Nota de Mirando al Sur: Reproducimos fragmentos del discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, Presidente de la República de Cuba, en el acto por el Día Internacional de los Trabajadores, efectuado en la Plaza de la Revolución, el Primero de Mayo del 2004. Los párrafos se refieren a las violaciones de los derechos humanos en la base naval de Guantánamo y el voto de algunos países latinoamericanos contra Cuba en Ginebra, en especial el voto de Chile. ……………….. Entrañables invitados; Queridos compatriotas: Nuestro país había sido sentado una vez más en el banquillo de los acusados. La nueva administración de Estados Unidos junto a los estados de la Unión Europea cometieron el error de olvidar que en el extremo oriental de Cuba, en un espacio de 117,6 kilómetros cuadrados ocupado por la fuerza, donde está instalada la base naval de Guantánamo (lo que ya de por sí constituye un grosero ultraje a los derechos soberanos de un país pequeño y a las leyes internacionales), existía en ese mismo instante uno de los más grotescos casos de violación de los derechos humanos que han tenido lugar en el mundo. Nunca fuimos consultados previamente. Simplemente se nos informó la decisión tomada por el gobierno de Estados Unidos de trasladar a los prisioneros a esa base. El día 11 de enero del 2002 el gobierno de Cuba publicó una declaración en la que se exponía con toda claridad la posición de nuestro país. La opinión pública mundial conoce que, después del horrible crimen cometido contra las Torres Gemelas de Nueva York, el hecho fue condenado de forma unánime por todas las personas conscientes del planeta. Sin embargo, el gobierno de la nación más poderosa de la Tierra, despreciando toda norma relacionada con lo que el mundo conoce como principios elementales de los derechos humanos, creó esa horrorosa prisión donde se mantienen secuestrados cientos de ciudadanos de numerosos países del mundo, entre ellos los de los propios aliados de Estados Unidos, sin juicio, sin comunicación, sin identificación, sin defensa legal, sin garantía alguna de integridad física, sin ley procesal ni penal, y sin límite de tiempo. Pudo emplear territorio propio para tan extraño aporte a la civilización, pero lo hizo en el trozo de tierra que ocupa ilegalmente y por la fuerza en otro país, Cuba, a la que acusa todos los años en Ginebra de violar los derechos humanos. A pesar de eso, suceden cosas admirables en la Comisión de Derechos Humanos. En las actuales condiciones del mundo predomina el temor generalizado al feroz imperio, sus amenazas, presiones y represalias de todo tipo, especialmente contra los países más vulnerables del Tercer Mundo. Votar en Ginebra contra una resolución elaborada e impuesta por Estados Unidos, en especial si va dirigida contra Cuba, el país que durante casi medio siglo ha desafiado su arrogancia y prepotencia, se convierte en un acto casi suicida. Incluso los estados más fuertes e independientes se ven obligados a tomar en consideración las consecuencias políticas y económicas de su decisión. A pesar de esos factores, como pudo apreciarse hace breves días en Ginebra, basados en sólidos principios unos y en un acto de singular valentía otros, 20 países además de Cuba se opusieron a la resolución y 10 se abstuvieron con dignidad y respeto a sí mismos. De 53 miembros de la Comisión, sólo se habían plegado a la infamia 22 de ellos, incluido Estados Unidos. De América Latina, siete, entre ellos cuatro que sufren gran pobreza social y económica, sumamente dependientes y con gobiernos obligados a la abyección total. Nadie los considera estados independientes. Son hasta ahora una simple ficción. Perú, el quinto gobierno latinoamericano que votó con el de Estados Unidos contra Cuba, constituye un ejemplo del grado de abyección y dependencia a que han conducido el imperialismo y su globalización neoliberal a muchos estados de América Latina, a los cuales arruinan políticamente en un abrir y cerrar de ojos. El Jefe de Estado peruano en solo unos meses ha visto reducir su popularidad a solo el 8 por ciento. Es absolutamente imposible enfrentar los colosales problemas económicos y sociales que afectan a ese país con tan insignificante apoyo. En realidad, no dirige ni puede dirigir nada. De eso se encargan las transnacionales y los oligarcas hasta que la sociedad estalla, como ya empieza a ocurrir en más de un país. Restan los gobiernos de Chile y México. Al primero no voy a juzgarlo. Prefiero que Salvador Allende, que cayó combatiendo y ocupa ya un sitial de honor y gloria en la historia de este continente, y los miles de chilenos desaparecidos, torturados y asesinados por designios de quien elaboró y propuso la resolución para condenar a Cuba "donde jamás ocurrió uno solo de esos hechos u otros similares", y en nombre de ellos, los que portan en Chile las nobles ideas y la aspiración de construir una sociedad verdaderamente humana, juzguen la conducta del presidente de Chile en Ginebra.
Domingo, 02 de Mayo de 2004 20:35 ;?> No hay comentarios. Comentar.
Cuando en Chile se menciona a Baldomero Lillo brota de inmediato el recuerdo de sus cuentos de ambiente minero y el nombre de algunas de sus obras, como "El chiflón del diablo", "La compuerta número 12”, "El grisú" o "La paga" que forman parte de un conjunto de cuentos que se vienen leyendo de generación en generación. "Subterra", publicado el año 1904, es un libro que causó revuelo en el tradicionalista e apocado ambiente de la literatura chilena de comienzos de siglo pasado. Un medio literario que hasta entonces seguía las aguas de algunos clásicos españoles y recibía la influencia de la literatura francesa, sin alcanzar una estatura propia y desde luego, alejada de la realidad social de un país que se preparaba para celebrar el primer centenario de su independencia. Su primera edición -un volumen de aspecto simple, sin prólogo y sin el nombre de su editor, tal vez financiada por la escuálida billetera del autor- se agotó en pocas semanas. El nombre de Lillo pasó a ser valorado en los ateneos literarios de la época, y prácticamente todos los escritores relevantes de esa época alzaron sus voces para elogiar su trabajo. El escritor Rafael Maluenda lo llamó "el más serio, humano y original de los cuentistas americanos", y Eduardo Barrios, narrador de celebrada pluma en Chile, lo consideró "el más chileno de los narradores de su generación, porque entre las fuentes vivas y el papel tendió con sinceridad espontánea y absoluta el arco de su talento".
El éxito se debió a que Baldomero Lillo presentaba un mundo hasta entonces omitido en la literatura chilena, y una colección de personajes que tienen la inconfundible marca de lo auténtico. El mundo de los minerales carboníferos de Lota, ciudad del sur de Chile que cobijaba a una infinidad de mineros que laboraban en condiciones de extrema miseria. Además, los cuentos de Baldomero Lillo aportaban un lenguaje simple, acertados retratos humanos y un sentimiento solidario de los que era difícil sustraerse.
Como señala Ernesto Montenegro, un escritor chileno contemporáneo de Lillo, "por primera vez, la alpargata y la blusa hicieron la caminata hasta las librerías del centro para volver al suburbio cargando debajo del brazo una obra de un autor nacional. Es el primer autor chileno con un público lector que abarca del taller y la planta industrial a los cenáculos literarios".
Baldomero Lillo nació en el pueblo minero de Lota el 6 de enero de 1867. Fue un niño muy enfermizo y sus largas convalecencias lo hicieron un lector voraz de Julio Verne, Dickens, Tolstoi, Balzac. Su padre fue un minero que buscó fortuna, sin ningún éxito, en distintas zonas de Chile e incluso en California, durante la fiebre de oro desatada en esa zona, A la muerte de su padre, Baldomero Lillo, trabajó como empleado en una pulpería de Lota. Ese trabajo y las experiencias de la niñez lo hacen relacionarse estrechamente con la vida y sufrimientos de los mineros con los que a diario vez pasar por las calles de Lota. La realidad con la que convive durante casi 20 años impacta su ánimo y conciencia. De ella emergen sus personajes estremecedores. Los viejos mineros que se identifican con el agónico fin del caballo que ha sido su compañero de faenas; el padre que lleva a su hijo de 8 años a trabajar al fondo de la mina, porque como apunta el narrador "debe ganar el pan que come, y como hijo de mineros, su oficio será el de sus mayores, que no tuvieron nunca otra escuela que la vida". Los obreros amenazados de despido, la dura faena que convierte en viejos decrépitos a los más jóvenes y vigorosos; los oscuros túneles a más de cuarenta metros bajo el mar, las filtraciones de agua que acompañan las faenas como una música tétrica que les advierte de la presencia de la muerte, la brutalidad de los administradores y los capataces, y todo la amplia galería de personajes y anécdotas que pueblan sus cuentos.
La obra de Baldomero Lillo se concentra en dos o tres docenas de cuentos y relatos que comienza a escribir cerca de los 40 años, y que se publicaron con los títulos de "Subterra", "Subsole", "Relatos Populares" y "Páginas del Salitre". El año 1900, Lillo se traslada a Santiago, y en la Capital, junto con ganar un espacio en el medio literario de la época, debe ganarse la vida como agente de seguros, escribiente en una notaría, hasta que finalmente obtiene un cargo administrativo relacionado con la educación que le da tranquilidad para sobrellevar una vida sencilla, de pocas pretensiones. También en esa época ya padecía la tuberculosis que le llevaría a la muerte en 1923, cuando vivía en San Bernardo un pueblo vecino a Santiago.
Fue hermano de Samuel Lillo, poeta que obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Sus contemporáneos lo describen como un hombre quitado de bulla, parco, introvertido, humilde, que en las tertulias literarias prefería mantenerse en silencio, sin llamar la atención.
Lota, el sitio natal de Baldomero Lillo, es la zona carbonífera de Chile. A fines del siglo 19 y comienzos del 20, la explotación del carbón, en minas que se internaban por kilómetros bajo el lecho marino, era fuente de riqueza para familias de capitalistas que amasaban sus fortunas, construían palacetes y exóticos jardines a costa del sacrificio cotidiano de los mineros. La extracción del carbón se basaba en la fuerza humana y animal, y los obreros, al igual como ocurría en el norte de Chile con la explotación del salitre, vivían prácticamente confinados a los límites del mineral, hacinados en barracas, padeciendo los efectos del gas grisú, trabajando en las peores condiciones que se puedan imaginar. Como paga recibían fichas que sólo podían canjear por vestuario y alimento en las tiendas de los patrones, a los precios que estos imponían. Vivían al borde de la esclavitud. Hoy, Lota es un pueblo casi fantasma. El carbón que se extraía de sus minas perdió valor en los mercados mundiales, se determinó el cierre de las minas y se impulsaron programas de reconversión económica que poco o ningún éxito tuvieron. Los antiguos mineros, hoy cesantes o ejerciendo trabajos ocasionales, viven en condiciones no muy lejanas a las que retrata Baldomero Lillo.
"Subterra" de Baldomero Lillo aparece cuando en Chile recién se comienza a hablar de las llamadas "cuestiones sociales" bajo la influencia de pensadores provenientes del positivismo y el anarquismo. Aporta un paisaje humano inédito en la literatura chilena, el de un puñado de obreros que, como dice en uno de sus cuentos, sólo tienen por delante el destino de "trabajar, padecer y morir". La obra de Lillo entra como un ventarrón en la literatura chilena y genera una impronta que deja huella en escritores posteriores y que tiene su mayor expresión en la llamada Generación del 38, compuesta por autores que ponen el acento en las realidades sociales, y entre cuyos exponentes mas destacados están Nicomedes Guzmán, Alberto Romero, Andrés Sabella, Diego Muñoz, Manuel Rojas, Francisco Coloane. Todos autores que le dan rostro propio a la literatura chilena, incorporando historias cargadas de autenticidad, relacionadas con la explotación del salitre y el carbón, la vida en la Patagonia y los conventillos capitalinos en los que sobrevive el pueblo. Con justicia entonces, Baldomero Lillo es considerado el padre del realismo chileno, y desde luego, el primer gran exponente del cuento.
Los cuentos de "Subterra" muestran a un autor que se documenta en la realidad y que emplea su pluma para rebelarse frente a lo que ve. Lillo es un poderoso observador de la realidad, y relata con sencillez, certeza, honestidad. Tal vez se pueda criticar su fatalismo, el destino trágico que impone a la mayoría de sus personajes, pero al fin de cuenta eso no hace mas que remarcar el mundo desesperado y sórdido que recrea, su protesta contra lo que considera una muestra palpable de explotación humana. Su reclamo incluso alcanza a la naturaleza, que en la zona de Lota también castiga a los mineros con su inclemencia, cataclismos, fragilidad.
Los lectores de "Subterra" se enfrentan a historias y personajes que cautivan y conmueven. Por eso, no se puede más que coincidir con el ya citado Ernesto Montenegro, cuando dice que lo que da resonancia y permanencia a la obra de Baldomiro Lillo es el hecho que "nos hace sentir la tragedia de esas vidas como algo que está muy cerca de nosotros y habla a nuestra conciencia". A su vez, Samuel Lillo, al hablar de su hermano, dice que "Lo que decidió su vocación como escritor fue su observación directa de la vida miserable de los mineros. Fue un penetrante observador de la vida. No manejo grandes ideas ni filosofías. Era la realidad lo que le interesaba por sobre todo". Lillo es de esos autores que no causan indiferencia y nos obligan a tomar partido con su visión de mundo, con sus palabras que apelan a los sentimientos. No por nada es uno de los escritores más vitales y perdurables de la literatura chilena.
Nota de Mirando al Sur: José Steinsleger publicó este artículo en "La Jornada" de México D.F. el 19 de marzo del año pasado. Cobra plena actualidad a raíz de la denuncia de Cuba este año, en Ginebra, sobre la violación de los derechos humanos de los prisioneros musulmanes por parte de Estados Unidos en la Base Naval de Guantánamo, en territorio cubano. - - - - - - - - - - El joven Fawzi al-Odah, profesor de religión nacido en la ciudad de Kuwait, tiene la desgracia de llamarse Fawzi al-Odah. No es la única. También es joven (25 años), islámico, usa turbante y antes de ser capturado en Afganistán por soldados de Estados Unidos prestó servicios humanitarios en Somalia, India y Bangladesh. En suma, es culpable. ¿De qué? No importa de qué. Así como el rabino europeo de los años 30, Fawzi es culpable de ser árabe. Y en estos momentos se achicharra bajo el sol caribeño en una jaula de metal de la base naval de Guantánamo, territorio de Cuba que Washington ocupa ilegalmente desde 1903. La suerte de Fawzi corre pareja a la de 650 jóvenes de 38 naciones que fueron detenidos en Kabul por las fuerzas de la "libertad" y encerrados en Guantánamo con esposas en las muñecas, grilletes en los tobillos y amordazados para impedir que "muerdan a los perros y a los policías militares", como dijo un jefe militar de la base. Los presos lucen un mameluco color naranja fosforescente. Se les vigila de día y de noche y se les somete a interrogatorios realizados por una unidad especial compuesta de agentes de la CIA, del FBI y de inteligencia militar. Tampoco pueden ser fotografiados ni filmados. Tienen 30 minutos semanales para tomar una ducha, y cuando solicitan atención médica son trasladados con cadenas a la clínica del campo en un carrito similar al del doctor Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes. Sabemos de la tragedia gracias a un reportaje elaborado por Judith Norman, del periódico inglés The Observer. Pues con el que publicó El País de Madrid (diario que se caga en la verdad sin menoscabo de la calidad) quedamos enterados de que el general Jeoffrey D. Millar, jefe del campo de concentración, es "un gran admirador de España" (20/01/03). El campo de concentración de Guantánamo tiene futuro. A fin de año tendrá capacidad para sepultar a 812 prisioneros y existen planes para albergar dos mil más. La Brown and Root Services, división de ingeniería de la Halliburton Co., acaba de invertir 10 millones de dólares de un primer desembolso de 300 millones para los cuatro años venideros. El dueño de la Halliburton es Dick Cheney, vicepresidente de Estados Unidos por la gracia de Dios. El limbo jurídico de los prisioneros de Guantánamo es igual al de Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Fernando González y René González. Desde el 28 de febrero pasado, los cinco cubanos presos del imperio en Florida están otra vez aislados del mundo en confinamiento solitario, con prohibición explícita de ser visitados por sus abogados y familiares y los cónsules cubanos encargados del caso. La Convención de Ginebra considera el estatus de "prisionero de guerra", que busca restituir la humanidad al vencido (artículo 118). Sin embargo, los militares yanquis tratan como "fieras peligrosas" a los detenidos en Guantánamo, ya que a su juicio serían "combatientes ilegales" (¿?). Pero eso sí, en Colombia exigen que se respete la vida de los tres espías militares estadounidenses capturados por las FARC, acorde con..."los protocolos de guerra" (¿será que estos sujetos son "combatientes legales"?). El brasileño Sergio Vieira, alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, declaró en febrero pasado que el "limbo jurisdiccional" de las personas recluidas en Guantánamo es "inconcebible". En todo caso, el asunto no figura en la agenda de la sesión anual de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, que tendrá lugar en estos días en Ginebra. La comisión está interesada en que Cuba cumpla con una resolución amañada, que "invita" al país caribeño a realizar "progresos" en la vigencia de los derechos civiles y políticos. Mas el gobierno cubano se pregunta para qué tanto rollo si desde su llegada hace seis meses, con desfachatez sin precedente y en desafío abierto a la Convención de Viena (que regula el funcionamiento de las misiones diplomáticas), el señor James Cason, representante de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana, convirtió su despacho en antro de reunión de los "disidentes" al servicio de la mafia contrarrevolucionaria de Miami. En fin, que vale preguntarse si algún día nacerá el sicoanalista capaz de entender la singular visión que George W. Bush tiene del mundo. Quizá Freud y Jung tengan algo que decir de este mejunje global. En 1909 ambos llegaron a Nueva York, y Freud, extasiado con los rascacielos, se volvió a Jung: "¡Si supiesen qué dinamita les traemos!" (Mircea Eliade, Fragmentos de un diario, 25 de agosto de 1952). Nunca se sabrá si el maestro vislumbró el futuro de las Torres Gemelas o si intuyó el desenlace trágico de un modelo civilizatorio que para apuntalar su libertad requiere del control total del mundo, o si ya entonces pensaba en la urgente necesidad de demoler las bases constitucionales del país que hoy nos llena de asco y de vergüenza, de impotencia y de dolor.
