de origen, sin considerarlos como parte de una Nación desmembrada. Omiten evocar a los pensadores iberoamericanos que fueron la conciencia despierta de una América Latina entrevista como una totalidad histórica. Por el contrario este libro aspira a recrear como un conjunto todo lo que fue, lo que es y lo que será.
Durante décadas aparecieron libros sobre la "argentinidad", la "peruanidad", la "bolivianidad" o la "mexicanidad", en cantidades ingentes. Todos andaban a la busca de su propia identidad nacional o cultural, pero pocos se consagraron a redescubrir la identidad latinoamericana, que era la única capaz de permitir que América Latina, con todas sus partes, se delimitara como un poder autónomo ante un mundo codicioso y amenazante. En tal situación, no podía extrañar que desde el ocaso de los grandes unificadores, y hasta nuestros días, se reiteraran políticas y emprendimientos tendientes a hipertrofiar las diferencias o ahondar las particularidades.
Como cabía esperar, producida la Independencia de España, las nuevas estructuras contaron con sus obvios ejércitos, escudos, empréstitos ingleses, Constituciones, Códigos Civiles, héroes y villanos, y, por añadidura, con una literatura preciosa, hija de los puertos cosmopolitas y hasta con una historia para "uso del Delfín". Todo era chiquito, mezquino, provincial, pero cada Estado miraba por el rabillo del ojo hacia las nuevas Metrópolis anglo-sajonas, buscando en ellas las señales de aprobación.


VETERANOS DE MALVINAS

<h2><hr><u>VETERANOS DE MALVINAS</h2></u>

OFICIALES Y SUBOFICIALES
RECIBIRÁN PENSIONES "HONORIFICAS"



Diario “Clarín” de Buenos Aires –22 de julio de 2005

El Gobierno elevó ayer a 1.014 pesos las "Pensiones Honoríficas" de veteranos de la Guerra de Malvinas, unos 3.500 oficiales y suboficiales de las Fuerzas Armadas y de Seguridad que no habían recibido este beneficio en los últimos veintidós años.

El presidente Néstor Kirchner firmó anoche el decreto 886 que triplica las asignaciones acompañado por el ministro del Interior, Aníbal Fernández, y una delegación de veteranos de Malvinas que venían reclamando esta pensión.

Al ingresar al Salón de los Escudos del Ministerio del Interior donde se realizó la ceremonia, Kirchner saludó a cada uno de los ex combatientes, a quienes agradeció la "paciencia que tuvieron", al tiempo que remarcó que "Malvinas es una causa nacional".

El Presidente recordó además que la guerra de Malvinas fue considerada como un "asunto vergonzoso que había que olvidar". Y que lo mismo había sucedido con la violación de los derechos humanos.

Fernández explicó que con "3.500 cuadros militares se había cometido una injusticia que duró 22 años". En este sentido, puso como ejemplo que un soldado que combatió en Malvinas tiene su pensión contributiva y que en cambio un cabo que también combatió "no recibía pensión y ahora 3.500 oficiales y suboficiales ven resuelta su situación".

Otra paradoja que resolvió el decreto es el de cuadros que en la guerra de Malvinas sufrieron algún tipo de discapacidad y que por ese motivo recibieron en su oportunidad una pensión que en la actualidad es de 200 pesos. Con el decreto firmado ayer cobrarán 1.014 pesos.

Este beneficio se extiende al personal de oficiales y suboficiales de las Fuerzas Armadas y de Seguridad que "se encuentren en situación de retiro o baja voluntaria u obligatoria".

Como se trata de una "pensión honorífica" el cobro de la misma —dice el artículo 3 del decreto 886— "es compatible con cualquier otro beneficio de carácter previsional permanente o de retiro otorgado en jurisdicción nacional, provincial o municipal, con la percepción de otro ingreso y con las pensiones graciables vitalicias" ya otorgadas.

También los beneficiarios de esta pensión tendrán derecho a la percepción de asignaciones familiares.


5 DE ABRIL: DÍA DE LA AMISTAD CHILENO-ARGENTINA”

<HR><H2><U>5 DE ABRIL: DÍA DE LA AMISTAD CHILENO-ARGENTINA”</H2></U>

El Mostrador - 21 de Julio del 2005

Además de actividades orientadas a la cultura y la historia que serán organizadas por institutos educacionales, se entregará un Premio Binacional de las Artes y la Cultura

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Los cancilleres de Chile, Ignacio Walker, y de Argentina, instituyeron el 5 de abril como el "Día de la Amistad chileno- argentina", durante un encuentro celebrado en el marco de la XXV Reunión de Ministros de Relaciones Exteriores del Grupo de Río que se llevó a cabo en Buenos Aires.

"Hemos coincidido con el ministro Bielsa en solemnizar este compromiso y por lo tanto, instituir el 5 de abril, fecha que corresponde al abrazo de nuestros libertadores San Martín y O'Higgins, el Abrazo de Maipú, como el Día de la Amistad chileno -argentina", explicó Walker.

El canciller explicó que el día será "conmemorado en los institutos educacionales de ambos países a través de actividades recíprocamente orientadas a la cultura y la historia".

La iniciativa fue propuesta por los Presidentes de Chile y Argentina, Ricardo Lagos y Néstor Kirchner, respectivamente, y confirmada por la comisión binacional parlamentaria chileno -argentina en su reciente encuentro en Santiago.

Además, ambos cancilleres concordaron otorgar un Premio Binacional de las Artes y la Cultura, justamente con el propósito de celebrar el Día de la Amistad.

Walker expresó sentirse satisfecho luego de haber sellado este compromiso "esto permite seguir afianzando lazos fraternos y de amistad futura con Argentina".

Además, agregó que "el constituir un día de la amistad entre nuestros pueblos es un paso más en un camino que iniciamos con el Tratado de Paz y Amistad de 1984, y que hoy se refleja en una relación bilateral de curso ascendente".