Nicanor Parra cumple 90 años. Como este será el año nerudiano su cumpleaños pasará desapercibido y no recibirá los honores que le corresponden. El creador de los antipoemas es uno de los artistas más importantes de nuestra lengua. Contra la poesía de escritorio, de pequeño Dios, de la poesía del tonto solemne, su lenguaje irónico, juguetón, humorístico, coloquial, desacralizó la estructura y el verbo de lo que hasta ese momento se construía poéticamente en Chile y en el orbe. Tuvo tanta fuerza la edición de sus “Poemas y Antipoemas” en 1954 que hasta Neruda escribió un libro titulado “Estravagario”, dando cuenta del remezón del antipoeta a la literatura contemporánea. Cincuenta años cumple ahora en julio la primera edición de ese libro espectacular. Oriundo de San Fabian de Alico, Chillán, nació el 5 de septiembre de 1914. Nicanor es hermano de Violeta Parra y fundador de una dinastía artística en nuestro país: escritores, músicos, pintores, actores, escultores que hoy se destacan y hacen escuela. Traductor de poesía inglesa, instaló en nuestro país el discurso y la conciencia ecologista en la década del 60 con sus célebres ecopoemas. Autor de un Artefacto famoso sobre nuestro Premio Nóbel; cuando éste lo supo reaccionó indignado. El Artefacto dice así: “Si Neruda se lanza del séptimo piso, sígalo, es un buen negocio”. Eran tiempos distintos, de discusiones, polémicas, rencillas literarias al por mayor. Parra abarcó y sigue con los temas más disímiles, la política, el humor, la naturaleza, la muerte, la mujer en todas sus formas. Otro Artefacto famoso es: “La izquierda y derecha unidas jamás serán vencidas”. Parra ha sido candidato al Nóbel tres veces. Lo apoyaron gobiernos, universidades, centros de estudios, artistas de circo, intelectuales progresistas, príncipes y mendigos. Todos pensamos que el Premio Cervantes 2003 iba a ser para él pero se lo dieron a otro grande, Gonzalo Rojas. El mismo autor de “Materia de Testamento” dijo: “mi candidato era Nicanor”. Solíamos visitarlo en su casa de La Reina con artistas de distintas disciplinas. Era 1982 y había publicado “Poema y Antipoema a Eduardo Frei Montalva”. Creía en la democracia, estaba preocupado por el autoritarismo, la asfixia cultural, la represión. Junto a Luis Sánchez Latorre y otros escritores buscaban consensos y salidas reales a la dictadura. Le temía a una guerra civil. Sería un desastre, decía. “Para nuestros mayores la poesía fue un objeto de lujo/Pero para nosotros es un artículo de primera necesidad: no podemos vivir sin poesía”, dice en su Manifiesto. Continúa: “Nosotros sostenemos que el poeta no es un alquimista”. “El poeta es un hombre como todos/Un albañil que construye su muro/Un constructor de puertas y ventanas”. “La antipoesía –dice el autor-se presenta como un testimonio artístico de la sensibilidad que ya no puede satisfacer las necesidades estéticas de un tipo de hombre que quiere vivir de acuerdo a otros valores”. Uno de los principales estudiosos de su obra, Iván Carrasco señala: “La antipoesía tiene que ver con las filosofías existencialistas, las literaturas del absurdo y de la angustia, la literatura de ciencia ficción, la subliteratura en algunas de sus manifestaciones, entre otras. La antipoesía hace uso de la sátira, la negación o el nihilismo”. Parra cumple 90 años. Hay que crear un premio con su nombre, colocarle Nicanor Parra a una carretera, un aeropuerto, plazas, una bahía, antes de que se nos vaya de este mundo y aparezcan los letrados de siempre a rendirle parabienes que no fueron capaces de otorgarle en vida.
Martes, 04 de Mayo de 2004 20:28 ;?> Hay 1 comentario.
La cancillería chilena ha resuelto enviar una delegación de parlamentarios a Europa y América Latina a fin de explicar la posición de su país en el diferendo limítrofe con Bolivia (“La Razón”, 6-1-04). ¿Argumentarán estos emisarios que Bolivia nunca tuvo acceso a las costas del Pacífico? Si toman esa decisión, ¿cómo explicarán la nota oficial entregada al gobierno de La Paz, el 13-8-1900, por el Ministro Plenipotenciario de “La Moneda”, Abraham Köning, que dice lo siguiente?:
“Es un error muy esparcido... opinar que Bolivia tiene derecho de exigir un puerto en compensación de SU litoral... No hay tal cosa. Chile ha ocupado el litoral Y SE HA APODERADO DE EL con el mismo título con que Alemania anexó al imperio la Alsacia y la Lorena... Nuestros derechos nacen de la victoria, la ley suprema de las naciones... Terminada la guerra, la nación vencedora impone sus condiciones y exige el pago de los gastos ocasionados. Bolivia fue vencida, no tenía con que pagar y entregó el litoral”.
¿Mostrarán el tratado de “paz y amistad” del 20-X de 1904, en cuya parte inicial dice que Chile consolida la ocupación de territorios que figuran en el Tratado de Tregua de 1884? ¿Acaso tal ocupación no se refiere al litoral boliviano, anexado por las armas? ¿Recordarán la oferta chilena, de 1860, de comprar a Bolivia la zona de Mejillones? ¿Por qué Chile iba a comprar algo que era suyo? ¿Exhibirán la Constitución Política de su país, de 1833, que dice: “La nación chilena se extiende en un vasto territorio limitado al norte por el desierto de Atacama”. Si Atacama no era de Bolivia, ¿por qué Chile designó cónsules en Antofagasta, con filiales en Mejillones, Cobija, Tocopilla y Taltal? ¿No resulta absurdo designar cónsules en su propio territorio?
Si Bolivia no tuvo acceso al Pacífico, ¿cómo es que Chile y Bolivia suscribieron los tratados limítrofes de 1866 y 1874 sobre territorios costeros? ¿Y si les recuerdan que el presidente Ricardo Lagos acaba de decir a la TV estatal que “Antofagasta” era de Bolivia o que su país se apoderó sólo del diez por ciento del territorio que le arrebataron sus otros vecinos? (Palabras ratificadas por Germán Gamonal, en “Ercilla”,19-I-2004).
Si los parlamentarios viajeros afirman que la guerra se produjo porque Bolivia cobró un impuesto de 10 centavos por la exportación del quintal de salitre, en perjuicio de una compañía anglo-chilena, con lo que se habría incumplido el tratado de 1874, ¿no les replicarán que es inadmisible promover una invasión militar por ese hecho banal y enclaustrar a un país por 25 lustros? Si dicen que los acuerdos internacionales son eternos, ¿no recordarán que el pequeño Panamá modificó los tratados sobre su canal interoceánico firmado con EEUU, gracias al incontenible respaldo de la opinión pública mundial? ¿No es obvio que la demanda boliviana seguirá el mismo camino?
Estos y otros argumentos han sido confrontados en reuniones parlamentarias chileno-bolivianas (en varias de las cuales participó el autor de esta nota), a cuyo término, en los inevitables coloquios informales, los representantes transandinos admitían, de manera invariable, que los argumentos bolivianos eran moral, jurídica e históricamente incontestables. La controversia ha tomado ahora nuevos rumbos debido a que la izquierda chilena ha advertido que si quiere resistir al ALCA, repudiar al Tratado de Libre Comercio firmado con EEUU, solidarizarse con Chávez, ser parte de un MERCOSUR contestatario, en otras palabras resistir al Imperio, necesita identificarse con la causa marítima de Bolivia.
Así lo entendieron Vicente Huidobro y Gabriela Mistral y así lo entienden hoy centenares de intelectuales, religiosos, periodistas, poetas, políticos e historiadores abanderados por Pedro Godoy, Leonardo Jeffs, Manuel Cabieses, Cástulo Martínez y Augusto Alvarado. Ahora se ve, con más claridad, que el ideal de la Patria Grande sólo avanzará si se cierra la herida abierta por la guerra desatada por el imperio inglés, en 1879. El remezón ideológico y emocional está destruyendo el “fino trabajo de colonización pedagógica” (la frase es de Augusto Alvarado) con el que las clases dominantes alienaron la conciencia ciudadana. No cabe duda que la caída del muro oligárquico posibilitará el abrazo de dos pueblos hermanos.
Conversaba hace pocos días con una señora, vinculada a antiguas familias de Natales. Me dijo que su madre era nieta de don Vicente Arteaga, uno de los fundadores de la ciudad, a quien yo conocí mucho. ¡Cómo no iba a conocerlo si fuimos compañeros de aventuras y lo convertí en personaje de uno de mis cuentos! Don Pedro Vicente Arteaga, don “Vicho” para sus amigos, estaba ya en Última Esperanza cuando se fundó Puerto Natales. En los buenos tiempos tuvo varias estancias, una de ellas en sociedad con don Mauricio Braun. Y fue armador, dueño de una hermosa y gallarda goleta llamada “Fresia”, hasta poseer finalmente un modesto cúter conocido como el “Filgrín” en el que muchas veces viajamos al canal Chico. En una oportunidad me caí al agua en navegación y me salvé aferrado a la escota. Otra vez apagamos un incendio a bordo, en la boca del canal Hohmann. Don Vicente Arteaga, así se lo conocía, navegaba desde el Golfo de Penas al canal Smith, fue rey y señor de los canales, algo así como un Pascualini de Última Esperanza, con la diferencia de que era ilustrado y sabía sacar rumbos de la rosa de los vientos y medir las distancias navegadas, o sea, dominaba la estima. En sus pacientes singladuras, a vela y a motor, por los canales que descubrió Ladrillero, este viejo marino fue buscador de minas, poblador de estancias, empresario de explotaciones madereras, todo de acuerdo con los tiempos y la suerte. Convivió con los indios alacalufes, que lo llamaban “Capitán Santiago” y fue personaje de mil aventuras, como las que en esos tiempos leíamos en los libros de Jack London y James Oliver Curwood. Supe de su vida cuando ya era un hombre maduro, de más de sesenta años y yo un mozuelo de apenas 18. Y lo oía hablar con deleite de sus correrías a la isla Campana y hasta el propio golfo de Penas, aventuras que contaban también los hombres de mar de Última Esperanza en las cantinas del puerto o en los campamentos a orillas de los canales. Cuando el ingeniero Carlos Ruiz nos habló del descubrimiento de calizas en la isla Guarello, algunos años después, en que yo era periodista, y nombró a Vicente Arteaga, sentí una rara emoción al sentir ligado al descubrimiento de las riquezas, que están sirviendo a la gran industria chilena del acero, el nombre de este viejo lobo de mar y antiguo amigo. El fotógrafo Nicanor Miranda acababa de contarme la aventura que tuvieron en un viaje al archipiélago Guayanecos, con el cúter de Manuel Álvarez, a buscar una mina de oro, que había descubierto un anciano alemán de apellido Krüger. Se embarcaron Álvarez como capitán, Arteaga como asesor de navegación y minero, Krüger, Ángel Legnazzi, Rogelio Pinedo, como maquinista, el fotógrafo Miranda y uno o dos marineros. Hay un montón de anécdotas del viaje, que apreciarán sobremanera quienes hayan conocido a los personajes. El hecho es que después de varios intentos, Krüger no encontró el sitio donde estaba la mina, con la decepción y enojo de sus compañeros; el capitán perdió el rumbo y finalmente no sabían el punto preciso en que se hallaban. Entonces los tripulantes recurrieron a don Vicente, que había seguido atentamente la derrota, con el mapa a la vista, atento al compás y calculando la distancia navegada por medio del reloj. Estableció el punto y lo fijó entre dos islas, tal como en el mapa. Entonces, ya seguro puso sus condiciones: él se haría cargo del buque, encontraría el rumbo perdido, pero no entregaría el mando hasta llegar a Puerto Natales. Don Manuel aceptó, aunque no de buen grado. Volvían navegando por el canal Messier, cuando el volante del motor le quebró la pierna a Pinedo, el maquinista español. Don Vicho, que había sido capitán de la Cruz Roja se la entablilló, de manera que pudiera llegar sin problemas a Puerto Natales, a ponerse en manos del médico. En 1937, con el cúter “Pilgrín”, acompañado por Eduardo Larenas en su bote a motor, salvó a Pedro Gómez, “Coronel” Saavedra y Antonio Bonilla, que habían naufragado en la isla Ballesteros, con un cargamento de choros. Don Vicho era casado con Rita Tapia, hija de un rico ganadero de Magallanes, que murió hace muchos años y cuya viuda casó finalmente con un francés, peón de la estancia, llamado Pedro P. Lemaitre, que hizo prosperar la hacienda y adquirir otra más, convirtiéndose en un potentado de la región, que murió alrededor de 1943. De más está decir que la señora de don Vicho no heredó nada, pese a un largo pleito. El destino de la herencia de Lemaitre es tema para otra historia.
Tomado de “De ayer y de hoy - Crónicas de Osvaldo Wegmann Hansen" – Recopilación de Jorge Díaz Bustamante - Punta Arenas, 1999."
Aunque parezca una ironía, los faros que iluminan las rutas del mar, que sirven a los marinos para confirmar la posición de sus naves durante la noche, fueron inventados por un no vidente: Gustav Dalen, quien precisamente perdió la vista en una explosión, cuando realizaba ensayos destinados a lograr el éxito de su invento. Lo consiguió años después, porque tenaz y porfiado, insistió ciego en los propósitos que alentó durante gran parte de su vida. Lamentablemente no pudo ver su maravillosa idea convertida en realidad. Su nombre cayó en el olvido, mientras las costas del mundo se iban poblando de faros. Los canales magallánicos en la actualidad poseen una excelente iluminación nocturna, gracias a la preocupación de nuestra Armada Nacional, que no sólo se ha dedicado a instalar los fanales en los sitios más necesarios, sino que con su personal o con sistemas automáticos, los mantiene en funcionamiento ininterrumpido. La construcción de faros aquí comenzó prácticamente en el Estrecho de Magallanes, debido al auge que ha tenido y aún tiene como ruta de navegación. Los más importantes son el de cabo Dúngenes, que señala la entrada a la boca oriental, desde el Atlántico y el Evangelistas, que facilita la arribada desde el Pacífico. El faro Evangelistas es seguramente el más solitario y el más difícil de abastecer en el mundo. Llegar hasta el mismo es toda una aventura. Vivir allí varios meses es duro y sacrificado. Sin embargo hay gente que se acostumbra, que se aquerencia, que se encariña, como si sobre ella ejerciera una extraña magia. Hubo un hombre que estuvo allí 31 años, otro 20. A ambos los retiraron poco menos que a la fuerza. Al abandonar el solitario peñón los consumió la nostalgia. Es larga la historia de Evangelistas, que está funcionando cerca de 90 años. Entró al servicio el 18 de septiembre de 1896. Su constructor fue el ingeniero de la Armada Jorge Slight y el ejecutor de las obras de albañilería un artesano yugoeslavo llamado Doimo Ursic. Slight era subinspector de faros y le correspondió elaborar el proyecto. Una expedición de la Armada exploró previamente el lugar, para ubicar el mejor sitio donde levantar el faro. Slight estuvo de acuerdo en que fuera en la cumbre de uno de los islotes Evangelistas, a 61 metros sobre el nivel del mar, desde donde sería visto a 21 millas de distancia. Cuando leyó su informe, hubo personas incrédulas, que no comprendían como iba a poder construirse un faro en medio de un mar tormentoso, en un sitio casi inabordable, donde sería poco menos que imposible transportar los materiales. Pero Slight y sus hombres, con la misma tenacidad de Gustav Dalen, que es seguramente característica de los hombres de los faros, persistió y triunfó. El centinela austral quedó ubicado en los 52 grados 24 minutos sur y 75 grados 6 minutos oeste, en una época en que la navegación por el estrecho era más intensa que hoy día y traficaban aún los barcos a vela. Es justo mencionar la forma inteligente e intrépida en que actuó el teniente segundo Baldomero Pacheco, al mando de la escampavía que apoyó los trabajos. Uno de los hombres que actuó con Slight fue el inglés William Mac Kay, quien se encariñó con el faro y solicitó plaza de guardián. La Armada lo contrató como tal y estuvo allí 31 años. No quería ser relevado, mientras se iban cambiando las dotaciones. Algunas veces los comandantes de las escampavías lo traían a Punta Arenas a la fuerza. Aquí se sentía mal. Se encerraba en las cantinas y no hablaba con nadie. Lo jubilaron contra su voluntad, después de más de 31 años de servicios. En mi vida periodística me correspondió varias veces entrevistar a gente de los faros. Son hombres sencillos, amables. No le dan importancia a las dificultades de la jornada. Viven tranquilos, sanos y fuertes. Cumplen un plan intenso de trabajo, que les impide aburrirse. Tienen a su cargo varias observaciones meteorológicas diarias, que comunican enseguida a Punta Arenas, para beneficio de la navegación marítima y aérea; hacen guardia atentos a la pasada de los barcos y a los posibles llamados por radio o telegrafía. Y en las horas de descanso, se dedican al único placer de esas soledades, que es la radio y la lectura.
Tomado de "De ayer y de hoy - Crónicas de Osvaldo Wegmann Hansen" - Recopilación de Jorge Díaz Bustamante - Punta Arenas, 1999.
Sábado, 08 de Mayo de 2004 20:27 ;?> Hay 1 comentario.
Para el gran poeta chileno, escribir poesía era celebrar el mundo, es decir, una tarea religiosa. En política, como en todas las cosas, siempre eligió lo que él consideraba, más allá del error o del acierto, la posibilidad de la vida.
Era Neruda por el borde del Sena, solo, en la alta noche de verano. Iba desde el Pont Saint-Michel hacia el Quai Voltaire, al Hôtel du Quai Voltaire. Corpulento, poderoso, entregado a su vagabundeo. Había en su paso un titubeo de cetáceo en tierra. Siempre me dio la sensación de un ser anfibio pero preferentemente oceánico. (Si le hubieran dado a elegir, se habría quedado con el mar.)
Cuando alguien muere nuestra memoria procede como los sueños, rescata imágenes, signos, que de algún modo sintetizan todos los recuerdos. Para mí Neruda será siempre aquel gran animal de fondo marino que miraba las vidrieras y los techos de París con renovado asombro, en una noche del verano de 1960.
Era lógico que un ser así se edificase un océano donde morar. Lo logró con su poesía. Fue de metáfora en metáfora hasta desembocar en las palabras libres. Comprendió que todas las palabras eran metáforas y se transformó en un sublime nombrador, en el celebrante de un descomunal canto general.
En la raíz de su pasión hay una pánica religiosidad imposible de reducir a esquemas. Su dios moraba en todas las cosas. Para él poetizar era adorar el mundo, la materia del mundo, sin recaer en las racionalizaciones, misticismos y ortodoxias de todos los que no pueden creer.
Por pura fe en el mundo cantó todo lo imaginable: una castaña caída en el suelo, una mujer llamada Rosalía, los gatos, esos primos que a la siesta juegan extrañamente con sus primas, los barcos varados en Valparaíso, su Chile de lluvia y nostalgia, los mares, los trópicos, el sabor del caldillo de congrio, el inolvidable Madrid de los amigos y la libertad, la Casa de las Flores, García Lorca, Alberti, Aleixandre... Simón Bolívar, astros, frutas, astrolabios, el picaflor, Joseph V. Dugashwili, su hígado, y hasta el día lunes "que arde como el petróleo". Hizo justicia al dedicarle una oda a la proletaria cebolla y al destacar el apogeo del apio y los sagrados estatutos del vino.
Lo alcancé en el borde del Sena y seguimos derivando juntos. Lo había conocido o saludado, en la cervecería de Santa Fe y Pueyrredón, con mis amigos poetas, Luis Alberto Ballester, Héctor Teme y Rogelio Bazán. Me trató como un viejo amigo joven. Habló de los anticuarios del puerto de Copenhague, donde había conseguido un cuerno de narval que entronizaría en su casa de la Isla Negra, junto a las delicadas caracolas de la colección que pisotearían los asesinos trece años más tarde de aquella noche amable. Habló con cariño de poetas argentinos, de Ricardo Molinari y de José Hernández. Luego, con entusiasmo, se explayó sobre San Juan de la Cruz, tal vez su mayor admiración en el campo de la poesía.
Habló también de Rusia, de donde venía o donde había estado hacía poco. En política era, también, oceánico, trataba de entrever los polos, las metas lejanas. No se detenía a analizar corrientes circunstanciales o marejadas. Como el piloto de altura, buscaba las grandes líneas y trataba de mantener el rumbo soportando las contradicciones. En el socialismo, como en todas las cosas, Neruda buscó la posibilidad de la vida (otros eligen desde su resentimiento, contra algo, o por sus intereses). Neruda siempre eligió --más allá del error o del acierto-- lo que creía vital frente a lo superado y decadente. Este punto es difícil de comprender para muchos que se permiten descalificarlo desde el "pensamiento supuestamente correcto" (que habría descalificado a Rimbaud, a Flaubert, a Borges y a casi toda la literatura, por un motivo o por otro). Siempre apasionan a los mediocres la moral y la corrección política. Como dijo Sartre, son las ratas que no pueden acercarse al león hasta cuando está muerto.
Neruda estaba convencido de que el materialismo capitalista era inviable e indigno de la espiritualidad humana. Creía en un socialismo universal, como lógica de justicia distributiva. En Rusia y hasta en Stalin vio --y no se desdijo-- una apertura violenta, un episodio de poder, pero no el destino de una humanidad también imperial. (Este aspecto de las creencias de Neruda lo escuché del común amigo, el gran poeta Ricardo Molinari, que comprendía estos matices tan sonoros de Neruda a pesar de detestar al comunismo.)
Me doy cuenta ahora del error juvenil de dejarme inhibir por aquel gran cardenal pagano. Neruda, como todo tímido, mantenía en reserva la expresión de una humanidad que, por suerte, prefería desplegar en sus poemas. Hasta su voz, desgarbada y monótona, parecía no querer quitarles espacio preferencial a la verdad o al verso que llevaba. Especialmente cuando recitaba sus poemas, suspendía todo énfasis o esos empujones tonales con que los poetas novatos tratan de disimular la modestia de la obra.
Como en todo gran escritor su fuerza estaba en el lenguaje, en la creación metafórica. Neruda fue baudelaireano en la inolvidable Residencia en la Tierra, épico en la Tercera Residencia y en su Canto General, y goetheano y pánico en sus odas.
Le interesaron la vida y la tierra. En el prólogo de su Tercera Residencia cree haber escapado de Rilke y de la metafísica de Buenos Aires, capitaneada por sus amigos del grupo de Victoria Ocampo. Pero estaba equivocado, había cumplido con la máxima ambición del Rilke esotérico, que era trascender hacia la tierra, celebrarla, como la inmediata expresión del Ser. Y coincidió en toda su obra con el Heidegger que escribió que el lenguaje es la Casa del Ser.
Neruda logró que el lenguaje fuera el Palacio del Ser.
Trece años después de aquella noche se encontraría con una muerte sórdida. Su agonía, en Santiago de Chile, coincidiría con el fin de una etapa de libertad. Días sombríos. Su cuerpo devorado por la enfermedad, su casa vejada por esbirros. Pero él ya no moraba en esas residencias. Su cuerpo y su casa ya no eran más que dos metáforas saqueadas. Poco después, aquella Rusia de su política poética se disolvió también. Se sumergió en la nada de los imperios, que no es muy distinta del anonadamiento de los hombres.
Nos despedimos en la puerta del Hôtel du Quai Voltaire. Neruda subiría y antes de acostarse contemplaría maravillado la magia espiralada del cuerno del narval que llevaría a la Isla Negra en la cabina del avión, como el tótem de algún jefe vikingo, como el cetro de mando que él mismo usaría si pudiera entronizarse como el príncipe pagano que era.
Domingo, 09 de Mayo de 2004 20:26 ;?> No hay comentarios. Comentar.
puerto natales no debiera llamarse puerto natales, sino carreta, trompo, pelota número cinco, trencito a bories; cierta vez viajando en el colectivo 60 en buenos aires, sentí el olor de la vaca que ordeñaba mi tía manuela, aquella noche vería bailar a julio bocca en el colón, y de acompañantes el establo, la vaca y mi tía manuela.
otra vez en el tortoni, escuchando hablar a borges se produjo el mismo fenómeno, y entonces pensé que yo, nunca salí de mi pueblo, de mi barrio, de mi infancia, que si yo aterrizo en viena, paris o amsterdam seguiré siendo un campesino, que si alguna vez ingresé al incierto desamparo de la poesía, fue por la ventana, por puro molestar, que si alguna vez estuve en el balcón de la rosada, fue por extravagancia pueblerina, y eso se me nota, yo soy la tía manuela, soy también la vaca de mi tía manuela.
por eso; para no ofender las narices citadinas, o la nariz de alguna golfa respingada, para poder entrar al cine y ver alguna de bergman, o para visitar alguna tenebrosa oficina pública, me pongo colonia, de la mejor; pero indudablemente se me nota.
por eso llevaré para siempre esta historia, mi historia, la de ser un campesino, llevaré para siempre este olor, el olor de bosta de la vaca de mi infancia, y el de haber nacido en un pueblo que no debió llamarse puerto natales, sino carreta, trompo, pelota número cinco, trencito a bories.
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ella era una reina y se llamaba gabriela
la conocí en tres pasos en un año de frágil memoria, alta, de ojos verdes y pétrea como diosa secular, traía de equipaje el árido norte en la mirada, un bolso de eterna emigrante y dos o tres libros bajo el brazo, su hechizo fue instantáneo y el borde de la colina hicimos el amor.
en mi mente siempre está, el recuerdo de aquella antigua muchacha que llegaba del norte, y que un día amé allá en tres pasos, sobre la colina, en donde me dijo, que para nosotros no habría término ni olvido, por eso escribo este poema, para ella; ella, la mejor de todas, ella que era una reina, y se llamaba gabriela.
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un poema para ariadna
no tengo edad ni consuelo para mi osamenta, el tiempo con ojos me persigue con su negra letanía de mandobles, esquivo el golpe certero de la hoja arrastrada por el viento, escucho el rumor del naufragio encadenado a mi aliento, un aleteo de pájaros inciertos y temibles cruzan mi horizonte ciego.
“todo está perdido” dice el sacerdote en el momento exacto en que tú llegas con guirnaldas y peces de colores a liberar el canto y la poesía.
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Lunes, 10 de Mayo de 2004 20:25 ;?> No hay comentarios. Comentar.
A proposito de las elecciones del 16 05 2004 en República Dominicana
7 de noviembre de 2001
José Steinsleger
Del dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), Alfonso Reyes dijo que "enseñaba a oír, a ver, a pensar y suscitaba una verdadera reforma en la cultura, pesando en su pequeño mundo con mil compromisos de laboriosidad y conciencia". Jorge Luis Borges acotó: "... se sintió americano y aún cosmopolita, en el primitivo y recto sentido de esta palabra que los estoicos acuñaron para manifestar que eran ciudadanos del mundo".
A escala continental la muerte de Juan Bosch (1904-2001), el otro gran amauta dominicano, debería motivar consideraciones del mismo tenor. Infortunadamente, Bosch desaparece en momentos en que América Latina tramita su anexión a Estados Unidos y cuando contados intelectuales y políticos hablan de "nuestra América", tal como Henríquez Ureña lo hizo en la Universidad de La Plata ante los estudiantes argentinos que anhelaban saber de México y su revolución (1922).
Otros tiempos. ¿Pero quién fue Juan Bosch? En los libros que tratan de la historia de América Latina y en las universidades o centros de posgrado de letras y ciencias políticas y sociales, Bosch es un perfecto desconocido. Su nombre anida en casi todas las antologías del cuento hispanoamericano mas no figura en la “Historia contemporánea de América Latina”, de Tulio Halperin Donghi o en “El espejo enterrado”, de Carlos Fuentes, y otras obras de gran circulación. Omisión nada involuntaria, por cierto. Pues sin haber sido revolucionario en la acepción clásica del concepto, el político Bosch entendía que cuando la legalidad falta, cabe el derecho de rebelión. En 1939, en plena dictadura trujillista, fundó el Partido Revolucionario Democrático (PRD), y en el exilio cubano organizó la frustrada expedición de Cayo Confites para derrocar al tirano de República Dominicana (1947).
Bosch fue el único socialdemócrata de la vieja guardia que muy temprano entendió la farsa de la tercera vía que hoy predican los intelectuales clonados de la socialdemocracia europea. Asimismo, se negó al anticomunismo pueril de los liberales y miró con pena el destino que la historia reservó a sus antiguos coidearios: el venezolano Rómulo Betancourt y el costarricense José Figueres, que acabaron como peones de Washington así como su propio partido, el PRD, en 1973.
En 1961, tras el asesinato de Trujillo y veinte años de exilio, Bosch regresó a su patria y al año siguiente se convirtió en el primer presidente constitucional electo después de tres décadas de tiranía. Su gobierno eliminó los privilegios más odiosos de la oligarquía trujillista y puso límites a la propiedad de las empresas extranjeras sobre los recursos naturales. Fue demasiado. Siete meses después, y a pesar de la frágil operatividad de las medidas reformistas, la Iglesia católica, la derecha oligárquica, la embajada de Estados Unidos y la CIA acabaron con el gobierno democrático, al que acusaron de "procubano" y "comunista".
Ironías de la historia, Bosch fue derrocado poco antes de la publicación de “La ciudad y los perros”, fuerte alegato antimilitar de Mario Vargas Llosa. ¿Quién hubiese sospechado que 37 años más tarde el escritor peruano tomaría partido por los perros en “La fiesta del chivo”, novela de "ficción" donde manipula a su antojo la historia del país antillano?
La caída del gobierno de Bosch dividió al ejército dominicano. En abril de 1965, un grupo de oficiales liderados por el coronel Francisco Caamaño se alzó en defensa de la Constitución, repartió armas al pueblo y derrotó a las tropas del general Elías Wessin y Wessin, apoyado por el Pentágono. El 27 de abril, con la venia de la OEA, el presidente Johnson ordenó la invasión de República dominicana. Cuarenta mil marines, más que los enviados a Vietnam, controlaron a las milicias populares y desataron la represión contra las fuerzas democráticas. La CIA sembró el suelo dominicano de asesinatos, torturas y encarcelamientos masivos. Y al frente del nuevo gobierno impuso al "general" Antonio Imbert Barreras, uno de los que participaron en la muerte de Trujillo y que en la novela de Vargas Llosa aparece como "héroe de la libertad".
De aquel golpe militar Juan Bosch aprendió mucho. Escribió ensayos proféticos: “Bolívar y la guerra social” (1966), “El Pentagonismo, sustituto del imperialismo” (Ed. Siglo XXI, 1968, vigente como nunca) y “De Cristóbal Colón a Fidel Castro” (Alfaguara, 1970), estudio de fundamental importancia. Frente a Cuba, el patriota quisqueyano mantuvo una posición clara: independencia política y solidaridad. En el lúcido ensayo “La tesis de Regis Debray”, criticó el voluntarismo guerrillero del arrogante intelectual francés y pronosticó el curso que la revolución cubana mantiene hoy y que entonces sonaba a herejía: "... Fidel Castro parece depender más de la juventud nacionalista latinoamericana que de los partidos comunistas del continente" (1969).
Escritor, pedagogo, economista, sociólogo, gobernante y político que muchas veces erró en la conflictiva realidad de su país, Juan Bosch fue seguidor de la Utopía de América que Henríquez Ureña vislumbró en el siglo pasado, tornando factible las potencialidades de una izquierda nacional: la que se abre al mundo y convierte el pago chico en patria del universo y dignidad.
Alrededor de novecientos hombres se reunieron a deliberar en la Meseta de la Turba; eran los que quedaban en pie, de los cinco mil que tomaron parte en el levantamiento obrero del territorio de Santa Cruz, en la Patagonia. Dejaron ocultos sus caballos en una depresión del faldeo y se encaminaron hacia el centro de la altiplanicie, que se elevaba como una isla solitaria en medio de un mar estático, llano y gris. La altura de sus cantiles, de unos trescientos metros, permitía dominar toda la dilatada pampa de su derredor, y, sobre todo, las casas de la estancia, una bandada de techos rojos, posada a unos cinco kilómetros de distancia hacia el sur. En cambio, ningún ojo humano habría podido descubrir la reunión de los novecientos hombres sobre aquella superficie cubierta de extensos turbales matizados con pequeños claros de pasto coirón. En lontananza, por el oeste, sólo se divisaban las lejanas cordilleras azules de los Andes Patagónicos, único accidente que interrumpía los horizontes de aquella inmensidad. Los novecientos hombres avanzaron hasta el centro del turbal y se sentaron sobre los mogotes formando una gruesa rueda humana, casi totalmente mimetizada con el oscuro color de la turba. En el centro quedó un breve claro de pampa, donde se movían los penachos del pasto con reflejos de acero verde. -¿Estamos todos? -dijo uno. -¡Todos!... -respondieron varios, mirándose como si se reconocieran. Muchos habían luchado juntos contra las tropas del Diez de Caballería, que comandaba el teniente coronel Varela; pero otros se veían por primera vez, ya que eran los restos de las matanzas del Río del Perro, Cañadón Once y otras acciones libradas en las riberas del lago Argentino. Este lago, enclavado en un portezuelo del lomo andino, da origen al río Santa Cruz, que atraviesa la ancha estepa patagónica hasta desembocar en el Atlántico. En época remota, un estrecho de mar, tal como el de Magallanes hoy día más al sur, unió por esta parte el océano Pacífico con el Atlántico, burilando en su lecho los gigantescos cañadones y mesetas que desde el curso del río ascienden, como colosales escalones paralelos, hasta la alta pampa. Por estos cañadones de la margen sur, un amansador de potros, cabecilla de la revuelta, apodado Facón Grande por el cuchillo que siempre llevaba a la cintura, obtuvo éxito con tácticas guerrilleras, tratando de dividir los tres escuadrones que componían el Diez de Caballería. Usando más sus boleadoras, lazos y facones que las precarias armas de fuego de que disponían, mantuvieron a raya en sus comienzos a las fuerzas del coronel Varela. El río mismo, cuyo caudal impide su paso a nado, sirvió para que Facón Grande y sus troperos, campañistas y amansadores de potros, se salvaran muchas veces de las tropas profesionales vadeándolos por pasos sólo por los indios tehuelches y ellos conocidos. -¡Parece que nos va a llover! -exclamó un amansador alto y espigado. Los que estaban sentados a su alrededor alzaron la vista hacia un cielo revuelto y la fijaron en un nubarrón más denso que venía abriéndose paso entre los otros como un gran toro negro. -¡Ese chubasco no alcanza hasta aquí! -dijo un hombrecito de cara azulada por el frío y de ojos claros y aguados, arrebujándose en su poncho de loneta blanca. El amansador de potros dio vuelta su angulosa cara morena, sonriendo burlonamente al ver al hombrecito que hablaba con tanta seguridad del destino de una nube. -¡Que no nos va a alcanzar..., luego veremos! -le replicó. -¡Le apuesto a que no llega! -insistió el otro. -¿Cuanto quiere apostar? -¡Aquí tengo cuarenta nacionales! -respondió el del poncho blanco, sacando unos billetes de su tirador y depositándolos sobre el pasto, bajo la cacha de su rebenque. El amansador, a su vez, sacó los suyos y los depositó junto a los otros. En ese momento un hombre de mediana estatura, ágil y vigoroso, de unos cuarenta años, se levantó del ruedo y avanzó hasta el breve claro de pampa. Iba vestido con el característico apero de los campañistas: espuelas, botas de potro, pantalón doblado sobre la caña corta, blusón de cuero, pañuelo al cuello, gorro de piel de guanaco con orejeras para el viento, y atrás, en la cintura, el largo facón con vaina y cacha de plata. Facón Grande puso las manos en los bolsillos del pantalón y las levantó empuñadas adentro, como si se apoyara en algo invisible. Se empinó un poco, levantando los talones, y adquirió más estatura con un leve balanceo; el gesto, ceñudo, miraba fijamente hacia el suelo; una ráfaga pasó con más fuerza por sobre la meseta y los penachos del coirón devolvieron la mirada con su reflejo acerado. Los novecientos hombres permanecieron a la expectativa, tan quietos y oscuros como si fueran otros mogotes, un poco más sobresalidos, del turbal. De pronto todos se movieron de una vez y el círculo se estrechó un poco más en torno de su eje. -Bien -dijo aquel hombre, dejando su balanceo y soldándose definitivamente a la tierra-; la situación todos la conocemos y no hay más que agregar sobre ella. Esta misma noche o a más tardar mañana el Diez de Caballería estará en las casas de la última estancia que queda en nuestras manos. El traidor de Mata Negra ya les habrá dicho cuál es el único paso que nos queda por la cordillera del Payne para ganar la frontera. Ellos traen caballos de refresco, se los habrán dado los estancieros; en cambio, los nuestros están ya casi cortados y no nos aguantarán mucho más... Nos rodearán, y caeremos todos, como chulengos. No queda otra que hacerles frente desde el galpón de la esquila de la estancia, para que el resto de nosotros pueda ponerse a salvo por la cordillera del Payne. El círculo se removió algo confundido al escuchar la palabra "nosotros"... ¿Quiénes eran esos "nosotros"? ¿Acaso Facón Grande, uno de los cabecillas que habían iniciado la revuelta en el río Santa Cruz, también se incluía entre los que debían escapar por el Payne, mientras otros disparaban hasta su último cartucho en el galpón de esquila? Un murmullo atravesó como otra helada ráfaga por el oscuro ruedo de hombres. -¡Que se rifen los que quedan! -dijo alguien. -¡No, eso no!... -exclamó otro. -¡Tienen que ser por voluntad propia! -profirieron varios. -¿Quienes son esos "nosotros"?... -inquirió uno con frío sarcasmo. Facón Grande volvió a empinarse, tomando altura; se inclinó cual si fuera a dar un tranco contra un viento fuerte, y levantó los brazos calmando el aire o como si fuera a asir las riendas de un caballo invisible. La murmurante rueda humana se acalló.- ¡Nosotros, los que empezamos esto, tenemos que terminarlo! -dijo con una voz más opaca, como si le hubiera brotado de entre los pies, de entre los mogotes de la turba. Empinándose de nuevo, dirigió la vista por encima de los que estaban sentados en primer plano, y agregó, con un acento más claro-: ¿Cuántos quedamos de los que éramos del otro lado del río Santa Cruz? Unas cuarenta manos levantadas en el aire, por sobre las novecientas cabezas, fue la respuesta. El mismo Facón Grande levantó la suya, con las invisibles riendas en alto, ahora tomadas como si fuera a poner pie en el estribo de su imaginaria cabalgadura. -¿Qué les parece? -dijo el hombrecito de poncho de lona blanca, codeando al amansador de potros, que se sentaba a su lado y quien había sido uno de los primeros en responder con la mano en alto. -No quedaba otra..., está bien lo que ha hecho Facón. -No...; yo le preguntaba por lo de la nube -dijo, haciendo un gesto hacia el cielo. -¡Ah!... -profirió el amansador, levantando también la cara con una helada mueca de sorpresa. Ambos divisaron que el toro negro empezaba a deshacerse, descargándose como una regadera sobre la llanura, a la distancia. El aguacero avanzaba con sus cendales de flechecillas espejeantes; pero al aproximarse a los lindes de la meseta desapareció totalmente, quedando del oscuro nubarrón sólo un claro entre las nubes, por donde pasó un lampo que lamió luminosamente a la llovida pampa. -¡Da gusto ver llover cuando uno no se moja! -dijo el amansador con sorna. -¡Sí, da gusto! -replicó el del poncho blanco, y se agachó a recoger el dinero ganado en la apuesta. Los hombres empezaron a esparcirse por entre el turbal hacia el faldeo en donde habían dejado ocultos sus caballos. El viento del oeste sopló con más fiereza por el claro que había dejado el nubarrón, y aquel páramo, desnudado, adquirió bajo el cielo una expresión más desolada. No hubo ninguna clase de despedidas. Los que partieron hacia la cordillera del Payne lo hicieron cabizbajos, más apesadumbrados que alegres de avanzar hacia las serranías azules donde estaba su salvación. Los cuarenta troperos de Facón Grande, también sombríos, se dirigieron inmediatamente hacia el cumplimiento de su misión. De pronto, desde la multitud en éxodo hacia el Payne se desprendió un jinete que a galope tendido avanzó en pos de la retaguardia de los troperos. Todos, de una y otra parte, se dieron vuelta a mirar aquel poncho de lona blanca que flameaba al viento, como si fuera una última mirada de despedida. -¿Otra apuesta? -díjole burlonamente el amansador, cuando lo vió llegar a su lado. -Es... que... -repuso el del poncho, dubitativamente. -¿Qué?... -Yo le llevo su plata, y usted... se queda guardándome las espaldas... -¡A usted le va a hacer más falta! -replicó el amansador, fastidiado. -¡Chilote tenía que ser!... -profirió rudamente por lo bajo otro de los troperos. El rostro de ojos claros y aguados se encogió parpadeando, como si hubiera recibido un violento latigazo. -¡Aquí está su plata! -respondió con voz ronca, y agregó-: ¡Yo no la necesito tampoco! -¡El juego es juego, amigo, llévesela y parta pronto! -exclamó otro. -¿Qué le pasa a ese hombre? -dijo Facón Grande, sofrenando su caballo. -Es una plata de juego -le explicó el amansador-. Apostamos a una nube y él ganó. Ahora parece que quiere devolvérmela como si me fuera a hacer falta..., ¿habráse visto? -Yo no he vuelto por la plata -manifestó el aludido, dirigiéndose al cabecilla-. Lo de la plata salió sin querer entre mis palabras... Pero yo he venido hasta aquí porque quiero también pelear con los del Diez de Caballería. Los que escuchaban el diálogo haciéndose los distraídos, se dieron vuelta de súbito a mirarlo. -Pero usted no es del otro lado del río Santa Cruz -le dijo Facón. -No; era lechero en la estancia Primavera cuando empezó la revuelta. Después me metí en ella y aquí estoy; quiero pelearla hasta el final, si ustedes me lo permiten. -¿Qué les parece? -consultó el cabecilla a los troperos. -Si es su gusto..., que se quede -contestaron varias voces con gravedad. Antes de perderse en la distancia, muchos de los que marchaban camino del Payne se dieron vuelta una vez más para mirar: el poncho blanco cerraba la retaguardia de los troperos, flameando al viento como un gran pañuelo de adiós. Al caer la noche, los troperos se hallaban ya atrincherados en el galpón de esquila de la estancia. Acomodaron gruesos fardos de lana en los bretes de entrada y de salida, a fin de que por entre los intersticios dejados pudieran apuntar sus armas hacia un amplio campo de tiro. En cambio, desde afuera, se hacía poco menos que imposible meter una bala entre los claros de aquellas imbatibles trincheras de apretada lana. Centinelas permitieron que todos descansaran un poco mientras la noche avanzaba. -¡De puro cantor se ha metido en esto! -dijo el amansador de potros al hombre del poncho blanco cuando acomodaban unos cueros de ovejas para recostarse junto a sus trincheras comunes. -¡Ya estoy metido en la cueca y tengo que bailarla bien! -replicó. -A lo mejor le picó aquello de "chilote tenía que ser"... -Sí, me picó eso; pero yo venía decidido a que me dejaran con ustedes... ¡Quería pelearla también! ¿Por qué no? Y a propósito, dígame, ¿por qué miran tan a menos a los chilotes por estos lados? ¿Nada más que porque han nacido en las islas de Chiloé? ¿Qué tiene eso? -No, no es por eso; es que son bastante apatronados... y se vuelven matreros cuando hay que decidirse por las huelgas, aunque después son los primeros en estirar la poruña para recibir lo que se ha ganado... A mí también me dolió un poco eso de "chilote tenía que ser", porque yo nací en Chiloé. -¿Ah..., sí? ¿En qué parte? -En Tenaún..., me llamo Gabriel Rivera. -Yo soy de la isla de Lemuy..., Bernardo Otey, para servirle. -¿Y siendo lemuyano, cómo se metió tan tierra adentro? ¡Cuando los de Lemuy son no más que loberos y nutrieros! -Ya no van quedando lobos ni nutrias... Los gringos las están acabando. Aunque uno se arriesgue a este lado del golfo de Penas, ya no sale a cuenta, y la mujer y los chicos tienen que comer... Por eso uno se larga por estos lados. -¿Cuántos chicos tiene? -Cuatro, dos hombres y dos mujercitas... Por ellos uno no se mete de un tirón en las huelgas... ¿Qué dirían si me vieran volver con las manos vacías? ¡A veces se debe hasta la plata del barco, que se le ha pedido prestada a un pariente o a un vecino! Y uno no puede andarle contando todo esto al mundo entero... Por esos seremos un poco matreros para las huelgas... ¿A usted no le pasa lo mismo? ¿No tiene familia allá en Tenaún? -No; no tengo familia. Me vine de muchacho a la Patagonia. Me trajo un tío mío que era esquilador. Murió al tiempo después y me quedé solo aquí... Siempre que me acuerdo de él, pienso cómo me embolinó la cabeza con su Patagonia -continuó el amansador, cruzando sus manos por debajo de la nuca, y agregando con voz nostálgica-: Tocaba la guitarra y cantaba tristes y corridos de por estos lados... Me acuerdo la vez que me dijo: "Allá en la Patagonia se pasa muy bien..., se come asado de cordero todos los días..., y se montan caballos tan grandes como los cerros..." "¿Dónde está la Patagonia?", le pregunté un día. "¡Allá está la Patagonia!", me respondió, estirando el brazo hacia un lado del cielo, donde se divisaba una franja muy celeste y sonrosada. Desde ese día la Patagonia para mí fue eso, y no me despegué más de sus talones hasta que me trajo. Una vez aquí, ¡qué diablos!..., ¡los caballos no eran tan grandes como los cerros y el pedazo del cielo ese siempre estaba corrido por el mismo lado y más lejos!..."Trabajé de vellonero -continuó el amansador-, de peón y recorredor de campo. Después, por el gusto a los caballos, me hice amansador. He ganado buena plata domando potros, soy bastante libre, pero... fuera de las ñatas que uno baja a ver de vez en cuando a Río Gallegos o Santa Cruz, no se sabe lo que es una mujer para uno, ni lo que sería un hijo... ¿De qué vale la plata entonces, si uno no ha de vivir como Dios manda? El corazón se le vuelve a uno como esos champones de turba: lleno de raíces, pero tan retorcidas y negras que no son capaces de dar una sola hebra de pasto verde... Por eso será que uno no le tiene mucho apego a esta vida tampoco, y se hace el propósito como si no valiera nada... Le da lo mismo terminar debajo del lomo de un arisco o en una huifa como esta en que nos hallamos metidos...En cambio, usted debiera agarrar su caballo y espiantar para el Payne..., lo esperarán allá en Lemuy una mujer y unos niños. -¡Ya no, ya!... ¿Quiere que le diga una cosa? ¡Me dió vergüenza que nadie se hubiera quedado de los que cortaron para el Payne! -Muchos quisieron quedarse, pero Facón los convenció de que debían marcharse. Cuantos menos caigamos es mejor, les dijo, y yo le encuentro razón... ¡Ah..., cómo se la habríamos ganado con Diez de Caballería y todo si no es por ese krumiro de Mata Negra! -¿Por qué habrá empezado todo esto? -¡Hem..., quién lo sabe! La mecha se encendió en el hotel de Huaraique, cerca del río Pelque... La tropa atacó a mansalva y asesinó a todos los compañeros que allí estaban... Entonces nos bajó pica, y con Facón Grande nos echamos a pelear todos los que éramos de campo afuera, campañistas, amansadores, troperos y algunos ovejeros que eran buenos para el caballo... Se la estábamos ganando cuando sucedió la traición del Mata Negra, hijo de..., ése; se dio vuelta y se puso al servicio de los estancieros. -Más o menos todo es sabido -dijo Otey, con voz apagada entre las sombras-; pero yo me pregunto por qué diablos no se arreglan las cosas antes de que empiecen los tiroteos, porque después no las arregla nadie. -¿Qué sé yo!... Bueno, unos dicen que es la crisis que ha traído la Gran Guerra... Parece que los estancieros ganaron mucha plata con la guerra, pero la despilfarraron, y ahora que vino la mala nos hacen pagarla a nosotros... Y todo fue por el pliego de peticiones..., pedíamos cien pesos al mes para los peones y ciento veinte para los ovejeros... Ni siquiera yo iba en la parada, porque la doma de potros se hace a trato... También se pedían velas y yerba mate para los puesteros, colchonetas en vez de cueros de oveja en los camarotes, y que se nos permitiera más de un caballo en la tropilla particular... Pero parece que había otras cosas todavía... En el Coyle, compañeros con varios años de sueldo impago y que habían mandado a guardar el dinero de sus guanaqueos fueron fusilados y esa plata se la embuchó el administrador. A otros les pagaron con cheques sin fondo y se quedaron dando vueltas en las ciudades. El coronel Varela se dio cuenta de todo esto y primero estuvo de nuestra parte; pero los potentados reclamaron a su gobierno, en los diarios le sacaron pica al coronel diciéndole que era un incapaz y hasta cobarde. Entonces el hombre tuvo rabia y pidió carta blanca para sofocar el movimiento; se la dieron, regresó a la Patagonia y empezó la tostadera -dijo el amansador de potros dando término a su versión de la huelga. Con las primeras luces del alba se repartió un poco de charqui, y, por turnos, se dirigieron a la casa de máquinas, en el fogón de cuya caldera algunos habían hervido agua para el mate. Arriba, en el altillo de la prensa enfardadora de lana, oteando los horizontes, un tropero modulaba a media voz una lejana vidalita: Más de un año ausente, vidalitá... estuve de esta tierra. Hoy al encontrarte, vidalitá... ya me has despreciado. Y eso es lo que llamo, vidalitá... ser un desgraciado. La tonada fue interrumpida de pronto por una voz de alarma que desde otro lugar del techo anunció la entrada de las tropas del Diez de Caballería por la huella que conducía a las casas de la estancia. Todos corrieron a sus puestos, mientras dos escuadrones de caballería, de más o menos cien hombres cada uno, desmontan a la distancia, tomando posiciones en línea de tiradores. No bien entrada la mañana, se dejaron oír los primeros disparos de una y otra parte. Una ametralladora empezó a tartamudear sus ráfagas, destrozando los vidrios de las ventanas, y las tropas empezaron a cercar desde el campo abierto al galpón de esquila. Con un disparo aislado uno de los troperos volteó visiblemente al primer soldado de caballería; mientras rastrillaba su carabina para dispararle a otro, profirió en voz alta la conocida versaina con que se tiran las cartas en el juego de naipes llamado "truco": Viniendo de los corrales con el ñato Salvador, ¡ay, hijo de la gran siete, ahí va otro gajo de mi flor! El duelo prosiguió sin mayores alternativas durante toda aquella mañana, entre ráfagas de ametralladora, fuego de fusilería y grandes ratos de silencio muy tenso. Habían caído ya varios soldados, sin que una sola bala hubiera logrado meterse por entre los sutiles intersticios de los gruesos fardos de lana, tras los cuales los troperos estaban atrincherados después de haber cerrado las grandes puertas del galpón de esquila, enorme edificio de madera y zinc, construido en forma de T, y sólo circundado por corrales de aguante, mangas y secaderos para el baño de las ovejas, todo hecho de postes y tablones. Pronto ambos bandos se dieron cuenta de que eran difíciles de diezmar. Los unos, dentro del galpón, bien atrincherados tras los fardos; y los otros, soldados profesionales, avanzando lenta pero inexorablemente en línea de tiradores, con la experiencia técnica del aprovechamiento del terreno. El objetivo de éstos era alcanzar los corrales de madera para resguardarse mejor en su avance. Pero los de adentro conocían bien la intención y la hacían pagar muy cara cada vez que alguien se aventuraba a correr desde el campo abierto para ganar ese amparo. Fatalmente caía volteado de un balazo, y su audacia sólo servía de seria advertencia para los otros. Facón Grande había dado la orden de no disparar sino cuando se tenía completamente asegurado el blanco, con el objeto de ahorrar balas, causar el mayor número de bajas y demorar al máximo la resistencia, a fin de que los fugitivos tuvieran tiempo de alcanzar hasta los faldeos cordilleranos del Payne, donde se encontrarían totalmente a salvo. Otra noche se dejó caer con su propio fardo de sombras, interponiéndolo entre los dos bandos. Ambos la aprovecharon cautelosamente para darse algún respiro, y con la madrugada reanudaron su porfiado duelo. En este segundo día ocurrió algo insólito: uno de los soldados, enloquecido posiblemente por la tensión nerviosa del prolongado duelo, se lanzó solo al asalto con bayoneta calada. Los del galpón no lo voltearon de un tiro, sino que abrieron curiosamente las grandes puertas y lo dejaron entrar; luego lanzaron el cadáver por una ventana para que nadie quisiera hacer lo mismo. Pero la táctica empleada dio al coronel Varela un indicio: que las balas de los sitiados estaban escasas, si no se habían agotado ya. Era lo que él había previsto y esperaba ansiosamente dar la orden del ataque que pusiera término a ese porfiado duelo, en que había caído ya cerca de un tercio de sus escuadrones. El toque de una corneta se dejó oír como un estridente relincho, dando la señal de que había llegado esa hora. Las ametralladoras lanzaron sus ráfagas protegiendo el avance final. Los de adentro ya no tenían una sola bala y no tuvieron más armas que sus facones y cuchillos descueradores para hacer frente a esa última refriega. En heroica lucha cuerpo a cuerpo, la muerte de Facón Grande, el cabecilla, puso término al prolongado combate cuando todavía quedaban más de veinte troperos vivos, pues muy pocos habían caído con los tiroteos y la mayoría había perecido sólo en la refriega final. Esa misma tarde fue fusilado el resto sobre el cemento del secadero del baño para ovejas. Los sacaron en grupos de a cinco, y el propio Varela ordenó no emplear más de una bala para cada uno de los prisioneros, pues también sus municiones estaban casi agotadas. Gabriel Rivera, el amansador de potros, y Bernardo Otey, con otros tres troperos, fueron los últimos en ser conducidos al frente del pelotón de fusilamiento. Promediaba la tarde, pero un cielo encapotado y bajo había convertido el día en una madrugada interminable, cenicienta y fría. Al avanzar hacia la losa del secadero, vieron el montón de cadáveres de sus compañeros ya dispuestos para recibir la rociada de kerosene para quemarlos, la mejor tumba que había prescrito Varela para sus víctimas, cuando no las dejaba para solaz de zorros y buitres. Entre aquellos cuerpos se destacaba el de Facón Grande, que el coronel había hecho colocar encima para verlo por sus propios ojos, pues había sido el único cabecilla que, si no interviene la traición de Mata Negra, hubiera dado cuenta de él y de todo su regimiento. Un frío intenso anunciaba nevazón. Cuando los cinco últimos fueron colocados frente al pelotón de fusileros que debían acertar una bala en cada uno de esos pechos, el sargento que los comandaba se acercó y comenzó a prender con alfileres, en el lugar del corazón, un disco de cartón blanco para que los soldados pudieran fijar sus puntos de mira. Una vez que lo hizo, se apartó a un lado y desde un lugar equidistante desenvainó su curvo sable y lo colocó horizontal a la altura de su cabeza. Iba a bajar la espada dando la señal de "¡fuego!", cuando Bernardo Otey dio una manotada sobre su corazón, arrancó el disco blanco y arrojándoselo por los ojos a los fusileros les gritó: -¡Aprendan a disparar, mierdas! La tropa tuvo una reacción confusa. Pero, en seguida, enderezaron las cinco bocas de sus fusiles hacia un solo cuerpo, el de Bernardo Otey, que cayó doblándose segado por las cinco balas que replicaron como una sola a su postrera imprecación. Pero en aquel mismo instante, aprovechando la reacción de los fusileros, los otros cuatro hombres dieron un brinco y se lanzaron a correr mientras el pelotón rastrillaba sus armas para cargarlas otra vez con bala en boca. -¡A ellos! -vociferó el sargento, al ver que mientras tres corrían por la huella, otro, el amansador de potros, daba un gran salto por sobre una alambrada, caía a horcajadas en uno de los caballos de la tropa y disparaba campo afuera, abrazado al cuello del animal. El sargento hizo primero unos disparos con su revólver, pero luego tomó uno de los fusiles de los soldados, y, arrodillándose en posición de tiro, continuó disparando al caballo y su jinete tendido sobre el lomo, que corrieron velozmente hasta que se los tragó una hondonada. Los otros tres fugitivos, de a pie, fueron pronto alcanzados por las balas, cayendo definitivamente sobre la huella. La interminable madrugada espesó aún más su ceniza y una densa nevada empezó a caer sobre los campos, ocultando definitivamente al fugitivo con sus tupidas alas. Bien entrada la noche, el amansador Rivera alcanzó a darle un respiro a su cabalgadura. Cuando desmontó, ambos, caballo y hombre, quedaron un rato acompañándose en medio de la cerrazón de nieve y noche. Las sombras, a pesar de todo, abrieron un poco su corazón con el leve resplandor de la caída de los copos. Su propio corazón también dio un respiro aprovechando aquel oculto ámbito, y a su memoria acudió el recuerdo de una superstición india: el águila de las pampas debe ser cazada antes que logre dar un grito, pues si lo lanza, la tempestad acude en su ayuda... No bien la recordara, montó de nuevo y siguió galopando, en alas de su protectora. En uno de esos amaneceres radiantes que siguen a las grandes nevadas, el amansador de potros dio alcance al grueso de los huelguistas cuando ya se habían puesto al reparo en uno de los faldeos boscosos del Payne, todos sanos y salvos. Al encontrarlos, la cabalgadura se detuvo sola, y la rueda humana, como en la Meseta de la Turba, volvió a reunirse en torno del amansador como de su eje. El animal se había parado sobre sus cuatro patas muy abiertas, y cuando un hilillo de sangre escurrió de sus narices, los belfos, al percibirlo, tiritaron, y luego fue presa de un extraño temblor. Como buen amansador, Rivera sabía que un caballo reventado no obedece ni a espuela ni a rebenque, pero no cae mientras sienta a su jinete encima. Por eso su relato fue muy breve, y, al terminarlo, se bajó del caballo al mismo tiempo que la noble bestia se desplomaba. Con la nevada, toda la Patagonia parecía un gran poncho blanco que ascendía por los faldeos del Payne hasta sus altas torres que, como tres dedos colosales, apuntaban sombríamente al cielo. Y así se conservó memoria de cómo murió el chilote Otey."
Sábado, 15 de Mayo de 2004 20:22 ;?> Hay 1 comentario.
Impactos - Año 1 – Nº 9 - Punta Arenas, 2 de junio de 1990.
por Sergio Lausic Glasinovic
En estos días en que Puerto Natales celebra un año más de presencia en la historia de Magallanes y de Última Esperanza en particular, se hace necesario para las nuevas generaciones -y porque no decirlo, y para las antiguas- los pormenores que caracterizaron a la expedición de Herrman Eberhard a Última Esperanza y que dieron con su descubrimiento y exploración, tanto marítima como terrestre. ¿Que se puede decir sobre los datos biográficos de Herrman Eberhard? Fue este un hombre de mucho temple y una de las personalidades más interesantes de los pioneros del austro patagónico. Había nacido un 27 de febrero de 1852 en Ohlau, en la región de Silesia, Alemania. Cuando tuvo la edad de iniciar la escuela fue enviado por sus padres al "Cuerpo de Cadetes" en Wahlstatt. Más tarde proseguirá sus estudios en este mismo instituto militar de educación secundaria. Con posterioridad se trasladará a Berlín para culminar con sus estudios de bachillerato e ingresar al ejército prusiano con el grado de teniente.
Tras la aventura
Pero a Hermann Eberhard le llamaba, en sus ideales de juventud, la vida de aventuras y empresas que el mar le mostraba en sus sueños y aspiraciones íntimas. De esta manera decide ingresar a la marina dejando en 1869 su carrera para alistarse como simple marinero en un buque de cabotaje alemán. Su capacidad, tenacidad y espíritu de superación, fueron en Eberhard lo suficientemente abundantes para llegar a ocupar los puestos de piloto y finalmente de capitán, después de los exámenes de rigor correspondientes. De esta manera, la compañía naviera "Kosmos" le confía una nave para estacionarla en las islas Malvinas. Un dato importante en este inicio de su vida en la región austral patagónica, lo será su nombramiento en 1899 de cónsul alemán en Río Gallegos, cargo que desempeñó hasta 1904. Con ello se transforma en el primer cónsul que el Imperio Alemán de la época había nombrado para aquella ciudad argentina. Su deceso a una edad todavía vital para el ser humano, 56 años, truncó toda una enorme capacidad de trabajo, logros y sueños para él, como para la misma comarca de Última Esperanza. Nuevamente como en su primera definición hacia su futuro personal, Eberhard definió muy acertadamente al renunciar, una vez más, a un mundo que tenía ya programado por delante. Abandonará su vida marinera de porvenir seguro para dar paso a su ensueño de descubrir y lograr para él y los suyos un mejor lugar para hacer realidad sus sueños de grandeza creadora. Eberhard es otro de los tantos ejemplos del poder de atracción que tiene este vasto hinterland patagónico; del embrujo por así decirlo de sus paisajes y, más que nada de la posibilidad de que aquí, en la tierra Patagónica meridional, el hombre puede llegar a construir su futuro con completa libertad a sus aspiraciones.
Traslado de rebaño
Volviendo al momento de su destino a las islas Malvinas, a Eberhard le corresponderá trasladar hacia la incipiente colonia de Magallanes los rebaños de ovejas, que embarcados en el archipiélago de la eterna disputa, eran traídos hasta la nueva tierra que los estaba esperando con ansias de futuro promisorio. Y es así que fueron desembarcados en Oazy Harbour para H. Reynard, en Punta Delgada para Waldron y Wood y en Useful Hill Station para Douglas. En estos viajes vio Eberhard las grandes posibilidades que la explotación ovina presentaba para estas regiones, como los conocimientos necesarios para interesarse por una empresa de esta índole. Con estas nuevas ideas en el pensamiento, Eberhard renuncia a la compañía "Kosmos" y a su cargo de capitán, para lanzarse, ahora, a una actividad que lo llevará a la historia de las figuras célebres del devenir patagónico. Inicia en una primera etapa, sus sueños de colonizador y ganadero al asentarse tras una interesante expedición de búsquedas de tierras aptas para el pastoreo de "Chymen Aike", a orillas del río Chico en el territorio de Santa Cruz. Corría ya el año de 1887 y su contrato con el gobierno argentino le aseguró 40 mil hectáreas. Traerá a su familia que lo esperaba en Puerto Stanley y se puso de lleno a trabajar en su nueva aventura. Pero como él mismo lo dirá en su diario personal "… o era joven, tenía mucho entusiasmo para la empresa…", así que pronto comenzó a interiorizarse de las diversas expediciones patagónicas y de sus resultados. Por esa razón le comenzó a llamar su atención sobre las tierras que los ingleses llamaban en sus cartas geográficas como "Plains of Diana" (Llanuras de Diana) y a las cuales parecía que nadie había alcanzado a llegar. Como el mismo Eberhard lo dirá posteriormente y dado el resultado negativo de las expediciones "… me vino la idea de que el mejor modo de obtener una vista general de las regiones en cuestión de la Patagonia, sería el de hacerlo por mar… "
Expedición
Será en el mes de mayo de 1892 con la llegada a "Chymen Aike" de Augusto Kark, que comienzan a planificar esta expedición a las "Llanuras de Diana". El 1 de junio inician su camino hacia Punta Arenas donde, con el consentimiento y apoyo del cónsul alemán Rodolfo Stubenrauch, obtiene permiso y medios para lograr su cometido. La expedición la conformaban el propio Eberhard, Kark ya mencionado, más Teodoro Huelphers y dos marinos ingleses de apellidos Game y Cattle. Todos ellos se embarcan el 12 de junio en el "Africa" con todos sus materiales adquiridos en Punta Áreas, con la intención de que los dejen en Itmus Bay, para seguir por su cuenta. Tras algunas peripecias en este viaje que piloteó el mismo Eberhard, llegan a destino en el interior del canal Smith. Una vez en Itmus Bay, comienzan las zozobras de los expedicionarios, como a la vez el temple y capacidad de superar los peores avatares. La naturaleza, desde ese día 15 de junio, se les presentará con toda su violencia característica de estas latitudes australes. Ya al día siguiente inician la navegación en un bote adquirido para esos efectos expedicionarios. Se trata de una embarcación comprada en Punta Arenas y que había pertenecido al vapor alemán "Cleopatra" naufragado en Punta Dúngenes. Con este bote, cargado de vituallas se lanzaron canales adentro para llegar a su objetivo. El tiempo atmosférico les fue siempre adverso, ya que la lluvia el viento fuerte lo acompañaron en toda la navegación, más las vicisitudes de un mar desconocido y lleno de peligros. Hacia el día 17, un ataque de reumatismo hizo que a Eberhard lo ayudaran a levantarse. Ya la temperatura estaba bajo los cero grados. Tuvieron que zarpar el 18, aún Eberhard sufriendo fuertes dolores reumáticos y así el con el trabajo de remos del resto de los expedicionarios, siguieron navegando por el llamado Unión Sound. El día 19, después de pernoctar para pasar la noche y reponerse de la dura jornada diaria, la expedición siguió su curso. Al llegar al día 20 se encontraban al lado opuesto del Paso de Kirk donde en sus cercanías lograron acampar. Será el 22 de junio que estuvieron a punto de zozobrar, ya que la fuerte corriente del canal los llevó a velocidad vertiginosa entremedio de torbellinos peligrosísimos. Dice Eberhard en su diario que frente a esta situación de peligro "… mi tripulación se portó como hombres y verdaderos marinos". Ya hacia el 23 de junio navegaban sobre el canal Obstrucción. Será el 25, cuando en conjunto con Kark, inician ambos una expedición hacia el interior de la costa donde habían pernoctado, río arriba descubren una laguna que llaman "Lago Luisa". Aquí se darán cuenta que no podrán llegar hasta las "Llanuras de Diana". Por tal motivo el 2 de julio deciden nuevamente hacerse a la mar. Será la primera oportunidad en que tendrán un encuentro pacífico, pero lleno de recelos, con los habitantes autóctonos del lugar. Ese mismo día desembarcan en una pequeña bahía que llaman "Lee". Al día siguiente emprenden de nuevo la navegación, alcanzando la bahía Moore. Como buscaban agua y al hallarla en un río que no tenía desembocadura lo designaron como "Río perdido". Al iniciar una expedición hacia el interior se dieron cuenta que los terrenos eran aptos para la cría de ganado. Ya el 4 de julio, emprenden el cruce del Seno, para lo cual tuvieron que romper inicialmente la bahía donde habían pernoctado. Al día siguiente excursionaban hacia el interior, siguiendo la corriente de un río y así descubren que pasado el murallón de calafates, se les presentaba una vega abierta y llena de pastos abundantes. Siguieron avanzando y al remontar un cerro se les presentó lo que parecían ser las buscadas "Llanuras de Diana". Desde la "Sierra Dorotea", así designada por la expedición, la tierra se le presentaba como la mejor que habían visto hasta ese instante. Este tipo de trabajo expedicionario, lo volvieron a repetir el 6 de julio, donde Eberhard comprueba que las tierras son aptas para el trabajo ganadero "… aunque requiere mucho capital y ruda". Como el tiempo empeorará por las nevadas, se tuvieron que trasladar hacia otros puntos del interior del seno. Ya habían denominado a un río "Cuchara"; ahora les tocará el turno a las islas "Ratón", "Lagartija" y "Guanaco". Hacia el Séptimo día continuaron recorriendo a pié las inmediaciones, confirmando la buena capacidad de los terrenos para un trabajo ganadero. Como les hacía falta agua buscaron la posibilidad de buscar en otro punto. En los días venideros, seguirá Eberhard recorriendo todo ese sector, tanto por vía marítima y terrestre. Uno de los últimos nombres para enriquecer la toponimia de Última Esperanza será el "Monte Prat". Debido a que el tiempo seguía muy inclemente, por los intensos fríos y nevazones, como también por el estado precario de los expedicionarios, es que Eberhard decide regresar. Ya los mismos víveres estaban escaseando, al mojárseles muchos de ellos. En todos los días venideros seguirán navegando y colocando nombres a diversos puntos del sector, no abandonándolos en ningún momento el mal tiempo que, en una oportunidad, les llegó a romper uno de los mástiles de la embarcación. Las anotaciones del diario de viaje del capitán Herrman Eberhard concluyen el día 5 de agosto, cuando hacían ya, desde hace algunos días, señas a diversos barcos para que los trasladaran a Punta Arenas. Habían llegado a una situación crítica, pues las lluvias constantes, más la escasez de víveres los había dejado agotados. Finalmente un vapor de la empresa "Kosmos" los divisó y así pudieron llegar a destino. Cabe hacer notar que, con posterioridad y debido al esfuerzo visionario de este verdadero pionero de las tierras magallánicas, pudo iniciar los trabajos de colonización de Última Esperanza. Fueron muchos los años de esfuerzo, de pérdidas y de sacrificio. El nacimiento de Puerto Consuelo fue sin duda alguna una de sus más firmes realizaciones y que llevó la civilización a esos parajes. El trabajo colonizador de Eberhard y sus familiares, fue como una chispa que iluminó también a otros impulsores del trabajo ganadero en Última Esperanza. Todo ello fue creando las condiciones, para que más tarde hiciera su aparición el primero centro poblado de este sector continental magallánico, Puerto Natales. Terminaré esta presentación del trabajo expedicionario de Herrman Eberhard con las palabras escritas por uno de los principales biógrafos y traductores, Werner Gromsch, el cual refiriéndose al trabajo colonizador de éste expresó en 1922: "El nombre Eberhard… quedará grabado con letras de oro en las páginas de la historia regional y de estímulo a las generaciones venideras las que han de conservar lo que sus antepasados supieron conquistar en ruda labor con innumerables sacrificios"
Domingo, 16 de Mayo de 2004 20:21 ;?> Hay 1 comentario.
La guerra del Pacífico, el mar para Bolivia y la gloria
por Tomás Moulian El Mostrador - 23 de mayo de 2000
Anteayer se celebró el combate naval de Iquique, en el cual Prat y sus compañeros entregaron su vida por defender lo que los grupos dirigentes de la época consideraron e impusieron como un deber patriótico. Junto con ellos murieron miles de chilenos de pueblo. Muchos de ellos creyeron que en lucha con Perú y Bolivia se realizaba el destino de nuestro país, mientras otros fueron reclutados para defenderlo.
Como sociedad debemos mirar esa guerra sin orgullo ni falso patriotismo. Fue un conflicto armado por defender nuestras propiedades y derechos en las tierras del salitre, una guerra comercial como muchas de esa época. Tiene que ver con el desarrollo capitalista de nuestro país, más que con otra cosa. Esto evidentemente no niega el carácter heroico de muchos de los actos de nuestros oficiales, soldados, dirigentes civiles que se comprometieron en la dirección de la guerra. Pero esa guerra, como decisión colectiva, no tiene que ver con la gloria de Chile. En realidad, tiene relación con decisiones de política económica que nos permitían, o si se quiere forzaban, a usar nuestras potencialidades como Estado en la lucha contra pueblos hermanos por el dominio de un recurso natural, cuya conquista nos iba a permitir la primera modernización capitalista de nuestro siglo.
Creo que esto lo sabemos inconscientemente y por ello celebramos con unción las derrotas, el combate naval de Iquique y la batalla de la Concepción. No hablamos de gloria para celebrar la ocupación de Lima por nuestras tropas, quizás porque, en el secreto de nuestra conciencia colectiva, sabemos que lo que en verdad se juega en la guerra es el poder de una sociedad y que en todo conflicto armado con otra nación las miserias de los hombres salen a la luz tanto como sus grandezas.
En la guerra del Pacífico contribuimos a humillar con daños territoriales y simbólicos a dos pueblos hermanos. A Perú, de una manera coyuntural, porque nuestros diplomáticos y políticos contribuyeron a una solución que a nuestros vecinos no les inflingió tanto daño. Pero a Bolivia la hemos obligado a soportar una pérdida que todavía dura. En relación con esa nación no debe importarnos el formalismo de los derechos, debe importarnos la construcción de lazos para el futuro. En algún recodo de nuestra historia nos convertimos en un país aislacionista que contribuyó más al refuerzo de la fragmentación de nuestro continente que al sueño de la unificación. Fracasada en el pasado la unificación creciente de los pueblos de nuestro subcontinente, de nuestra América sureña, es hoy una condición del desarrollo futuro. El necio orgullo de creernos más yanquis que sureños nos llevó, durante la dictadura y después de ella, a creernos del primer mundo. Somos de aquí y para poder ser de aquí con nuestros vecinos, con los más próximos, debemos resolver la pérdida simbólica que le ocasionamos a Bolivia. Ese gesto nos podría dar la gloria a la que tanto nos referimos en nuestros discursos patrióticos.
Jueves, 20 de Mayo de 2004 20:20 ;?> Hay 1 comentario.
Prat y Grau –bajo la misma bandera y en el mismo buque- durante la guerra contra España 1861-1862, participan -con el grado de guardiamarinas- en el combate naval de Abtao. Las misivas intercambiadas por el peruano con Carmela Carvajal, además de nobleza de alma confirma que ambos héroes se conocen. Además, sorprende que aquella confrontación sea descalificada en textos y tratados como “ingenuidad americanista” de la época.
Otro dato: Condell es hijo de peruana. De ella deriva su segundo apellido:de la Haza. La progenitora es tan oriunda de Piura como Grau. Por esa vía posee cinco tíos que alcanzan altos rangos en la Marina de Perú, de ellos dos almirantes. Es el estratega de Punta Gruesa donde encalla “Independencia”, pero emporca su victoria ordenando disparar sobre los náufragos. Contrasta con la conducta de Grau respecto a los sobrevivientes de la “Esmeralda”.
Tanto el comandante del “Húascar” como Oscar Viel, comandante de la “Chacabuco” están casados, respectivamente, con las limeñas Dolores y Manuela Cavero. Ello explica que los restos del héroe de Angamos reposen -hasta 1890- en el mausoleo familiar de aquel en el Cementerio General de Santiago. Ese dato explica que Grau anote “Pido al Cielo evitarme un enfrentamiento con la Chacabuco”.
Las misivas intercambiadas entre Grau y Carmela Carvajal son algo más que hidalguía. Tendencioso es el silencio respecto al origen materno de Condell. Tanto como no narrar que tripula el “Húascar”, como teniente, un sobrino de Ramón Freire, héroe de nuestra emancipación quien, en su momento, adhiere al mariscal Andrés Santa Cruz y se manifiesta –igual que O´Higgins- adverso a la Guerra de Chile contra la Confederación Perú-Boliviana.
Estas informaciones son motivadoras para evaluar los conflictos armados en el marco subregional como guerras civiles y no internacionales. La superación de los chauvinismos permite concebir nuestro “mundo ancho y aun ajeno” como patria común. Ello invita a examinar la tesis sociológica de Nuestra América como una nación desmembrada en 20 repúblicas. En lo contingente a atajar el armamentismo y promover la complementariedad.
Centro de Estudios Chilenos CEDECH cedech@chilesat.net
Viernes, 21 de Mayo de 2004 20:12 ;?> No hay comentarios. Comentar.
Nadie ignora el rol que le cupo a la “Covadonga” el 21 de mayo de 1879 durante el Combate Naval de Iquique. En Punta Gruesa, poco después de la gesta de Prat, en hábil maniobra su comandante Carlos Condell, consigue que encalle la “Independencia”. Sin embargo, a continuación son escasas las referencias a su itinerario durante la confrontación que se extiende por cinco años (1879 a 1883) desangrando patrias de común raíz y economías complementables.
Lo cierto es que la “Covadonga” es empleada –durante la Campaña de Lima- en el bloqueo de la costa peruana. Esta al mando de Pablo Ferrari y estacionada frente a Chancay, caleta pesquera ubicado a 40 km. del Callao. Allí –después de cañonear el poblado- como botín se iza a bordo una balandra. Aquello es fatal porque se trata de un torpedo caza-bobo. Al explotar se hunde la compañera de la “Esmeralda”. Las bajas suman casi un centenar de marineros incluyendo su comandante.
Este luctuoso hecho acaece en el último año de la Presidencia de Aníbal Pinto. Las Fiestas Patrias de 1881 padecen luto. Se denuncia una presunta negligencia como causa de la catástrofe, porque no se habría considerado como precedente que ya el “Loa”, se hunde por otro torpedo de la Marina del Perú. La Armada de Chile no volverá a bautizar “Covadonga” a ningún otro buque. A más de un siglo las víctimas de Punta Gruesa y de Chancay exhortan a la reconciliación.
Centro de Estudios Chilenos CEDECH cedech@chilesat.net
Viernes, 21 de Mayo de 2004 20:11 ;?> No hay comentarios. Comentar.
Hay ciudades mártires como Numancia o Guernica, Hiroshima o Nagasaki. También existen otras que son insignias del coraje. Cómo no recordar a Stalingrado que paraliza la ofensiva del III Reich o Varsovia con su gheto convertido en volcán de rebelión. Hoy emblema del heroismo es Faluja. Las tropas de la alianza angloyanqui primero piden tregua, luego suscriben armisticio y hoy abandonan el asedio. La victoria árabe es parcial, pero rotunda. Se refuerza con la evacuación de tropa hondureña, dominicana y, sobre todo, hispana. Irak cosecha victoria después de una siembra de sangre. No es sólo el Islam y, en general, el III mundo saludan a la milicia sunnita y a su ciudad donde comienza a cavar su tumba el imperialismo.
Nuestro antimperialismo implica inclinar el tricolor de O`Higgins para saludar a Faluja e insistir en el regreso a casa de las tropas que el Presidente Lagos y la ministro Bachelet han despachado a Haití humillando así a un pueblo fraterno. El país de Balmaceda y Allende no puede convertirse en el Caín de Latinoamérica oficiando de gurka del Tío Sam.
Centro de Estudios Chilenos CEDECH
Viernes, 21 de Mayo de 2004 20:10 ;?> No hay comentarios. Comentar.
Nuestro candidato es el poeta Armando Uribe (Santiago, 28 de octubre de 1933). Uno de los grandes poetas chilenos del siglo XX, su producción se inicia con las obras “El transeúnte pálido” (1954) y “El engañoso laúd” (1956). Tiene más de 30 publicaciones en los ámbitos del derecho, la religión, la política, la ficción, la literatura. Miembro de la Academia Chilena de la Lengua y Académico de la Real Academia de la lengua española. El año 2002 recibió dos veces el Premio Altazor; en poesía con “A peor vida” y en ensayo: “El fantasma de la sinrazón y el secreto de la poesía”.
Integrante de la Academia Literaria “El Joven Laurel” que dirigió Roque Esteban Scarpa en el Colegio Saint George de Santiago, pertenece a la Generación del 50 junto a Jorge Teillier, Enrique Lihn, Efraín Barquero, Rolando Cárdenas, David Rosenmann Taub, Delia Domínguez, Cecilia Casanova, Stella Díaz Varín.
Poeta irónico y desenfadado aborda diversas temáticas relacionadas con el hombre y su existencia. Otro de sus temas preferidos es la permanente desazón del ser humano ante un mundo que se va desvaneciendo por la violencia de quienes detentan el poder en todas sus áreas culturales.
Sus textos, de gran fuerza telúrica se nutren de experiencias de vida y como escenario de sus creaciones aparecen películas de la infancia, viajes, un Chile visto por un cronista apasionado que dialoga con personajes de la historia reciente e impreca, fustiga, con la pasión de quien ama y odia con la misma intensidad su paso por la tierra y quiere construir, dejar un legado, denunciar las barbaries del ser humano que en nombre de Dios, de ideologías, destruyen la naturaleza, quitan la vida sin problemas de conciencia. “Su poesía es parca y austera –dice la periodista y crítica literaria Sandra Maldonado- se construye con una gran economía de palabras luego de un concienzudo trabajo intelectual. Uribe escribe con inteligencia y a la vez con gracia golpeando la realidad de una manera feroz”.
El ensayista Hugo Montes Brunet dijo en el diario El Mercurio del domingo 31 de mayo de 1992, páginas E-14-15, que “un grupo de poetas del 50, en conocimiento de la influencia de la vanguardia y la antipoesía, quisieron correr caminos propios, a menudo más tradicionales y menos herméticos que los de la promoción precedente. Los más conocidos son Jorge Teillier, Armando Uribe, Miguel Arteche, Enrique Lihn”.
Todos con una cosmovisión propia dieron cuenta de sus angustias, desesperanzas y de las alegrías de sentirse parte de un territorio poético como Chile que reunía a un importante y selecto grupo de autores que se instalaban con sus versos como los grandes de América Latina en los más álgidos momentos de la Guerra Fría. Admiradores de la poesía norteamericana, inglesa, china, francesa, asumían este arte como un Oficio Mayor y trabajaban para consolidar sus voces en un momento en que Neruda, De Rocka, Huidobro y la Mistral eran los ejes indiscutidos de la palabra poética en el continente y cuando ya asomaba Nicanor Parra con sus versos de salón, sus cuecas largas, sus poemas para combatir la calvicie.
La Generación de Armando Uribe es la más señera y cosmopolita en su conjunto que todas las anteriores del siglo XX y su voz como cuerpo debe ser también la más heterogénea y vasta.
Armando Uribe al Premio Nacional de Literatura 2004 es un acto de justicia a su obra, a su consecuencia con la palabra. A una vida dedicada a la literatura. Y ese es el verdadero objetivo de este premio singular y polémico para un país de poetas.
Viernes, 21 de Mayo de 2004 20:09 ;?> Hay 1 comentario.
Por Ignacio Ramonet La Voz de Galicia - 21 de mayo de 2004
UNA EXTRAÑA -y pertinente- pregunta (¿Existe América Latina?) fue el tema de una mesa redonda en la que participé la semana pasada en el marco del VII Salón del Libro Iberoamericano de Gijón. Esta cita de escritores, traductores, libreros y agentes literarios especializados en literatura iberoamericana contó este año con la participación de 45 editoriales de las Américas a las que se unieron editoriales de España y de cinco países europeos. Y con la presencia de escritores de la talla de Mempo Giardinelli, Sealtiel Alatriste o José Manuel Fajardo.
El certamen se ha convertido en la más importante feria del libro latinoamericano de Europa. Fue una idea del novelista chileno Luis Sepúlveda, su director actual, a quien yo admiro más que a cualquier otro por ser el autor de ese libro conmovedor y mágico: Un viejo que leía novelas de amor (Tusquets, Barcelona, 1993), impecable defensa de la Amazonia, traducido a 46 lenguas y del que se han vendido ya más de 10 millones de ejemplares por todo el mundo.
Acudí a Gijón para conocerlo en persona, aunque ya sabía su increíble itinerario. Nacido en 1949, Luis Sepúlveda, tras escuchar al gran Pablo Neruda en un mitin a la edad de 13 años, se afilió a las Juventudes Comunistas. Fue escolta de Salvador Allende y cerca de éste se hallaba el 11 de septiembre de 1973, cuando el golpe de Estado del general Pinochet. Detenido y torturado, pasó años en las cárceles de las que salió gracias a Amnesty International. Se fue a vivir luego a la jungla ecuatoriana, marco de la intriga de su Viejo que leía novelas de amor. Después se alistó con los sandinistas y participó en 1979 en la toma de Managua en el seno de la Brigada Simón Bolívar. Se vino a Europa y, como sabe alemán, fue corresponsal del semanario Der Spiegel en la guerra de Angola. Se hizo luego camionero de la ruta Fráncfort-Estambul, también fue activista de Greenpeace y militante activo contra la caza de ballenas.
Le pregunto: ¿Cómo vino a Gijón? «Estuve aquí una vez en 1982 -me dice- y me enamoré de sus gentes y de esta ciudad, de su luz y de su aire color perla como el del Pacífico chileno. Entonces yo vivía en París. Me prometí que en cuanto pudiera me vendría a vivir aquí. Y lo conseguí. Un día pude realizar mi sueño, instalarme con mi familia en Gijón. Para seguir ligado a América Latina tuve idea de este salón. Y cada mes de mayo, esta ciudad asturiana se convierte en una cita obligada de los escritores iberoamericanos. Ya es una etapa importante en el circuito de las grandes ferias literarias como Buenos Aires, Guadalajara, Bogotá y São Paulo».
Le cuento en qué circunstancias descubrí su Viejo que leía novelas de amor. Fue bajo las lluvias, en La Realidad, en plena selva de los indios lacandones de Chiapas. Me habían dicho que era el libro preferido del subcomandante Marcos. Y mientras en la noche esperaba a que el líder de los zapatistas acudiese a nuestra cita para entablar unas largas conversaciones, empecé casi por obligación profesional a leerlo bajo el ruido de tambor enloquecido de una lluvia infinita que golpeaba con furia el techo metálico de la iglesia abandonada en la que me cobijaba. Tiritando de frío tropical en el columpio de mi hamaca, amenazado por ejércitos de mosquitos implacables y hordas de rampantes insectos, a la luz espectral de una linterna de bolsillo, descubrí, estupefacto por la similitud de nuestras respectivas situaciones, el mundo imaginario de Luis Sepúlveda: el entrañable viejo Antonio José Bolívar Proaño y su lluvioso pueblo remoto, El Idilio, perdido en la región amazónica de los indios shuar. Nunca más los iba a olvidar.
Viernes, 21 de Mayo de 2004 20:08 ;?> Hay 1 comentario.
Mayo de 1810 en la perspectiva de la Argentina de hoy
Por Abel Posse Para La Nación - 25.05.2000
SE VIVÍA ESTUPENDAMENTE DURANTE LA COLONIA. Era un país de Jauja, el reino de las proteínas: las vacas cimarronas se acercaban sin malicia, pisando los sembradíos hasta las puertas del aldeón llamado Buenos Aires.
La historia no molestaba, éramos como ahistóricos, previos a la responsabilidad propia. Nos decidían. Se vivía para la mesa, se moría en la cama. El mundo (con su Revolución Francesa, la flota británica, el mítico Napoleón) era lejano y ajeno, como el mundo de los grandes visto desde el Kindergarten. Tampoco nos importunaba la cultura o la metafísica. Dios estaba siempre a mano, entre San Ignacio, La Merced y el Pilar. En la confesión de los sábados la ciudadanía de Buenos Aires, de Tucumán o de Córdoba quedaba purificada de los pecados de su erotismo primario.
Deberíamos haber parecido una sociedad diseñada por Botero: una señoría agallegada y rechoncha, como sotas de naipe. Ellas, según los viajeros, eran más pizpiretas y ambiciosas, pero ya a los veinte años tomaban aires de matronas. El ocio mataba. Essex Vidal observó una generalizada aversión al trabajo basada "en la creencia de que la esencia de la nobleza consiste en no hacer nada".
Según el viajero Concolorcorvo, los porteños hacían un almuerzo fuerte, familiar, a eso de las once, al menos de cinco platos casi rituales: asado de costilla, pollos y perdices, pescado frito, cordero y puchero, sin contar entremeses y postres. Observa que los perros no eran menos obesos que sus amos y merodeaban jadeando con las patas muy abiertas por el exceso de grasas.
No había en Buenos Aires adulterios inquietantes como en Lima. Ni conspiraciones. Éramos un virreinato tardío y de segunda. El poder no interesaba. Significaba ser empleado del Cabildo. Éramos la periferia remota del imperio, no existíamos, éramos felices como adanes antes de la serpiente, antes de la "tentación de existir".
Dicen que la "tentación" llegó como un duende, tal vez teóricamente, en esos libros de Rousseau, Voltaire y Diderot que se leían a escondidas, como pornografía ideológica. Otros hablan de las Invasiones Inglesas y de ese triunfo militar que nos llevó a la ocurrencia y luego a la febrilidad de querer existir. Tal vez la derrota de Napoleón en España.
Lo cierto es que las sotas se convulsionaron y el sueño ganó la calle. Todo es pasión, invento espiritual. Conocemos los detalles y los nombres. Lo cierto es que en aquella mañana del 25 de Mayo caímos en la historia como huyendo definitivamente del aburrimiento.
Se decidieron a ser, a desafiar. Guiados por un militar cetrino libraron batallas homéricas. Hicieron un camino increíble: apenas cien años después estaban contratando a Caruso para el Colón y recibían a Clemenceau y a la Infanta de España de frac, en el flamante palacio del Congreso.
De la nada habían logrado casi todo lo que hoy tenemos.
Quien retorna a la Argentina después de cierto tiempo, como es mi caso, percibirá un clima de desorientación, de desilusión colectiva. Como si se viviese más la perplejidad ante el fracaso de los sueños economicistas de la última década que el empuje que suele suscitar todo gobierno nuevo.
Las ruinas del palacio imaginario levantado por el otro gobierno caen sobre el actual, que sin embargo parecería resistirse a creer que camina sobre los escombros de una ilusión.
Alfonsín le pasó a Menem un país quebrado. Menem le pasa a De la Rúa la quiebra del sistema.
Mientras los argentinos nos resistamos a creer que terminó un ciclo y demoremos el viraje que se impone, estaremos en un limbo o tierra de nadie cada vez más peligroso. Por este camino ya no hay salida. Perdimos la apuesta ingenua de ser tenidos por socios. No hubo un retorno simétrico de Norte a Sur. Ahora la política tiene que volver a ocupar su lugar histórico usurpado, arrasado por el economicismo feroz que ni siquiera dejó lugar para "la moral y las buenas costumbres". Política es conducir, armonizar intereses y derechos, manejarse con astucia en la selva mundial, ser vanguardia de la Nación según nuestra voluntad de vida y de bienestar. La comodidad de sobrevivir en la corriente manejada por otros no nos dio el rédito esperado: somos un país económica, moral y socialmente en crisis. Tenemos que saltar fuera del marsupio como en aquel día lluvioso de 1810 y sacudirnos de esta nueva parálisis colonial.
Fin del ciclo
El Fondo Monetario Internacional tiene en nosotros el espejo de su fracaso. Nos asegura por goteo de dólares no la vida, que es desarrollo, sino la sobrevivencia del enfermo terminal. Si después de ser durante diez años el niño modelo del "modelo", con el país mejor dotado del continente, hemos llegado a tener que usar la cesantía de los empleados del Estado como variable de ajuste, es porque hemos tocado el fondo. A partir de aquí cualquier insistencia no significaría más que una insistencia desesperada.
Aquel Estado que había que adelgazar hoy es un enclenque que no puede cumplir sus funciones esenciales de defensa, seguridad, salud, educación (¡ni siquiera podemos solventar debidamente la fiesta del 25 de Mayo!). Ciertos dogmas de integración hoy nos cuestan la desintegración de buena parte de nuestro empresariado. La atroz deuda eterna/externa hace rato que dejó de ser un episodio de la economía para transformarse en un monstruo aritmético opuesto a toda razón económica, un fatal cáncer extraeconómico y paralizante. Y la desocupación humillante, con su sombría mayoría de trabajadores desempleados, inseguros o amenazados desde cada plan de "reajuste... ¿Qué habrá que agregar para que se comprenda que éste es el fin del ciclo y que se impone un viraje, una gran convocatoria para evitar la implosión, la explosión o esta larga e indecorosa agonía del inhumanismo mercantilista?
La clase política argentina está asustada. Interpreta honestamente el miedo generalizado. Se impone refundar, crear otras formas de vida. El viraje no debe ser vuelco. No podemos salir de una trampa estrellándonos contra los barrotes. Hay que salir con cuidado, tal vez por el mismo camino de ingreso, pero sin despertar al tigre. Es la hora de responsabilidad para los grandes partidos nacionales, para crear alternativas y el proyecto de los pasos del viraje.
La Argentina está intacta en su realidad de dones y riqueza. Su voluntad de existir es tan firme como la de aquellos fundadores de 1810."
Sábado, 22 de Mayo de 2004 20:07 ;?> No hay comentarios. Comentar.
Por Pedro Godoy P. CEDECH - Centro de Estudios Chilenos
El 25 de mayo es el aniversario patrio del país de Martín Fierro. Hace 194 años, es decir, en 1810 se reúne el Cabildo Abierto de Buenos Aires. El brote es pionero. La primera antorcha de insurgencia se enciende en el Río de la Plata. Con motivo de la conmemoración se evoca a figuras trasandinas que también son nuestras: José de San Martín sin cuyo genio no hay Chacabuco ni Maipú. Domingo F. Sarmiento que aquí inicia la guerra contra la ignorancia abecedaria. Cómo no poner de manifiesto que, en Argentina, encuentran refugio quienes huyen de la contrarrevolución de 1891 y del pronunciamiento de 1973. No olvidemos tampoco que durante decenios nuestros exiliados económicos encuentran “el pan de cada día” tras la Cordillera. Hay medio millón. ¡Qué lección de hospitalidad brindan los vecinos a quienes aquí se fastidian con 45 mil inmigrantes peruanos! Desde la historia y desde el hoy en esta fecha –por sobre la contingencia del gas que pone al descubierto fobias autóctonas que creíamos superadas- a nombre de miles de tataranietos de O´Higgins se expresa, en esta fiesta cívica platense y conosureña, “Al gran pueblo argentino ¡salud!”.
Lunes, 24 de Mayo de 2004 20:05 ;?> No hay comentarios. Comentar.
Un atractivo natural, que se encuentra distante a 24 kilómetros de Puerto Natales, es la caverna «Eberhard», más conocida como la «Cueva del Milodón». «Es una caverna de 170 metros de ancho por 30 metros de alto y 270 metros de fondo. De su techo cuelgan numerosas estalactitas de sales calcáreas con forma de conos, originadas por la filtración de las aguas desde la superficie a través de miles de años».
El sitio fue descubierto en 1885 por Ernesto Von Heinz, Hermann Eberhard, un amigo y un ovejero. Después del hallazgo el lugar se rodeó de innumerables historias fantásticas y misteriosas creadas por la imaginería popular. A poco de ser descubierto llegó el geólogo sueco Dr. Otto Nordenskjold, acompañado del británico Dusen y el zoólogo Ohlin, a quienes sirvió como guía un marinero alemán llamado Alberto Konrad. La expedición realizó excavaciones en el interior de la caverna, encontrándose una quijada, vértebras, una costilla y huesos varios, que más tarde permitieron establecer que correspondían a un gran herbívoro y gravígrado extinto, identificado por la ciencia como «Gripotherium darwinii», más tarde como «Mylodon darwinii» y por el vulgo simplemente como milodón.
En la misma caverna se descubrieron fósiles de un tigre (Felis listai o Smilodon neogaeum), de un oso pampeano (Arctotheríum), de un zorro primitivo (Canis avus) y un guanaco. Estaba también el esqueleto de un indígena, surgiendo en ese tiempo la hipótesis de que el milodón había sido doméstico. El suceso despertó la curiosidad de la comunidad científica, de modo que entre 1897 y 1900 sucesivas expediciones de paleontólogos y geólogos visitaron el sitio, recogiendo nuevos restos y asombrándose del estado de conservación que mostraban las piezas extraídas de la gruta.
La presencia de los científicos portando palas y materiales para sus trabajos generó la codicia de los lugareños. Desde distintos lugares de la zona llegaron a excavar en busca de tesoros imaginarios. En la creencia de encontrar un «entierro» los ilusos no hicieron más que alterar el suelo de la caverna, lo que afectaría naturalmente el proceso de futuras investigaciones.
A Alberto Konrad, el marinero alemán que condujo la expedición de Nordenskjold, la fantasía popular le atribuyó ser el verdadero descubridor del milodón. Se comentaba que los restos hallados en la caverna habían sido vendidos al Museo Británico en sumas considerables, sin participación alguna del infortunado marinero, que para entonces se había convertido en el hazmerreír de la localidad.
Lo apodaron «Milodón Grande», mientras que a su compañero de aventuras. Bernardo Glinka, también de origen alemán y trágico destino, lo llamaron «Milodón Chico». Lo cierto es que Alberto Konrad vivió siempre pobre y en 1918 se trasladó al valle del río de las Vueltas. Allí levantó su cabaña. No permitía que nadie se acercara, protegiendo fabulosos tesoros que guardaba en su interior. En 1931 lo encontraron muerto junto a sus riquezas, consistentes sólo en algunos cristales de roca y otras piedras sin valor que había encontrado a lo largo de trece años de exploración en las montañas.
En Gran Bretaña se difundió la idea que el milodón podría encontrarse con vida, debido al estado de conservación que mostraba un trozo de piel. Los aventureros y sensacionalistas no se hicieron esperar. El diario «The Daily Express» organizó una expedición bajo la dirección de Mr. Hesketh Prichard, en colaboración con los señores Scrivener y Harthberg del Museo Británico. La expedición británica venía dispuesta a cazar ¡nada menos que al propio milodón! Luego de agotadoras jornadas, recorriendo el pie oriental de los Andes de la Patagonia austral, los aventureros se dieron por vencidos. El 5 de abril de 1899, en el patio del hotel «Kosmos» de Punta Arenas, se procedió a rematar la tropilla de 27 caballos utilizados en la expedición por un valor de sesenta y cinco pesos.
El sitio siguió ejerciendo misteriosa atracción a los habitantes de la zona. En 1946, Raúl Scotti, empleado de Correos y Telégrafos y observador meteorológico de la estación local, encontró el esqueleto de un animal que llamó inmediatamente la atención. La noticia fue divulgada por prensa y radios. Se informaba el descubrimiento de los restos de un animal muy extraño, especie de iguana o canguro, poco conocido. Un corresponsal, en su entusiasmo imaginativo, afirmó que se trataría de un «saurio» o la cruza de cocodrilo con oveja.
Realizadas las investigaciones pertinentes se determinó que el esqueleto pertenecía a una oveja, probablemente de la estancia Consuelo, de la que sólo se había hallado la espina dorsal y algunas costillas sueltas y roídas por perros o zorros, con un hueso de la pata unido a la cadera por un nervio semiputrefacto. Lo demás lo hizo la imaginación popular que inventó todo tipo de conjeturas relativas al hallazgo. Los sucesos en torno al milodón y la misteriosa caverna han tenido importante trascendencia literaria. No olvidemos el hermoso cuento «El cementerio de los milodones», de Osvaldo Wegmann Hansen, surgido seguramente de numerosas anécdotas de los lugareños, y «Patagonia», del escritor británico Bruce Chatwin, que por paradoja del destino era sobrino de Charley Milward. Milward, capitán de la marina mercante, llegó a las costas de Punta Arenas por naufragio. Instalado en la región visitó Última Esperanza y ante la posibilidad de lucrar con el hallazgo del milodón realizó una operación ilegal enviando los restos del desdentado al Museo Británico. Un trozo de piel llegó a la casa de los abuelos de Chatwin, motivando el posterior viaje del autor de «Patagonia» en busca de la fascinación de sus recuerdos:
«Entre los ayudantes de Erland Nordensjold se encontraba el minero de oro Albert Konrad. Cuando los arqueólogos abandonaron el lugar, instaló una choza de cinc junto a la boca de la cueva y comentó a destrozar las capas estratificadas con cargas de dinamita. Charley fue en su ayuda y volvió con grandes trozos de piel y pilas de huesos y garras que para entonces eran artículos altamente comerciables. Despachó la colección completa al Museo Británico y después de intensos regateos con el doctor Arthur Smith Woodward (quien sospechaba que Charley estaba tratando de aumentar el precio, al enterarse de que quien pagaba era Walter Rothschild) la vendió por 400 libras esterlinas».
Más tarde, en el mismo sector, se encontraron otras dos cavernas. La imaginería otorgó a la más pequeña una serie de creencias que perduran hasta la actualidad. Se dice que la «cueva chica» estaría conectada en el subsuelo con laguna Sofía. Otros afirman que tendría salida al mar y que en su interior se oye el cauce de un misterioso río. Verdad o mentira, lo cierto es que estos hechos provocan encanto y fantasías en quienes visitan el lugar.
«La formación geológica cueva del Milodón, compuesta por tres cavernas y el conglomerado rocoso denominado «Silla del Diablo», fue declarado Monumento Histórico por decreto No 138 del 2 de enero de 1968. Bajo la administración del Presidente don Eduardo Frei Montalva».
Actualmente en la caverna "Eberhard" existe una réplica del milodón, diseñada por el artista magallánico Harold Krüsell Johansen.
De: "Última Esperanza: El paisaje y su habitante" - Puerto Natales, 2003
Martes, 25 de Mayo de 2004 20:03 ;?> No hay comentarios. Comentar.
Por José Steinsleger La Jornada (México D.F.), Mayo de 2004
MIENTRAS la humanidad asiste inerme al exterminio de los pueblos de Irak, Afganistán y Palestina, la invasión imperialista avanza a ritmo lento, pero sostenido en América Latina. Tres instrumentos de dominación: Plan Puebla-Panamá (PPP), Iniciativa Regional Andina (Plan Colombia), Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y tres instituciones militares que los complementan: Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), Junta Interamericana de Defensa (JID) y Comando Sur del Ejército de Estados Unidos (Miami).
Impulsado por las corporaciones económicas trasnacionales, el PPP responde al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC) y los intereses del CAFTA (siglas en inglés del TLC centroamericano). Actualmente el TLC trata de acercarse al Mercado Común del Sur (Mercosur), jugando el papel de “caballo de Troya” ante los esfuerzos de integración de Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay. El TLC entre Chile y Estados Unidos apuntaría en igual dirección.
La democracia (en su forma liberal inclusive) se ha convertido en serio problema para el imperio: aparición de gobiernos renuentes a la aplicación del capitalismo salvaje, movimientos sociales que repudian la corrupción y el entreguismo de los políticos “pragmáticos”, paramilitarización y criminalización del conflicto social, intromisión del Departamento de Estado en asuntos nacionales y manipulación de las cadenas oligopólicas de información.
Hace dos años, el gobierno de Bush impuso en la Organización de los Estados Americanos (OEA) la llamada Carta Democrática, con el fin de legitimar a gobiernos que sólo fuesen electos en las urnas. Luego, ante la imposibilidad de arrojar del poder al presidente venezolano Hugo Chávez y la crisis de Haití, la Casa Blanca advirtió que tampoco le interesaba la susodicha carta, reservándose el derecho de calificar a los gobiernos de “amigos” o “enemigos”.
El régimen de Hipólito Mejía, presidente de República Dominicana, mostró en qué consiste la diferencia. En noviembre de 2002 firmó un acuerdo secreto (Programa Nuevo Horizonte), que establece la entrada de 10 mil soldados estadunidenses en el país caribeño.
El acuerdo, sin precedente desde la invasión militar de 1965, prevé disponer de una cabeza de playa que facilite la eventual invasión de las fuerzas de despliegue rápido (asentadas en la colonia de Puerto Rico) en Cuba, Colombia y Venezuela. Según la Washington Office on Latin America (WOLA), organismo no gubernamental de probada credibilidad, el personal dedicado a América Latina en los departamentos de Estado, del Tesoro, de Agricultura y de Comercio, es inferior al que dispone el Comando Sur.
En el mapa sudamericano, cuatro son las áreas geográficas en proceso de militarización: 1) Triple frontera (Argentina, Brasil, Paraguay), donde la existencia en Ciudad del Este de una fuerte comunidad económica paraguaya de ascendencia sirio-libanesa sirve de pretexto para asegurar que en la zona radican “células dormidas” del terrorismo integrista islámico; 2) Amazonia andina, limítrofe con Brasil, donde el Pentágono ha instalado bases militares en Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia; 3) Colombia: donde la escalada bélica contra la insurgencia es monitoreada desde la base de Manta, en el Pacífico ecuatoriano; y 4) Chile, con fuertes compras de aviones, tanques, submarinos y navíos de guerra, armamentismo que ha despertado honda preocupación en los ejércitos de Perú y Bolivia.
En audiencia reciente ante una comisión del Congreso, el general James Hill, jefe del Comando Sur, mezcló deliberadamente fenómenos muy distintos y dijo que grupos radicales islámicos, narcoterroristas de Colombia y bandas urbanas en otros sitios de América Latina recurren a “... los mismos métodos ilícitos para hacer negocios”.
Hill solicitó la duplicación del tope de personal militar y de los llamados "contratistas privados” (mercenarios) en Colombia, posición coincidente con la del presidente Álvaro Uribe. En cuanto a Bolivia, declaró que grupos radicales habían “secuestrado” (sic) a los movimientos indígenas, socavando “... el proceso democrático en detrimento de los derechos individuales” (sic). Respecto a Argentina, señaló que la crisis macroeconómica de finales de 2001 llevó al cuestionamiento de las reformas neoliberales, lo cual se manifestó en el Consenso de Buenos Aires (octubre de 2003), firmado por los presidentes Kirchner y Lula, “...fuertes opositores a la guerra de Irak”.
Desde lo expresado el 12 de mayo de 1913 por el presidente Woodrow Wilson, nada parece haber cambiado en la filosofía imperialista de Estados Unidos. Inquieto por la situación interna de México, el autor de los “14 puntos para la felicidad humana” manifestó:
“I am going to teach the South American republics to elect good men:"
Jueves, 27 de Mayo de 2004 20:02 ;?> No hay comentarios. Comentar.
Un escritor recibe a menudo sorpresas agradables. Hace pocos días, al entrevistarme con un jefe militar, me dijo que me conocía a través de mi obra, añadiendo textualmente: “Pero estoy enojado con usted. ¿Por qué mató a Lientur, el héroe de “La última canoa”? Yo le tenía simpatía. Me dio pena que todo terminara así”. Esa observación me la había hecho hacía un tiempo una dama. La verdad es que los lectores se encariñan con los personajes de los libros y solidarizan con ellos. He tenido que explicar que mi héroe está inspirado en la vida real de otro alacalufe que se llamó Lautaro Edén Wellington, que estuvo en Puerto Edén, perteneció a la FACH y volvió a la vida primitiva. Además fue amigo mío. Por eso yo sé tanto de él. La imaginación hizo el resto.
Todo terminó cuando en pleno canal Fallos, frente a la isla Campana, naufragó una chalupa tripulada por cinco alacalufes. La embarcación iba piloteada por Lautaro, joven nativo que pocos años antes había servido en la FACH como mecánico, alcanzando el grado de cabo 1º; que posteriormente debido a un incidente con el jefe de la posta, había abandonado el uniforme, para volver a las actividades de su pueblo, convirtiéndose en cazador y en jefe virtual de las tribus alacalufes, que aún pululan por los canales.
La noticia la transmitió la radio de San Pedro, donde la llevó Manuel Tonko, quien dijo que una canoa había encontrado en la playa del canal Messier la arboladura de una chalupa náufraga y el cadáver del nativo Guillermo Edén. Los demás tripulantes de la embarcación, Lautaro Edén, Arturo Messier, María Campana e Isabel Edén, madre del ex cabo, habían desaparecido.
Lautaro Edén Wellington tenía 26 años. Había nacido en una caleta de la isla Wellington. Su padre fue Gregorio, el famoso Capitán Papa, un indio pintoresco que mandaba a los alacalufes como si fuese un cacique, porque usaba un jormán azul con galones de capitán de corbeta y una gorra blanca de marino, dados de baja por un comandante de escampavía. Los aviadores de la posta se interesaron por el niño, lo tenían como mascota y lo vestían y alimentaban. Al fin lo trajeron a Punta Arenas donde los salesianos se hicieron cargo de su educación. Hasta que pasó por nuestra ciudad el ex Presidente don Pedro Aguirre Cerda, quien en una visita al colegio conoció al alacalufe, que se preparaba para recibir el bautismo. Fue su padrino y lo tomó bajo su protección. Tiempo después fue enviado a Santiago, donde ingresó a la Escuela de Especialidades de la FACH. Egresó con el grado de cabo. Totalmente incorporado a la vida civilizada, contrajo matrimonio con una enfermera. Y trabajó reparando aviones en la maestranza de “El Bosque”.
Pero, como Jemmy Button y otros primitivos, un día sintió la llamada, el atavismo. Y volvió a Puerto Edén. Consiguió que se le destinara como motorista a la posta. Aquí tuvo una serie de problemas con el jefe, que según Lautaro no lo recibió como cabo sino como indio que era. Tuvieron serios disgustos largos de contar, por el trato que según él se daba a los alacalufes. Y un día aparejó una chalupa, embarcó a su madre, a un hermano, a un amigo y una amiga, y volvió a la vida libre de los canales, convirtiéndose de nuevo en un nómade. El comandante Renato García, más tarde general, jefe de la FACH en Magallanes, al ser informado de lo ocurrido, en un gesto de comprensión, lo dio de baja “por razones de servicio”, motivo por el cual en su hora, no fue considerado desertor. Lautaro Edén Wellington llegó varias veces a Punta Arenas, a vender sus cueros de nutrias y de lobos. Compró víveres y ropa para su gente; reanudó las cacerías desde el Estrecho de Magallanes hasta el Golfo de Penas. Y el 8 de mayo de 1950, cuando navegaba a toda vela en pleno canal Fallos, lo sorprendió el “Williwaw” traicionero. Desapareció hace 33 años.
Tomado de: "De ayer y de hoy - Crónicas de Osvaldo Wegmann Hansen". Recopilación de Jorge Díaz Bustamante. Punta Arenas - 1999.
Viernes, 28 de Mayo de 2004 20:00 ;?> Hay 1 comentario.
Marino Muñoz Lagos nació en Mulchén en 1925. Su poesía representa la nostalgia, la recuperación de un tiempo que fue, la crónica de seres y cosas que pasan por la vida y se desvanecen como la lluvia en medio del campo o de una calle. Testigo de las tempestades del austro, de las auroras, por su canto es posible descifrar como el mundo que se detiene avanza por límites donde el hombre está a la intemperie y, desolado, contempla el devenir del futuro, de todas las ausencias: Ramón Díaz Eterovic dice que “los versos de Muñoz Lagos tienen al mismo tiempo la suavidad de la nieve y el ímpetu del viento que ha acompañado su andar magallánico”.
Conocimos al poeta en la década del 70, en tertulias en casa de Silvestre Fugellie, Osvaldo Wegmann, en visitas a su hogar, en rincones citadinos de Punta Arenas, la ciudad adoptiva.
Su presencia siempre nos ha acompañado a través de la lectura de sus libros y crónicas sobre poetas desconocidos. Autor de un memorable poema “Retrato vivo de mi padre muerto”, que era declamado con ímpetu por Rolando Cárdenas en Santiago y recomendado en sus cátedras y academias por Mario Ferrero, Luis Merino Reyes, Gonzalo Drago.
Sin duda que su obra más poderosa es “Los rostros de la lluvia” (Premio Municipal de Santiago, 1971).
En este texto el poeta explora el entorno de un paisaje metafísico de la patagonia y de sus mundos atávicos. Inventa una patria literaria a través de la cual describe la cotidianidad como un perfecto artesano y cada verso tiene una finalidad y un ritmo que muy pocos autores pueden lograr.
En este libro el poeta juega con las imágenes como trompos o volantines que se enredan con las nubes y hace gala de un profundo sentido de la meditación y del arte de contemplar el mundo en el más absoluto silencio de las abstracciones.
Andrés Sabella decía “que la poética de Marino, en el extremo de la patria, exige ojos avizores y bocas capaces de contener cuanto deslumbramiento acontece en tales mundos de confines y orígenes”. Amigo de Pablo Neruda, Pablo de Rocka, Nicomedes Guzmán, nuestro poeta se transformó con los años en un referente de esos mundos australes a través de su presencia activa en los periódicos y revistas del país. Traducido a varios idiomas, su obra permanecerá en la memoria cotidiana como la de un autor que le cantó a la vida desde un ángulo poco recurrido por sus contemporáneos: la contemplación de paisajes llenos de nieve y ventiscas, con enormes barcos que venían de lejanos naufragios, observando desde las cubiertas a lobos de mar heridos por el hielo y la muerte, con restos de embarcaciones cuyos ojos traían los gritos desolados de seres míticos que alguna vez poblaron las soledades de Lacolet, en el sur del sur del mundo.
Francisco Coloane nos decía que el gran mérito de Marino Muñoz Lagos era haber descubierto una zona escritural donde el paisaje de Magallanes era un territorio inexpugnable y, por lo mismo, sólo podía vivir en el poema, en los anchos parajes que fueron habitados por milodones, torres de piedra y nieve que alguna vez visitó con el gran poeta ruso Eugenio Evtuchenko y el mismo autor de “El Ultimo Grumete de la Baquedano” en Ultima Esperanza.
Desde el año 2002 es miembro correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua en Punta Arenas.
Domingo, 30 de Mayo de 2004 19:59 ;?> Hay 4 comentarios.